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ENTREVISTA

La
violencia es una forma de expresión
Sergio
Adorno, sociólogo brasileño, redefine el concepto de violencia
y criminalidad como un método de la sociedad para expresar sus
más profundas carencias. Además, plantea que el problema
está más allá de la mera seguridad y trasciende
al terreno de la salud pública, como una epidemia social.
Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com
Adorno es catedrático del Departamento de Sociología
de la Universidad de Sao Paulo y director del Centro de Estudios Sobre
la Violencia. Sus principales investigaciones giran en torno al estudio
de la violencia, derechos humanos, crimen y control social.
¿Qué se entiende por violencia?
Para definirla es necesario hacer una diferencia entre crimen y violencia.
Se identifica la violencia con el criminal, con el delincuente.
Violencia es un concepto más amplio, es un tipo de relaciones
entre personas e instituciones. Esta se envuelve en una asimetría
de fuerza y poder, unos tienen mucho; y, otros, poco.
Se manifiesta cuando alguien impone su voluntad sobre la del otro mediante
la fuerza que provoca daños a la integridad moral y física,
a los bienes, a valores culturales y étnicos.
¿Cuál es la diferencia con el crimen?
El concepto crimen es la violencia jurídicamente codificada.
No todas sus manifestaciones están tipificadas jurídicamente.
Por ejemplo, en Brasil, hay muchos casos de linchamientos que se consideran
como homicidio en tentativa o consumado. Sociológicamente, un
linchamiento y un homicidio cualquiera no son el mismo fenómeno.
En una investigación sobre linchamientos las cifras de la policía
no me sirven, porque tratan a todos los homicidios como un solo fenómeno.
¿Este
tipo de reducción conceptual jurídica de diferentes hechos
la ha encontrado también en el país?
Creo que sí. Desde el punto de vista de las leyes, el efecto
del hecho es la muerte de una persona, por tanto tiene que ser unido
y penalizado.
¿Cuáles son las tendencias actuales de la violencia?
En mi país estamos observando un gran crecimiento de la violencia
en cuatro líneas:
La primera es el crecimiento urbano bajo la forma de hurto, robo, crímenes
contra los bienes. En Brasil, se han acentuado los crímenes contra
el patrimonio.
Una segunda tendencia sería la relacionado con el tráfico
de droga y el crimen organizado. Provoca la corrupción de las
instituciones, sobre todo de la policía a tal grado que sectores
del cuerpo de seguridad se involucran en el tráfico de drogas.
Una tercera tendencia es la violación de los derechos humanos.
Brasil ha salido del régimen autoritario hace 20 años
y estamos viviendo algunos rezagos de esa etapa, como casos de abuso
policial.
Pero el problema más grave son las violaciones cometidas por
la sociedad civil como el de los linchamientos o la formación
de escuadrones de la muerte para controlar un barrio.
Por último, los conflictos de relaciones interpersonales, de
vecindad, entre parejas, problemas de fútbol.
Las relaciones están muy tensionadas y cosas tan pequeñas
y vinculadas con un balón de fútbol en el techo del vecino
puede desencadenar conflictos mayores, muchas veces con finales fatales.
¿Existen semejanzas con el tipo de violencia de El Salvador?
Pienso que sí. El crecimiento de la delincuencia urbana es muy
cercano si usted compara los crímenes contra los bienes, contra
las personas. Entre El Salvador y Brasil encontrará muchas coincidencias.
Ustedes tienen problemas de tráfico de drogas, de pandillas y
nosotros también. La diferencia es que ustedes no tienen problemas
de escuadrones de la muerte ni de linchamientos.
¿Es este auge un fenómeno reciente, propio de la sociedad
contemporánea?
No. La historia humana es una historia de violencia. Y ahora estamos
presenciando una escalada de violencia en el mundo entero.
Entonces no es parte del desarrollo de las sociedades que se podría
superar a su debido tiempo.
No. Vivimos en una sociedad que se presume resuelve sus conflictos por
medio del diálogo, pero los hechos demuestran que nuestros métodos
de resolver conflictos ya no funcionan, porque la violencia ha cambiado.
No es solo una anomalía de las sociedades modernas, es un fenómeno
que expresa procesos de cambios profundos de las sociedades actuales,
se ha convertido en un fenómeno patológico.
Las personas de un modo o de otro tratan de decir algo a través
de la violencia. Pero, dentro de esta expresión, las personas
manifiestan, muchas veces, su exclusión de la vida social de
sus países, de sus comunidades de origen.
¿A
partir de la redefinición de violencia, cómo se podría
controlar?
Los barrios de clase media sufren de una violencia relacionada a los
crímenes contra la propiedad. Los populares, sufren delitos que
atentan contra la vida. Partiendo de esto, no se puede pensar en programas
generales, sino en proyectos dirigidos a una problemática específica.
Y nos obliga a reconocer que hay grupos poblacionales más o menos
vulnerables. Por ejemplo, los jóvenes de los barrios más
pobres de sexo masculino entre 15 y 29 años.
