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Don Arcadio
Una
joya escondida
Hace
40 años, antes que Arcadio Portillo lograra la personería
jurídica del Sindicato de Músicos Salvadoreños,
los mariachis eran vistos como vagos. Pocos recuerdan
su legado, su violín histórico y sus amistades con
famosos.
Luis Laínez/Erick
L. Lemus
 vertice@elsalvador.com
Cuando
salíamos a tocar a los restaurantes, éramos perseguidos
por la Guardia y la Policía. Yo me fui a a trapear por
quince días al cuartel de la Guardia y de la Policía,
varias veces, en 1955. Nos capturaban como vagos y maleantes.
Nos perseguían...
La vida de este músico salvadoreño y fundador del
Mariachi Cuscatleco es una joya preciada cuyo legado debe ser
reconocido por la sociedad.
En su casa, nos muestra su álbum con fotografías
y recortes de la época que son su tesoro preciado. Pero
en un estuche, sin duda, alberga la pieza de mayor cuantía
sentimental: una réplica de un violín Stradivarius,
que ha sido su compañero de batalla en sus giras al extranjero.
Dentro de los recuerdos, hay una cédula de vecindad, que
data de los años 50, y reza así:
Al portador de la presente se inscribe como Mariachi
y un conjunto de ocho miembros llamado Mariachi Cuscatleco en
el libro que al respecto lleva esta alcaldía. Está
autorizado para tocar en restaurantes, en serenatas y en otras
reuniones. Por lo tanto, se le ruega a las autoridades no molestarlos
en el ejercicio de su profesión, siempre que no contravenga
ninguna disposición legal.
Pero esa simpleza, que lo certifica un documento municipal, no
fue fácil de obtener. A don Arcadio le significó
capturas por violar la ley. Yo nací en la cuna del
café, en Ciudad Barrios. Yo me vine después de la
muerte de mi padre, que falleció el 26 de octubre de 1936.
Me vine de 16 años de edad a buscar, a sufrir; dormía
en los portales y fui perseguido como músico.
La muerte de mi padre fue de súbito, a la edad de 83 años,
la edad que tengo ahora yo. Fue muy extraño porque él
nunca se tomó una cerveza o fumó un cigarro. Un
día llegamos a una casa y me dijo ve, aquí
vive un amigo, vamos a verlo. Eso fue un día lunes.
Cuando salió una señora, le dijo: Vengo a
ver a Chimbimbo, mi amigo. La señora le respondió:
Ah, saludes le dejó, porque hace ocho días
se murió. Mi padre se quedó pensativo y agregó:
Ah, qué lo siento, pero yo pronto lo voy a a ver...
Si alguna cosa se le ofrece.... El día siguiente
murió mi papá. Ya sentía la muerte.
CAMINO
A LA CAPITAL
Me vine a pie de mi pueblo, Ciudad Barrios, a San Salvador.
Ocho días me volé a puro pincel, aguantando hambre.
Un padrino que vivía en San Francisco Javier me dio un
dinerito después de vender un corvito. Con ese dinero me
vine a San Salvador. Era el año de 1941.
Desarrapado y andrajoso encontró al mayor Heriberto Guerrero,
segundo jefe de la Policía Nacional, quien le ofreció
una oportunidad.
Eso sí, tenía que llegar muy presentable, una hazaña
para alguien que esa noche dormiría en el Portal de Santa
Tecla. Ahí, en lo oscuro, un resplandor llamó su
atención. Era una espuela de material amarillo. Horas después,
cuando se dirigía a la Policía, un hombre se le
acercó y le dijo que la espuela era de oro.
Arcadio corrió a una platería que se encontraba
en el Edificio del Telégrafo, y la logró vender
en ¢200, una pequeña fortuna en aquellos días.
A las 10:00 a.m. estaba frente a Guerrero con mudada nueva y bien
bañado. Así ingresó a la Policía y
a la escuela que dirigía el mayor Héctor Larín,
donde sobresalió a los tres meses de estudios.
Don Arcadio se fue a trabajar al departamento de Tránsito.
En ese tiempo el semáforo era el policía,
sobre una tarima y bajo un paragote grande daba vía.
Pero el sueldo de un policía era dos colones diarios en
aquel tiempo.
Por eso don Arcadio alternaba su trabajo con la música.
¿Cómo se inició en la música? Don
Arcadio lo simplifica con sencillez.
Bueno... el estómago, la necesidad. Cogí un
instrumento y salté a la calle. Aunque yo ya sabía
tocar uno desde niño, tocaba mandolina, que me enseñó
un anciano ciego que se llamaba Marcos Hernández.
Me inicié a la edad de 8 años, andaba guiando al
cieguito. Él me enseñó a tocar la mandolina
y un poco de guitarra. Pero también toco el violín.
Ahora tengo uno que es muy viejo, es una reliquia. Con este he
hecho mi casita, he viajado al extranjero, he ayudado a las instituciones
benéficas, como club de leones, escuelas, kindergarten
y hospitales.
La diferencia entre la mandolina y la guitarra es que la
primera es como un violín, nos explica mientras afina
su pieza de trabajo. Su violín es una réplica alemana
auténtica de un Stradivarius, con el que evoca los días
en los que alternó con Fernando Fernández, el padre
de Vicente.
AL MARGEN DE LA LEY
La Policía se deshizo de él en circunstancias que
harían divagar demasiado esta historia.
Lo cierto es que don Arcadio pronto se enfrentó al mundo
nada más con su violín en la mano. Ahora los policías
ya no eran sus amigos. El que andaba en la calle ganándose
la vida con su instrumentillo iba a la cárcel... y el parte
(policial) era por vago y maleante.
A partir de los atropellos que sufrían los músicos
con la policía, es que nació la idea de formar el
Sindicato Gremial de Músicos Salvadoreños. Una
noche estábamos nosotros en un restaurante esperando clientes,
cuando -de repente- entra el Chele Medrano. Estaba en la aviación
y era teniente en ese entonces. Y con pistola en mano sacó
a toda la gente y a nosotros nos puso a trabajar toda la madrugada
de choto. Cuando nos queríamos ir, nos ponía
la pistola.
Cansados de los abusos, un grupo de músicos se instaló
frente a la casa del coronel Julio Adalberto Rivera, ubicada sobre
la 25 avenida norte.
- ¿Qué querés, Arcadio?
- ¡Que no nos persigan!
El coronel, que no era otro que el Presidente de la República,
les explicó, montado a horcajadas en su motocicleta, que
si querían tener una personería jurídica
debían pedirla en el Ministerio de Trabajo, y no hablando
en la calle con él.
Rivera prometió que arreglaría todo desde Casa
Presidencial y conminó a los mariachis a la oficina del
Ministerio. Al llegar, en lugar del tradicional portazo con el
que siempre eran recibidos, un cordial empleado público
les comunicó que el ministro les esperaba.
A partir de entonces, el mariachi y sus músicos dejaron
de ser los vagos y maleantes que antes figuraban en
los informes policiales.
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Él urge de tu ayuda
Don Arcadio necesita comprar un concentrador de
oxígeno para extender su vida. Su costo asciende
a un total de 1,205 dólares.Una cotización
hecha a OXGASA así lo revela.
Por ahora, el aire de don Arcadio se agota; caminar
una mínima distancia lo agobia. Si quieres
ayudarlo, llama al (503)292-3809. Más información
vertice@elsalvador.com
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