31 de marzo de 2002

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Perturbación nocturna

Las quejas sobre ruidos estridentes en el vecindario se ha convertido en un problema casi a diario. Las autoridades se enfrentan tanto a la resistencia como a un vacío regulador. Hay más quejas por vigilias religiosas que por centros nocturnos.

Ivan Gómez
vertice@elsalvador.com

Desde muy temprano la variedad de ruidos se convierte en algo cotidiano en la vida de los salvadoreños.
El severo malestar auditivo del tránsito vehicular y la música estridente que pretende llamar la atención del público al paso de cualquier avenida.
Al parecer, los interesados, ya sean estos centros comerciales, gimnasios, gasolineras, ventas ambulantes, lava carros y hasta algunos templos religiosos, no han meditado que además de violar el artículo 1 de la Constitución que establece la seguridad jurídica y el bien común, colaboran a contaminar el medio ambiente en perjuicio de la salud, vulnerando la capacidad auditiva.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) define el ruido como todo sonido no deseado, inútil y peligroso para la salud, el que puede perturbar el trabajo, el descanso, el sueño y la comunicación entre los seres humanos.
En los últimos meses, las denuncias sobre ruidos estridentes en la comunidad se han incrementado. Restaurantes bulliciosos, escandalos en los alrededores de gasolineras e iglesias ruidosas. “Recibimos más quejas por el ruido que generan algunas celebraciones religiosas que de chupaderos”, explica Eduardo Linares, jefe del Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM).
María Gladis reside en la colonia Sabina de Cuscatancingo y, a pocas casas de su residencia, se ha hecho rutinario soportar el ruido estridente de bocinas, aplausos, cánticos y hasta gritos que emanan de las frágiles paredes de sus vecinos de cuadra.
Ellos son miembros de la iglesia “Misión Perfecta” que ocupan la cochera de la vivienda como templo de oración . “Es de todos los días, desde las 6 a las10 de la noche y los viernes las vigilias abarcan hasta la madrugada del sábado”, dice.
“El fin de semana, el culto es de todo el día. El colmo es que la gente que llega no reside en la colonia. Cuando llamé a la PNC de Cuscatancingo me dijeron que por orden del señor alcalde ellos no se metían en asuntos religiosos”, lamenta.
Y es que la mayoría de templos son casas particulares donde se reúnen un grupo de entre 10 a 25 personas. El tamaño de la vivienda y los aparatos de sonido que utilizan permite escuchar la celebración alrededor.

Poco espacio

Ninguna alcaldía tiene registrado el número de casas de oración que existe en sus municipios.


Por lo general, están registrados los templos grandes, entre ellos la Iglesia Católica y algunas sedes evangélicas de las cuáles no se presentan quejas. El ministerio de Gobernación en la Dirección General de Registro de Asociaciones y Funciones sin fines de lucro registra 728 templos, entre católicos y otras denominaciones.
Vértice comprobó que uno de los factores que impiden que el ruido generado por la celebración se deben a que los templos están diseñados acústicamente y en espacios suficientemente amplios.
Las pequeñas casas habitacionales ocupadas como iglesias se instalan donde su pastor considere conveniente. Solo sobre la calle principal de la colonia Prados de Venecia IV, en Soyapango, que abarca unas cuatro cuadras, están ubicados cinco pequeños templos.
Las molestias de los vecinos se incrementan cuando se celebran vigilias, las que duran hasta el siguiente día.
Alexander sabe de antemano que los viernes tiene que desvelarse debido a las vigilias que realizan los cuatro templos ubicados en la colonia Los Ángeles de Apopa, donde residen unas mil 500 personas.
El tema lo discute con su amigo José quien da un testimonio positivo sobre la celebración. “Yo era drogadicto y Dios cambio mi vida”, argumenta.
En relación al sonido estridente, José sostiene que el momento de oración no perturba a nadie. “Esto no es ruido, es un mensaje de amor y salvación para los hombres. Una vez a la semana no incomoda. Hay veces que hacen fiestas que duran toda la noche y nadie dice nada. Además hay gente que se desvela viendo películas en algo que no es beneficioso en vez de escuchar a lo lejos cosas buenas que le ayuden a que la mente no se pervierta. Hay veces que el pastor pide un poco de silencio, pero al momento de la oración, uno se emociona”, sostiene.
Hace una semana, vecinos del pasaje Hernández y calle El Bambú de Ayutuxtepeque denunciaron el ruido estridente que sale de los parlantes de la iglesia evangélica Genezareth.
“El año pasado denunciamos el caso a la alcaldía, pero hasta la fecha no hay respuesta”, sostiene Juan, uno de los afectados.

Zonas estridentes
Curiosamente este tema es abordado, incluso, en publicaciones religiosas donde se reconoce al ruido como un problema de salud.


