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28 de abril de 2002 |
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Erick L. Lemus El enemigo interno Su mirada está clavada frente a la pantalla del televisor y con un gesto severo observa las noticias sobre capturas de hampones y muertes a sangre fría. La noche es silenciosa, pero se acerca a la ventana y observa si hay un sospechoso que merodee el vecindario. No se siente seguro. Teme lo peor. Un sentimiento de inseguridad lo aflige como nunca antes. En el noticiero de televisión, un reporte sobre el motín de reos lo crispa y se lleva la mano al cinto. La pistola Beretta le da un respiro. Pero el timbre del teléfono lo saca de su paz y pega un tiro. Esa noche no ha bebido, sin embargo, así que sus nervios están quedos. Sus vecinos ya están acostumbrados y su familia está harta. Una bala casi le rozó un brazo a su hijo menor uno de esos días. No es una historia de ficción. Dicen que todavía dispara cuando la cerveza le sorbe el seso. Él es un protagonista anónimo de esas estadísticas frías que sistematiza la Policía. Él tiene un arma inscrita en el registro del ejército. 173,507 armas de fuego están matriculadas en la Dirección de Logística del Ministerio de Defensa hasta el año 2000. Pero hay más de 450,000 en manos de civiles que han gozado los privilegios de cinco decretos transitorios que la Asamblea Legislativa aprobó para facilitar la inscripción de pistolas, fusiles y revólveres. Nadie los examinó psicológicamente porque los decretos ablandaron el espíritu de la Ley de Control y Regulación de Armas de Fuego, Municiones, Explosivos y Artículos Similares, que los diputados aprobaron en 1999. Los políticos recurrieron a su sentido común: un arma registrada no será utilizada en actos delincuenciales. Pero quién garantiza la estabilidad emocional de quien porta un cuete debajo de la camisa. Según el registro de la Policía Nacional Civil (PNC), el 87% de las armas que se decomisan (por no tener matrícula o haber sido usadas en la comisión de delitos) son armas cortas. El tema de la tenencia y la portación de armas va más allá de un reglamento o una ley. En nuestro país, la violencia es una regla para la resolución de conflictos, sin importar que estos sean cotidianos o domésticos. Por eso una pistola en manos de un inexperto, un sujeto desequilibrado emocionalmente o un energúmeno es el peor ingrediente para una sociedad que aspira a vivir en paz, sin riesgos ni amenazas. Algunos piensan que lograr esto es algo iluso, pero creo que no es justo perder la esperanza. elemus@elsalvador.com
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