10 de febrero de 2002

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Meyito de la calle

Con gran instinto de superación, quizá alimentada por la experiencia adquirida cuando se sumaba a los incontables niños de la calle, “Meyito”, como recuerda que le llamaban en su casa, estudia ahora en una universidad. becado por excelencia en sus notas, se ha marcado la meta de coronar dos carreras.

Estela Henríquez
vertice@elsalvador.com 

Con mucha sencillez y de forma tímida, German Vigil Amaya, un muchacho de 24 años de edad, que pasó la mitad de su vida deambulando por calles del oriente del país y San Salvador, relata parte de su vida, la experiencia de dormir en las calles, alimentarse de la caridad y, luego, el deseo de superación que le ha llevado hasta la Universidad.
San Francisco Gotera y la ciudad de San Miguel eran los sitios preferidos de German que con sólo ocho años de edad, tenía la astucia y una estatura perfecta para colarse en el transporte público sin pagar el pasaje.
La búsqueda de la aventura y del olvido (al menos temporal) de la realidad de una familia sumergida en la pobreza extrema, hacían que este niño desafiara los golpes de su madre por algunas horas de esparcimiento en las zonas populosas del oriente del país.
“Nací en 1978, por eso calculo que tenía unos ocho años cuando comencé a vagar. Recuerdo que me subía a los buses por la puerta de atrás y me escondía mientras el bus arrancaba y cobraban el pasaje. Vivía en el cantón San Diego de Morazán oriente y desde allí me iba en bus hasta Gotera o a San Miguel, a veces no regresaba a dormir a la casa y me quedaba en la calle” dice, lamentando que los golpes de su madre no fueran suficiente consejo para evitar que cayera en los vicios aprendidos en las aceras de un portal.
“Me gustaba lo ajeno. Una vez me agarró un guardia, y como no me podían meter preso por la edad, me tuvo pelando papas en un cuartito chiquito del cuartel donde terminé hiriéndome todos los dedos” cuenta, aceptando que ese gusto por lo ajeno aumentó con el tiempo. “Me metía a los almacenes y robaba cada vez cosas más grandes. Una vez me robé una bicicleta y nadie se dio cuenta que había sido yo; otra, una cadena de oro que la terminé vendiendo en 20 pesos”, agrega.
“Meyito”, como le llamaban en su familia, salía pero siempre regresaba. “Me escapé del todo cuando tenía nueve años, era el tiempo de la guerra y cuando quemaban los buses. En uno de esos estaba cuando se dio el relajo, me subí en otro que no sabía para donde iba, me dormí y cuando me vinieron a bajar estaba en un lugar que no conocía. Ahora sé que era en el mero centro de San Salvador, estaba en la parada de la Hispanoamérica como a las 12 de la noche”.

En la capital

Desde ese día German inició una nueva vida, no regresó a su casa, ni siquiera sabía como hacerlo. “Conocí a otros muchachos que también andaban en la calle, no me conocían pero me dieron de comer. No me quisieron seguir cargando porque estaba muy pequeño, así que me llevaron a la Cruz Roja donde me engañaron diciéndome que me iban a llegar a traer para llevarme a unas piscinas. Quienes llegaron a traerme fueron unos señores del Instituto de Protección al Menor”, recuerda.
Los muros de esta institución sólo lo retuvieron algunos meses, después escapó sin rumbo. “Llegue al Estadio Cuscatlán donde estaban las ruedas de agosto, dormía en la calle y siempre andaba sólo, no me gustaba estar en los grupos de huele pega. Me dieron trabajo en un circo vendiendo globos, me pintaba como payaso y vendía en todas las fiestas donde iban”.
A sus 10 años, tuvo la oportunidad de pertenecer a una nueva familia, “En eso del circo, conocí a un señor que me iba a adoptar. Me fui con él y me puso a estudiar el Primer grado. Se llamaba Nery, él era buena gente, pero el papá me maltrataba” dice, recordando al anciano que le hizo la vida imposible. “Me ponía a cortar leña con un hacha, una vez me herí y en vez de ayudarme se reía de mi dolor. Otra, me obligó a meter la mano en el hocico de una vaca” expresa, mostrando la cicatriz de la mano derecha.
Los maltratos y las burlas del papá de don Nery lo empujaron a escaparse, “No tenía para donde ir, así que me presenté al Instituto. En una Navidad, a las doce de la noche, cabal a la hora de los ‘cuetes’, nos escapamos otra vez de la institución”.
“Cerca del Instituto nos encontramos unos guardias que nos preguntaron qué andábamos haciendo y pensando que nos iban a creer les dijimos que recogiendo leña. No nos creyeron pero nos dejaron ir -‘corran o les disparamos’- nos dijeron”.
Junto con otro de sus compañeros decidieron buscar el Polígono Don Bosco porque les habían contado que en ese lugar podían hasta aprender oficio. El susto de esa noche de Navidad no les importó para seguir lo que buscaban, asegura que caminaron hasta el Polígono Industrial Don Bosco y buscaron al personaje del que tanto les habían hablado, Don Raúl.
“Él me enseñó el polígono y los talleres, yo escogí el de estampado de ropa. Pero sólo estuve de colaborador; no podía trabajar porque era menor de edad”.
En el Polígono mostró su afán por estudiar, así que el gerente decidió llevarlo a Zacatecoluca para que hiciera el segundo grado. “Me puso en la escuela del cantón El Espino; pero a los dos años el Padre Pepe me mandó a pedir”.
El regreso al Polígono fue duro. German tenía unos 13 años y recuerda que en el hogar había jóvenes mayores que los obligaban a cometer algunos delitos que él había dejado años atrás.
“Por eso me escapé y me fui para una Asociación de donde nos habían llegado a regalar camisetas, al principio no me aceptaron porque me había escapado del polígono; pero después hablaron con Don Raúl y el Padre Pepe y me quedé. Me pusieron a estudiar desde primero hasta noveno grado, cuando estaba en octavo comencé a trabajar con ellos de educador para otros niños que estaban en al calle”.

Nueva vida

Las ganas de salir adelante fueron evidentes en German que sacó el Bachillerato con la ayuda de los educadores de este hogar que confiaron en su esfuerzo. Ahora, estudia en la Universidad Pedagógica de San Salvador, goza de una beca que debe mantener con un promedio alto en sus notas. “Estoy estudiando profesorado en parvularia para sacar después la licenciatura en Educación. Y quiero estudiar Derecho” remata .
Los niños con los que trabaja en el Hogar Providencia le recuerdan su pasado y a la vez son una de las razones por las que se ha propuesto sacar sus estudios y ayudar a más jovencitos que deambulan por las calles de San Salvador.

“Sí se puede”

Pablo Ernesto Beltrán es uno de las personas más importantes para German. El educador considera al joven uno de sus mayores orgullos


Beltrán califica a German como un ejemplo vivo de la rehabilitación de los niños de la calle. “El otro año se gradúa como profesor y creame que él es mi orgullo, mi carta de presentación”, expresa con evidente alegría por los logros de su protegido, desde hace doce años.
“German es la prueba evidente de que sí se puede”, agrega al explicar que el rescate de los niños de la calle es una tarea difícil pero no imposible.
  German Vigil

Edad: 24 años.

Empleo: Educador en
los Hogares Providencia.
Carrera y Centro de

Estudios :
Profesorado en Educación Parvularia, Universidad Pedagógica.

Aspiraciones :
Sacar dos licenciaturas y seguir trabajando por la recuperación de niños de la calle.


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