
|
 |
Piedra
de toque
La
guerra de Sharon
Por Mario Vargas Llosa
vertice@elsalvador.com
El
primer ministro Sharon va a ganar su guerra, pero la va a perder Israel.
La está perdiendo ya en prestigio y credibilidad internacional,
al extremo de que no es exagerado decir que nunca, en toda su existencia,
han sido tan unánimes y severas las críticas contra el
Estado israelí como las desatadas a partir de la invasión
por el Tsahal de las ciudades, aldeas y campos de refugiados palestinos,
cuyos extremos de ferocidad han provocado una muy legítima consternación
en el mundo entero, sin excluir la censura del amigo más generoso
y leal de Israel: los Estados Unidos. Para muestra, basta este párrafo
del severísimo editorial de The New York Times del 10 de abril,
titulado, significativamente, Sharon insulta a América:
Los cañones israelíes, sus toques de queda, sus
barreras militares están atropellando las vidas, la subsistencia
y la dignidad de las poblaciones civiles. Leo este texto casi
al mismo tiempo que Ernesto Sábato, el escritor latinoamericano
que con más convicción y constancia defiende la causa
de Israel desde hace medio siglo, pide, en Madrid, con la misma
contundencia que cese la masacre contra el pueblo palestino.
Ni el periódico neoyorquino, ni Sábato, ni el autor de
este artículo, ni la inmensa mayoría de los millones de
personas escandalizadas en los cinco continentes por la brutalidad de
la invasión israelí y sus bombardeos a ciudades abiertas,
demolición de hogares, secuestros, asesinatos, redadas masivas,
destrucción de los servicios básicos y castigo inmisericorde
y sistemático de la población civil palestina -incluyendo
ancianos, niños y mujeres, como se ha visto en Yenín-
tiene la menor simpatía por las acciones terroristas de la Yihad
Islámica y de Hamás, que condenan como la intolerable
manifestación de barbarie que son. Ni cuestionan el derecho y
el deber de Israel de defenderse contra los kamikazes que hacen volar
cafés, autobuses y comercios sacrificando decenas de inocentes.
Pero un Estado democrático, como, pese a todo, lo ha sido Israel
hasta ahora aun en los momentos más críticos de su historia,
no combate el terror con un terror multiplicado sin lastimar su legitimidad
y sus credenciales de país libre y civilizado. Y eso es lo que
va a ocurrir, comprometiendo gravemente el futuro de Israel, si la presión
de la comunidad internacional y un sobresalto democrático interno
no ponen fin cuanto antes a la insensata política de Ariel Sharon.
La brutalidad insensata
Esta
política es insensata, pero no incoherente ni ciega. Tiene la
lógica de hierro de esas utopías que se vacunan a sí
mismas contra cualquier crítica posible apartándose de
la realidad mediante actos de fe y afirmaciones dogmáticas. La
cortina de humo con que se justifica -que la operación militar
no tiene otro objetivo que acabar con la infraestructura terrorista-
en verdad presupone esta idea: que Israel sólo conseguirá
la paz y la seguridad infligiendo una derrota militar y un escarmiento
tal a las poblaciones palestinas que éstas no tendrán
otra alternativa que aceptar todas las condiciones que les imponga el
Gobierno israelí, pues entenderán que ése será
el precio de su supervivencia. Sharon cree contar, para materializar
este objetivo estratégico, con la formidable superioridad militar
de Israel, no sólo sobre las bandas pobremente armadas de la
Autoridad Nacional Palestina, sino sobre las fuerzas bélicas
de todos los países árabes colindantes, y con la seguridad
de que Estados Unidos, por más que haga gestos reprobatorios
y adopte ocasionales actitudes críticas, terminará siempre
prestándole todo el apoyo logístico y diplomático
que necesite, el único apoyo que cuenta en términos prácticos,
aun cuando el resto de la comunidad de naciones y todos los organismos
internacionales, empezando por la ONU y la Unión Europea, condenen
su proceder.
La arrogancia nubla la visión objetiva de la realidad y lleva
a menudo a menospreciar al adversario. Eso debería saberlo, mejor
que nadie, el general Sharon, ya que es judío, ciudadano de un
pueblo que a lo largo de la historia ha mostrado una prodigiosa capacidad
de supervivencia contra poderosísimos enemigos que hicieron lo
posible y lo imposible por acabar con él, despojándolo
de su fe y su cultura o exterminándolo físicamente. No
lo consiguieron y, más bien, las persecuciones, los pogromos
y el holocausto le dieron la fortaleza y voluntad de lucha sin las cuales
no existiría ese país moderno y próspero que es
Israel. La guerra que Sharon le ha declarado no va a poner de rodillas
al pueblo palestino, y, más bien, va a aumentar su desesperación
y su voluntad de resistir a ese adversario superior, con las armas a
su alcance, las que sea, incluso las bombas humanas. Lo cual significa
que, a menos de que Sharon, siguiendo la lógica demencial de
su razonamiento, decida el puro y simple exterminio de todos los palestinos,
algo que ni la opinión internacional ni la propia sociedad israelí
tolerarían, la famosa estructura terrorista, en vez
de desaparecer bajo el peso de los bombardeos y los tanques del Tsahal,
va a extenderse hasta tener los mismos contornos que la sociedad palestina.
