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ESPECIAL
Lo
que queda de Argentina
Argentina
necesita un termo de emergencia en medio de los estupores, frustraciones
e incertidumbres. Hasta los políticos están aprendiendo
allí una nueva semiología. La memoria no obliga a los
argentinos a seguir una terapia intensiva contra la arrogancia. Ahora
deberán compartir la pobreza y la dignidad.
Lafitte Fernández
vertice@elsalvador.com
Es lunes y feriado. En esta Argentina anémica parece que cada
uno mastica en silencio sus reservas, amarguras y pánicos. Aquí
nadie sabe lo que será. Todo es crisis y desesperanza.
A pesar de eso, este día nadie trabaja aquí. Es una paradoja:
los argentinos se dedican a recordar una guerra inventada por militares
corruptos que no ganaron: la de Malvinas.
Camino por las principales calles de Buenos Aires. Están vacías.
Abro un diario. Encuentro muchas páginas dedicadas a la vieja
guerra. Ironía sobre ironía: el hombre que, por su valentía,
ganó más medallas luchando contra los ingleses, está
desempleado y casi muerto de hambre. Vive de la caridad.
Otras dos páginas cuentan que 340 jóvenes argentinos se
suicidaron, después de ser expulsados, a sangre y fuego por los
ingleses, de las Malvinas.
Lo hicieron a su regreso y no fue, precisamente, por el coraje que les
causó perder la guerra. La madre de uno de los jóvenes
que se tiró de la azotea de un edificio de 20 pisos, le dijo
algo a un periodista: entregué sano a mi hijo y me devolvieron
otro que ya no quiso vivir más.
Las pintas
La
tarde es fría, ventosa e inhospitalaria. Llego a la calle Santa
Fe. Los dientes me castañean. Me topo de frente con un viejo
edificio de bella arquitectura francesa de principios del siglo XX en
la que se aloja el banco de Boston. Su puerta está salpicada
de rótulos en los que lo menos que se les dice a los banqueros
es ladrones.
Comienzo a leer las pancartas que se pegaron en esa puerta de hierro
de casi cuatro metros. Las frases son durísimas contra aquellos
que recibieron dólares en depósitos y decidieron congelarlos
y entregar una parte en pesos argentinos devaluados en más del
150 por ciento.
De pronto, un niño con cara de pilluelo se deshace de las manos
de sus padres, corre y se planta frente a la puerta del banco. Mira
de reojo, quizá para no convertirse en señuelo de un policía,
y le pregunta a su padre: ¿Verdad que son unos hijos de
puta?.
Al hombre no le extraña la pregunta de su pequeño hijo.
Por el contrario; asiente y le repite que sí, que son unos perversos
porque le quitan el dinero a la gente. Lo dice con la misma rabia que
llevan adentro millones de argentinos que viven, ahora, las peores calamidades.
Esa rabia no es sólo hija de lo que sucedió con unos 90
mil millones de dólares que los argentinos mantenían en
los bancos en depósitos y que demuestran que siempre prefirieron,
equivocadamente, buscar soluciones financieras a sus problemas mediante
la obtención de intereses a plazo fijo y no transformarse en
empresarios eficientes.
La bancarrota
Las
ocurrencias del niño me hacen reir. Sigo mi camino por calles
nutridas de establecimientos comerciales que ahora asustan. Miro las
vitrinas de algunas tiendas. Muchas están vacías. Un rótulo
marca la sentencia: cerrada. Ese es el destino cuando se camina por
las calles de Buenos Aires: observar tiendas en bancarrota. Las que
sobreviven tienen otros anuncios: Venta final por liquidación.
La receta es salteada, aunque todavía sobreviven muchísimas.
Crudas cifras muestran lo que ha pasado: en los últimos tres
meses cerraron 6.000 establecimientos comerciales en Buenos Aires. La
gente no tiene dinero para comprar. Otros datos muestran, casi con brutalidad,
lo que sucede aquí. También en los últimos tres
meses la empresa privada ha despedido 175 mil personas. El 90 por ciento
de esos cortes se han producido en el comercio.
Los trabajadores viven una verdadera tragedia. Quien ganaba mil dólares,
ahora recibe $300. Recibirá eso si la nueva vida lo recompensa
porque casi no hay empleado que no haya escuchado una advertencia de
su patrono: No puedo pagarte tu salario. Debo bajártelo
en un 30 ó 40 por ciento. O si no, debo despedirte.
Es mi primer día en Buenos Aires. Sigo mi marcha por la ancha
calle de Santa Fe en busca de un medicamento que me ayude a contener
una alergia que me constipa. Miro hacia abajo. Lo que veo me sobresalta
aunque aquella escena se volvería recurrente: un niño
me hala el ruedo del pantalón. Me pide una moneda. A su lado
está sentado, sobre la acera, un hombre joven, junto a otros
dos niños. Es su papá.
El hombre no viste como pordiosero. Diría que ha vivido siempre
en la clase media. Le miro la cara. Tiene la peor cara de derrota que
he observado en mi vida. Parecía que quería derrumbarse
sobre el dolor.
Sobre su pecho carga un rótulo hecho con cartón: Ayúdeme.
No tengo trabajo y debo darle de comer a tres hijos.
Aquello me produce escalofrío. No sé si es el vaho del
machismo, no sé si es que estoy acostumbrado a mirar, en las
calles, pordioseros desarrapados pidiendo monedas; pero la cara del
hombre y de sus niños me conmueven. ¡Dios mío, digo,
qué le ha pasado a Argentina!
Algunas claves
Me
remonto a El Salvador y trato de recordar las explicaciones de algunos
analistas: Que a Argentina se la comió la privatización.
Que a Argentina la hundió la dolarización. Que a El Salvador
le va a ocurrir lo que sucedió en Argentina. Que todo obedece
a la globalización.