Se reconoce los efectos que causan la contaminación acústica. Se sugiere entre otras cosas para no ser un vecino ruidoso: “Pensar en el vecino cuando va a realizar una actividad ruidosa y avisarle de antemano; si el vecino le pide que reduzca el ruido, acceda. Tenga presente que su disfrute no debe causar disgusto a sus vecinos”.
Para tratar de resolver el problema, la alcaldía pretende reunirse con los pastores y líderes de las principales iglesias. “Pero no se trata de una limitación a la libertad de culto. La alcaldía esta obligada a garantizar la tranquilidad ciudadana”, sostiene Joaquín Domínguez, delegado contravencional de la alcaldía capitalina.
Pero los problemas de ruido nocturno en zonas residenciales no es exclusivo de las iglesias.
Las alcaldías enfrentan quejas por escándalos en restaurantes. La colonia Miramonte ha sido considerada por algunos comerciantes como el lugar perfecto para alquilar e invertir. En un kilómetro cuadrado se han instalado 43 cervecerías.
Linares sostiene que cuando se solicita un permiso para operar una cervecería, se hace una encuesta con los vecinos ubicados a cien metros a la redonda del establecimiento.
Otras de las zonas donde se han incrementado el número de bares es la colonia Rábida, calle Sisimiles, Paseo General Escalón y San Benito.
Pero el ingenio de algunas personas llegó hasta solicitar a la alcaldía un permiso para instalar bares rodantes que consistirían en acondicionar un autobús y “pasear” al son de la pachanga a sus clientes por la capital.
Aunque esta innovadora idea no fue permitida, en la práctica se realiza. Hay personas que en la cama de sus pick-up han instalado parlantes para agradar el ambiente de sus pasajeros.
Consciente o no de que su libre paseo -que podría abarcar varias cuadras antes de llegar a casa-, causa problemas y más cuando se extiende más allá de las dos de la mañana.

vecindario ruidoso
El bulevar de Los Héroes es testigo de estos actos al son de las guitarras.


Este tipo de problemas obligó a Efraín a cambiar de domicilio. Residía junto a su recién esposa en el segundo piso de la residencial San Joaquín Oriente. Tenía como vecino a una gasolinera. “Al principio pensamos que el lugar era perfecto por si se registraba cualquier emergencia, pero la música que mantenían durante toda la noche, el chillar de llantas en la madrugada y los gritos de farra los fines de semana, me obligaron a regresar donde mi suegra a quien prefiero soportarla antes de seguir con los desvelos”.
Ante el problema de la falta de conciencia, existe un componente mucho más importante que es la salud. La contaminación sonora que se soporta durante el día tiende a continuar en horas de reposo. Para el otorrinolaringólogo José Bonilla el afectado enfrenta dos problemas: uno de ellos es el emocional, que dependerá de la intensidad del ruido que se mide por decibelios que -de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMP)- es de 75 decibelios.
Hay zonas altamente pobladas que el nivel se eleva de 85 hasta 113.
“El otro problema es la pérdida auditiva. El ruido normal de la calle sumado al desvelo, más temprano que tarde afectará la salud. La persona habla más fuerte por que no escucha bien”, explica el médico.
Al final de cuentas existe un silencioso conflicto entre el derecho al ocio y el descanso.

Haz clickLos reglamentos

Al parecer, son las leyes las que han quedado en el papel y el olvido. Las disposiciones que se cumplen son a medias.


El Ministerio de Salud cuenta con un Código de Salud para regular la vida laboral.
Mientras tanto, el reglamento de Tránsito restringe el uso de bocinas y dispositivos sonoros en el servicio de transporte colectivo. Pero esto se cumple solamente cuando los agentes de tránsito desarrollan operativos.
Y como sorpresa, la ordenanza de la alcaldía capitalina tiene un vacío en el artículo 18 que se refiere al incumplimiento de las normas de control de ruido.
La medida no establece su medición y el afectado puede argumentar la falta de exactitud a nivel de decibelios.
La municipalidad pretende regular el ruido con la aprobación de una nueva ordenanza que establezca un nivel de parámetros soportables al oído, además de exigir aislantes de sonido -medida que se implementó en los centros nocturnos ubicados frente al Hospital Benjamín Bloom- y elevar las multas.
Pero las municipalidades no cuentan con un número suficiente de agentes para controlar sus sectores. El CAM apenas tiene 400 elementos distribuidos en tres turnos, lo que limita la presencia en las calles de los siete distritos con un personal de 100.
La PNC se limita, en algunas ocasiones, a solicitarle a las personas que provocan ruidos estridentes en sus viviendas a que bajen el volumen de sus aparatos de sonido.
En todo caso y si lo ven conveniente, notifican al CAM para que inspeccione y aplique la esquela. Si no cancela se le declara en rebeldía y arranca un proceso de por lo menos 20 días para que el síndico municipal remita el caso a los tribunales.
Al parecer esta nueva ordenanza obligará a regular el ambiente sonoro por el bien de la comunidad; claro, siempre y cuando, este ruido no llegue hasta la esfera política que podría elevar la voz al cielo en protesta por la restricción a sus acostumbradas faenas nocturnas.


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