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ENTREVISTA
SALVADOR
SAMAYOA
La
política es perversa
Salvador
samayoa le muestra a el salvador, con su nueva obra, sus destrezas
para historiar las primeras vigas en las que se afincó
la nueva democracia. dice que no se metería a la política
porque muchos políticos carecen de escrúpulos. eso
choca con sus mejores valores. Se define como un humanista que
ama las libertades. no le gusta perderse en las multitudes.
Lafitte Fernández
 vertice@elsalvador.com
Salvador
Samayoa dice que tiene mecha corta. Quizá eso
le ocurre, porque es un hombre que no se entretiene en trivialidades,
sandeces o bagatelas. Desde muy joven leyó con fruición
íntima hasta que comprendió que buena parte del
éxito se encuentra en el método que se escoja para
hacer las cosas.
La vida de Salvador ha dado toda suerte de saltos de los que
dice no arrepentirse.
A sus 52 años, ha sido educador, ministro de Educación
por un corto tiempo, guerrillero, partero de la paz, gestor de
proyectos y de planes de desarrollo, alivio de jóvenes
y comunidades marginales, y hasta es uno de esos críticos
que jamás será servil, gorrón, satélite
o alquilón.
Hace algunos años se fue del FMLN, adonde llegó
no a participar, precisamente, en coloquios sobre manteles. Llegó
a hacer la guerra porque, equivocado o no, estimó que debía
estar ahí para tratar de forzar un cambio en su país.
La historia enseña que una cosa es querer un cambio y
otra es saber desde dónde se hace. A veces, creo que algunos
hombres que participaron en esa lucha se equivocaron al buscar
transformaciones sobre dogmas, sobre un proyecto de socialismo
pasado por la batidora del marxismo o sobre la desesperanza. Hasta
pienso que lo hicieron cuando la historia caminaba en sentido
contrario.
Estoy convencido de que los cambios pudieron buscarse, como Danton,
desde la vida. Pero, allá todos ellos. Tendrán sus
razones para haberlo hecho sorteando la muerte.
Desde que Samayoa contribuyó a negociar la paz de El Salvador,
está de regreso al lado de la vida. Sabe que la gente o
se entiende o se despedaza. Ahora se define como un humanista
que ama las libertades y a quien no le gusta perderse en las multitudes.
Es, sin duda, un crítico que se para del lado de los ciudadanos.
Esto último lo hace bien. Disecciona, hace la autopsia
y suelta el análisis, pero no pone las vísceras
de quienes critica encima de la mesa, o las enseña al público,
como lo hacían los verdugos italianos del siglo XVII.
¿Por qué Salvador se fue del FMLN? Sospecho que
lo hizo, porque le gusta la libertad y quiere una democracia que
no termine como pic nic de tribus que siempre acaba mal.
Otras veces, pienso que Salvador se apartó de la política,
porque sabe que la democracia debe ser bien cultivada y que, quizá,
algunos de los que lo rodeaban son apenas aficionados a agricultores
que pretendían, ante su perplejidad, hacer del FMLN un
proyecto de paella. Pero, las verdaderas razones, no las sé.
Tampoco se lo he preguntado.
Su paso por la guerra y el FMLN y, sobre todo, la salida de este
partido, lo convierten, muchas veces, en el hombre que está
afuera, pero que hace reflexiones sobre lo que pasa adentro. De
esa forma, no le sorprenden los acontecimientos sobre los que
muchos sienten toda suerte de curiosidad.
Salvador no sólo escribe sobre el FMLN. Fiscaliza el poder.
Enjuicia, con buen criterio, la babel salvadoreña que concentra
todas las lenguas políticas. Su último paso fue
construir un libro que maduró por varios años. Cuenta,
en esa obra, los grandes trances por los que pasó la paz
salvadoreña.
Aunque no fue su pretensión, se metió de cabeza
en la historia, posiblemente, para que este país aprenda
de su pasado y no produzca más dictadores, locos o tránsfugas
que se dediquen a la cacería de mitos. Quizá, no
lo sé, Salvador se ha convertido, de momento, en historiador,
porque, muchas veces, son menos sospechosos que los críticos.
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