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OPINION
Huellas
de Gauguin
MARIO VARGAS LLOSA
vertice@elsalvador.com
Las Marquesas son las islas más isleñas del mundo, es
decir, las más alejadas de un continente entre todas las que
flotan por los mares del mundo. Para llegar a Hiva Oa hay que volar
primero a Tahití (24 horas desde Europa y 12 desde América),
y luego, en Papeete, subirse a un avioncito que zangolotea cerca de
cuatro horas entre nubes tormentosas y por fin, luego de una escala
en Niku Hiva, aterriza en Atuona. El espectáculo es soberbio:
laderas y picos enhiestos cargados de verdura que se mojan los pies
en un mar bravío, de grandes olas espumosas, que, se diría,
arremete contra Hiva Oa con toda la intención de deshacerla.
Atuona, la capital de la isla, es todavía más pequeñita
que en tiempos de Gauguin. Ahora tiene menos de un millar de habitantes
y, en 1901, cuando él desembarcó, tenía doscientos
más. Sigue siendo una sola callecita que arranca de la Bahía
de los Traidores y va a morir, mil metros después, en las faldas
del orgulloso Monte Temétiu. Si, para seguir la peripecia de
Gauguin en sus años de Tahití hay que ayudarse mucho con
la imaginación Papeete y Punaauia son hoy modernas, prósperas
y están atiborradas de turistas, en Atuona, en cambio,
las huellas de los dos últimos años de su vida que pasó
aquí, aparecen por todas partes. El paisaje, desde luego, apenas
ha cambiado. El pueblo, aunque luce algunas casas flamantes y han desaparecido
muchas de las viejas construcciones, sigue siendo el pequeño
asentamiento humano medio devorado por la naturaleza que parece haberse
desgajado del tiempo y los trajines del mundo moderno. En Atuona, no
los relojes sino los cantos de los gallos despiertan a los seres humanos
y la vida transcurre aún en cámara lenta, en un letargo
tibio y feliz.
El señor Mataiki, que dio pensión a Gauguin en sus primeras
semanas marquesinas, está enterrado en el cementerio de Make
Make, no lejos de su tumba, y sus descendientes se dedican todavía
al comercio, como aquél. Un bisnieto de monsieur Frébault,
testigo de su defunción, es el presidente de la Sociedad Amigos
de Gauguin, y me sirve de cicerone. Es un marquesino atlético,
con el cuerpo empastelado de esos finos tatuajes que son desde tiempos
inmemoriales el orgullo de la isla, y que fueron uno de los incentivos
que trajeron aquí a Gauguin. Pero, ay, él casi no pudo
ver esos delicados tatuajes, por el estado calamitoso de sus ojos la
sífilis, además de llagarle las piernas, dañarle
el corazón y el cerebro, empobreció atrozmente su vista
en sus años finales y porque el implacable obispo Martin,
su enemigo mortal, empeñado en occidentalizar a kanakas y maoríes,
los había prohibido. Ahora, los huesos de monseñor Martin
y los de Koke (así lo bautizaron los indígenas) reposan
a pocos metros de distancia, en las alturas de Atuona, frente al ancho
mar de los barcos balleneros, que venían a secuestrar indígenas
para incorporarlos a la tripulación, y los temibles tsunamis
que varias veces destruyeron Atuona en el siglo diecinueve.
No quedan rastros de Ben Varney, el almacenero de entonces, íntimo
amigo de Gauguin, que tal vez regresó a morir en su tierra, los
Estados Unidos, pero sí se conserva, casi intacto, el almacén,
una construcción de dos pisos, con baranda de madera y techo
de calamina, donde Koke venía a comprar lo poco que comía
y lo mucho que bebía, ajenjo para él y sus amigos, y ron
para los indígenas, a quienes monseñor Martin había
prohibido el alcohol. Gauguin luchó contra esa prohibición,
manteniendo en la puerta de su casa La Maison de Jouir un
pequeño tonel de ron del que podían venir a beber, libremente,
todos los nativos de la isla.
La casa de gauguin
Su entrañable amigo y vecino Tioka, con quien hizo intercambio
de nombres ceremonia marquesina de hermanazgo y reciprocidad
murió aquí y aunque no se conserva su casa, sí
la de su familia, idéntica a las que construían entonces
en Atuona los vecinos acomodados. Está en la otro orilla del
riachuelo en el que Gauguin acostumbraba bañarse desnudo, para
escándalo de los misioneros y monjas vecinos, y para las rabietas
del gendarme Claverie, que hubiera conseguido meterlo a la cárcel
su sueño si Koke no se muere antes. La casa de Gauguin
no existe se ha reconstruido La Casa del Placer en otro lugar
pero sí se ha identificado al sitio donde estuvo, gracias al
pozo que el pintor ayudó a excavar con sus propias manos. A esa
casa venían a escondidas, aprovechando un descuido de las Madres
de Cluny, las chiquillas del Colegio de Santa Ana, muy próximo.
Ha crecido desde entonces, pero todavía tiene un bello jardín
con buganvilias, mangos y cocoteros, y una miríada de chiquillas
risueñas y locuaces, a las que la irrupción de un forastero
en el colegio no intimida lo más mínimo. Cuando menciono
a Gauguin la amable superiora enrojece y cambia de tema. Quiere decir
que sabe todo. Aquellas chiquillas traviesas violaban las prohibiciones
e iban a curiosear la casa de ese diablo corruptor, para ver las postales
pornográficas que colgaban de sus tabiques: 45, exactamente,
con todas las poses imaginables, y compradas en Port Saíd, en
una escala del barco que traía a Gauguin a la Polinesia.
