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INTERNACIONAL

Terremoto en Taiwán
Otro
lado del desastre
Hace
un año, dos terremotos sembraron muerte y destrucción
en El Salvador. El domingo pasado, un sismo de similar magnitud apenas
mató a cinco taiwaneses y botó fachadas de edificios en
Taipei.
Julio Calderón, especial desde Taipei
vertice@elsalvador.com
A las 2:53 p.m. del domingo pasado, la tierra se estremeció
en Taiwán. La alarma, como es normal, se apoderó de la
isla, donde habitan 24 millones de personas.
Pero la cosa no pasó a más. En ese momento de desgracia,
la organización y la reacción fueron reflejo del temple
de toda una nación.
El epicentro, en la provincia de Hualien, tuvo una intensidad de
más de siete grados en la escala de Richter, y, aunque esa provincia
dista un poco de la capital (Taipei) los mayores problemas se dieron
en la última.
En Taipei y su periferia, residen más de 5.5 millones de habitantes,
pero las víctimas fatales fueron apenas cinco. ¿Heridos?
Solo unos centenares.
Debido a que bajo Taipei hay varias fallas tectónicas, la ciudad
fue estremecida, por la furia de la naturaleza, durante un minuto eterno.
Si un terremoto ocurre en ciudades aledañas a Taipei, la fuerza
del sismo es más pronunciada en la capital; aunque la intensidad
en la escala de Richter sea menor en ella.
Las víctimas mortales fueron, en su mayoría, gente que
transitaba cerca del moderno edificio del Centro de Finanzas Internacionales,
ubicado una zona exclusiva de la ciudad y que estaba en construcción.
Murieron debido a que cayó una grúa desde el piso 58.
Ayuda rápida
A
la hora del terremoto, yo me encontraba en la ducha. De repente, un
pequeño movimiento me hizo pensar que me había mareado,
pero, a los pocos segundos, el mareo aumentó y se
dejó sentir el terremoto.
De inmediato me coloqué debajo de la puerta del baño.
A mi mente volvieron los duros momentos que los salvadoreños
vivimos en 2001.
Una vez pasado el sismo, me dirigí a la ventana y vi cómo
muchos residentes en el edificio de estudiantes en el que vivo, así
como el personal que en él labora, abandonaba las instalaciones
con calma.
Las estaciones de televisión transmitieron en vivo las imágenes
impactantes, especialmente en el centro de la ciudad, en la que varios
edificios cedieron parcialmente su belleza arquitectónica.
En Taipei, la única ciudad que tiene metro en la isla, los trenes
se paralizan automáticamente cuando ocurre un movimiento telúrico.
Los pasajeros que en ese momento están dentro tienen la seguridad
garantizada. Fueron evacuados por vías alternas, dispuestas a
lo largo de los cientos de kilómetros de red subterránea
y aérea.
Lo que más me llamó la atención, fue la reacción
de la gente. Las personas, contrario a otros países, gritaron
y gritaron; pero no se movieron, al menos los que estaban dentro de
un edificio. Se colocaron cerca de puertas, debajo de mesas, escritorios,
sillas, camas, aparadores y similares.
Las televisoras pasaron imágenes de oficinas privadas que raramente
abren los fines de semana. Restaurantes, cines y centros comerciales
autorizaron la proyección de sus videos de circuito cerrado.
Las cámaras de televisión que cubrían las actividades
culturales de la tarde fueron las primeras que ofrecieron imágenes
ocurridas en el interior de los centros comerciales, ubicados en edificios
de hasta 12 pisos, abarrotados de consumidores.
Lo sorprendente
Lo que vi me dejó con la boca abierta. Los taiwaneses, lejos
de correr a las escaleras o al ascensor se colocaron contra las paredes,
dando prioridad a los menores de edad y ancianos.
Los miembros de seguridad de los edificios se convirtieron en guías
y giraron órdenes precisas. En las imágenes de la televisión
nadie corrió como loco, nadie intentó adelantar el paso
de los que iban adelante suyo y nadie se aprovechó.
Una vez pasado el terremoto, en completo orden se comenzó a evacuar
los edificios. La gente se colocaba en el medio de las calles... Eso
sí, una vez afuera, nadie les podía impedir que gritaran,
una práctica muy común entre los taiwaneses.
El tráfico vehicular, a pesar de que era domingo, no se hizo
caótico, como generalmente sucede en estas circunstancias. La
zona céntrica comercial fue la única que experimentó
medianos inconvenientes.
Las emisoras de radio, según me tradujeron algunas personas,
recordaban a los conductores de autos, motos y bicicletas que había
que poner en práctica los manuales de emergencia y orden dictados
por las autoridades.
En términos generales, los manuales piden no transitar por las
zonas mas afectadas y usar las vías alternas. En caso de ser
necesario, los vehículos particulares se pueden convertir en
ambulancias; pero afortunadamente eso no ocurrió.
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