31 de marzo de 2002

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REPORTAJE
San Pedro Perulapán
Ciudad testigo de batallas

Una población rural escondida en el departamento de Cuscatlán busca salir adelante, a pesar de las dificultades ocasionadas por la naturaleza y la burocracia. La unión y solidaridad los une tanto como su propia historia y tradición.

Iván Gómez
vertice@elsalvador.com

El sol se refleja en las escamas de unos 25 pescados de una cuarta de largo, llamados Guapotes que, al igual que el Ejote, son comercializados por más de tres mil residentes del cantón San Agustín.
Francisco ha pasado desde la madrugada en compañía de su pequeño bote en medio del lago de Ilopango.
Con su atarraya, de unos 75 metros, pretende capturar lo que será su sustento. Para lograr su objetivo, habrá que sumergirse y mantener la respiración por unos segundos. Sabe muy bien que la experiencia de siete años le dará resultados.
Nueve horas más tarde y con certeza de lograr vender casi de inmediato las 25 libras a Vitalina, no sin antes soportar su acostumbrado regateo por una rebaja.
El tiempo de trabajo en el lago le dará una ganancia de unos 75 colones.
Más tarde, Vitalina buscará el autobús que la lleve al mercado de San Martín, ubicado a unos veinte minutos cuesta arriba.
Después del merecido almuerzo, Francisco se incorporará al trabajo de la tierra; todo depende del tiempo para la mejor cosecha, ya sea maíz, hortalizas o frijol.
Prácticamente, esta es la vida cotidiana de más de mil 300 habitantes de San Agustín, gracias a su cercanía con el lago de Ilopango, dice Natividad Ruada, presidente de la directiva de desarrollo comunal.
Estas dos ocupaciones se desarrollan en el cantón que fuera destruido en un 80 por ciento por el terremoto del 13 de febrero.
A un año, el sismo ha dejado miedo en muchos pescadores artesanales. “El temor es por cualquier réplica que los tome por sorpresa en medio lago”, sostiene Natividad.
Más al norte, viven el resto de los cuatro mil 700 habitantes. La mayoría está repartida en zonas rurales de sus 18 cantones. Sus vidas se concentran principalmente en el trabajo del campo. Los habitantes han buscado trabajo en fábricas o empresas de San Salvador.
A pesar de no estar distante de la urbe capitalina, hay personas que buscan que no esto no influya y los haga perder la tradición cultural que se refleja en las moliendas (ver recuadro), que no se realizan como sustento económico sino para la conservación de sus costumbres.

Los problemas

Pero los esfuerzos de la población de San Agustín por salir adelante han contado con la ayuda solidaria tanto nacional como internacional. La Fundación “Amigos del Lago de Ilopango” entregó recientemente más de un centenar de viviendas. Asimismo, se mantiene una misión de médicos norteamericanos. Como uno de los problemas existentes es la falta de agua potable, luego del terremoto se instaló una planta purificadora en uno de los pozos ubicados a escasos metros de la orilla del lago.
Los directivos comunales han trabajado en otros proyectos como la construcción de un lavadero público y así evita que los residentes contaminen el lago.
Sin embargo encontraron dificultades para la compra de un terreno. “Teníamos la disposición que nos ayudaran gente de afuera, pero teníamos que conseguir unos 150 mil colones para comprar el terreno y la población es de escasos recursos”, explica Natividad.
Los casi 50 mil habitantes de San Pedro Perulapán han buscado en el desarrollo comunal una forma para resolver sus problemas.
Uno de ellos y del que más se comenta es la falta de agua potable, un problema que se presenta en muchas zonas. Ana María Ortíz, alcaldesa de la ciudad, sostiene que actualmente existe un estudio de factibilidad en un pozo propiedad de ANDA. Si los resultados son positivos tanto la comunidad Buena Vista, como San Agustín podrían salir beneficiados.
“Si los estudios arrojan que las aguas no son aptas para el consumo humano buscaremos otro pozo”, recalca Ortíz.

