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PIEDRA DE TOQUE
El
principio de la impunidad
MARIO
VARGAS LLOSA
 vertice@elsalvador.com
El
Tribunal Constitucional del Perú, máxima institución
encargada de velar por las libertades públicas, ha aceptado
un recurso de habeas corpus, ordenando la excarcelación
de Luis Bedoya de Vivanco, quien apareció en un vladivídeo
recibiendo 25 mil dólares de Vladimiro Montesinos. La sentencia
del Tribunal Constitucional no se pronuncia sobre la acusación
de peculado que pesa sobre aquél, sólo sobre las
formas del proceso, que, dice, violaron los derechos constitucionales
del acusado, quien no debió ir a la cárcel mientras
transcurría el proceso que determinará su inocencia
o culpabilidad.
Para comprender las razones que han motivado la viva polémica
desatada por el fallo del Tribunal Constitucional del Perú,
es preciso conocer algunos detalles del asunto. Luis Bedoya de
Vivanco es hijo de Luis Bedoya Reyes, un abogado y político
peruano de gran prestigio profesional y de impecables credenciales
democráticas, que, en su larga trayectoria cívica,
sin mancha, se ha ganado el respeto de amigos y adversarios. (Estuvimos
juntos en el Frente Democrático en 1990 y en mi libro de
memorias El pez en el agua he dicho todo lo bien que pienso de
él).
Que el hijo del fundador y líder del Partido Popular Cristiano
apareciese en un vídeo recibiendo dinero del genocida,
torturador, ladrón y golpista número uno de la dictadura
fujimorista causó una tremenda impresión en el Perú,
pues mostró que la corrupción administrada por Vladimiro
Montesinos había contaminado, incluso, a partidos que hacían
oposición al régimen (Luis Bedoya de Vivanco era
dirigente del Partido Popular Cristiano y su candidato a la alcaldía
de Miraflores cuando el infamante vídeo), y al mismo entorno
de figuras cívicas de irreprochable conducta democrática.
De otro lado, el Tribunal Constitucional es una institución
que, hasta ahora al menos, gozaba de prestigio, pues tres de los
magistrados que han aceptado el habeas corpus tuvieron una actitud
muy digna cuando la dictadura fujimontesinista y fueron por ello
destituidos y escarnecidos por la prensa vasalla del régimen.
Esos periódicos, radios y canales de televisión
que la mafia todavía controla -desde la sombra e, incluso,
desde la cárcel- ha celebrado ahora, ni qué decir
tiene, la excarcelación del ex-alcalde, como un gran triunfo
de la justicia y la moral, y les faltan adjetivos para elogiar
la entereza de esos magistrados que se han atrevido a enmendar,
por primera vez, los atropellos que, en su sed de venganza cainita,
comete el régimen democrático contra los antiguos
servidores, cómplices y socios de Montesinos.
DENUNCIADOS Y JUICIOS
La insolencia con que el fujimontesinismo celebró el fallo
del Tribunal Constitucional ha sido desmedida. En tanto que sus
abogados demostraban que el excarcelado Bedoya de Vivanco podía
reclamar y volver a ocupar la alcaldía que ganó
(en elecciones fraudulentas, gracias a la intervención
del dinero de Montesinos), sus órganos mediáticos
anunciaban que los jueces y fiscales por cuya acción aquél
pasó cerca de nueve meses entre rejas, serían denunciados
y enjuiciados por delitos que podrían llevarlos a la cárcel.
Y, por supuesto, buen número de los civiles y militares
actualmente en prisión por los robos y exacciones cometidas
al amparo de la dictadura preparan recursos de habeas corpus,
suponiendo -suposición no gratuita, por cierto- que el
fallo del Tribunal Constitucional sienta un precedente que puede
excarcelarlos a ellos también.
Ante la tempestad de críticas que este fallo ha levantado
-dos tercios de los peruanos lo rechazan de manera rotunda, según
las encuestas- los magistrados del Tribunal Constitucional se
han apresurado a asegurar que cada caso es único y debe
ser juzgado en sus propios términos, de modo que esta acción
de amparo no puede servir de antecedente para otros recursos de
habeas corpus. Sin embargo, resulta difícil entender por
qué los argumentos que han valido para excarcelar a Luis
Bedoya de Vivanco no valdrían también para otros
reos que se hallan en situación similar.
El Tribunal considera que había dos razones para no encarcelar
a Bedoya durante el proceso: 1) Que no había riesgo de
que se fugara, pues estaba colaborando con la justicia, y 2) Que
no se había podido establecer si los 25 mil dólares
que le dio Montesinos eran dineros públicos
o no, pues, si no lo eran, no habría cometido delito de
peculado.
LOS DINEROS PRIVADOS
Es el segundo argumento, claro está, el que ha hecho correr
escalofríos en la espalda de los millones de peruanos que
tenían la ilusión de que -¡por una vez en
nuestra historia!- los bandidos que se enriquecieron al amparo
de la dictadura de Fujimori fueran sancionados por sus delitos.
