![]() 14 de abril de 2002 |
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La
vida según ...Claudia Zavala ¿Víctimas de quién? ECuando un beb;e de dieciocho meses de edad llora, son pocas las posibilidades que se consideran: que tenga hambre, sueño, frío o dolor. O que se le antojen los brazos de la madre. Al menos eso dicta el sentido común. Pero las lágrimas de Diego José Gómez, el chiquillo que con su gracia y ternura se convirtió en una especie de símbolo en el reciente caso de tráfico de ilegales, condensan más que eso. Las múltiples vertientes que convergen en una situación como ésta, en donde se mezclan elementos judiciales, policiales, económicos y sociales, la aleja de cualquier conclusión simplista de las que, lastimosamente, abundan en nuestro país. Es cierto. Resulta lamentable y repudiable que algunos padres de familia sean capaces de entregar a sus hijos a manos extrañas, exponiéndolos a cualquier tipo de riesgo. Sin duda, el impacto psicológico que significó para estos niños ser protagonistas de un caso de envergadura internacional dejará una huella que tal vez sólo se conozca cuando muchos aprendan a hablar, o a articular mejor sus pensamientos. Tampoco puede dejarse a un lado el estado de desesperación de los padres o familiares que no ven en el país un futuro digno y próspero para sus hijos. ¿Qué tan mal se vive aquí o qué tan bien se vive allá, como para tomar la determinación de subir a un bus a un bebé sólo con su mochilita de pañales en el brazo? ¿Dónde está la línea entre la negligencia y la falta de fe en El Salvador? Esa es la vertiente emocional y social del asunto. Sin embargo, hay otra que en nada se acerca al corazón, ni a las emociones: la que compete estrictamente a las autoridades. Si Berta Rosa Parada Campos, supuesta cabecilla de esta red de traficantes de ilegales, se atrevió a llenar los asientos de cinco buses con pasajeros menores de edad , es porque existe una estructura consolidada que le asegura su inversión y su riesgo. Es difícil creer que para esta mujer de casi sesenta años este haya sido su primer cargamento. También lo es pensar que fue la única en lucrarse con los 5 mil dólares que cobraba por cada niño. Un mínimo avance se da con el hecho de la Policía acepte que hay corrupción en las fronteras. Aunque, después de tantos años de conocer esta problemática, ya no se sabe si los únicos ciegos ahí son los puntos, o la ceguera se contagia. En el racimo de la corrupción, cada gajo tiene su rostro. ¿Cuándo saldrán en la foto, entonces? czavala@elsalvador.com
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