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OPINION
Cada
estado tiene la moneda que se merece
Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com
Los
argentinos no saben si acogerse a dos monedas, a tres, o a ninguna y
suscribir el dólar, como hicieron los ecuatorianos hace algún
tiempo o los panameños desde 1903, cuando fundaron la república.
¿Qué deben hacer los argentinos? Ante todo, es importante
entender para qué sirven las monedas, evaluar qué sacrificios
están dispuestos a llevar a cabo, y luego decidir cuál
es la mejor opción.
Las monedas tienen tres funciones. Primero, son un depósito de
valor. Conservan la capacidad de adquirir cosas o pagar servicios. Lo
que enseguida nos lleva a una conclusión obvia: es esencial que
la moneda preserve su valor el mayor tiempo posible. Esto es, que no
se devalúe rápida y excesivamente frente a otras monedas,
pues si eso ocurre nuestros ahorros se evaporan y disminuye nuestra
capacidad adquisitiva. No es, por lo tanto, conveniente tener una moneda
con escaso valor para fomentar las ventas internacionales. Esa extendida
superstición enriquece a unos cuantos exportadores, pero perjudica
al resto de la sociedad, encareciéndole las importaciones y disminuyendo
el valor de sus activos. La segunda función de la moneda es la
de unidad de cuenta. Se trata de una referencia abstracta
para fijar los precios. Si no tenemos esa referencia no sabemos cuánto
vamos a cobrar o a pagar por las cosas o por los servicios y se hace
prácticamente imposible poseer un sistema económico complejo.
La tercera y última función es la de facilitar los intercambios.
Si no existiera la moneda habría que recurrir al trueque.
A partir de esta mínima lección de economía que
los jóvenes aprenden en su primer día de clase, viene
otra igualmente importante: ¿qué es lo que le da valor
a una moneda? Sin duda, la confianza que despierta el emisor. Durante
siglos esa confianza tenía una base objetiva: la moneda era de
un metal valioso. Cuando comenzó a imprimirse papel moneda, se
suponía que en las bóvedas del gobierno se guardaba oro
o plata para respaldar los billetes. Pero en el momento en que se abandonó
el patrón oro, sólo quedó como garantía
la estabilidad económica y social del país emisor. ¿Qué
moneda era una divisa apetecible? Precisamente, la que mejor garantizara
las tres funciones antes descritas que se esperan que cumpla una moneda.
El país emisor no tiene que ser una superpotencia para contar
con una moneda sólida y preferida. El tamaño de la economía
argentina -su PIB- es de trescientos sesenta y siete mil millones de
dólares. El de Suiza no llega a doscientos mil. Sin embargo,
el franco suizo es una de las divisas preferidas del planeta. ¿Por
qué? Porque el país emisor posee instituciones jurídicas
que funcionan bien, las cuentas públicas están equilibradas,
la presión fiscal no ahoga la capacidad de ahorro e inversión,
las políticas públicas son sensatas y los últimos
tumultos políticos que la nación experimentó ocurrieron
en 1848. Es verdad que las reservas de oro y moneda extranjera son altas,
pero ahí no radica la esencia de la fortaleza del franco suizo.
El secreto está en la confianza y en el carácter predecible
que otorga un Estado de Derecho acatado por la inmensa mayoría
de la sociedad, y en la fortaleza que se deriva de un modelo de organización
económica sobre el que existe un consenso casi total en la clase
dirigente.
Cambio de mentalidad
A partir de estos datos es que los argentinos deben tomar la decisión
del tipo de moneda más conveniente para el modelo de sociedad
en el que viven. Si quieren tener una moneda fuerte que inspire confianza,
que no pierda su valor y que sirva para realizar transacciones internacionales,
es obvio que tienen que comportarse de una manera diferente a como lo
han hecho hasta ahora. Tienen que manejar la economía como lo
hacen los suizos, los holandeses o los daneses. No pueden convertir
el empleo público en una forma de reclutamiento político,
ni pueden tolerar la corrupción rampante, ni pueden incumplir
los acuerdos financieros con propios y extraños. Tienen, en suma,
que abandonar el tercermundismo y funcionar como ciudadanos de Estados
serios y responsables.
¿Que la mentalidad prevaleciente y la tradición lo impiden?
¿Que es imposible por razones políticas? Entonces lo realista
es renunciar a tener una moneda propia. En ese caso, es preferible sustituir
la masa monetaria por dólares o por euros, o por los dos, olvidarse
de pesos, de argentinos o de patacones,
y adaptarse a vivir con la moneda emitida por Estados que son más
competentes y fiables. Esto fue lo que hicieron los ecuatorianos tras
fracasar media docena de veces y comprobar que carecían de consenso
para tomar las medidas adecuadas y de la dura disciplina que se requiere
para cumplir con un severo plan de ajuste. Como nadie quería
apretarse el cinturón, todos acabaron poniéndose una camisa
de fuerza. No era la solución ideal, pero era una respuesta melancólicamente
madura ante la incompetencia de la clase dirigente para solucionar un
gravísimo problema.
Los argentinos están en una situación parecida. Negarlo
no conduce a ningún sitio. Esgrimir razones patrióticas,
voluntarismo o ensayar emocionados discursos patrióticos oscurece
la médula del problema. Hay que elegir. Cada Estado tiene la
moneda que se merece. Si los argentinos quieren una moneda fuerte y
estable tienen que cambiar el modo de administrar el Estado. De lo contrario,
tienen que resignarse al caos o a usar las monedas de otro. No hay más
cartas sobre la mesa.
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