24 de febrero de 2002

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Un sueño americano
hecho en El Salvador

Hace cincuenta años, después de la Segunda Guerra Mundial, un ciudadano italiano llega a El Salvador donde realiza su sueño americano. Ésta es la historia de un hombre, Giuseppe Angelucci, que sobrevive a la posguerra, inicia una nueva vida en Argentina y se radica finalmente en el país.

Rolando Monterrosas
vertice@elsalvador.com

Frente Ruso, a orillas del río Don. Doce de la noche, del 24 de diciembre de 1942. Temperatura: 40 grados centígrados bajo cero. El joven soldado zapatea el suelo y sopla su aliento vaporoso entre las manos para inducirles un poco de calor. Sin provisiones y escasa munición, un pequeño contingente de soldados italianos ha soportado durante un mes de crudo invierno, el sitio impuesto por el ejército ruso que viene cerrando el cerco con pavorosa eficiencia. Es sólo cuestión de horas para que los rusos comiencen a disparar sus obuses y morteros sobre los italianos que apoyan al ejército alemán, ya derrotado y en retirada.
El capellán oficia misa del gallo en campaña y, al dar la comunión al grupo, lo exhorta a encomendarse a Dios. Todo parecía perdido. Sin embargo, para el joven soldado, Giuseppe Angelucci, la oración obra como un tónico en el ánimo de la tropa. Los soldados deciden que si de todos modos van a morir, lo harán luchando. Emprenden la marcha hacia las posiciones enemigas y después de romper brecha en las filas rusas logran cruzar el cerco sin bajas considerables y retornan a su propia base militar.
Giuseppe, entonces de 19 años, soltero, pero con el compromiso de ayudar a su familia, presencia la caída del eje Roma-Berlín-Tokio, el linchamiento de Benito Mussolini y de Chiara Petacci, la amante de este, y la bancarrota de Italia. Huérfano de padre y madre, enfrenta los duros años de la posguerra en que las cartillas de racionamiento, la falta de oportunidades de trabajo y la creciente demanda de las necesidades del grupo familiar, constituyen un nuevo y sofocante sitio en su vida.
Como en su momento lo hicieron muchos de sus compatriotas, Guiseppe sueña con viajar a América, tierra promisoria, donde muchos italianos antes que él han hecho fortuna. En julio de 1949, se encuentra a bordo de un buque que lo lleva a Argentina. Allí puede sacar provecho de su formación como técnico en electrificación ya que, además de haber estudiado esta disciplina en una escuela técnica, sirvió como oficial de comunicaciones en el ejército.
En Buenos Aires obtiene un contrato que le asegura un excelente salario que poco habría de disfrutar, porque es la época en que Argentina comienza su deslizamiento hacia la catástrofe política, económica y social en que ha desembocado ahora.
Al cabo de tres años de estadía en Argentina, Giuseppe se halló en posesión de una cantidad de dinero igual a la que tenía cuando llegó, más no por malgastar sus ahorros, sino porque estos perdían valor con cada devaluación decretada por el gobierno populista del presidente Juan Domingo Perón.
Es momento de tomar otra decisión crucial. Viendo que Argentina emprendía su camino a la ruina el joven Giuseppe vuelve la mirada hacia otros horizontes. La realización de su sueño americano estaba aún por realizarse.

En Ilopango

La empresa italo-argentina para la que trabajaba le propone trasladarse a El Salvador, donde en 1952, iniciaban los trabajos de construcción de la presa de La Chorrera del Guayabo. Giuseppe quema sus naves en Buenos Aires y acepta el reto de trasladarse a un país desconocido. El 14 de junio de ese año arriba al aeropuerto de Ilopango, con un contrato por dos años en el bolsillo para trabajar en la obra. El coronel Oscar Osorio ocupaba entonces la casa presidencial.
Transcurridos los dos años establecidos en el contrato, Giuseppe recibió la oferta de trabajar con la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL) por entonces eficiente y honestamente administrada por don Víctor De Sola.
Estuvo en la institución por cuatro años hasta que había adiestrado a trabajadores salvadoreños en varias especialidades del ramo de la electrificación.
Mientras tanto, El Salvador vive la época de oro de los altos precios internacionales del café, el algodón y el azúcar, verdaderos cuernos de la abundancia que generaban empleo de temporada y permanente, en el área rural; además de impulsar vigorosamente los servicios colaterales y el comercio en general. El poder adquisitivo del colón, al 2.50 por dólar, y los bajos precios de la canasta básica, vivienda y otros bienes, permitía un digno nivel de vida a los trabajadores.

