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Meyito
de la calle
Con gran instinto de superación,
quizá alimentada por la experiencia adquirida cuando se sumaba
a los incontables niños de la calle, Meyito, como recuerda
que le llamaban en su casa, estudia ahora en una universidad. becado por
excelencia en sus notas, se ha marcado la meta de coronar dos carreras.
Estela
Henríquez
vertice@elsalvador.com
Con mucha sencillez y de
forma tímida, German Vigil Amaya, un muchacho de 24 años
de edad, que pasó la mitad de su vida deambulando por calles
del oriente del país y San Salvador, relata parte de su vida,
la experiencia de dormir en las calles, alimentarse de la caridad y,
luego, el deseo de superación que le ha llevado hasta la Universidad.
San Francisco Gotera y la ciudad de San Miguel eran los sitios preferidos
de German que con sólo ocho años de edad, tenía
la astucia y una estatura perfecta para colarse en el transporte público
sin pagar el pasaje.
La búsqueda de la aventura y del olvido (al menos temporal) de
la realidad de una familia sumergida en la pobreza extrema, hacían
que este niño desafiara los golpes de su madre por algunas horas
de esparcimiento en las zonas populosas del oriente del país.
Nací en 1978, por eso calculo que tenía unos ocho
años cuando comencé a vagar. Recuerdo que me subía
a los buses por la puerta de atrás y me escondía mientras
el bus arrancaba y cobraban el pasaje. Vivía en el cantón
San Diego de Morazán oriente y desde allí me iba en bus
hasta Gotera o a San Miguel, a veces no regresaba a dormir a la casa
y me quedaba en la calle dice, lamentando que los golpes de su
madre no fueran suficiente consejo para evitar que cayera en los vicios
aprendidos en las aceras de un portal.
Me
gustaba lo ajeno. Una vez me agarró un guardia, y como no me
podían meter preso por la edad, me tuvo pelando papas en un cuartito
chiquito del cuartel donde terminé hiriéndome todos los
dedos cuenta, aceptando que ese gusto por lo ajeno aumentó
con el tiempo. Me metía a los almacenes y robaba cada vez
cosas más grandes. Una vez me robé una bicicleta y nadie
se dio cuenta que había sido yo; otra, una cadena de oro que
la terminé vendiendo en 20 pesos, agrega.
Meyito, como le llamaban en su familia, salía pero
siempre regresaba. Me escapé del todo cuando tenía
nueve años, era el tiempo de la guerra y cuando quemaban los
buses. En uno de esos estaba cuando se dio el relajo, me subí
en otro que no sabía para donde iba, me dormí y cuando
me vinieron a bajar estaba en un lugar que no conocía. Ahora
sé que era en el mero centro de San Salvador, estaba en la parada
de la Hispanoamérica como a las 12 de la noche.
En la capital
Desde ese día German inició una nueva vida, no regresó
a su casa, ni siquiera sabía como hacerlo. Conocí
a otros muchachos que también andaban en la calle, no me conocían
pero me dieron de comer. No me quisieron seguir cargando porque estaba
muy pequeño, así que me llevaron a la Cruz Roja donde
me engañaron diciéndome que me iban a llegar a traer para
llevarme a unas piscinas. Quienes llegaron a traerme fueron unos señores
del Instituto de Protección al Menor, recuerda.
Los muros de esta institución sólo lo retuvieron algunos
meses, después escapó sin rumbo. Llegue al Estadio
Cuscatlán donde estaban las ruedas de agosto, dormía en
la calle y siempre andaba sólo, no me gustaba estar en los grupos
de huele pega. Me dieron trabajo en un circo vendiendo globos, me pintaba
como payaso y vendía en todas las fiestas donde iban.
A sus 10 años, tuvo la oportunidad de pertenecer a una nueva
familia, En eso del circo, conocí a un señor que
me iba a adoptar. Me fui con él y me puso a estudiar el Primer
grado. Se llamaba Nery, él era buena gente, pero el papá
me maltrataba dice, recordando al anciano que le hizo la vida
imposible. Me ponía a cortar leña con un hacha,
una vez me herí y en vez de ayudarme se reía de mi dolor.
Otra, me obligó a meter la mano en el hocico de una vaca
expresa, mostrando la cicatriz de la mano derecha.
Los
maltratos y las burlas del papá de don Nery lo empujaron a escaparse,
No tenía para donde ir, así que me presenté
al Instituto. En una Navidad, a las doce de la noche, cabal a la hora
de los cuetes, nos escapamos otra vez de la institución.
Cerca del Instituto nos encontramos unos guardias que nos preguntaron
qué andábamos haciendo y pensando que nos iban a creer
les dijimos que recogiendo leña. No nos creyeron pero nos dejaron
ir -corran o les disparamos- nos dijeron.
Junto con otro de sus compañeros decidieron buscar el Polígono
Don Bosco porque les habían contado que en ese lugar podían
hasta aprender oficio. El susto de esa noche de Navidad no les importó
para seguir lo que buscaban, asegura que caminaron hasta el Polígono
Industrial Don Bosco y buscaron al personaje del que tanto les habían
hablado, Don Raúl.
Él me enseñó el polígono y los talleres,
yo escogí el de estampado de ropa. Pero sólo estuve de
colaborador; no podía trabajar porque era menor de edad.
En el Polígono mostró su afán por estudiar, así
que el gerente decidió llevarlo a Zacatecoluca para que hiciera
el segundo grado. Me puso en la escuela del cantón El Espino;
pero a los dos años el Padre Pepe me mandó a pedir.
El regreso al Polígono fue duro. German tenía unos 13
años y recuerda que en el hogar había jóvenes mayores
que los obligaban a cometer algunos delitos que él había
dejado años atrás.
Por eso me escapé y me fui para una Asociación de
donde nos habían llegado a regalar camisetas, al principio no
me aceptaron porque me había escapado del polígono; pero
después hablaron con Don Raúl y el Padre Pepe y me quedé.
Me pusieron a estudiar desde primero hasta noveno grado, cuando estaba
en octavo comencé a trabajar con ellos de educador para otros
niños que estaban en al calle.
Nueva
vida
Las ganas de salir adelante fueron evidentes en German que sacó
el Bachillerato con la ayuda de los educadores de este hogar que confiaron
en su esfuerzo. Ahora, estudia en la Universidad Pedagógica de
San Salvador, goza de una beca que debe mantener con un promedio alto
en sus notas. Estoy estudiando profesorado en parvularia para
sacar después la licenciatura en Educación. Y quiero estudiar
Derecho remata .
Los niños con los que trabaja en el Hogar Providencia le recuerdan
su pasado y a la vez son una de las razones por las que se ha propuesto
sacar sus estudios y ayudar a más jovencitos que deambulan por
las calles de San Salvador.
Sí
se puede
Pablo Ernesto Beltrán es uno de las personas más importantes
para German. El educador considera al joven uno de sus mayores orgullos
Beltrán califica a German como un ejemplo vivo de la rehabilitación
de los niños de la calle. El otro año se gradúa
como profesor y creame que él es mi orgullo, mi carta de
presentación, expresa con evidente alegría por
los logros de su protegido, desde hace doce años.
German es la prueba evidente de que sí se puede,
agrega al explicar que el rescate de los niños de la calle
es una tarea difícil pero no imposible.
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German
Vigil
Edad: 24 años.
Empleo: Educador en
los Hogares Providencia.
Carrera y Centro de
Estudios : Profesorado en Educación Parvularia, Universidad
Pedagógica.
Aspiraciones : Sacar dos licenciaturas y seguir trabajando por
la recuperación de niños de la calle. |
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