5 de mayo de 2002

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CRÓNICA

Liga de Campeones
Las patadas de la pasión

Pasadas algunas semanas de los acontecimientos políticos en Venezuela, serán muchas las lecciones que podrán sacarse de esa experiencia que colocó a su pueblo al borde de la anarquía y del enfrentamiento civil.
Un grupo de ciudadanos venezolanos residentes en El Salvador comparte a Vértice sus puntos de vista sobre su realidad.


Iván Gómez/Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com

Todo estaba a pedir de boca porque es primero de mayo. El feriado mantiene las calles de San Salvador desiertas. Este era un mediodía de fútbol. Un encuentro crucial se va a librar por alcanzar un lugar en la final de la Liga de Campeones de Europa.
Pero una semana atrás, este mismo encuentro fue el marco para un acalorado pleito que puso en alerta a las autoridades de seguridad pública. La violencia que genera el fútbol ya no es exclusiva de los estadios. Ahora, también puede estar en los bares.
El pasado primero de mayo es un descanso para muchos y un día más para Eduardo, quien, desafortunadamente, tiene que entrar a trabajar en una pizería justo a la hora que miles de aficionados sintonizan la televisión.
Eduardo es seguidor del Barça y su estado de ánimo predice los resultado de su equipo. “No quería ir a trabajar, pero ni modo. Sé que vamos a perder, pero quería ver el partido. Los televisores que están en el trabajo solo tienen música. Talvez la gente pide que pongan el partido”, sostiene el desafortunado.

La hora cero

Antes del mediodía y que un presentador de televisión anuncie la hora cero, los restaurantes ubicados en la Calle Real están al tope. Desde afuera se alcanza a ver decenas de camisetas rojas y blancas que tratan de ocultar las bancas de madera.
Las ráfagas de viento invocan la presencia de otras banderas como las de Japón, Brasil, Argentina. La música y fuerte volumen del televisor pelea por imponerse. Mientras más grande es la pantalla, mayor es el interés del aficionado.
Como siempre, no han de faltar en estos tipos de fiestas, las bufandas, llaveros y gorras ofrecidos por comerciantes impacientes por hacer su día, antes de que el partido les juegue una mala jugada.
La avenida buscaba imitar los bares cercanos al Santiago Bernabéu sin importar si a la cita asistía algún ciudadano de la península Ibérica.
La mayoría de los convidados son jóvenes.
Ante cualquier altercado provocado por aquellos que disfrutan el triunfo o la agonía de su equipo a pura fuerza bruta, la seguridad de los restaurantes hacez su trabajo. No es que estaban cerradas las puertas al público o que no hubiera espacio para los que no cumplen con la hora inglesa, sino más bien, fue la táctica para guardar orden y evitar que las botellas de cervezas terminen en la cabeza de algún descuidado.
Una vez se confirma que el partido no cambia de hora debido al atentado terrorista de ETA que nadie comentó en la jornada. Quizá porque festejaban desde muy temprano y, a esa hora, no era procesado por su mente. Ese ambiente se registraba desde las diez de la mañana. Doña Lesbia hubiera preferido ampliar su casa para albergar a más buscadores de pasión futbolística en su pequeño negocio. Y, aunque hubiera querido imitar a los buseros (quienes siempre encuentran espacios para los pasajeros), sabía que no podría olvidar la seguridad.
Un par de carpetas negras trata de ocultar todo lo que distraiga la atención y que está arriba de los dos metros, como los cuartos de un imponente hotel internacional. Aunque la intención es ocultar la entrada de la luz que difumine la pantalla del televisor. En el patio de “Que querés”, donde se han improvisado unas siete mesas, la mayoría ocupadas por mujeres que ocultan la edad con sus gafas para exigir una cerveza o porque temen que identifiquen su estado después de un par de rones.
Todos están en su punto de emoción. No hay espacios para la tristeza -por el momento-. Pareciera que la competencia fuera a quién grite más fuerte y las mujeres no disimulaban sus dotes de buenas sopranos.
Inicia el partido al igual que los aplausos y gritos. El correr de los jugadores se combina con las camisas blancas de Ronald y Luis, quienes repartían cerveza como pulpos.
“Allí va Raúl” se escuchaba en la bocina de la pantalla de 27 pulgadas; la respuesta de los seguidores del Barça era un rotundo y negativo silbido. “Que le den una cerveza a Eugenio para que se calle” gritaba un aficionado que pasó todo el partido acomodándose el escaso pelo afeitado con la número dos.
Cada llegada a cualquiera de las metas, eran aclamada como si fuera una anotación. El gesto desesperado confundía a los curiosos que no alcanzaron a entrar, en esforzar su vista y agudizar los oídos para confirmar los gritos. Pero las señales negaban lo que podría ser el canto de victoria.
Al minuto 43 llegó el momento para los locales, Raúl González dispara el balón contra el argentino Tito Bonano. La trayectoria de la pelota fue seguida por gritos y golpes de mesas. “¡Ganamos! ¡Te quiero Real! ¡Lloren barçistas!”, gritaban a lo largo de toda la cuadra. La emoción no daba signos de pasar a los golpes. El público se estaba comportando.

