3 de marzo de 2002

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Don Arcadio
Una joya escondida

Hace 40 años, antes que Arcadio Portillo lograra la personería jurídica del Sindicato de Músicos Salvadoreños, los mariachis eran vistos como “vagos”. Pocos recuerdan su legado, su violín histórico y sus amistades con famosos.

Luis Laínez/Erick L. Lemus
 vertice@elsalvador.com

“Cuando salíamos a tocar a los restaurantes, éramos perseguidos por la Guardia y la Policía. Yo me fui a a trapear por quince días al cuartel de la Guardia y de la Policía, varias veces, en 1955. Nos capturaban como vagos y maleantes. Nos perseguían...”
La vida de este músico salvadoreño y fundador del Mariachi Cuscatleco es una joya preciada cuyo legado debe ser reconocido por la sociedad.

En su casa, nos muestra su álbum con fotografías y recortes de la época que son su tesoro preciado. Pero en un estuche, sin duda, alberga la pieza de mayor cuantía sentimental: una réplica de un violín Stradivarius, que ha sido su compañero de batalla en sus giras al extranjero.
Dentro de los recuerdos, hay una cédula de vecindad, que data de los años 50, y reza así:

“Al portador de la presente se inscribe como Mariachi y un conjunto de ocho miembros llamado Mariachi Cuscatleco en el libro que al respecto lleva esta alcaldía. Está autorizado para tocar en restaurantes, en serenatas y en otras reuniones. Por lo tanto, se le ruega a las autoridades no molestarlos en el ejercicio de su profesión, siempre que no contravenga ninguna disposición legal”.

Pero esa simpleza, que lo certifica un documento municipal, no fue fácil de obtener. A don Arcadio le significó capturas por violar la ley. “Yo nací en la cuna del café, en Ciudad Barrios. Yo me vine después de la muerte de mi padre, que falleció el 26 de octubre de 1936. Me vine de 16 años de edad a buscar, a sufrir; dormía en los portales y fui perseguido como músico.

La muerte de mi padre fue de súbito, a la edad de 83 años, la edad que tengo ahora yo. Fue muy extraño porque él nunca se tomó una cerveza o fumó un cigarro. Un día llegamos a una casa y me dijo ‘ve, aquí vive un amigo, vamos a verlo’. Eso fue un día lunes. Cuando salió una señora, le dijo: ‘Vengo a ver a Chimbimbo, mi amigo’. La señora le respondió: ‘Ah, saludes le dejó, porque hace ocho días se murió’. Mi padre se quedó pensativo y agregó: ‘Ah, qué lo siento, pero yo pronto lo voy a a ver... Si alguna cosa se le ofrece...’. El día siguiente murió mi papá. Ya sentía la muerte”.

CAMINO A LA CAPITAL

“Me vine a pie de mi pueblo, Ciudad Barrios, a San Salvador. Ocho días me volé a puro pincel, aguantando hambre. Un padrino que vivía en San Francisco Javier me dio un dinerito después de vender un corvito. Con ese dinero me vine a San Salvador”. Era el año de 1941.
Desarrapado y andrajoso encontró al mayor Heriberto Guerrero, segundo jefe de la Policía Nacional, quien le ofreció una oportunidad.

Eso sí, tenía que llegar muy presentable, una hazaña para alguien que esa noche dormiría en el Portal de Santa Tecla. Ahí, en lo oscuro, un resplandor llamó su atención. Era una espuela de material amarillo. Horas después, cuando se dirigía a la Policía, un hombre se le acercó y le dijo que la espuela era de oro.

Arcadio corrió a una platería que se encontraba en el Edificio del Telégrafo, y la logró vender en ¢200, una pequeña fortuna en aquellos días.
A las 10:00 a.m. estaba frente a Guerrero con mudada nueva y bien bañado. Así ingresó a la Policía y a la escuela que dirigía el mayor Héctor Larín, donde sobresalió a los tres meses de estudios.

Don Arcadio se fue a trabajar al departamento de Tránsito. “En ese tiempo el semáforo era el policía, sobre una tarima y bajo un paragote grande daba vía”.
Pero el sueldo de un policía era dos colones diarios en aquel tiempo.
Por eso don Arcadio alternaba su trabajo con la música.
¿Cómo se inició en la música? Don Arcadio lo simplifica con sencillez.
“Bueno... el estómago, la necesidad. Cogí un instrumento y salté a la calle. Aunque yo ya sabía tocar uno desde niño, tocaba mandolina, que me enseñó un anciano ciego que se llamaba Marcos Hernández.

Me inicié a la edad de 8 años, andaba guiando al cieguito. Él me enseñó a tocar la mandolina y un poco de guitarra. Pero también toco el violín. Ahora tengo uno que es muy viejo, es una reliquia. Con este he hecho mi casita, he viajado al extranjero, he ayudado a las instituciones benéficas, como club de leones, escuelas, kindergarten y hospitales”.
“La diferencia entre la mandolina y la guitarra es que la primera es como un violín”, nos explica mientras afina su pieza de trabajo. Su violín es una réplica alemana auténtica de un Stradivarius, con el que evoca los días en los que alternó con Fernando Fernández, el padre de Vicente.

AL MARGEN DE LA LEY

La Policía se deshizo de él en circunstancias que harían divagar demasiado esta historia.
Lo cierto es que don Arcadio pronto se enfrentó al mundo nada más con su violín en la mano. Ahora los policías ya no eran sus amigos. “El que andaba en la calle ganándose la vida con su instrumentillo iba a la cárcel... y el parte (policial) era por vago y maleante”.

A partir de los atropellos que sufrían los músicos con la policía, es que nació la idea de formar el Sindicato Gremial de Músicos Salvadoreños. “Una noche estábamos nosotros en un restaurante esperando clientes, cuando -de repente- entra el Chele Medrano. Estaba en la aviación y era teniente en ese entonces. Y con pistola en mano sacó a toda la gente y a nosotros nos puso a trabajar toda la madrugada de ‘choto’. Cuando nos queríamos ir, nos ponía la pistola”.

Cansados de los abusos, un grupo de músicos se instaló frente a la casa del coronel Julio Adalberto Rivera, ubicada sobre la 25 avenida norte.
- ¿Qué querés, Arcadio?
- ¡Que no nos persigan!
El coronel, que no era otro que el Presidente de la República, les explicó, montado a horcajadas en su motocicleta, que si querían tener una personería jurídica debían pedirla en el Ministerio de Trabajo, y no hablando en la calle con él.

Rivera prometió que arreglaría todo desde Casa Presidencial y conminó a los mariachis a la oficina del Ministerio. Al llegar, en lugar del tradicional portazo con el que siempre eran recibidos, un cordial empleado público les comunicó que el ministro les esperaba.
A partir de entonces, el mariachi y sus músicos dejaron de ser los “vagos y maleantes” que antes figuraban en los informes policiales.

Él urge de tu ayuda

Don Arcadio necesita comprar un concentrador de oxígeno para extender su vida. Su costo asciende a un total de 1,205 dólares.Una cotización hecha a OXGASA así lo revela.

Por ahora, el aire de don Arcadio se agota; caminar una mínima distancia lo agobia. Si quieres ayudarlo, llama al (503)292-3809. Más información vertice@elsalvador.com

 


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