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REPORTAJE
San Pedro Perulapán
Ciudad testigo de batallas
Una
población rural escondida en el departamento de Cuscatlán
busca salir adelante, a pesar de las dificultades ocasionadas por la
naturaleza y la burocracia. La unión y solidaridad los une tanto
como su propia historia y tradición.
Iván Gómez
vertice@elsalvador.com
El sol se refleja en las escamas de unos 25 pescados de una cuarta
de largo, llamados Guapotes que, al igual que el Ejote, son comercializados
por más de tres mil residentes del cantón San Agustín.
Francisco ha pasado desde la madrugada en compañía de
su pequeño bote en medio del lago de Ilopango.
Con su atarraya, de unos 75 metros, pretende capturar lo que será
su sustento. Para lograr su objetivo, habrá que sumergirse y
mantener la respiración por unos segundos. Sabe muy bien que
la experiencia de siete años le dará resultados.
Nueve horas más tarde y con certeza de lograr vender casi de
inmediato las 25 libras a Vitalina, no sin antes soportar su acostumbrado
regateo por una rebaja.
El tiempo de trabajo en el lago le dará una ganancia de unos
75 colones.
Más tarde, Vitalina buscará el autobús que la lleve
al mercado de San Martín, ubicado a unos veinte minutos cuesta
arriba.
Después del merecido almuerzo, Francisco se incorporará
al trabajo de la tierra; todo depende del tiempo para la mejor cosecha,
ya sea maíz, hortalizas o frijol.
Prácticamente, esta es la vida cotidiana de más de mil
300 habitantes de San Agustín, gracias a su cercanía con
el lago de Ilopango, dice Natividad Ruada, presidente de la directiva
de desarrollo comunal.
Estas dos ocupaciones se desarrollan en el cantón que fuera destruido
en un 80 por ciento por el terremoto del 13 de febrero.
A un año, el sismo ha dejado miedo en muchos pescadores artesanales.
El temor es por cualquier réplica que los tome por sorpresa
en medio lago, sostiene Natividad.
Más al norte, viven el resto de los cuatro mil 700 habitantes.
La mayoría está repartida en zonas rurales de sus 18 cantones.
Sus vidas se concentran principalmente en el trabajo del campo. Los
habitantes han buscado trabajo en fábricas o empresas de San
Salvador.
A pesar de no estar distante de la urbe capitalina, hay personas que
buscan que no esto no influya y los haga perder la tradición
cultural que se refleja en las moliendas (ver recuadro), que no se realizan
como sustento económico sino para la conservación de sus
costumbres.
Los
problemas
Pero los esfuerzos de la población de San Agustín por
salir adelante han contado con la ayuda solidaria tanto nacional como
internacional. La Fundación Amigos del Lago de Ilopango
entregó recientemente más de un centenar de viviendas.
Asimismo, se mantiene una misión de médicos norteamericanos.
Como uno de los problemas existentes es la falta de agua potable, luego
del terremoto se instaló una planta purificadora en uno de los
pozos ubicados a escasos metros de la orilla del lago.
Los directivos comunales han trabajado en otros proyectos como la construcción
de un lavadero público y así evita que los residentes
contaminen el lago.
Sin embargo encontraron dificultades para la compra de un terreno. Teníamos
la disposición que nos ayudaran gente de afuera, pero teníamos
que conseguir unos 150 mil colones para comprar el terreno y la población
es de escasos recursos, explica Natividad.
Los casi 50 mil habitantes de San Pedro Perulapán han buscado
en el desarrollo comunal una forma para resolver sus problemas.
Uno de ellos y del que más se comenta es la falta de agua potable,
un problema que se presenta en muchas zonas. Ana María Ortíz,
alcaldesa de la ciudad, sostiene que actualmente existe un estudio de
factibilidad en un pozo propiedad de ANDA. Si los resultados son positivos
tanto la comunidad Buena Vista, como San Agustín podrían
salir beneficiados.
Si los estudios arrojan que las aguas no son aptas para el consumo
humano buscaremos otro pozo, recalca Ortíz.
El impacto
El
terremoto no respetó ni el templo de oración. Su iglesia
colonial, construida en 1807, quedó seriamente dañada.