El agricultor

Giuseppe da testimonio de que, para 1958, cuando renuncia a la CEL y se dedica a la agricultura, la electrificación del país impulsa el desarrollo de la industria, lo que sumado a la productividad de la tierra bien administrada, desemboca muy pronto en el crecimiento económico de El Salvador, el más acelerado que se haya producido jamás en Centroamérica.
La abundancia mueve a los campesinos a prescindir de los tradicionales caites, hechos con trozos de llantas de desecho, y los pantalones y camisas de manta, cambiándolos por ropa y calzado regulares.
De nuevo es momento para dar un giro distinto a su vida y con la misma firmeza de carácter con que actuó en la ya lejana Navidad de 1942, en el frente ruso, Giuseppe invierte sus ahorros en la compra de una hacienda, en Usulután, en la que siembra algodón, caña de azúcar, maíz y maicillo.
Luego adquiere otra propiedad camino al Puerto de La Libertad, donde recuerda como los cortadores de café cantaban mientras recolectaban con dedos diestros el fruto en uva, para meterlo en los canastos y más tarde llevarlos a la pesa. “Se les veía contentos, dice, sobre todo en los días de pago, en los que tan pronto como cobraban su sueldo iban a comprar los artículos que ofrecían buhoneros, desde las camas de camiones y pick-ups, aparcados en los alrededores del casco de la hacienda. Todo el mundo hacía negocios y el dinero abundaba. Había mucha seguridad, se podía transitar sin temor, a cualquier hora, por las ciudades y las carreteras del país”.
En 1962 conoció a Sara Silva, quien se convirtió en su esposa, con quien ha procreado a tres hijos. Su sueño se había cumplido. Pero a principios de los años setenta, los nubarrones que anuncian la tormenta, oscurecen el cielo salvadoreño. Es entonces que comienza el instigamiento al odio clasista. Los trabajadores se distancian de sus patronos y la incertidumbre se abate sobre El Salvador.
Por razones personales, Angelucci, ahora nacionalizado salvadoreño, rehusa hablar sobre la catástrofe reformista iniciada por los golpistas de octubre de 1979 y reforzada por el terror comunista de la década de los 80.

 

Hoja de vida

Nació en Castel Frentano, un pueblo situado en la costa adriática, al este de Roma, región de Abruzzo, en 1922...


Es el menor de diez hermanos, procedente de una familia agrícola de modestos recursos, en cuyo hogar, si bien no faltaba la comida, no quedaba para algo más. Cuando cumple cuatro años muere su madre y queda al cuidado de su padre y de los nueve hermanos mayores. Las condiciones económicas de la familia fueron decayendo a medida que comenzaban a soplar los vientos de guerra, por lo que su infancia estuvo marcada por una dura austeridad.
A los 18 años, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, muere su padre e Italia entra en la guerra, integrándose el eje nazi-fascista Roma-Berlín-Tokio. Dos de sus hermanos fueron reclutados. Por entonces la ley exoneraba del servicio militar al tercer miembro de una familia. Angelucci se incorpora como voluntario al ejército de Mussolini, con el fin de que su hermano mayor que estaba en el frente, regrese a casa, a su esposa y una hija, ya que este tenía mejores posibilidades que él de velar por el bienestar de la familia.

La orden de cavallieri

Decidido a hacer algo por el país que lo había acogido con tanta generosidad, Angelucci, juntamente con otros miembros de la comunidad italiana (las familias Sarti, Tinetti, Vairo y el aporte del cura somasco Miguel de Marchi) fundan la Sede Social de la Beneficencia Italiana, de la cual fue presidente por diez años.
A propuesta del ex embajador de Italia, Heriberto Casagrandi, el gobierno de su país otorga a Giuseppe la Orden de Cavallieri.
Además de su vocación por la agricultura, Giuseppe es campeón bolichista, como lo atestiguan múltiples trofeos nacionales e internacionales que adornan las paredes de su estudio.
Angelucci llegó por sólo dos años a El Salvador, pero ahora suma cincuenta aquí, a punto de alcanzar los 80 años de edad, en abril de 2002.

 


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