3 de marzo de 2002

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LOS BENEDICTOS
El legado del CRIMEN

Hace más de diez años, en El Salvador se empezó a gestar la banda más peligrosa de Centroamérica liderada por tres miembros de la familia Villanueva: Benedicto padre, Benedicto hijo y su hermano Benjamín. Después de varios golpes de la policía, sigue activa.

Ernesto Villalobos
 vertice@elsalvador.com

En febrero pasado, la Policía de Honduras realizó un operativo en la comunidad Las Flores, ubicado en el departamento de Lempira.
Los vecinos del lugar se percataron de movimientos extraños en una vivienda recién alquilada por lo que alertaron a la policía. Al llegar, las unidades de seguridad pública fueron recibidas con ráfagas de un fusil AK 47. Los policías abrieron fuego en contra de sus atacantes y dieron muerte a un joven parapetado con el fusil.

Además, hirieron a otro de la banda que intentó activar una granada. Al terminar los disparos, la policía se dio cuenta que había capturado -con una herida en la garganta- a José Benedicto Villanueva Ortíz, uno de los criminales más temidos en Centroamérica y líder de Los Benedictos, banda que se creía desarticulada. Su hermano Benjamín Wilfredo Villanueva lleva varios años de operar en Honduras y logró escapar entre la confusión del enfrentamiento. Pero, los rastros de pólvora y casquillos de bala ocultaba otra sorpresa en el lugar.

El joven delincuente muerto en la refriega era Johnny Villanueva, primogénito de Villanueva Ortíz. Su identidad reveló que la cadena de una dinastía de delincuencia, de tres generaciones, que comenzó en la campiña salvadoreña, con un ex diputado salvadoreño, continuaba sin romperse.
La tranquilidad parece reinar en María Auxiliadora, un pequeño caserío del cantón El Chunte, jurisdicción de Sensuntepeque, en el departamento de Cabañas.
La pequeña población de unas 80 casas está rodeada de cerros forrados de maleza seca. La tranquilidad de los lugareños tenuamente se interrumpe, de vez en cuando, por el ruido del viento al golpear los árboles de mango y carao, muy comunes en el lugar.
La palabra delincuencia no figura en el diccionario de los pobladores; saben de ella por lo que leen en los periódicos. “Aquí nadie saca la pistola o el machete para arreglar las cosas”, dice un miembro de la familia Villanueva.

Paradójicamente, el lugar es la cuna de una de las dinastías de criminales más violentos en la historia reciente de El Salvador. Ahí, en 1933, nació José Benedicto Villanueva Rosales, padre del líder de la banda. Benedicto padre fue el primero de tres hermanos e hijos de José Calazán Villanueva y de Dolores Rosales. Según sus familiares, poco tiempo después de nacer, sus padres emigraron a Honduras. La población de los cantones fronterizos con ese país siempre halló en él un refugio donde ganarse la vida.

Sin embargo, para Benedicto y sus hijos se convertiría más adelante en un refugio para esconderse de la policía salvadoreña. A los diez años de edad, regresó a María Auxiliadora. En esa etapa, soportó el divorcio de sus padres y vivió ahí hasta los catorce años. Después, junto a su padre y sus dos hermanas frutos de otra relación, se trasladaron a la ciudad de Sensuntepeque y después a la capital.

Desde entonces, su familiares campesinos solo sabían de él por las esporádicas visitas de su padre al caserío. Pero muy cerca, en la ciudad de Sensuntepeque, Benedicto comenzaba a labrar su camino como una figura política.

PCN y PPS

Algunos militantes políticos contemporáneos a Villanueva recuerdan sus inicios en la arena política apadrinado por un influyente paisano de la época.
Según José Santiago Ponce, ex gobernador del departamento de Cabañas, Villanueva fue respaldado por Benjamín Wilfrido Navarrete, Ministro de Hacienda durante el gobierno del Coronel Osorio.

Éste jugó un papel importante en la vida de Villanueva, a tal grado que bautizó con su nombre a su segundo hijo (Benjamín Wilfredo Villanueva Blanco), futuro cabecilla de la banda.
Después y debido a pugnas internas, Navarrete y Villanueva se cambiaron al Partido Popular Salvadoreño. Para las elecciones de 1967, el ex ministro de Hacienda ganó la diputación por el departamento de Cabañas y nombró a su apadrinado como diputado suplente.

Aquella fue la única vez que Villanueva vería de cerca los curules de la Asamblea Legislativa. Pero sería suficiente para que hiciera del primer órgano de Estado su forma de vida. Mientras, en su vida familiar, se había casado con Sara Marina Ortíz Portillo y su hijo, que fue bautizado con su mismo nombre (José Benedicto Villanueva Ortíz) cumplía cuatro años. El pequeño se convertiría más tarde en el jefe de la banda junto a su padre y su hermano.

Según sus familiares, su esposa gozaba de buena reputación y tenía ciertas condiciones económicas. Esto le permitió que su hijo creciera con comodidades.
Pero llegó la década de los setenta y el Partido Popular Salvadoreño sufrió derrotas electorales y con ellas las aspiraciones políticas de Benedicto desaparecieron. Sin embargo, sus conexiones le sirvieron para seguir en el ambiente legislativo desde otro frente: el periodismo.
Aunque su accionar era poco claro, nadie de los que lo conocieron saben ubicar cuándo sobrepasó la línea de la legalidad. Todo parece indicar que su pasado político le facilitó las condiciones para cometer los delitos que lo harían célebre.

En la década de los ochenta, su hijo trabajó como agente de seguridad para el Viceministro de Interior. Este habría significado el primer contacto con las armas para Benedicto hijo.
Un tiempo después y gracias a las influencias de su padre el joven Villanueva Ortíz entró a trabajar en el archivo del Ministerio del Interior. En el lugar habría establecido los contactos para realizar los primeros negocios ilegales junto a su padre: los pasaportes falsos. No obstante, según informaciones policiales, en esa época Benedicto hijo ya se dedicaba a robar carros.
De esta forma, padre e hijo se fueron hundiendo cada vez más en la delincuencia.

Hasta que en 1991 Benedicto hijo fue capturado por primera vez por robo de autos y falsificación de documentos. Las autoridades no pudieron probar su culpabilidad y salió en libertad.
Pero la banda ya había marcado su nacimiento en los archivos de la policía. Con los acuerdos de paz, Villanueva Ortíz fue reclutando ex militares para fortalecer su organización. La banda fue adquiriendo un bien delimitado modo de operar: “primero mataban y después robaban”, recuerda Rodrigo Ávila, ex director de la PNC y ahora diputado.

Ávila fue uno de los más acérrimos perseguidores de este tipo de delincuencia organizada.
Según cuenta muchos rastros de delitos a gran escala llevaban a un punto de convergencia: la banda de Los Benedictos.

Para 1995, Villanueva ya contaba con un nada envidiable récord delincuencial que incluía varias períodos de reclusión en la penitenciaria nacional, así como intentos de fuga de los mismos, robo de carros, despiadados ataque a carros blindados, asesinatos y contrabando de armas de guerra. Su ficha criminal habla por sí sola.

 

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