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OPINION
Hitler
para menores
Mario Vargas Llosa
vertice@elsalvador.com
Para
ver The Producers, el espectáculo más exitoso
de Broadway en la actualidad, hay que esperar tres meses o comprar entradas
de reventa que valen cuatro veces su precio de taquilla. El musical
de Mel Brooks, co-autor del guión y autor de la música
y letra de las canciones, dirigido por Susan Stroman, creadora también
de la coreografía, es una adaptación para el teatro de
la película del mismo título que Brooks escribió
y dirigió en 1968, y que interpretaron Zero Mostel y Gene Wilder.
El film, aunque ganó algunos premios, no tuvo mucho éxito
de público y no hay duda de que, quienes han visto The
Producers en la pantalla y en el escenario, encontrarán
que la versión teatral es más audaz, risueña, original
y brillante que la cinematográfica, y que, por lo demás,
justifica de sobra el entusiasmo que ha despertado.
La obra cuenta la historia de dos productores teatrales sinvergüenzas
que deciden montar en Broadway un fiasco para quedarse con el dinero
de las incautas damas que les financian los montajes; a fin de asegurar
el fracaso, llevarán a escena la peor obra del mundo, encargarán
dirigirla al director más chambón y encabezar el elenco
a una birria de actor. La obra elegida para el fraude es un disparate
hagiográfico del nazismo escrito por un enloquecido hitleriano
llamado Franz Liebkind y titulada: La primavera de Hitler.
Pero, contrariamente a las expectativas, el espectáculo alcanza
un éxito descomunal y los dos compinches Max Bialystock y Leo
Bloom terminan tras las rejas del presidio de Sing-Sing. Naturalmente,
ambos productores aprovecharán la experiencia carcelaria para
montar un nuevo musical que remueva los cimientos de Broadway.
Antes que nada, debo decir que el espectáculo es una pura delicia
de principio a fin, por la agilidad y la gracia de los diálogos,
que chispean de ironías, hallazgos, burlas y sorpresas, así
como por la belleza y variedad de las canciones y la perfección
de los números de baile. Todo el espectáculo es un despliegue
de destreza, profesionalismo y eficacia. Los dos principales actores,
Nathan Lane y Mathew Broderik, cantan y danzan tan bien como actúan
y presiden un verdadero aquelarre de felicidad histriónica en
el que los decorados y los vestuarios se suceden a un ritmo delirante
creando la ilusión de un mundo desmesurado y grotesco donde nada
es estable ni respetable ni temible, porque en él todos los seres
y todas las conductas terminan siempre por volverse caricatura de sí
mismos, hechos para provocar la carcajada y un sentimiento contradictorio,
el desprecio benévolo o la simpatía desdeñosa,
algo así. Se trata de una farsa con toques de genialidad. Es
imposible arrancarse al hechizo de lo que ocurre sobre las tablas y
hasta un espectador tan poco apetente como yo para los musicales me
encontré en varias ocasiones, levantado en peso del asiento,
aplaudiendo a rabiar. El clímax del espectáculo es, claro
está, aquella caja china en la que vemos reproducirse en escena
La primavera de Hitler en la que un Fuehrer amanerado y
marica, rodeado de blondas walkirias de larguísimas piernas con
svásticas en el brazo, canta y baila en lo alto de una escalera
hollywoodiense la canción Heil Myself, Heil To Me.
El público delira de risa y las salvas de aplausos resuenan en
el teatro como repiqueteos de ametralladoras.
Espectáculo, pero nada más
¿Es
mezquino y estúpido buscarle peros a un espectáculo tan
maravillosamente divertido, luego de haber estado sumido durante tres
horas gracias a él en una efervescente ilusión? Tal vez
lo sea. Pero, de todos modos, vale la pena dejar constancia de que,
además de gratificar a manos llenas los sentidos y el ánimo
de los espectadores, The Producers, también, de algún
modo, se las arregla para adormecer los escrúpulos éticos
que aquellos todavía puedan alentar, demostrando que en nuestra
época algo que parecía el último tabú Hitler
y el nazismo, responsables de la segunda guerra mundial y del holocausto
de seis millones de judíos podía ser convertido en un
producto manufacturado de consumo masivo para saciar el hambre de entretenimiento
y diversión, la más seria y compartida pasión de
nuestro tiempo.
Porque en The Producers, a diferencia de lo que ocurría
con El Gran Dictador de Chaplin, cuyo humor estaba corroído
de una pugnaz y virulenta crítica, el manifiesto objetivo del
espectáculo que desde luego consigue con creces es regocijar
y encantar al público y nada más que eso. No pongo en
duda que eso sea ya mucho. Soy el primero en celebrar el talento como
director, arreglista y compositor de Mel Brooks. Y creo que la banalización
del tema de Hitler que su obra también representa, no hace sino
manifestar, de una manera particular, un fenómeno mucho más
general y característico de la mal llamada postmodernidad: el
desplome de todos los valores tradicionales en el mundo de la cultura
bajo la tiranía sacrosanta de la frivolidad lúdica, valor
supremo y acaso único que nadie cuestiona en estos albores del
tercer milenio. Él no está reñido con la originalidad
artística ni con el genio literario o teatral, desde luego; pero
sí con toda aspiración a hacer de las artes y las letras,
además de una fuente de placer y ensoñación, un
estímulo para la reflexión y la crítica intelectuales,
una manera no pasiva de enfrentar la problemática humana y de
incitar a la imaginación y a la sensibilidad a trascender los
datos más evidentes de lo real en busca de las verdades escondidas.
