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Un
sueño americano
hecho en El Salvador
Hace cincuenta años,
después de la Segunda Guerra Mundial, un ciudadano italiano llega
a El Salvador donde realiza su sueño americano. Ésta es
la historia de un hombre, Giuseppe Angelucci, que sobrevive a la posguerra,
inicia una nueva vida en Argentina y se radica finalmente en el país.
Rolando Monterrosas
vertice@elsalvador.com
Frente Ruso, a orillas del
río Don. Doce de la noche, del 24 de diciembre de 1942. Temperatura:
40 grados centígrados bajo cero. El joven soldado zapatea el
suelo y sopla su aliento vaporoso entre las manos para inducirles un
poco de calor. Sin provisiones y escasa munición, un pequeño
contingente de soldados italianos ha soportado durante un mes de crudo
invierno, el sitio impuesto por el ejército ruso que viene cerrando
el cerco con pavorosa eficiencia. Es sólo cuestión de
horas para que los rusos comiencen a disparar sus obuses y morteros
sobre los italianos que apoyan al ejército alemán, ya
derrotado y en retirada.
El capellán oficia misa del gallo en campaña y, al dar
la comunión al grupo, lo exhorta a encomendarse a Dios. Todo
parecía perdido. Sin embargo, para el joven soldado, Giuseppe
Angelucci, la oración obra como un tónico en el ánimo
de la tropa. Los soldados deciden que si de todos modos van a morir,
lo harán luchando. Emprenden la marcha hacia las posiciones enemigas
y después de romper brecha en las filas rusas logran cruzar el
cerco sin bajas considerables y retornan a su propia base militar.
Giuseppe, entonces de 19 años, soltero, pero con el compromiso
de ayudar a su familia, presencia la caída del eje Roma-Berlín-Tokio,
el linchamiento de Benito Mussolini y de Chiara Petacci, la amante de
este, y la bancarrota de Italia. Huérfano de padre y madre, enfrenta
los duros años de la posguerra en que las cartillas de racionamiento,
la falta de oportunidades de trabajo y la creciente demanda de las necesidades
del grupo familiar, constituyen un nuevo y sofocante sitio en su vida.
Como en su momento lo hicieron muchos de sus compatriotas, Guiseppe
sueña con viajar a América, tierra promisoria, donde muchos
italianos antes que él han hecho fortuna. En julio de 1949, se
encuentra a bordo de un buque que lo lleva a Argentina. Allí
puede sacar provecho de su formación como técnico en electrificación
ya que, además de haber estudiado esta disciplina en una escuela
técnica, sirvió como oficial de comunicaciones en el ejército.
En Buenos Aires obtiene un contrato que le asegura un excelente salario
que poco habría de disfrutar, porque es la época en que
Argentina comienza su deslizamiento hacia la catástrofe política,
económica y social en que ha desembocado ahora.
Al cabo de tres años de estadía en Argentina, Giuseppe
se halló en posesión de una cantidad de dinero igual a
la que tenía cuando llegó, más no por malgastar
sus ahorros, sino porque estos perdían valor con cada devaluación
decretada por el gobierno populista del presidente Juan Domingo Perón.
Es momento de tomar otra decisión crucial. Viendo que Argentina
emprendía su camino a la ruina el joven Giuseppe vuelve la mirada
hacia otros horizontes. La realización de su sueño americano
estaba aún por realizarse.
En Ilopango
La
empresa italo-argentina para la que trabajaba le propone trasladarse
a El Salvador, donde en 1952, iniciaban los trabajos de construcción
de la presa de La Chorrera del Guayabo. Giuseppe quema sus naves en
Buenos Aires y acepta el reto de trasladarse a un país desconocido.
El 14 de junio de ese año arriba al aeropuerto de Ilopango, con
un contrato por dos años en el bolsillo para trabajar en la obra.
El coronel Oscar Osorio ocupaba entonces la casa presidencial.
Transcurridos los dos años establecidos en el contrato, Giuseppe
recibió la oferta de trabajar con la Comisión Ejecutiva
Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL) por entonces eficiente
y honestamente administrada por don Víctor De Sola.
Estuvo en la institución por cuatro años hasta que había
adiestrado a trabajadores salvadoreños en varias especialidades
del ramo de la electrificación.
Mientras tanto, El Salvador vive la época de oro de los altos
precios internacionales del café, el algodón y el azúcar,
verdaderos cuernos de la abundancia que generaban empleo de temporada
y permanente, en el área rural; además de impulsar vigorosamente
los servicios colaterales y el comercio en general. El poder adquisitivo
del colón, al 2.50 por dólar, y los bajos precios de la
canasta básica, vivienda y otros bienes, permitía un digno
nivel de vida a los trabajadores.