La euforia

La celebración se mantuvo hasta el final.
A la hora del descanso se corre a los baños a desahogar el exceso de líquidos pero los clientes están eufóricos por el triunfo del Real. Mientras, en la cocina del restaurante, el fuego apresura las bocas de costilla, papas, chorizos. “¡Llevá las bocas de la cinco, Luis!”, se escucha desde la estufa. El local es una locura.
Para evitar problemas, los pedidos se pagan al momento de tenerlo servido. Sin embargo, no falta quien, al calor de los tragos, sufra amnesia interesada en unos.
Luego de tres horas de fiesta, manotazos de saludo y esporádicos besos, a algunos se les olvida hasta pagar el servicio. Comienza un sofocante ajuste de cuentas para completar la otra ronda, parejas de jovencitas se dan un relax en el baño, al parecer el dinero se les acabó y sus diminutos cuerpos de adolescentes les impiden exigir otro tequila. Se han pasado.
Mientras tanto, los anuncios tratan de captar la atención de un joven que insiste ante doña Elbia que ya le había cancelado la cerveza a Luis. La única salida al mal entendido es cambiar de mesero para evitar más confusión. Al igual que algunos aficionados que deciden entonar el saludo clásico del Alianza.
Se termina el descanso, todos se conectan con la pantallas gigantes y la fiesta continúa como durante el primer tiempo.
La sorpresa y esperanzas para muchos se presenta en menos de cinco minutos del segundo tiempo. Un disparo de Javier Saviola es confundido por el pie de Iván Elguera. Pero eso no importa. Es gol. Y la fiesta se enciende. Los gritos reivindican una esperanza de victoria para los del Barcelona.
Pero la suerte no se dio y los últimos cinco minutos del partido son seguidos de gritos golpes y saltos. Con el empate el Real va a la final.
Cuando el comentarista anuncia el último minuto, los ánimos se alteran. El aviso pareciera que era también para los meseros. “Ojo... las botellas” se susurran sin que se enteren los clientes.
No se escuchó el silbato final. La gloria se registró a puros gritos. Las camisas blancas resaltaron los asientos. Era como cuando se pensó que El Salvador llegaría al Mundial. Era casi una fiesta mundialista.
Se escribía la pasión y la locura. Pero todos celebraron. El empate a un gol fue victoria para los resignados aficionados del Barcelona, después de todo.
Afuera, desde un solitario carro policial, se observa si hay pleitos. Pero la jornada ha sido pacífica.
“¡El Real campeón! ¡Ganamos! ¡Nos vemos el quince! ¡Lloren! ¡Lloren sin pena!” se escucha atrás del imponente hotel.
En esta ocasión, la euforia no se transformó en violencia. Todos celebraron el empate. Se había confirmado la predicción de Eduardo, quien desde temprano en su casa de Soyapango, se había resignado a la derrota de su equipo preferido y a trabajar en un día de descanso.

Lejos de España

En Madrid, los policías españoles controlaron a los hinchas; en el país, la PNC y el CAM cumplieron con su parte.


El parqueo del mercadito de Ciudad Merliot estaba repleto a las doce del mediodía del 1 de mayo pasado. Las calles aledañas tampoco dejaban espacio para más vehículos.
Adentro, todos los comedores estaban a reventar. Los fanáticos esperaban ver el clásico de Real Madrid contra Barcelona, por la clasificación a la final de la Liga de Campeones. Mientras los espectadores no apartaban sus miradas del televisor, miembros de la Policía Nacional Civil (PNC) y del Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM) no apartaban sus miradas de ellos.
Los disturbios del partido pasado alertaron a las autoridades, quienes reforzaron las medidas de seguridad. Al final del encuentro, el operativo había dado resultado. No hubo incidentes.
La violencia que el fútbol ha generado nuevas medidas entre las autoridades nacionales. La última propuesta comprende la presencia en los estadios de la Fiscalía, Medicina Legal y hasta caninos de la División Antidrogas de la PNC. Esto agilizaría los procesos legales de los delitos que ahí se cometieran y prevendrían la comisión de faltas.

 


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