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CRÓNICA
Liga
de Campeones
Las patadas de la pasión
Pasadas
algunas semanas de los acontecimientos políticos en Venezuela,
serán muchas las lecciones que podrán sacarse de esa experiencia
que colocó a su pueblo al borde de la anarquía y del enfrentamiento
civil.
Un grupo de ciudadanos venezolanos residentes en El Salvador comparte
a Vértice sus puntos de vista sobre su realidad.
Iván Gómez/Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com
Todo estaba a pedir de boca porque es primero de mayo. El feriado mantiene
las calles de San Salvador desiertas. Este era un mediodía de
fútbol. Un encuentro crucial se va a librar por alcanzar un lugar
en la final de la Liga de Campeones de Europa.
Pero una semana atrás, este mismo encuentro fue el marco para
un acalorado pleito que puso en alerta a las autoridades de seguridad
pública. La violencia que genera el fútbol ya no es exclusiva
de los estadios. Ahora, también puede estar en los bares.
El pasado primero de mayo es un descanso para muchos y un día
más para Eduardo, quien, desafortunadamente, tiene que entrar
a trabajar en una pizería justo a la hora que miles de aficionados
sintonizan la televisión.
Eduardo es seguidor del Barça y su estado de ánimo predice
los resultado de su equipo. No quería ir a trabajar, pero
ni modo. Sé que vamos a perder, pero quería ver el partido.
Los televisores que están en el trabajo solo tienen música.
Talvez la gente pide que pongan el partido, sostiene el desafortunado.
La hora cero
Antes
del mediodía y que un presentador de televisión anuncie
la hora cero, los restaurantes ubicados en la Calle Real están
al tope. Desde afuera se alcanza a ver decenas de camisetas rojas y
blancas que tratan de ocultar las bancas de madera.
Las ráfagas de viento invocan la presencia de otras banderas
como las de Japón, Brasil, Argentina. La música y fuerte
volumen del televisor pelea por imponerse. Mientras más grande
es la pantalla, mayor es el interés del aficionado.
Como siempre, no han de faltar en estos tipos de fiestas, las bufandas,
llaveros y gorras ofrecidos por comerciantes impacientes por hacer su
día, antes de que el partido les juegue una mala jugada.
La avenida buscaba imitar los bares cercanos al Santiago Bernabéu
sin importar si a la cita asistía algún ciudadano de la
península Ibérica.
La mayoría de los convidados son jóvenes.
Ante cualquier altercado provocado por aquellos que disfrutan el triunfo
o la agonía de su equipo a pura fuerza bruta, la seguridad de
los restaurantes hacez su trabajo. No es que estaban cerradas las puertas
al público o que no hubiera espacio para los que no cumplen con
la hora inglesa, sino más bien, fue la táctica para guardar
orden y evitar que las botellas de cervezas terminen en la cabeza de
algún descuidado.
Una vez se confirma que el partido no cambia de hora debido al atentado
terrorista de ETA que nadie comentó en la jornada. Quizá
porque festejaban desde muy temprano y, a esa hora, no era procesado
por su mente. Ese ambiente se registraba desde las diez de la mañana.
Doña Lesbia hubiera preferido ampliar su casa para albergar a
más buscadores de pasión futbolística en su pequeño
negocio. Y, aunque hubiera querido imitar a los buseros (quienes siempre
encuentran espacios para los pasajeros), sabía que no podría
olvidar la seguridad.
Un par de carpetas negras trata de ocultar todo lo que distraiga la
atención y que está arriba de los dos metros, como los
cuartos de un imponente hotel internacional. Aunque la intención
es ocultar la entrada de la luz que difumine la pantalla del televisor.
En el patio de Que querés, donde se han improvisado
unas siete mesas, la mayoría ocupadas por mujeres que ocultan
la edad con sus gafas para exigir una cerveza o porque temen que identifiquen
su estado después de un par de rones.
Todos están en su punto de emoción. No hay espacios para
la tristeza -por el momento-. Pareciera que la competencia fuera a quién
grite más fuerte y las mujeres no disimulaban sus dotes de buenas
sopranos.
Inicia el partido al igual que los aplausos y gritos. El correr de los
jugadores se combina con las camisas blancas de Ronald y Luis, quienes
repartían cerveza como pulpos.
Allí va Raúl se escuchaba en la bocina de
la pantalla de 27 pulgadas; la respuesta de los seguidores del Barça
era un rotundo y negativo silbido. Que le den una cerveza a Eugenio
para que se calle gritaba un aficionado que pasó todo el
partido acomodándose el escaso pelo afeitado con la número
dos.
Cada llegada a cualquiera de las metas, eran aclamada como si fuera
una anotación. El gesto desesperado confundía a los curiosos
que no alcanzaron a entrar, en esforzar su vista y agudizar los oídos
para confirmar los gritos. Pero las señales negaban lo que podría
ser el canto de victoria.
