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LOS BENEDICTOS
El
legado del CRIMEN
Hace
más de diez años, en El Salvador se empezó
a gestar la banda más peligrosa de Centroamérica
liderada por tres miembros de la familia Villanueva: Benedicto
padre, Benedicto hijo y su hermano Benjamín. Después
de varios golpes de la policía, sigue activa.
Ernesto
Villalobos
 vertice@elsalvador.com
En
febrero pasado, la Policía de Honduras realizó un
operativo en la comunidad Las Flores, ubicado en el departamento
de Lempira.
Los vecinos del lugar se percataron de movimientos extraños
en una vivienda recién alquilada por lo que alertaron a
la policía. Al llegar, las unidades de seguridad pública
fueron recibidas con ráfagas de un fusil AK 47. Los policías
abrieron fuego en contra de sus atacantes y dieron muerte a un
joven parapetado con el fusil.
Además, hirieron a otro de la banda que intentó
activar una granada. Al terminar los disparos, la policía
se dio cuenta que había capturado -con una herida en la
garganta- a José Benedicto Villanueva Ortíz, uno
de los criminales más temidos en Centroamérica y
líder de Los Benedictos, banda que se creía desarticulada.
Su hermano Benjamín Wilfredo Villanueva lleva varios años
de operar en Honduras y logró escapar entre la confusión
del enfrentamiento. Pero, los rastros de pólvora y casquillos
de bala ocultaba otra sorpresa en el lugar.
El joven delincuente muerto en la refriega era Johnny Villanueva,
primogénito de Villanueva Ortíz. Su identidad reveló
que la cadena de una dinastía de delincuencia, de tres
generaciones, que comenzó en la campiña salvadoreña,
con un ex diputado salvadoreño, continuaba sin romperse.
La tranquilidad parece reinar en María Auxiliadora, un
pequeño caserío del cantón El Chunte, jurisdicción
de Sensuntepeque, en el departamento de Cabañas.
La pequeña población de unas 80 casas está
rodeada de cerros forrados de maleza seca. La tranquilidad de
los lugareños tenuamente se interrumpe, de vez en cuando,
por el ruido del viento al golpear los árboles de mango
y carao, muy comunes en el lugar.
La palabra delincuencia no figura en el diccionario de los pobladores;
saben de ella por lo que leen en los periódicos. Aquí
nadie saca la pistola o el machete para arreglar las cosas,
dice un miembro de la familia Villanueva.
Paradójicamente, el lugar es la cuna de una de las dinastías
de criminales más violentos en la historia reciente de
El Salvador. Ahí, en 1933, nació José Benedicto
Villanueva Rosales, padre del líder de la banda. Benedicto
padre fue el primero de tres hermanos e hijos de José Calazán
Villanueva y de Dolores Rosales. Según sus familiares,
poco tiempo después de nacer, sus padres emigraron a Honduras.
La población de los cantones fronterizos con ese país
siempre halló en él un refugio donde ganarse la
vida.
Sin embargo, para Benedicto y sus hijos se convertiría
más adelante en un refugio para esconderse de la policía
salvadoreña. A los diez años de edad, regresó
a María Auxiliadora. En esa etapa, soportó el divorcio
de sus padres y vivió ahí hasta los catorce años.
Después, junto a su padre y sus dos hermanas frutos de
otra relación, se trasladaron a la ciudad de Sensuntepeque
y después a la capital.
Desde entonces, su familiares campesinos solo sabían de
él por las esporádicas visitas de su padre al caserío.
Pero muy cerca, en la ciudad de Sensuntepeque, Benedicto comenzaba
a labrar su camino como una figura política.
PCN y PPS
Algunos militantes políticos contemporáneos a Villanueva
recuerdan sus inicios en la arena política apadrinado por
un influyente paisano de la época.
Según José Santiago Ponce, ex gobernador del departamento
de Cabañas, Villanueva fue respaldado por Benjamín
Wilfrido Navarrete, Ministro de Hacienda durante el gobierno del
Coronel Osorio.
Éste jugó un papel importante en la vida de Villanueva,
a tal grado que bautizó con su nombre a su segundo hijo
(Benjamín Wilfredo Villanueva Blanco), futuro cabecilla
de la banda.
Después y debido a pugnas internas, Navarrete y Villanueva
se cambiaron al Partido Popular Salvadoreño. Para las elecciones
de 1967, el ex ministro de Hacienda ganó la diputación
por el departamento de Cabañas y nombró a su apadrinado
como diputado suplente.
Aquella fue la única vez que Villanueva vería de
cerca los curules de la Asamblea Legislativa. Pero sería
suficiente para que hiciera del primer órgano de Estado
su forma de vida. Mientras, en su vida familiar, se había
casado con Sara Marina Ortíz Portillo y su hijo, que fue
bautizado con su mismo nombre (José Benedicto Villanueva
Ortíz) cumplía cuatro años. El pequeño
se convertiría más tarde en el jefe de la banda
junto a su padre y su hermano.
Según sus familiares, su esposa gozaba de buena reputación
y tenía ciertas condiciones económicas. Esto le
permitió que su hijo creciera con comodidades.
Pero llegó la década de los setenta y el Partido
Popular Salvadoreño sufrió derrotas electorales
y con ellas las aspiraciones políticas de Benedicto desaparecieron.
Sin embargo, sus conexiones le sirvieron para seguir en el ambiente
legislativo desde otro frente: el periodismo.
Aunque su accionar era poco claro, nadie de los que lo conocieron
saben ubicar cuándo sobrepasó la línea de
la legalidad. Todo parece indicar que su pasado político
le facilitó las condiciones para cometer los delitos que
lo harían célebre.
En la década de los ochenta, su hijo trabajó como
agente de seguridad para el Viceministro de Interior. Este habría
significado el primer contacto con las armas para Benedicto hijo.
Un tiempo después y gracias a las influencias de su padre
el joven Villanueva Ortíz entró a trabajar en el
archivo del Ministerio del Interior. En el lugar habría
establecido los contactos para realizar los primeros negocios
ilegales junto a su padre: los pasaportes falsos. No obstante,
según informaciones policiales, en esa época Benedicto
hijo ya se dedicaba a robar carros.
De esta forma, padre e hijo se fueron hundiendo cada vez más
en la delincuencia.
Hasta que en 1991 Benedicto hijo fue capturado por primera vez
por robo de autos y falsificación de documentos. Las autoridades
no pudieron probar su culpabilidad y salió en libertad.
Pero la banda ya había marcado su nacimiento en los archivos
de la policía. Con los acuerdos de paz, Villanueva Ortíz
fue reclutando ex militares para fortalecer su organización.
La banda fue adquiriendo un bien delimitado modo de operar: primero
mataban y después robaban, recuerda Rodrigo Ávila,
ex director de la PNC y ahora diputado.
Ávila fue uno de los más acérrimos perseguidores
de este tipo de delincuencia organizada.
Según cuenta muchos rastros de delitos a gran escala llevaban
a un punto de convergencia: la banda de Los Benedictos.
Para 1995, Villanueva ya contaba con un nada envidiable récord
delincuencial que incluía varias períodos de reclusión
en la penitenciaria nacional, así como intentos de fuga
de los mismos, robo de carros, despiadados ataque a carros blindados,
asesinatos y contrabando de armas de guerra. Su ficha criminal
habla por sí sola.
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