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LA
ARISTA AFILADA
¿Por
quién doblan las cacerolas?
Carlos
Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com
La
crisis argentina les costará a las empresas españolas
diez mil millones de dólares. A las norteamericanas, otro tanto.
Quizás un poco menos. Pero las más perjudicadas, por supuesto,
serán las argentinas. Todas -decenas de miles- verán reducirse
el valor de sus activos, perderán ventas en medio de la recesión,
y probablemente tendrán que enfrentar un periodo de inflación
que llevará a muchísimas a la quiebra. Naturalmente, esas
pérdidas se reflejarán en el modo de vida de los argentinos.
Serán más pobres. El salario que reciban tendrá
menos poder adquisitivo y podrán consumir menos bienes y servicios.
De eso se tratan las crisis. Ahora viene el periodo de señalar
culpables. Los más evidentes, por supuesto, son los políticos.
Con excepciones, han sido corruptos, imprevisores e incompetentes. Han
gastado mucho más de lo que señalaba la prudencia, convirtiendo
las instituciones públicas en agencias de empleo encaminadas
a mantenerlos en el poder. Pura corrupción de baja intensidad,
como hoy se le llama al viejo clientelismo. Pero esos políticos
no son gentes extrañas a la población argentina. Por el
contrario: han sido elegidos porque forman parte de la sociedad. Los
argentinos se reconocen en ellos, y ellos, los políticos, son
los grandes expertos en los argentinos. Los políticos no son
otra cosa que una expresión del pueblo del que han salido, y
se comportan de acuerdo con los valores, usos, costumbres y creencias
prevalecientes en el medio. No forman una raza aparte ni son distintos
a los farmacéuticos o a los maestros de violín.
la irresponsabilidad política
¿Adónde nos lleva esta afirmación? A que el corazón
del problema radica en los valores, usos, costumbres y creencias prevalecientes
en Argentina o en cualquier otro pueblo. ¿Por qué roban
los políticos argentinos y los de casi toda América Latina?
Porque robar no descalifica moralmente, casi nunca se persigue por la
vía penal, y ni siquiera tiene un costo electoral. Perón,
que en su primer periodo de gobierno demostró que era deshonesto
e incompetente, fue elegido otras dos veces y en ningún caso
obtuvo menos del sesenta por ciento de los votos. Es verdad que los
políticos argentinos emplearon irresponsablemente a un ejército
de funcionarios públicos, pero ¿es posible en nuestros
países resultar elegido proponiendo un programa de austeridad,
contratación por méritos y sujeción estricta a
las reglas? ¿Dónde está el poder de un gobernador
que no puede beneficiar al amiguete con una licitación amañada,
colocar a la querida en un puesto bien remunerado o acelerar en la buena
dirección los trámites de alguien paralizado por la maraña
burocrática? ¿Se pueden hacer grandes o medianos negocios
en América Latina sin antes aceitar la maquinaria
gubernamental con sobornos? ¿No son cómplices de este
lamentable fenómeno los empresarios que hoy se quejan del desbarajuste
económico pero ayer se prestaron a participar en el delito de
cohecho convencidos de que ésa es la única manera de hacer
negocios en América Latina?
cuando el pueblo suena...
El mal está enquistado en nuestra cultura. La quiebra actual
de Argentina es puramente anecdótica. Se pueden encontrar diez
causas directas e inmediatas para explicar este episodio reciente, pero
el problema de fondo viene de lejos. Cuando el pueblo desesperado recorre
las calles golpeando cacerolas, cuando los mataperros salen a quemar
llantas y los ladrones a asaltar supermercados -es bueno darle a cada
grupo el nombre que se merece-, están protestando inútilmente.
Nada van a resolver de manera definitiva apelando a esos procedimientos.
Dentro de cinco o diez años una crisis parecida va a derribar
de nuevo lo que se haya logrado reconstruir.
Si este análisis es correcto, quienes quieran contribuir a solucionar
los males más severos de Argentina (y de toda América
Latina) deben ir a la raíz. Tienen que enfocar sus esfuerzos
en modificar los aspectos negativos que provocan nuestras crisis periódicas.
Tienen que trabajar en el ámbito de los valores, usos, costumbres
y creencias. Tienen que actuar en el ámbito de la cultura. ¿Cómo?
Divulgando información, educando, denunciando desde la sociedad
civil todo aquello que sea censurable, proponiendo políticas
públicas sensatas y evaluando seriamente las iniciativas del
gobierno. Lo grave no es que un fugaz presidente haya asegurado que
crearía un millón de puestos de trabajo en pocas semanas,
sino que millones de argentinos hayan aplaudido esa imbecilidad.
¿Y quién podría pagar un esfuerzo educativo de
ese calibre? Naturalmente, las empresas, que son las que directamente
sufren el embate de estos desastres económicos. Para las empresas
españolas, norteamericanas y, por supuesto, las argentinas, tiene
mucho más sentido invertir unos cuantos cientos de millones de
dólares en defender vigorosamente los principios sobre los que
se sustentan la economía de mercado y el buen gobierno que quejarse
periódicamente de las consecuencias de operar en una cultura
cuyas coordenadas conducen al despeñadero cada cierto tiempo.
Es absurdo que las empresas contemplen capítulos de gastos para
anunciar sus productos y rara vez se planteen la necesidad de fomentar
un clima económico y político en el que realmente puedan
prosperar sin sobresaltos y hacer planes a largo plazo, condiciones
básicas del sistema capitalista. A lo mejor ahora es el momento
de comenzar la tarea. La lucidez suele ser hija de experiencias dolorosas.
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