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INTERNACIONAL
Seis
meses después
La
conmemoración del sexto mes de los atentados terroristas
en New York es este 11 de marzo. La historia de Estados Unidos
cambió cuando el terror sacudió las Torres Gemelas.
Claudia Zavala
 czavala@elsalvador.com
Las
máquinas cesaron, por un momento, el inconfundible sonido
de su motor. Rudolph Giulliani se acercó con su impecable
traje gris, que sobresalía apenas del mullido sobretodo
negro que lo envolvía. El vaho que se desprendía
de su sonrisa, al saludar a los visitantes que observaba a su
paso, casi le cubría la cara.
La temperatura, aquel día de diciembre, era tan gélida
como el dolor de la muerte. Subió a la tarima, escoltado
por un discreto séquito. Su discurso nacionalista estuvo
cargado de fuertes motivaciones y promesas para los norteamericanos,
pero contrastaba ferozmente con el ambiente penoso de la destrucción
alrededor de la zona cero.
Los aplausos llegaban en cada cambio de entonación; por
momentos, sus palabras eran casi imperceptibles. Muchos agitaban
sus manos, nerviosos, asustados, como en un shock del que todavía
es difícil desprenderse. Cuando bajó de la tarima
y cortó la el listón simbólico dio por inaugurado
aquel mirador. El de la desgracia.
Muchos se aglutinaron, ansiosos, para ver de cerca el hueco más
impactante del bajo Manhattan.
Desde ahí, los rostros de los que manejaban las máquinas
parecían familiares, cercanos. Algunos, con gesto de reina
de belleza, saludaban a los que los observaban, que habían
pagado 25 centavos de dólar para estar allí.
La cola se fue haciendo larga con el transcurso del día.
Las flores y las notas de cariño para los que ya no están
volvían la escena desgarradora. Ahí, cerca, en la
misma cuadra, los vendedores de semillas, donas y chocolates calientes
superaban, por lo menos ese día, la desgracia de sus bolsillos
al vender toda la mercadería que tenían disponible.
Al alejarse del foco del turismo negro, hoy inevitable
en la zona, un fuerte olor a químico se percibe con facilidad
en el ambiente. Un joven con facciones latinas se acerca para
ofrecer una mascarilla blanca, delgadísima, para
que no sienta ese olor a veneno rancio.
Así huele la muerte en el primer mundo y decido abandonar
la célebre zona cero.
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