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TEMA DE PORTADA
PRISIONESROS
DEL MIEDO
Las
cifras negras de Berlín
El
fantasma de la extorsión mantiene atemorizada a la población
de Berlín, en Usulután. Se esconde en las calles,
en los cafetales, en los caminos, en la casa del vecino y, hasta,
en la estación de policía. Nadie se escapa de él
y ahora su blanco son los maestros rurales.
Ernesto Villalobos
/ Alejandro Orellana
 vertice@elsalvador.com
La
desconfianza se respira en las calles de Berlín, dentro
de una semana serán las fiestas patronales. Pero entre
muchos habitantes, no reina la alegría, sino la incertidumbre.
En un pequeño sondeo de las personas que se cree fueron
extorsionadas, ninguna de ellas acepta haber sido víctima.
Evitan hablar del tema, más aún con periodistas.
Pero, después de varios intentos, uno de ellos decide hablar.
Lleva su dedo índice a la boca en señal de silencio,
nos invita a pasar a su casa, cierra la puerta, ventanas y nos
cuenta su historia, en voz baja.
Hace dos años, en el mes de junio, el productor de café,
bajo una fuerte tormenta, regresaba de su finca que ronda unas
cuarenta manzanas. En un camino rodeado por una espesa vegetación,
lo interceptaron dos sujetos. Uno de ellos, alto y corpulento,
vestía de negro y cubría su rostro con un gorro
navarone del mismo color. El otro, más bajo y delgado,
vestía jeans y una camisa roja a rayas; se cubría
el rostro con un montón de pañuelos mal amarrados.
Dos fusiles, un AK-47 y un M-16, acompañaban las amenazas
de los delincuentes, quienes nunca levantaron la voz. Entre susurros,
atenuados por la lluvia, los captores le pidieron al productor
10 mil colones. De no entregar el dinero lo pagaría con
su vida. Aunque sus caras estaban tapadas y hablaban en voz baja,
los pañuelos mal amarrados dejaron ver la cara de el más
pequeño. La sorpresa del afligido cafetalero aumentó
cuando reconoció a su captor; era un vecino al que conocía
de toda la vida.
Por un momento creyó que su suerte estaba sellada; no
lo podían dejar ir después de identificarlos. Pero,
afortunadamente, los delincuentes no se percataron de su error
y siguieron con su plan. Después de varias horas de caminar
bajo la lluvia, liberaron a la víctima con la promesa de
entregar el dinero, dentro de ocho días, en el lugar donde
lo habían capturado.
El cafetalero, en un voto de confianza a la policía, denunció
el hecho a las autoridades. Más tardé en decirle
a la policía, que los secuestradores en saberlo,
recuerda. Uno de sus captores, esta vez con la cara descubierta,
se le acercó el mismo día de la denuncia para amenazarlo:
vos decís que nosotros te jodimos, tené huevos
y matémonos ahora mismo, le reclamó.
Ante las amenazas, el cafetalero dio un paso atrás en su
denuncia con la firme convicción de que la policía
había filtrado la información a los sospechosos.
Ese día, no solo perdió la confianza en el cuerpo
de seguridad; también su tranquilidad.
No les di el dinero, pero desde entonces no salgo más
allá de dos manzanas de mi casa y siempre ando armado,
afirma. La extorsión no es algo nuevo en la vida de los
berlineses. En el tiempo de la guerra la conocieron de cerca los
más adinerados como impuesto de guerra. La mayoría
de las familias más pudientes de ese lugar, según
algunos comerciantes entrevistados por Vértice, pagaron
por trabajar sus cafetales en paz, durante la década de
los ochenta.
Después de los Acuerdos de Paz, guerrilleros y soldados
desmovilizados formaron bandas en la zona y siguieron extorsionando.
En el lugar, operó la banda los Dragones Negros, conocida
así por sus uniformes negros y por sus armas: solo operaban
con fusiles AK-47. Se cree desarticulada desde hace dos años.
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