6 de abril de 2002

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La vida según ...
Ana Lidia Rivera
vertice@elsalvador.com

“Pura vida”

El escritor español José María Mendiluce retoma esta expresión de manufactura costarricense para titular su novela publicada en 1998 por la Editorial Planeta. En ella, el autor recrea la historia de una joven catalana llamada Ariadna, quien arriba a Costa Rica en calidad de voluntaria de Naciones Unidas.
Ariadna combina su proyecto laboral con lo que se podría calificar como una desenfrenada vida social, marcada por todo tipo de excesos.
La experiencia de Mendiluce en el universo de Naciones Unidas -trabajó para ACNUR- y su permanencia por nueve años en la región centroamericana le permiten tejer esta historia que, sin duda, refleja una parte de lo que ocurre con los voluntarios de ese organismo.
Sin embargo, mi columna no tiene pretensiones de crítica literaria. La novela de Mendiluce me sirve de puerto para abordar una historia, con sus diferencias, pero muy similar a la que se ha visto envuelta una voluntaria de Naciones Unidas de origen francés en nuestro país.
Estella Idylle Bárbara Mathieu, dice la Policía, fue vista distribuyendo drogas durante la fiesta llamada “Tormenta Tóxica 2002” . Las declaraciones de los agentes infiltrados la vinculan con una red de distribuidores de estupefacientes.
La voluntaria presentó a las autoridades policiales una credencial del Ministerio de Relaciones Exteriores que hacía constar su calidad de voluntaria y por tanto no podía ser arrestada por gozar de una supuesta inmunidad diplomática.
Esta semana se conoció de la destitución y repentina salida del país de la funcionaria francesa por boca del jefe de esa misión internacional.
Estos hechos, en lo personal, me parecen graves. Mucho más grave si partimos del reporte que recién se conoció en el que se involucra a empleados de la ONU en el abuso de menores en países de África. En este caso ¿de qué y quiénes estamos hablando?De pederastas y traficantes.
La creencia era que los funcionarios de N.U. socorrían, a través de programas de desarrollo, a la población más vulnerables del tercer mundo; pero la realidad nos explota en la cara . Al menos, a partir de estas informaciones, tenemos la obligación de plantearnos la sana duda: ¿Quiénes son en verdad éstos personajes que vienen con el discurso de llevar el desarrollo al “buen salvaje”? La ONU, al igual que la Iglesia Católica estadounidense que protagoniza una serie de escándalos por abusos sexuales, tiene la obligación de mirar, esta vez no hacia afuera, sino hacia adentro y reconocer su propio estado de cosas y corregir.
Al menos la protagonista de Mendiluce, no delinquía. Otra vez, la realidad superó al novelista.

anarivera@elsalvador.com


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