14 de abril de 2002

Portada
Reportaje
Tema de portada
El instinto del ALACRÁN
Cartas
Especial
Opinión
Columna
Colofón

ESPECIAL

Lo que queda de Argentina

Argentina necesita un termo de emergencia en medio de los estupores, frustraciones e incertidumbres. Hasta los políticos están aprendiendo allí una nueva semiología. La memoria no obliga a los argentinos a seguir una terapia intensiva contra la arrogancia. Ahora deberán compartir la pobreza y la dignidad.

Lafitte Fernández

vertice@elsalvador.com

Es lunes y feriado. En esta Argentina anémica parece que cada uno mastica en silencio sus reservas, amarguras y pánicos. Aquí nadie sabe lo que será. Todo es crisis y desesperanza.
A pesar de eso, este día nadie trabaja aquí. Es una paradoja: los argentinos se dedican a recordar una guerra inventada por militares corruptos que no ganaron: la de Malvinas.
Camino por las principales calles de Buenos Aires. Están vacías. Abro un diario. Encuentro muchas páginas dedicadas a la vieja guerra. Ironía sobre ironía: el hombre que, por su valentía, ganó más medallas luchando contra los ingleses, está desempleado y casi muerto de hambre. Vive de la caridad.
Otras dos páginas cuentan que 340 jóvenes argentinos se suicidaron, después de ser expulsados, a sangre y fuego por los ingleses, de las Malvinas.
Lo hicieron a su regreso y no fue, precisamente, por el coraje que les causó perder la guerra. La madre de uno de los jóvenes que se tiró de la azotea de un edificio de 20 pisos, le dijo algo a un periodista: “entregué sano a mi hijo y me devolvieron otro que ya no quiso vivir más”.

Las pintas

La tarde es fría, ventosa e inhospitalaria. Llego a la calle Santa Fe. Los dientes me castañean. Me topo de frente con un viejo edificio de bella arquitectura francesa de principios del siglo XX en la que se aloja el banco de Boston. Su puerta está salpicada de rótulos en los que lo menos que se les dice a los banqueros es “ladrones”.
Comienzo a leer las pancartas que se pegaron en esa puerta de hierro de casi cuatro metros. Las frases son durísimas contra aquellos que recibieron dólares en depósitos y decidieron congelarlos y entregar una parte en pesos argentinos devaluados en más del 150 por ciento.
De pronto, un niño con cara de pilluelo se deshace de las manos de sus padres, corre y se planta frente a la puerta del banco. Mira de reojo, quizá para no convertirse en señuelo de un policía, y le pregunta a su padre: ‘¿Verdad que son unos hijos de puta?’.
Al hombre no le extraña la pregunta de su pequeño hijo. Por el contrario; asiente y le repite que sí, que son unos perversos porque le quitan el dinero a la gente. Lo dice con la misma rabia que llevan adentro millones de argentinos que viven, ahora, las peores calamidades.
Esa rabia no es sólo hija de lo que sucedió con unos 90 mil millones de dólares que los argentinos mantenían en los bancos en depósitos y que demuestran que siempre prefirieron, equivocadamente, buscar soluciones financieras a sus problemas mediante la obtención de intereses a plazo fijo y no transformarse en empresarios eficientes.

La bancarrota

Las ocurrencias del niño me hacen reir. Sigo mi camino por calles nutridas de establecimientos comerciales que ahora asustan. Miro las vitrinas de algunas tiendas. Muchas están vacías. Un rótulo marca la sentencia: cerrada. Ese es el destino cuando se camina por las calles de Buenos Aires: observar tiendas en bancarrota. Las que sobreviven tienen otros anuncios: “Venta final por liquidación”. La receta es salteada, aunque todavía sobreviven muchísimas.
Crudas cifras muestran lo que ha pasado: en los últimos tres meses cerraron 6.000 establecimientos comerciales en Buenos Aires. La gente no tiene dinero para comprar. Otros datos muestran, casi con brutalidad, lo que sucede aquí. También en los últimos tres meses la empresa privada ha despedido 175 mil personas. El 90 por ciento de esos cortes se han producido en el comercio.
Los trabajadores viven una verdadera tragedia. Quien ganaba mil dólares, ahora recibe $300. Recibirá eso si la nueva vida lo recompensa porque casi no hay empleado que no haya escuchado una advertencia de su patrono: “No puedo pagarte tu salario. Debo bajártelo en un 30 ó 40 por ciento. O si no, debo despedirte”.
Es mi primer día en Buenos Aires. Sigo mi marcha por la ancha calle de Santa Fe en busca de un medicamento que me ayude a contener una alergia que me constipa. Miro hacia abajo. Lo que veo me sobresalta aunque aquella escena se volvería recurrente: un niño me hala el ruedo del pantalón. Me pide una moneda. A su lado está sentado, sobre la acera, un hombre joven, junto a otros dos niños. Es su papá.
El hombre no viste como pordiosero. Diría que ha vivido siempre en la clase media. Le miro la cara. Tiene la peor cara de derrota que he observado en mi vida. Parecía que quería derrumbarse sobre el dolor.
Sobre su pecho carga un rótulo hecho con cartón: “Ayúdeme. No tengo trabajo y debo darle de comer a tres hijos”.
Aquello me produce escalofrío. No sé si es el vaho del machismo, no sé si es que estoy acostumbrado a mirar, en las calles, pordioseros desarrapados pidiendo monedas; pero la cara del hombre y de sus niños me conmueven. ¡Dios mío, digo, qué le ha pasado a Argentina!