Es importante y urge que tengamos una especie de vigilancia epidemiológica
del crecimiento de las tasas de homicidio entre los jóvenes.
Es necesario que el fenómeno sea visto como un problema de salud
pública.
¿Pobreza y crimen?
¿Según sus apreciaciones de la vulnerabilidad de los
barrios pobres, existe una relación directa entre violencia y
pobreza?
Esta relación representa un debate muy caliente en la sociedad
brasileña. Muchos creen que el motivo principal de la violencia
es la pobreza.
La mayoría de las personas pobres no se involucran con la violencia
o la criminalidad; solo una pequeña parte de esa población
se involucra. Entonces, no habría una relación entre pobreza
y violencia.
Creo que el problema es la extrema concentración de los recursos,
de la riqueza, que promueve la amplia exclusión de personas de
los servicios sociales fundamentales, como trabajo, vivienda, salud
y, especialmente, a la seguridad.
Así pienso que es importante reintroducir el debate entre exclusión
económica y violencia.
¿Cómo se podría organizar los programas para
prevenir y controlar la violencia en barrios pobres ?
Tenemos que pensar en un modelo de salud pública y en programas
de prevención a corto, mediano y largo plazo.
Por ejemplo, la reforma urbana, la necesidad de reorganizar los espacios
y redistribución de los recursos de infraestructura, es de largo
plazo. Pero esto no implica que no se debe invertir decididamente en
la reforma urbana para una calidad de vida mejor para todos.
A mediano plazo, es preciso mejorar el funcionamiento de la policía,
de los tribunales de justicia, de las cárceles. Estas instituciones
deben transmitir un sentimiento de seguridad en las poblaciones.
A corto plazo, pienso que se pueden echar a andar pequeños programas
de tipo experimental en la comunidades, de apoyo a los jóvenes,
de refuerzo de escolaridad, de observación de los derechos humanos,
de mediación de conflicto. Se deben ofrecer servicios de consejería
donde los jóvenes encuentren quién escuche sus problemas,
sus angustias. Un espacio de escucha social es muy importante. Vivimos
en una sociedad donde no hay espacios de interlocución pública
donde oir y ser oídos. Programas de vigilancia epidemiológica
de la violencia que, en lugar de intervenir después de los hechos,
actúen antes y durante los conflictos.
¿Existe alguna experiencia,en su país, de alguno de
estos programas?
En el estado de Sao Paulo se está trabajando con el programa
Sao Paulo Sin Miedo.
Una de las principales alternativas de solución fue la de crear
una organización no gubernamental formada por los empresarios
más importantes que financiaran un foro discusión de proyectos
de control y prevención de la violencia de la localidad.
Para esto tenemos dos grandes planes de acción. Uno es la denuncia,
las personas llaman a la policía para denunciar a delincuentes
con la confidencialidad garantizada. El otro es la creación de
un foro con los 38 alcaldes de Sao Paulo quienes se reúnen una
vez al mes para discutir programas para la prevención de la violencia.
En Brasil, la violencia llegó a puntos intolerables que nos obligaron
a aceptar que ya no era solo un problema de los barrios marginales de
las ciudades. Entonces, cada segmento de la sociedad estuvo convencido
que solo un nuevo pacto social es capaz de enfrentar la violencia efectivamente.
Sao
Paulo y S. Salvador
Según el sociólogo, existen similitudes cuantitativas
y cualitativas de la violencia entre las dos ciudades.
El dato más alarmante es la tasa de homicidios de ambas ciudades.
En la urbe brasileña mueren, víctimas de la delincuencia,
52 personas por cada 100 mil, cada año. En nuestra capital,
mueren 49 personas por cada 100 mil, en el mismo período
y bajo similares circunstancias.
Adorno ha detectado que tres de los cuatro tipos de violencia que
se dan en Brasil también ocurren en El Salvador: la delincuencia
común, la derivada del tráfico de drogas y la violencia
interpersonal.
Una cuarta tendencia, la de la violación a los derechos humanos,
no tendría los niveles alcanzados en el país suramericano.
La forma más preocupante sería, para el sociólogo,
el fenómeno de los linchamientos y los escuadrones de la
muerte.
Las dos tendencias son causadas por la ausencia de poder institucional.
Los escuadrones de la muerte toman el poder de los barrios marginales
y los linchamientos expresan la justicia ejercida por el pueblo,
pero donde existe uno, no existe el otro, aclara.
Aunque estas tendencias no se dan en El Salvador, las cifras nacionales
son preocupantes para el sociólogo. Tomando en cuenta la
población de Sao Paulo con más de 12 millones de habitantes
en comparación a la de San Salvador con solo un millón
800 mil.
Además, la división política geográfica
del estado brasileño comprende 38 municipios contra 19 de
la capital salvadoreña.
El sociólogo Adorno focaliza a los jóvenes, entre
15 y 29 años de edad, como las principales víctimas
y los ejecutores de la violencia. Por tanto, ese debe ser
el grupo al que se deben orientar los programas contra la violencia,
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