El impacto

El terremoto no respetó ni el templo de oración. Su iglesia colonial, construida en 1807, quedó seriamente dañada. “Hay gente que está dispuesta a trabajar, pero no hay fondos en este pueblo escondido. CONCULTURA ha prometido ayudar pero el trabajo es demasiado burocrático”, explica Germán Portillo, Vicario Parroquial.
El religioso insiste que el pueblo es un lugar pacífico, con índices delincuenciales muy bajos, por lo que debería ser aprovechado en la conservación de valores.
Existen otras comunidades que luego del terremoto se organizaron para seleccionar sus principales prioridades y así presentar propuestas.
Alberto Delgado, miembro del comité 13 de enero, sostiene que actualmente se han organizado en ocho cantones.
Con ayuda de la cooperación OXFAM, se apoyó a unas 950 familias con vivienda de emergencia en 16 cantones, además de víveres y ayuda de emergencia. Se ha promovido la atención médica y la formación de 28 promotores de salud.
Algunos sectores se han fortalecidos gracias al trabajo desempeñado por las directivas de desarrollo comunal.
Las autoridades municipales están conscientes que aún falta mucho por hacer.

Trapiche tradicional

La molienda se convierte en una fiesta con el fin de conservar la tradición.

El mismo interés que puede tener don Bruno con hacer trabajar por dos horas a un par de bueyes en el trapiche, es el de ganar dinero.
Las decenas de atados de dulce que producen, entre batida y batida, sus tres peroles son para el consumo de sus vecinos del Rodeo San José.
Durante la molienda, a la casa de Bruno llegan hasta 30 curiosos que no escapan a la tentación de probar la miel.
La visita se llega a extender hasta la madrugada. La tradición es atraída para hacer dulces y torrejas, hasta para curar enfermedades de los riñones.

Una historia por conquistar

En San Pedro Perulapán se libró una cruenta batalla por la unión centroamericana. Su santo patrono fue parte de la gesta morazánica.


Actualmente sus más de 47 mil habitantes tratan de sobreponerse al terremoto del 13 de febrero que les dejó, además de destrucción material, una herida patrimonial. La iglesia erguida en 1807 y considerada por las autoridades culturales salvadoreñas como Patrimonio Cultural se encuentra herida y olvidada.
Don José Bruno Pablo quien hoy a sus 70 años ha dejado de ser el maestro de por lo menos dos generaciones, por lo que es querido y respetado en el pueblo, revive el pasado gracias a su propia sabiduría.
Por ingenuidad o torpeza, la alcaldía no guarda los escritos que describan el hecho histórico, ya que uno de sus ex alcaldes decidió en los años ochenta hacerlos ceniza.
Corrían días tristes en 1839, el egoísmo de sectores criollos decidió parcelizar la región y defender esas ideas hasta la muerte.
En Honduras se da la orden al general Francisco Ferrera de eliminar los focos unionistas conservados en El Salvador. Mil 600 hombres cruzaron Honduras, luego el río Lempa para llegar después a Suchitoto de donde días más tarde, partirán a San Pedro Perulapán. El parque central frente a la iglesia, se convierte en el cuartel general.
Enterado de la acción, Morazán envía a uno de sus 600 hombres a reconocer las entradas y salidas del pueblo. La estrategia era dar un golpe sorpresa al enemigo.
En la madrugada del 24 de septiembre y sin que la misma población se percatara, inicia el combate. La lucha se extiende cuerpo a cuerpo.
Cuatro horas después, las pocas fuerzas enemigas que han quedado vivas, huyen hacia Honduras.
En la retirada, un soldado observa el interior de la iglesia -cuyas puertas quedaron a la espera de los fieles madrugadores- y confunde la imagen de San Pedro con la de Morazán y asesta un certero proyectil en el pecho de la imagen.
Actualmente una traje blanco guarda ese recuerdo como testimonio de lo ocurrido.
Este hecho histórico se combina con la leyenda que cuentan los abuelos que, durante el combate, fue ese mismo santo quien se bajó de su trono y luchó al lado de Morazán. Una vez expulsado el enemigo, San Pedro vuelve a su lugar; pero con una herida en el pecho.



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