Hay gente que está dispuesta a trabajar, pero no hay fondos
en este pueblo escondido. CONCULTURA ha prometido ayudar pero el trabajo
es demasiado burocrático, explica Germán Portillo,
Vicario Parroquial.
El religioso insiste que el pueblo es un lugar pacífico, con
índices delincuenciales muy bajos, por lo que debería
ser aprovechado en la conservación de valores.
Existen otras comunidades que luego del terremoto se organizaron para
seleccionar sus principales prioridades y así presentar propuestas.
Alberto Delgado, miembro del comité 13 de enero, sostiene que
actualmente se han organizado en ocho cantones.
Con ayuda de la cooperación OXFAM, se apoyó a unas 950
familias con vivienda de emergencia en 16 cantones, además de
víveres y ayuda de emergencia. Se ha promovido la atención
médica y la formación de 28 promotores de salud.
Algunos sectores se han fortalecidos gracias al trabajo desempeñado
por las directivas de desarrollo comunal.
Las autoridades municipales están conscientes que aún
falta mucho por hacer.
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Trapiche
tradicional
La molienda se convierte en una fiesta con el fin de conservar
la tradición.
El mismo interés que puede tener don Bruno con hacer trabajar
por dos horas a un par de bueyes en el trapiche, es el de ganar
dinero.
Las decenas de atados de dulce que producen, entre batida y batida,
sus tres peroles son para el consumo de sus vecinos del Rodeo
San José.
Durante la molienda, a la casa de Bruno llegan hasta 30 curiosos
que no escapan a la tentación de probar la miel.
La visita se llega a extender hasta la madrugada. La tradición
es atraída para hacer dulces y torrejas, hasta para curar
enfermedades de los riñones.
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Una historia
por conquistar
En San Pedro Perulapán se libró una cruenta batalla por
la unión centroamericana. Su santo patrono fue parte de la gesta
morazánica.
Actualmente
sus más de 47 mil habitantes tratan de sobreponerse al terremoto
del 13 de febrero que les dejó, además de destrucción
material, una herida patrimonial. La iglesia erguida en 1807 y considerada
por las autoridades culturales salvadoreñas como Patrimonio Cultural
se encuentra herida y olvidada.
Don José Bruno Pablo quien hoy a sus 70 años ha dejado
de ser el maestro de por lo menos dos generaciones, por lo que es querido
y respetado en el pueblo, revive el pasado gracias a su propia sabiduría.
Por ingenuidad o torpeza, la alcaldía no guarda los escritos
que describan el hecho histórico, ya que uno de sus ex alcaldes
decidió en los años ochenta hacerlos ceniza.
Corrían días tristes en 1839, el egoísmo de sectores
criollos decidió parcelizar la región y defender esas
ideas hasta la muerte.
En Honduras se da la orden al general Francisco Ferrera de eliminar
los focos unionistas conservados en El Salvador. Mil 600 hombres cruzaron
Honduras, luego el río Lempa para llegar después a Suchitoto
de donde días más tarde, partirán a San Pedro Perulapán.
El parque central frente a la iglesia, se convierte en el cuartel general.
Enterado de la acción, Morazán envía a uno de sus
600 hombres a reconocer las entradas y salidas del pueblo. La estrategia
era dar un golpe sorpresa al enemigo.
En la madrugada del 24 de septiembre y sin que la misma población
se percatara, inicia el combate. La lucha se extiende cuerpo a cuerpo.
Cuatro horas después, las pocas fuerzas enemigas que han quedado
vivas, huyen hacia Honduras.
En la retirada, un soldado observa el interior de la iglesia -cuyas
puertas quedaron a la espera de los fieles madrugadores- y confunde
la imagen de San Pedro con la de Morazán y asesta un certero
proyectil en el pecho de la imagen.
Actualmente una traje blanco guarda ese recuerdo como testimonio de
lo ocurrido.
Este hecho histórico se combina con la leyenda que cuentan los
abuelos que, durante el combate, fue ese mismo santo quien se bajó
de su trono y luchó al lado de Morazán. Una vez expulsado
el enemigo, San Pedro vuelve a su lugar; pero con una herida en el pecho.
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