6 de abril de 2002

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REPORTAJE

Tacuba
Las víctimas del olvido

Hace dos meses, la población de Tacuba se vistió de luto. Un autobús cayó al fondo del río. Carlos Jiménez es uno de los pocos sobrevivientes de la tragedia y hasta la fecha nadie lo ha indemnizado. Este es su testimonio en primera voz.

Iván Gómez
vertice@elsalvador.com

Cada vez que tengo que hacer el recorrido por esa calle vieja que lleva a Ahuachapán, no puedo dejar de pensar en lo que nos ocurrió el 15 de enero. Aquel día, el bus en el que nos conducíamos unos cuarenta y cinco pasajeros, cayó en la quebrada del río Guayapa apenas dos kilómetros antes de llegar a Tacuba.
No sé exactamente qué me llevó esa mañana a viajar a la ciudad; pero tenía que pagar algunas facturas y realizar algunas compras de la quincena.
Y, aunque tenía hambre, siempre he preferido los frijoles de la casa antes que la comida del mercado.
Consideraba que unos cuarenta y cinco minutos de viaje por la calle que, desde los ochenta prometieron reparar, estaría en casa antes de las doce.
Afortunadamente el bus no venía repleto de pasajeros. Había espacio suficiente para que todos viajáramos sentados.
Una vez que subí aferrándome por el estribo de la puerta trasera, busqué el asiento más cercano. Es un poco incómodo porque es donde se sienten más los brincos cuando el bus pasa por los grandes baches. Pero el resto de los asientos ya estaban ocupados.

Los frenos...

Durante el camino, la gente subía y bajaba. El motorista aumentaba la velocidad en los espacios que la calle está asfaltada. Eso hacía ganar tiempo para llegar a casa.
Cuando llegamos a la altura de los postes “chachos”, cerca del cantón La Vueltona, un muchacho le avisó al cobrador que bajaba en la parada. Con su acostumbrado silbido, alertó al motorista; pero parecía que el chofer no lo escuchó porque la unidad no se detuvo. El joven insiste. El motorista intenta frenar, pero los frenos no responden. Es cuando el cobrador le dice al pasajero que se tire. ¡Hay graves problemas!
El bus no iba muy rápido. El pasajero toma impulso y salta por la puerta de atrás. Una cortina de humo lo pierde en el camino.
Miro hacia adelante y veo que el motorista pelea con la palanca de velocidades y el timón. El cobrador le pregunta si hay problemas con los frenos. La respuesta fue obvia. El autobús comenzó a tomar más velocidad cuesta abajo. De allí que el bus se desconectó por completo y tomó más velocidad. Talvez alcanzó unos 80 kilómetros. Delante de mí iba una muchacha con un niño entre brazos a quien agarró fuerte y con el cuerpo se apoyaba al lado de la ventana.
Todo el bus era una tembladera y un ruido alarmó a todos los pasajeros. “¡Los frenos, vamos sin frenos!”, gritaban.
Me aferré a mi asiento, mientras el cobrador, desesperado, se mantenía de pie haciendo equilibrio con sus piernas y sujetado de los tubos de los asientos.
A toda velocidad el bus avanzó un kilómetro y medio. Se lograba alcanzar a escuchar las piedras y arena que se estrellaban debajo de mi asiento. En ese momento se piensa en muchas cosas, muchas incoherentes. Pero, mi mayor preocupación era que si el bus no se detenía antes de llegar a la quebrada, caeríamos al río. Eso sería la muerte.
Yo creo que el motorista pensaba conducir la unidad hasta lograr detenerse en la cuesta, que está ubicada después de la curva al pasar el puente.

El silencio...