Algunas claves

Me remonto a El Salvador y trato de recordar las explicaciones de algunos analistas: Que a Argentina se la comió la privatización. Que a Argentina la hundió la dolarización. Que a El Salvador le va a ocurrir lo que sucedió en Argentina. Que todo obedece a la globalización.
“Mentiras, mentiras”, digo, cuando, varios días después, tomo el avión que me lleva de regreso a San Salvador. Lo que sucede en Argentina no es causa de eso.
Si tomamos el último tramo de la historia argentina, lo que ocurrió allí puede abreviarse. Antes de 1983, los argentinos pasaron, buena parte de su historia moderna, en un juego poco democrático. A un gobierno civil, siempre lo sucedía otro militar, con los problemas que eso significaba.
Con la llegada de Raúl Alfonsín al poder, en 1983, ganaron la batalla de la democracia. Con él empezó la sucesión de gobiernos electos democráticamente.
Pero, Argentina exigía también un cambio del sistema económico. El estancamiento inflacionario tenía agobiado ese país. Existían muchas razones para que eso ocurriera. Pero, la más importante es que las finanzas del Estado siempre hicieron aguas.
Parte del problema es que, con el paso de la historia, los argentinos se acostumbraron a cargarle al Estado las soluciones a todos sus problemas.
Como las cuentas públicas no cerraban nunca, se endeudaron hasta superar cualquier límite razonable. Parte del problema es que buena porción de la deuda se usaba para financiar el gigantesco Estado que decidieron construir aún antes de los tiempos de Perón. Peor negocio no podían encontrarse en el camino.
Y el problema del tamaño no obedecía sólo al Gobierno central. Las finanzas públicas de las provincias siempre estuvieron en rojo.
Con la llegada de Carlos Menem, las cosas cambiaron, por lo menos hasta 1999. Astutamente, Menem abandonó el estatismo inflacionario privatizando bienes públicos que ya no garantizaban buenos servicios.
Que no supervisó que una vez privatizados no atropellaran a mucha gente, es otro problema. Pero, sin duda, comenzaron a funcionar mejor. Menem alentó el principio del fin de un megaestado pero no concluyó su tarea.
Las finanzas públicas nunca llegaron a sanarse y el problema del endeudamiento siguió creciendo. Aquello necesitaba una cirugía mayor sin anestesia. Al final, sólo le aplicaron aspirinas al paciente. Al final de su camino, Menem también falló en el intento de reinventarle a los argentinos su capitalismo, amarrado a otro lío perverso para una sociedad, como es la corrupción.
Pero, faltaba mucho más que hacer frente al problema del Estado que Menem jamás concluyó y De la Rúa no se atrevió a tocar. Hoy se sabe que sólo en los gobiernos provinciales, tendrán que despedir a 350 mil empleados públicos. Hay provincias donde la mitad trabaja para el estado. Además, en esos territorios comenzaron a emitir bonos que, enfermaron, aún más, su economía.
Si algo se puede advertir es que todo lo que se hizo, en Argentina, para desarmar un estado gigantesco no pasó de un juego de niños.

El mito de la riqueza por los suelos

Antes se decía que Argentina era un país rico. Ahora creen que es un país pobre lleno de pobres. Eso es parte del drama.

Los argentinos construyeron, a lo largo de la historia, un país con características muy diversas: el comercio debía ser inglés, la cultura francesa, el ejército alemán y el pueblo español o italiano.
Esa historia también les heredó una percepción equivocada: que bastaba con tener recursos naturales casi interminables para ser ricos para siempre y vivir con holgura. El mito de la riqueza la compartían todos en Argentina.
Usted habla con muchos de ellos y siempre le recuerdan que, en 1908, figuraban como séptimos en producto por habitante de todo el mundo. Sólo los superaban países como Inglaterra, Estados Unidos y Suiza.
Hasta hace poco tenían un ingreso de $8 mil aunque, con la devaluación, si acaso llegan a los $3 mil anuales como ingreso.
Mariano Grondona, ese formidable periodista argentino, dice lo que ha ocurrido a su país de esta forma: “Creíamos que estábamos en un país rico pero con millones de pobres adentro. Ahora creemos que somos un país pobre lleno de pobres”.
¿Qué pasó? El país no se preparó para el futuro. Creyó que con la riqueza natural bastaba como ventaja comparativa entre naciones.
“Este país rico sólo podía estar generando pobreza porque era un país saqueado por los privilegios y la corrupción”, dice Grondona.
Pero, esas no son las únicas claves para entender lo que pasó.
A esos problemas se agregan otros: buena parte del crecimiento económico logrado por Menem obedeció a estimular la demanda interna y a proteger la ineficiente industria local.
Jamás se prepararon, en ese país suramericano, para convertirse en una economía que fuese abierta, competitiva y eficiente.
“No se podía pasar en un día del infierno estatista del Tercer Mundo al paraíso capitalista del Primer Mundo”, afirma Grondona.

Libreta de apuntes

Argentina presenta muchos detalles que muestran la crisis.

- El desempleo podría rondar, en Argentina, el 23%. Afecta a unos tres millones de personas.

- La producción industrial bajó el 15.9% entre enero y febrero. La construcción cayó el 42.8%.

- Los números también reflejan una caída del 11% en el Producto Interno Bruto de ese país, en el primer trimestre de este año.

- Otro número que asusta es el de los empleados públicos.

- Hay provincias de Argentina donde la mitad de las personas que laboran lo hacen en oficinas públicas.

- No hay Estado del mundo que aguante con semejante peso burocrático.

- Usted puede comprar, en Argentina, una hectárea de tierra (diez mil metros cuadrados) por $600.

- El 70% de la gente redujo sus gastos en teléfono.

- Un 40% bajó la compra de alimentos, mientras el 50% dice que comprará menos cantidad.

 

 



Portada I Reportaje I Tema de portada I Especial
Opinión I Columna I Cartas I Colofón

Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.