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REPORTAJE
Top
Secret
La
logística utilizada para dar seguridad al presidente de la potencia
más grande del mundo, durante su visita al país, fue un
secreto bien guardado. Pero el ejército salvadoreño decidió
compartirlo a Vértice.
Iván Gómez
vertice@elsalvador.com
A finales del mes de enero, el Estado Mayor del Ejército recibe
la noticia de que el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush,
realizaría una visita oficial al país el 24 de marzo.
En el comunicado se indicaba que además del mandatario estadounidense,
llegarían al país, siete jefes de Estado de Centroamérica
y Belice.
La misión era elaborar un plan de seguridad para los dignatarios
frente a dos principales tipos de amenazas: Una serían los movimientos
de protesta por parte de grupos radicales y, la segunda y más
importante, el terrorismo internacional impulsado por el grupo musulmán
Al Qaeda.
La estrategia se le encomendó al jefe del Estado Mayor, General
Alvaro Antonio Calderón.
De antemano, existía la experiencia obtenida en 1999, cuando
el ex Presidente estadounidense Bill Clinton ocupó el territorio
como sede durante su visita a los países de la región.
Sin embargo, luego de la acción terrorista del 11 de septiembre
se exigía retomar el plan utilizado con Clinton y acomodarlo
para brindar seguridad ante posibles ataques terroristas.
La Operación
El trabajo estratégico se enfocó en tres componentes:
el terrestre, el aéreo y el marítimo. En el operativo
se implementarían dos mil 651 efectivos distribuidos en seis
fuerzas de tarea. Un componente se mantendría en el interior
del Aeropuerto Internacional El Salvador; otro en un área de
5 kilómetros de la terminal aérea; otro comando se desplazaría
a Casa Presidencial, Santa Tecla y volcán de San Salvador. El
cuarto cubriría el espacio aéreo.
Una quinta combinación tendría la seguridad inmediata
de los jefes de Estado. Y una sexta fuerza se mantendría como
reserva ante cualquier acontecimiento.
La misión exigía mantener una constante preparación
del contingente, por lo que se dio la orden de realizar constantes jornadas
de preparación táctica.
La jornada se desarrollaría a lo largo de dos meses. En la escena
real, 72 horas antes de la llegada de los mandatarios.
Asimismo se mantuvo presencia de tropa en unas 30 pistas aéreas
privadas ubicadas en todo el territorio.
Ante
una amenaza latente, tres aviones A-37 tenían la orden de interceptar
y forzar a aterrizar a cualquier avioneta que sobrevolara el espacio
aéreo salvadoreño.
Para un mayor control, se instalaron observadores aéreos en el
Volcán de San Salvador, Cerro San Jacinto, Apopa y Suchitoto.
La Fuerza Naval mantuvo, desde el sábado, dos buques en todo
el Litoral marítimo mientras un comando especial resguardaba
la costa sur frente a Comalapa.
Un contingente policial tendría la misión de controlar
cualquier movimiento violento que podría registrarse en las calles;
principalmente, en las cercanías de Casa Presidencial y en el
hotel donde se alojaban las delegaciones internacionales.
Pero nada fue fácil ya que el Servicio Secreto estadounidense
modificó el plan estratégico original después que
las autoridades revelaron generalidades a los medios de comunicación.
Los agentes secretos exigieron absoluto secreto y hermetismo.
De Día y Noche
Durante dos meses, el Comando de Fuerzas Especiales, a cargo del Coronel
Julio César Arévalo, realizan en la base aérea
de Ilopango constantes y agotadoras jornadas de prácticas.
La misión tuvo el nombre de Fuerza de Tarea Tigre. Unos 900 hombres
estaban a cargo para brindar la seguridad al sur y norte del aeropuerto,
cubrir la avanzada de seguridad del Presidente Bush y dar seguridad
a los alrededores donde se concentrarán los presidentes. Y 150
hombres se mantuvieron en pista y alrededores del avión presidencial.
Los francotiradores complementarían su trabajo con elementos
estadounidenses. Este contingente fue el que se mantuvo más cerca
de George W. Bush a escasos 90 metros. Me siento orgulloso que
el Servicio Secreto permitiera que mis hombres permanecieran armados
en la zona. Un privilegio que no se le da con frecuencia durante las
visitas que realiza el Presidente Bush a otros países. Se demuestra
el grado de confianza que nos tienen, recalca el coronel Arévalo
con gesto satisfecho.
Las sirenas de dos motorizados interrumpen el campo de entrenamiento
de la Unidad de Operaciones Especiales. Un contingente de siete vehículos
escolta al carro presidencial. En un cruce de calle, se escucha una
ráfaga de metralla. De inmediato, la escuadra antiterrorista
entra en acción; disparos certeros dirigidos por francotiradores
indican donde está el enemigo que intentó atentar contra
la personalidad. En diez segundos, el comando tiene que repeler el ataque.
Mientras la comitiva sale apresurada de la escena de peligro con dirección
a uno de los lugares escogidos para brindar seguridad.
Todo está calculado: paramédicos, puestos de observación,
evacuación de civiles.
En caso que el dignatario esté ubicado en un escenario donde
esté acompañado de varias personas, el francotirador (quien
es un profesional en su trabajo) deberá discriminar sus posibles
objetivos tras su Remington 700, con capacidad de mira de 800 metros.
Su agudeza mental le permitirá mantener el control de todas las
personas que están alrededor del personaje.
La hora cero
Pero
los constantes entrenamientos se veían en la práctica.
Durante la última reunión con el Servicio Secreto, no
se registró ningún cambio.
Los dos mil 652 elementos destacados para resguardar a los presidentes
de Estados Unidos, Centroamérica, Panamá y Belice estaban
listos. El contingente militar se desplazó en las zonas establecidas
desde el viernes 22 de marzo.
Se desarrollaron registros al personal del aeropuerto y a los vehículos
que se conducían a la terminal. La misión era detectar
posibles artefactos explosivos.
El propio 24 se decomisó un AR-15 a una persona que se dirigía
al aeropuerto. Aunque el arma estaba registrada, la orden era decomisar
armas a personas no autorizadas.
La seguridad fue tan exigente que ni los machetes pasaron por alto.
En los lugares próximos a Casa Presidencial, Museo Nacional David
J. Guzmán y el Hotel donde se alojaban desde tempranas horas
las delegaciones que participarían en el encuentro se mantenían
sin reportar ninguna novedad.
Los ocho equipos de francotiradores apostados en la zona desde un día
antes, estaban prestos a cumplir con su misión para dar seguridad
a las columnas vehiculares.
Fue hasta el día lunes por la mañana cuando la unidad
de fuerzas especiales del Ejército empezó a respirar con
tranquilidad. Todas las delegaciones oficiales, que arribaron al país,
habían concluido su misión en El Salvador.
Entre los militares que participaron en el dispositivo de seguridad
quedaba la satisfacción de haber completado una de las misiones
más difíciles que se le puede asignar a un país
centroamericano: Ser parte del plan de seguridad que garantizara la
integridad del líder de la potencia más fuerte del mundo.
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