La
hija de gauguin
Sus proezas sexuales, sobre las que tanto han fantaseado sus biógrafos,
eran ya cosa del pasado cuando Gauguin llegó a Atuona. Su precaria
salud no le permitía muchos excesos. Es verdad que se compró
a una muchacha, su vahiné, Vaeoho, en un caserío indígena
del valle de Hekeani. La familia le cobró por ella una buena
provisión de mercancías que debió adquirir a crédito
al almacenero Ben Varney. Vaeoho le dio una hija, cuyos descendientes,
dispersos por Hiva Oa, huyen ahora de los periodistas y de los críticos
como de la peste (sin duda, tienen razón). Sin embargo, ese matrimonio
no duró mucho, pues, apenas se sintió embarazada, Vaeoho,
asqueada de sus piernas, lo abandonó. Aparte de unos escarceos
más o menos benignos con las niñas de la misión
que lo visitaban y de una aventura con la pelirroja Tohotaua, que le
sirvió de modelo para sus últimos cuadros, es inconcebible
que, dado su estado físico y mental, pudiera cometer en las Marquesas
los desafueros que se permitió en Tahití o en Francia.
En Atuona los únicos excesos autorizados a esa ruina humana en
la que estaba convertido eran los de la imaginación. Y no vaciló
en servirse de ella para seguir intentando proyectos imposibles: delirantes
ensayos religiosos con una supuesta interpretación revolucionaria
de un cristianismo anti-católico y campañas político-jurídicas
para exonerar a las familias indígenas que vivían lejos
de Atuona, de la obligación de enviar a sus hijos al colegio,
de la prohibición de comprar alcohol, o de pagar el impuesto
para la construcción de carreteras, esto último con el
impecable argumento de que el Estado jamás había construido
en la isla de Hiva Oa ni un solo metro de carretera (algo que, un siglo
después, sigue siendo cierto). Fueron estas manifestaciones de
rebeldía contra la sociedad colonial las que permitieron a sus
enemigos la iglesia y el gendarme enredarlo en un proceso
judicial que Gauguin perdió y que, además de privarlo
de su casa y de sus escasas pertenencias, lo hubiera llevado a la cárcel
si su oportuno corazón no se hubiera parado a tiempo.
En Tahití, aunque hay un culto oficial a su memoria y a su obra,
muchos tahitianos hacen salvedades cuando se habla de él. Su
conducta con las nativas fue, quién podría contradecirlos,
abusiva y por momentos brutal, y algunos repiten todavía que,
además de pedófilo le gustaban las muchachas-niñas,
de trece o catorce años contagió la sífilis
a muchas amantes. Y, por otra parte, ¿se puede hablar de él
como de un pintor tahitiano? Yo me apresuro a darles la razón:
el Tahití de sus cuadros es mucho más producto de su fantasía
y sus sueños que del modelo real. Pero, eso ¿no es más
bien un mérito, su mejor credencial de creador? Aquí en
las Marquesas, en cambio, no he encontrado en una sola conversación
la menor reticencia en los pobladores nativos en el aprecio y la admiración
hacia Koke. Por el contrario. Todo el mundo sabe quién fue, qué
hizo, dónde está enterrado, y cuentan anécdotas
sobre él que delatan una cariñosa simpatía, una
solidaridad de coterráneos. Tal vez no sea porque se trata de
Gauguin, sino porque esa es la manera marquesana de entender y tratar
al próximo: abriéndole los brazos y el corazón.
¿No fue precisamente eso lo que Gauguin vino a buscar aquí,
en el último viaje de su incesante vida? El hablaba de civilizaciones
primitivas e intensas, aún no corrompidas por el abuso de la
razón y los reglamentarismos eclesiásticos, donde la belleza
no sería monopolio de los artistas, los críticos y los
coleccionistas, sino la manifestación natural de la vida humana,
un estado de ánimo compartido, una religión universal.
Pero, probablemente, detrás de esas grandes palabras y esquematizaciones,
se agazapaba algo mucho más simple y escurridizo: una sociedad
donde fuera posible la felicidad. Donde se pudiera vivir en paz y no
el sobresalto permanente, sin la lucha feroz por el alimento, por el
dinero y por el éxito, entregado a su propia vocación
y no a quehaceres que lo apartaran de ella. El paraíso no es
de este mundo y quienes dedican sus empeños a buscarlo o fabricarlo
aquí están irremediablemente condenados a fracasar. Pero,
es probable, que, entre los muchos rincones de la tierra donde fue a
buscarlo, nunca hubiera estado Gauguin tan cerca de alcanzar ese azogado
espejismo tras el que correteó toda su vida, como en este paraje
al que llegó cuando ya estaba medio muerto en vida, donde, en
verdad, no vino a vivir sino a morir. Basta llegar a la suave tibieza
que baña a Hiva Oa y contemplar sus cordilleras o su recio mar,
y escuchar la melodía con la que cantan sus palabras los nativos
o verlos andar como danzando, sin prisa y con una gracia sobrenatural,
para sentir que, después de todo, Koke, el pobre soñador,
no estaba del todo descaminado cuando vino hasta aquí en pos
de su sueño inalcanzable.
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