Mentiras, mentiras, digo, cuando, varios días después,
tomo el avión que me lleva de regreso a San Salvador. Lo que
sucede en Argentina no es causa de eso.
Si tomamos el último tramo de la historia argentina, lo que ocurrió
allí puede abreviarse. Antes de 1983, los argentinos pasaron,
buena parte de su historia moderna, en un juego poco democrático.
A un gobierno civil, siempre lo sucedía otro militar, con los
problemas que eso significaba.
Con la llegada de Raúl Alfonsín al poder, en 1983, ganaron
la batalla de la democracia. Con él empezó la sucesión
de gobiernos electos democráticamente.
Pero, Argentina exigía también un cambio del sistema económico.
El estancamiento inflacionario tenía agobiado ese país.
Existían muchas razones para que eso ocurriera. Pero, la más
importante es que las finanzas del Estado siempre hicieron aguas.
Parte del problema es que, con el paso de la historia, los argentinos
se acostumbraron a cargarle al Estado las soluciones a todos sus problemas.
Como las cuentas públicas no cerraban nunca, se endeudaron hasta
superar cualquier límite razonable. Parte del problema es que
buena porción de la deuda se usaba para financiar el gigantesco
Estado que decidieron construir aún antes de los tiempos de Perón.
Peor negocio no podían encontrarse en el camino.
Y el problema del tamaño no obedecía sólo al Gobierno
central. Las finanzas públicas de las provincias siempre estuvieron
en rojo.
Con la llegada de Carlos Menem, las cosas cambiaron, por lo menos hasta
1999. Astutamente, Menem abandonó el estatismo inflacionario
privatizando bienes públicos que ya no garantizaban buenos servicios.
Que no supervisó que una vez privatizados no atropellaran a mucha
gente, es otro problema. Pero, sin duda, comenzaron a funcionar mejor.
Menem alentó el principio del fin de un megaestado pero no concluyó
su tarea.
Las finanzas públicas nunca llegaron a sanarse y el problema
del endeudamiento siguió creciendo. Aquello necesitaba una cirugía
mayor sin anestesia. Al final, sólo le aplicaron aspirinas al
paciente. Al final de su camino, Menem también falló en
el intento de reinventarle a los argentinos su capitalismo, amarrado
a otro lío perverso para una sociedad, como es la corrupción.
Pero, faltaba mucho más que hacer frente al problema del Estado
que Menem jamás concluyó y De la Rúa no se atrevió
a tocar. Hoy se sabe que sólo en los gobiernos provinciales,
tendrán que despedir a 350 mil empleados públicos. Hay
provincias donde la mitad trabaja para el estado. Además, en
esos territorios comenzaron a emitir bonos que, enfermaron, aún
más, su economía.
Si algo se puede advertir es que todo lo que se hizo, en Argentina,
para desarmar un estado gigantesco no pasó de un juego de niños.
El
mito de la riqueza por los suelos
Antes se decía que Argentina era un país rico. Ahora
creen que es un país pobre lleno de pobres. Eso es parte del
drama.
Los
argentinos construyeron, a lo largo de la historia, un país con
características muy diversas: el comercio debía ser inglés,
la cultura francesa, el ejército alemán y el pueblo español
o italiano.
Esa historia también les heredó una percepción
equivocada: que bastaba con tener recursos naturales casi interminables
para ser ricos para siempre y vivir con holgura. El mito de la riqueza
la compartían todos en Argentina.
Usted habla con muchos de ellos y siempre le recuerdan que, en 1908,
figuraban como séptimos en producto por habitante de todo el
mundo. Sólo los superaban países como Inglaterra, Estados
Unidos y Suiza.
Hasta hace poco tenían un ingreso de $8 mil aunque, con la devaluación,
si acaso llegan a los $3 mil anuales como ingreso.
Mariano Grondona, ese formidable periodista argentino, dice lo que ha
ocurrido a su país de esta forma: Creíamos que estábamos
en un país rico pero con millones de pobres adentro. Ahora creemos
que somos un país pobre lleno de pobres.
¿Qué pasó? El país no se preparó
para el futuro. Creyó que con la riqueza natural bastaba como
ventaja comparativa entre naciones.
Este país rico sólo podía estar generando
pobreza porque era un país saqueado por los privilegios y la
corrupción, dice Grondona.
Pero, esas no son las únicas claves para entender lo que pasó.
A esos problemas se agregan otros: buena parte del crecimiento económico
logrado por Menem obedeció a estimular la demanda interna y a
proteger la ineficiente industria local.
Jamás se prepararon, en ese país suramericano, para convertirse
en una economía que fuese abierta, competitiva y eficiente.
No se podía pasar en un día del infierno estatista
del Tercer Mundo al paraíso capitalista del Primer Mundo,
afirma Grondona.
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Libreta
de apuntes
Argentina presenta muchos detalles que muestran la crisis.
- El desempleo podría rondar, en Argentina, el 23%. Afecta
a unos tres millones de personas.
- La producción industrial bajó el 15.9% entre enero
y febrero. La construcción cayó el 42.8%.
- Los números también reflejan una caída
del 11% en el Producto Interno Bruto de ese país, en el
primer trimestre de este año.
- Otro número que asusta es el de los empleados públicos.
- Hay provincias de Argentina donde la mitad de las personas que
laboran lo hacen en oficinas públicas.
- No hay Estado del mundo que aguante con semejante peso burocrático.
- Usted puede comprar, en Argentina, una hectárea de tierra
(diez mil metros cuadrados) por $600.
- El 70% de la gente redujo sus gastos en teléfono.
- Un 40% bajó la compra de alimentos, mientras el 50% dice
que comprará menos cantidad.
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