En efecto, el argumento parte de un supuesto que cabe llamar arcangélico:
que el extorsionador y criminal que destruyó la democracia
peruana y acumuló una fortuna ilícita de cientos
de millones de dólares, utilizaba para corromper a los
militares, empresarios, periodistas, políticos, etcétera,
que servían sus intereses, unos dineros privados.
¿Sus ahorros personales, tal vez? ¿Los que ganó
en el noble ejercicio de la abogacía defendiendo a narcotraficantes?
¿Cabe suponer, entonces, que los 25 mil dólares
con que subsidió a Bedoya de Vivanco en su campaña
por la alcaldía los entregó por razones cívicas
y altruistas? ¿Invirtió una suma tan alta de sus
modestísimos ingresos personales porque quería que
Miraflores tuviera un alcalde de oposición al régimen
del que era, con Fujimori, la piedra miliar? Es posible que ese
análisis tenga sustento legal, pero no parece lógico.
Y sus derivaciones ponen los pelos de punta. Pues, como probablemente
es imposible demostrar, en cada caso, que los dineros que manejaba
Montesinos para sus tropelías procedían directamente
del Estado, este argumento utilizado para excarcelar a Bedoya
abre una puerta por la que pueden alcanzar la libertad y, en última
instancia, la impunidad- gran número de quienes, en los
diez años de la dictadura fujimorista, saquearon el país
y acumularon formidables fortunas que ahora los esperan ganando
intereses en los paraísos fiscales del planeta.
No pongo en duda la buena fe ni la competencia jurídica
de los magistrados del Tribunal Constitucional. Es posible que
hayan aplicado de manera escrupulosa la letra de la ley, aunque
tal vez no así su espíritu. Desde mis ya lejanos
años de estudiante de Derecho supe que éste no garantiza
siempre la justicia; que, más bien, en muchos casos, sirve
para legalizar injusticias, pues su interpretación y aplicación
depende más de la habilidad, el ingenio y a veces el genio
leguleyo de abogados y juristas, que de lo que prescriben literalmente
las normas legales y de las intenciones con que fueron concebidas.
No es imposible que en su loable empeño de defender los
derechos constitucionales de un ciudadano que aceptó ensuciar
sus manos y su nombre recibiendo dinero de uno de los criminales
más siniestros de la historia peruana, en los locales del
Servicio de Inteligencia -¡institución pública,
si las hay!-, los magistrados del Tribunal Constitucional hayan
dado un golpe severísimo al proceso anti-corrupción
que se abrió con la caída de la dictadura, e inaugurado
el camino de la impunidad para innumerables malhechores.
Es
por eso que la gran mayoría de peruanos ha recibido ese
fallo con indignación, pero no con sorpresa. ¿Acaso
no ha ocurrido lo mismo, una y mil veces? Es cierto que la gran
mayoría de esas peruanas y peruanos carecen de competencia
para responder a las abrumadoras disquisiciones legales y casuísticas
con que los magistrados justifican su sentencia. Es verdad; no
tienen -no tenemos- la frondosa retórica leguleya con que
cualquier jurista o rábula puede, usando la ley como un
prestidigitador los pañuelos y los conejos que hace aparecer
y desaparecer en la chistera, demostrar la culpabilidad y la inocencia
de cualquiera y por cualquier cosa. Pero lo que esos millones
de peruanas y peruanos sí saben -sí sabemos- es
que en la ya larga historia republicana del Perú, nunca
ha habido castigo para los aprovechadores de las dictaduras, los
que, pasado un cierto tiempo de incomodidades y discreción,
volvían siempre a la ciudad, a mostrarse tan campantes,
bien forrados con el dinero de sus robos y pillerías, y
a menudo a reiniciar, a veces con éxito, sus carreras políticas.
Y saben también que en el Perú hay una ley no escrita,
pero respetada y practicada desde tiempos inmemoriales, según
la cual quienes pertenecen a las buenas familias, y tienen los
buenos apellidos, y gozan de las buenas relaciones, reciben siempre,
a la larga, gobierne quien gobierne, un trato de favor.
Lo ocurrido en los últimos tiempos en el Perú hizo
concebir esperanzas a muchos peruanos de que esta vez no ocurriría
lo de siempre, que ahora sí, por fin, habría justicia,
y los delitos generados por un gobierno autoritario no quedarían
impunes. Gracias al fallo del Tribunal Constitucional, saben sabemos-
que eran demasiado optimistas y que las cosas pueden plegarse
también en nuestros días a las costumbres del pasado.
Porque, como decía César Moro, aunque en todos los
países del mundo se cuecen habas, en el Perú sólo
se cuecen habas.
© Mario Vargas Llosa 2002
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a Diario El País, S.A.
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