Divertirse, sorprenderse, pasarla bien, adormecerse sin tener que hacer
demasiado esfuerzo de inteligencia o imaginación, y, sobre todo,
distanciarse a través de esas imágenes de estupefaciente
entretenimiento de toda responsabilidad es lo que pide cada vez más
el público que va al cine, al teatro o compra libros, y lo que
suelen darle a raudales las películas, los espectáculos
y las novelas. Hay toda una madeja de teorías que están
detrás de esta tendencia dominante de la civilización
de nuestro tiempo y que, mejor que ninguna otra, emblematiza la teoría
deconstruccionista, según la cual, deconstruyendo las imágenes
y las ideas que constituyen la cultura en vez de aparecer la naturaleza
profunda de la realidad humana, ésta se deshace y eclipsa como
un espejismo. Porque las palabras y las imágenes y las ideas
en vez de remitir a lo vivido, a la experiencia concreta de los seres
vivientes, remiten sólo a otras palabras, imágenes e ideas,
en un laberíntico juego de espejos, un fuego de artificio autosuficiente
en el que no sólo es pretencioso sino también inútil
buscar explicaciones del mundo, de las relaciones humanas, de los destinos
particulares. Como el aceite y el agua son insolubles, así lo
es también el arte y la vida: dos dominios que coexisten sin
mezclarse, soberanos y ensimismados, cada uno con su propia idiosincrasia,
sus valores y su moral.
Hitler en el show
Si el arte es eso, puede permitírselo todo, salvo aburrir a las
personas. Su única obligación moral es distraerlas, arrebatarlas
en un juego tanto más eficaz cuanto más irresponsable,
es decir cuanto más ajeno a las coyundas, servidumbres y elecciones
de que una vida humana está conformada. En The Producers
Hitler no es más malvado ni pernicioso que los simpáticos
vivillos de Broadway que, subiéndolo a las tablas, musicalizándolo
y flanqueándolo de SS con minifaldas y atrevidos escotes que
zapatean el paso de ganso, esperan embolsillarse un buen fajo de billetes.
Es, simplemente, más payaso y ridículo que ellos, y, por
eso mismo, más divertido. Su papel, comparado al de Max Bialystock
y Leo Bloom es mucho más corto e intenso, porque si fuera tan
largo como el de ellos Hitler sería el héroe del show
y el que se llevaría los mejores aplausos.
¿Significan estas observaciones que está prohibido divertirse?
¿Que debemos resucitar los temas-tabú y que la literatura
y el teatro deben adoptar siempre expresiones serias y enfurruñadas
para ser serios y respetables? No. Significan que el arte y la ficción
de nuestros días que intentan continuar el viejo empeño
de los clásicos y los viejos maestros de ayudar a entender el
mundo a espectadores y lectores, de corporizar en historias e imágenes
los gaseosos fantasmas de una época, de sensibilizar y alertar
a los humanos sobre las fuentes de su infortunio y frustración,
van siendo cada vez más arrinconados en los márgenes de
la vida social, y siendo reemplazados por lo que César Moro calificó
como el arte adormidera, unos espectáculos y ficciones de superficies
inmensamente divertidas y brillantes pero de entrañas a menudo
escapistas y cínicas. Porque sólo cuando se ha llegado
a la lastimosa convicción de que este mundo no será nunca
mejor ni diferente de lo que es se puede concluir que en él lo
único que tiene sentido y razón es buscar la manera de
escabullirse de la vida, embriagado en juegos de mentiras entretenidas
de las que no se desprende nunca (como en el arte caduco) alguna verdad.
El humor y el juego no están reñidos con el gran arte;
más bien, suelen ser sus ingredientes centrales. El Quijote es
también una soberbia novela de humor y, en las tablas, como Shakespeare,
Molière jugaba, se divertía y hacía reír
a mares a sus oyentes con bromas e ironías que, además,
mordían en carne viva en los temas más escabrosos de su
tiempo. Pero las ficciones de nuestra época la de la civilización
ligera, leve se van pareciendo cada vez más a las seriales televisivas
que, aunque pretendan ser serias, resultan siempre cómicas por
la manera estentórea en que simplifican y banalizan la vida,
reduciéndola a unos esquemas y fórmulas desprovistos de
la libertad, la imprevisibilidad y la complejidad que caracterizan a
todo quehacer humano. El disforzado Adolf Hitler que, en lo alto del
trono de las estrellas, ruge y zapatea, descaderado, pidiendo la gloria
de los vencedores, y obteniéndola de manera simbólica
en las ovaciones de un público extasiado, es un símbolo
de la entronización, por vías inesperadas, en la cultura
contemporánea de lo que antaño se llamó el
arte por el arte. Porque, desde luego, es innegable que el Hitler
de The Producers del admirable Mel Brooks es un personaje
logradísimo y persuasivo a más no poder.
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