Cuando estábamos a unas dos cuadras de distancia de la quebrada y al ver que nada se podía hacer, solo me encomendé a Dios. Creo que todos sabían cuál sería el destino por lo que se aferraron con más fuerza a sus lugares.
Un fuerte estruendo se escuchó cuando las llantas dejan el pavimento de la curva. Se rompió la cerca del potrero y vi que volamos. La muchacha que iba en el asiento delantero, no logró sostener a su hijo de solo meses de edad y lo pierde de vista. El impulso de la maquina lo arrojó por la ventana. El asiento de atrás se desprendió y pegó con fuerza contra el mío. Todos salimos hacia adelante con todo y asientos, mochilas, comprados y pedazos de lata.
Creo que me desmayé por unos segundos. Traté de incorporarme. No pude. Me dolía todo el cuerpo, pero más las piernas. Con mucho esfuerzo salí por lo que quedó de la puerta trasera. Arrastrándome a unos metros del bus que estaba prácticamente partido. En los alrededores había quedado ropa manchada de sangre. Al alzar la vista, unos cuantos curiosos de la Finca Varsovia observaban desde el puente, pero no bajaban. No sé si era porque habían quedado paralizados con lo que miraban o porque se sentían incapaces de ayudar.
Todavía asustado, escuchaba lamentos de personas atrapadas dentro del bus. Y cuando la vista se me aclaró comprendí que la ropa con sangre eran de los pasajeros que habían sido arrojados tras el impacto.
Al rato comenzó a llegar gente de Tacuba; con machetes habrían camino en la ladera. No alcancé a reconocer a nadie, ni a los que me llevaron al hospital. Fue allí donde me enteré que había 22 muertos, entre ellos el motorista y que la cifra podría alcanzar más. Y así fue. A los días fueron muriendo hasta completar los 30.
Recuerdo que casi todos vivían en Tacuba o en los caseríos aledaños.

La ayuda

Después del accidente he tenido que ausentarme de mi trabajo como conserje de un colegio, dos veces por semana, para viajar al Seguro Social. Por desgracia, tengo que pasar por ese lugar.
Al menos, a mí nadie se me ha acercado para preguntarme cuánto he gastado en medicinas. Me fracturé la rótula y el pie derecho. He gastado, hasta la fecha, unos 800 colones en medicamentos y transporte. Sé que hay gente como don Chepe Regalado, quien quedó invalido. Vive en el Caserío Los Orantes. Su familia lo transporta en una hamaca para llevarlo a curación.
Durante los primeros días después del accidente, el dueño del bus dijo que se haría cargo de todos los gastos y al parecer también los buseros de Ahuachapán iban a ayudar. Que yo sepa, no han hecho nada. Tal vez porque son muchas las víctimas.
La Alcaldía ayudó para los funerales. Comprendo que fue un accidente. Pero el problema es que el bus quedó sin frenos.
Los familiares de algunos muertos, por su humildad tal vez, no quieren meterse en problemas legales y les ha bastado con que la municipalidad les haya ayudado con la caja. Pero yo insisto: fue por falta de mantenimiento.

Cuentas pendientes

La Fiscalía ha iniciado un proceso judicial en busca de una indemnización
por daños a las víctimas.


En los siguientes días luego del accidente, la Fiscalía de Ahuachapán inicio sus investigaciones sobre las posibles causas de la tragedia. La conclusión fue que se trataba de problemas mecánicos en la unidad que tenía 30 años de fabricación.
Esta semana finalizó sus investigaciones para presentar en el Juzgado de Paz un requerimiento donde se solicita el sobreseimiento definitivo contra el conductor Sergio Rivera quien perdió la vida en el accidente. “Una de las causas contempladas es que el responsable directo no está vivo”, sostiene Francisco Mejía jefe de la Sub Regional de la Fiscalía.
Se solicitará que el caso pase al campo de lo civil en contra de Fausto Márquez, dueño de la unidad, y a quien se le reclamará la reparación civil de los daños.
El ministerio público ha realizado un estudio socio económico de cada uno de los familiares de las víctimas para indemnizarlos proporcionalmente.

Los tropiezos
La alcaldía de Tacuba, de donde son originarias la mayoría de las víctimas, se ha comprometido en ayudar tanto a los familiares de los fallecidos, como a los que aún reciben atención médica.
“Esta semana entregamos parte de un dinero recolectado por la población que fue de unos cinco mil colones”, sostiene el alcalde municipal José Abarca. Al mismo tiempo Abarca hizo un llamado al Ministerio de Obras Públicas para que finalice la pavimentación de los 18 kilómetros de carretera que conducen a Ahuachapán.
“No le puedo exigir a los dueños de buses que trabajen con unidades nuevas si la calle está en malas condiciones". Sobre el proceso judicial contra el dueño de la unidad, el alcalde recalca que no es la primera vez, pues, en otras ocasiones, ya se habían registrado accidentes menores y a los hechores no se le ha exigido el pago de indemnización.

 



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