El agricultor
Giuseppe da testimonio de que, para 1958, cuando renuncia a la CEL y
se dedica a la agricultura, la electrificación del país
impulsa el desarrollo de la industria, lo que sumado a la productividad
de la tierra bien administrada, desemboca muy pronto en el crecimiento
económico de El Salvador, el más acelerado que se haya
producido jamás en Centroamérica.
La abundancia mueve a los campesinos a prescindir de los tradicionales
caites, hechos con trozos de llantas de desecho, y los pantalones y
camisas de manta, cambiándolos por ropa y calzado regulares.
De nuevo es momento para dar un giro distinto a su vida y con la misma
firmeza de carácter con que actuó en la ya lejana Navidad
de 1942, en el frente ruso, Giuseppe invierte sus ahorros en la compra
de una hacienda, en Usulután, en la que siembra algodón,
caña de azúcar, maíz y maicillo.
Luego adquiere otra propiedad camino al Puerto de La Libertad, donde
recuerda como los cortadores de café cantaban mientras recolectaban
con dedos diestros el fruto en uva, para meterlo en los canastos y más
tarde llevarlos a la pesa. Se les veía contentos, dice,
sobre todo en los días de pago, en los que tan pronto como cobraban
su sueldo iban a comprar los artículos que ofrecían buhoneros,
desde las camas de camiones y pick-ups, aparcados en los alrededores
del casco de la hacienda. Todo el mundo hacía negocios y el dinero
abundaba. Había mucha seguridad, se podía transitar sin
temor, a cualquier hora, por las ciudades y las carreteras del país.
En 1962 conoció a Sara Silva, quien se convirtió en su
esposa, con quien ha procreado a tres hijos. Su sueño se había
cumplido. Pero a principios de los años setenta, los nubarrones
que anuncian la tormenta, oscurecen el cielo salvadoreño. Es
entonces que comienza el instigamiento al odio clasista. Los trabajadores
se distancian de sus patronos y la incertidumbre se abate sobre El Salvador.
Por razones personales, Angelucci, ahora nacionalizado salvadoreño,
rehusa hablar sobre la catástrofe reformista iniciada por los
golpistas de octubre de 1979 y reforzada por el terror comunista de
la década de los 80.
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Hoja
de vida
Nació en Castel Frentano, un pueblo situado en la costa
adriática, al este de Roma, región de Abruzzo, en
1922...
Es el menor de diez hermanos, procedente de una familia agrícola
de modestos recursos, en cuyo hogar, si bien no faltaba la comida,
no quedaba para algo más. Cuando cumple cuatro años
muere su madre y queda al cuidado de su padre y de los nueve hermanos
mayores. Las condiciones económicas de la familia fueron
decayendo a medida que comenzaban a soplar los vientos de guerra,
por lo que su infancia estuvo marcada por una dura austeridad.
A los 18 años, al inicio de la Segunda Guerra Mundial,
muere su padre e Italia entra en la guerra, integrándose
el eje nazi-fascista Roma-Berlín-Tokio. Dos de sus hermanos
fueron reclutados. Por entonces la ley exoneraba del servicio
militar al tercer miembro de una familia. Angelucci se incorpora
como voluntario al ejército de Mussolini, con el fin de
que su hermano mayor que estaba en el frente, regrese a casa,
a su esposa y una hija, ya que este tenía mejores posibilidades
que él de velar por el bienestar de la familia.
La orden de cavallieri
Decidido a hacer algo por el país que lo había acogido
con tanta generosidad, Angelucci, juntamente con otros miembros
de la comunidad italiana (las familias Sarti, Tinetti, Vairo y
el aporte del cura somasco Miguel de Marchi) fundan la Sede Social
de la Beneficencia Italiana, de la cual fue presidente por diez
años.
A propuesta del ex embajador de Italia, Heriberto Casagrandi,
el gobierno de su país otorga a Giuseppe la Orden de Cavallieri.
Además de su vocación por la agricultura, Giuseppe
es campeón bolichista, como lo atestiguan múltiples
trofeos nacionales e internacionales que adornan las paredes de
su estudio.
Angelucci llegó por sólo dos años a El Salvador,
pero ahora suma cincuenta aquí, a punto de alcanzar los
80 años de edad, en abril de 2002.
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