Eso está empezando a ocurrir ya, como lo muestra el minucioso
informe de Time de esta semana, en el que se revela que, a diferencia
de hace unos meses, cuando la Yihad Islámica y Hamás debían
buscar a sus kamikazes en los márgenes ultrarradicales y fundamentalistas,
luego del advenimiento de Sharon y su política de mano dura,
los terroristas palestinos proceden de los sectores medios y tradicionalmente
moderados de la sociedad palestina.
Cerrando las puertas a toda negociación, decretando que toda
solución pasa por las armas, negándose a reconocer como
interlocutores válidos a las autoridades que los propios palestinos
se han dado, el Gobierno de Sharon no sólo está propiciando
un incremento sin precedentes del terrorismo que se encarniza salvajemente
con la inerme población civil israelí. Además,
ha conseguido devolverle una popularidad y un liderazgo que estaba perdiendo
a pasos rápidos a su odiado Arafat, quien, desde el refugio donde
lo tiene secuestrado y humillado el bloqueo israelí, ha pasado
a ser un héroe poco menos que mítico para un pueblo palestino
y un mundo árabe que, debido a su mediocre gestión manchada
por corruptelas y a su zigzagueante política, lo tenían
hasta hace poco como una figura opacada y en vías de extinción.
Sharon y los ultras que como él dan por hecho que, debido a la
fuerza y eficacia del lobby israelí en Washington, Estados Unidos
será siempre un aliado incondicional, corren el riesgo de equivocarse.
Para todo hay límites, incluso para la solidaridad con un aliado
que se extralimita y, como ha ocurrido en este caso, se permite desoír,
con desplantes insolentes, el urgente pedido de moderación del
amigo más fiel, que, además, le proporciona la muy generosa
ayuda anual de unos tres mil millones de dólares. En las actuales
circunstancias, la política apocalíptica de Sharon ha
creado un problema serio a la diplomacia norteamericana, empeñada
en reclutar el apoyo de los gobiernos moderados árabes
en su campaña contra el terrorismo internacional. Este empeño
se ha visto cortado en seco por los sucesos del Medio Oriente, y la
invasión militar de Israel a las ciudades y campos palestinos
ha traído como consecuencia inmediata un recrudecimiento veloz
del sentimiento anti-estadounidense en todo el mundo árabe. Por
eso son cada vez más numerosas las voces que en Estados Unidos
piden al Gobierno una revisión de su política de apoyo
indiscriminado e incondicional a Israel. Qué duda cabe que las
iniciativas guerreristas de Sharon de estos últimos días
las cargan de razón.
El riesgo de equivocarse
¿Qué porcentaje de la población de Israel apoya
la política de Ariel Sharon? Las encuestas dicen que una mayoría
significativa. Esto es, sin duda, el aspecto más grave, cara
al futuro, de la crisis presente. Es comprensible, desde luego, que,
enfurecida con la monstruosa oleada de atentados terroristas, la opinión
pública israelí se haya dejado obnubilar por el extremismo
ultranacionalista delirante de Ariel Sharon, creyéndole que mediante
una acción armada fulminante, implacable, contra los palestinos,
se pondría fin de raíz a la inseguridad y la incertidumbre
en que Israel vive. Pero, a estas alturas ya es más que evidente
que semejante estrategia es contraproducente, como tratar de apagar
un incendio a baldazos de combustible. Si no hay una reacción
crítica de parte de la opinión pública israelí,
y, más bien, ante la continuación de los atentados, ella
se enquista en el radicalismo sosteniendo con sus votos a los halcones
fundamentalistas de su Gobierno (los hay todavía peores que Sharon),
todo el Medio Oriente puede arder en un conflicto de incalculables consecuencias.
Y, contrariamente a lo que suponen los designios catastrofistas de Sharon,
de estallar este conflicto generalizado en la región, el pequeño
Israel no tiene nada que ganar y sí mucho que perder.
El sábado 6 de abril, unos quince mil israelíes tuvieron
la valentía y la decencia de manifestarse en Tel Aviv contra
las operaciones de guerra del Tsahal, coreando No a la ocupación
y Sí a la paz. Y el presidente del Parlamento de
Israel, el laborista Abraham Burg, así como el ex ministro de
Relaciones Exteriores y parlamentario laborista Shlomo Ben Ami, se han
pronunciado en términos muy claros por el retiro inmediato de
los territorios ocupados, y, por lo menos el primero de ellos, por el
retiro del Partido Laborista de la coalición del Gobierno que
preside Sharon. Hay que desear que estos no sean ejemplos aislados de
lucidez y mesura, sino expresiones de una corriente de opinión
en Israel que, sacudida por los acontecimientos de los últimos
días, crezca hasta hacerse escuchar.
Porque éste es el camino de la sensatez, el único que
puede conducir, más tarde o más temprano, a esa paz que
los extremistas de ambos bandos han conseguido eclipsar, saboteando
primero los acuerdos de Oslo, asesinando a Rabin, frustrando la negociación
de Camp David en que Israel hizo las mayores concesiones que había
hecho nunca, desencadenando una campaña de acciones terroristas
y, por último, llevando al poder a un extremista dogmático
como Sharon. La opinión internacional debe movilizarse con energía
exigiendo la retirada del Tsahal de los territorios y ciudades palestinos
invadidos y el inicio de negociaciones inmediatas sobre la base de la
propuesta del príncipe heredero de Arabia Saudita que ofrece
el reconocimiento de Israel por todos los países árabes
a cambio del retiro israelí de todos los dominios ocupados en
1967.
Copyright 2002
El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización
escrita de su titular. |
|