Al minuto 43 llegó el momento para los locales, Raúl González
dispara el balón contra el argentino Tito Bonano. La trayectoria
de la pelota fue seguida por gritos y golpes de mesas. ¡Ganamos!
¡Te quiero Real! ¡Lloren barçistas!, gritaban
a lo largo de toda la cuadra. La emoción no daba signos de pasar
a los golpes. El público se estaba comportando.
La euforia
La
celebración se mantuvo hasta el final.
A la hora del descanso se corre a los baños a desahogar el exceso
de líquidos pero los clientes están eufóricos por
el triunfo del Real. Mientras, en la cocina del restaurante, el fuego
apresura las bocas de costilla, papas, chorizos. ¡Llevá
las bocas de la cinco, Luis!, se escucha desde la estufa. El local
es una locura.
Para evitar problemas, los pedidos se pagan al momento de tenerlo servido.
Sin embargo, no falta quien, al calor de los tragos, sufra amnesia interesada
en unos.
Luego de tres horas de fiesta, manotazos de saludo y esporádicos
besos, a algunos se les olvida hasta pagar el servicio. Comienza un
sofocante ajuste de cuentas para completar la otra ronda, parejas de
jovencitas se dan un relax en el baño, al parecer el dinero se
les acabó y sus diminutos cuerpos de adolescentes les impiden
exigir otro tequila. Se han pasado.
Mientras tanto, los anuncios tratan de captar la atención de
un joven que insiste ante doña Elbia que ya le había cancelado
la cerveza a Luis. La única salida al mal entendido es cambiar
de mesero para evitar más confusión. Al igual que algunos
aficionados que deciden entonar el saludo clásico del Alianza.
Se termina el descanso, todos se conectan con la pantallas gigantes
y la fiesta continúa como durante el primer tiempo.
La sorpresa y esperanzas para muchos se presenta en menos de cinco minutos
del segundo tiempo. Un disparo de Javier Saviola es confundido por el
pie de Iván Elguera. Pero eso no importa. Es gol. Y la fiesta
se enciende. Los gritos reivindican una esperanza de victoria para los
del Barcelona.
Pero la suerte no se dio y los últimos cinco minutos del partido
son seguidos de gritos golpes y saltos. Con el empate el Real va a la
final.
Cuando el comentarista anuncia el último minuto, los ánimos
se alteran. El aviso pareciera que era también para los meseros.
Ojo... las botellas se susurran sin que se enteren los clientes.
No se escuchó el silbato final. La gloria se registró
a puros gritos. Las camisas blancas resaltaron los asientos. Era como
cuando se pensó que El Salvador llegaría al Mundial. Era
casi una fiesta mundialista.
Se escribía la pasión y la locura. Pero todos celebraron.
El empate a un gol fue victoria para los resignados aficionados del
Barcelona, después de todo.
Afuera, desde un solitario carro policial, se observa si hay pleitos.
Pero la jornada ha sido pacífica.
¡El Real campeón! ¡Ganamos! ¡Nos vemos
el quince! ¡Lloren! ¡Lloren sin pena! se escucha atrás
del imponente hotel.
En esta ocasión, la euforia no se transformó en violencia.
Todos celebraron el empate. Se había confirmado la predicción
de Eduardo, quien desde temprano en su casa de Soyapango, se había
resignado a la derrota de su equipo preferido y a trabajar en un día
de descanso.
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Lejos
de España
En Madrid, los policías españoles controlaron a
los hinchas; en el país, la PNC y el CAM cumplieron con
su parte.
El
parqueo del mercadito de Ciudad Merliot estaba repleto a las doce
del mediodía del 1 de mayo pasado. Las calles aledañas
tampoco dejaban espacio para más vehículos.
Adentro, todos los comedores estaban a reventar. Los fanáticos
esperaban ver el clásico de Real Madrid contra Barcelona,
por la clasificación a la final de la Liga de Campeones.
Mientras los espectadores no apartaban sus miradas del televisor,
miembros de la Policía Nacional Civil (PNC) y del Cuerpo
de Agentes Metropolitanos (CAM) no apartaban sus miradas de ellos.
Los disturbios del partido pasado alertaron a las autoridades,
quienes reforzaron las medidas de seguridad. Al final del encuentro,
el operativo había dado resultado. No hubo incidentes.
La violencia que el fútbol ha generado nuevas medidas entre
las autoridades nacionales. La última propuesta comprende
la presencia en los estadios de la Fiscalía, Medicina Legal
y hasta caninos de la División Antidrogas de la PNC. Esto
agilizaría los procesos legales de los delitos que ahí
se cometieran y prevendrían la comisión de faltas.
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