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Los
hijos de la
hoz y el martillo
Antes de la demolición
del Partido Comunista de la ex-URSS (PCUS) y la muerte de la ex-Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) gracias a
la Perestroika, cientos de jóvenes salvadoreños realizaron
estudios superiores en esa región. Ahora, su presente está
ausente de aquellos ideales.
Ana Lidia Rivera
vertice@elsalvador.com
Están aquí
y no precisamente como parte de ninguna privilegiada nomenklatura.
Del grupo de entrevistados de los ex estudiantes de la ex URSS, existen
quienes han logrado vincularse en sus especialidades, sobre todo en
las artes, donde, por su naturaleza privan mayores espacios. Pero no
todos han corrido con igual suerte. Algunos, pese a sus conocimientos,
no han logrado insertarse en el mercado laboral y prácticamente
han estado desempleados desde su regreso.
Hemos tenido tres negocios: una pupusería, un microbús
del transporte público y por último una guardería
que estoy por cerrar, reseña la ingeniera en radio comunicaciones,
Isis Santacruz, de 36 años, quien estudió su carrera por
cinco años en la ciudad de Leningrado (ahora San Peterburgo)
y que regresó al país con su familia en 1999, después
de 15 años de ausencia.
La situación descrita por Santacruz es parecida a la de otros
de sus compañeros.
La mayoría de ellos vivió de primera mano la caída
y muerte del sistema socialista que existió por casi setenta
años. Tienen opiniones diversas de lo que vivieron en aquel país
y en aquel sistema, que ha muerto ahora.
Algunos dicen que se lo esperaban debido a los niveles de inconformismo
y desigualdad que existían en el supuesto paraíso de obreros
y campesinos. Otros, aún guardan una relativa nostalgia por lo
que no fue ni será. Pero en el punto en el que sí coinciden
es en decir no a la militancia partidaria. Todos aseguran no tener ningún
vínculo con el actual FMLN, cuya hegemonía, hoy día,
la mantiene el Partido Comunista Salvadoreño (PCS).
En la tierra de Tchaikovsky
El Director Adjunto de la Orquesta Sinfónica, doctor en Artes,
Irving Martínez Ramírez, de 45 años, partió
a la URSS en 1981 con 24 primaveras de edad.
Eran
los tiempos de Leonid Brezhnev. Yo no era militante de la Juventud Comunista,
pero si tenía amigos que lo eran. Uno de ellos me habló
de las becas que estaba concediendo el Partido Comunista Salvadoreño.
Hacía poco que me había graduado de bachiller en Artes
en el CENAR y era cantante del Coro Nacional. Según me dijo mi
amigo, no habían muchos aspirantes. Yo estaba casado, pero no
tenía hijos, así que me lo pensé y acepté.
La URSS siempre me pareció un país exótico, su
historia, toda esa nubosidad a su alrededor me era atrayente.
Pasó un año después de que llené la solicitud.
Ya casi me había olvidado cuando mi amigo me busca y me dice
te vas en un mes. Ahí empezó mi corre, corre.
Le dije a mi familia que me iba para Costa Rica.
Llegué a Moscú junto con otros 15 salvadoreños.
Fue bastante desagradable porque mis papeles se extraviaron. Nos alojaron
en el hotel universitario Lomonosov. Al resto de salvadoreños
los distribuyeron en otras repúblicas. Yo me quedé solo
por un mes.
No me mandaban a ninguna parte. Por un año recibí cinco
horas intensas de ruso. Cuando aparecen mis papeles, pasé al
Conservatorio Tchaikosky de Moscú por tres años. Luego
ingresé al Instituto de Cultura en San Petesburgo donde hice
mi Doctorado por cuatro años.
Terminé en 1988 e intenté quedarme. Hablé con la
encargada de los estudiantes extranjeros, y le expliqué que mi
vida corría peligro si regresaba al país. Ella me respondió
que no podía debido a mis amistades: no nos complace la
gente con que te metes. Mis amigos eran artistas de otros países
de la urbe socialista, gente muy crítica. Sobre la falta de las
libertades democráticas individuales, la gente lo hablaba pero
en círculos muy íntimos. Existían Comités
de Vigilancia casi imperceptibles.
Mis maestros judíos eran escépticos al inicio cuando se
hablaba de la perestroika.
Ya antes se había dado algún intento de cambio pero había
fracasado... De Moscú, extraño su cultura.
Mares lejanos
El escritor David Hernández es de los que no volvió al
país luego de la URSS. En un intento por conocer su experiencia
y sus reflexiones, Vértice le contactó por e-mail.
Gracias
por su atenta carta. Conozco Vértice y me parece
un excelente suplemento. Por desgracia no tengo nada que contar sobre
el inexistente país que Usted menciona. La ex-URSS desapareció
y todo eso puede ser hasta mentira ¿No le parece?
Supongo que por tratarse de una periodista objetiva a Usted le interesa
trabajar con hechos reales. Y hablar de un país que ya no existe
es además de superfluo, aburrido.
Quizás para un sabueso sea atractivo, pero no para un periodista.
En realidad ni yo mismo sé si estuve en ese país que Usted
menciona.
Sucede que soy un gran desmemoriado. Tampoco conozco otras personas
que hayan estado ahí. Sé que era un país de comunistas
come-niños, porque así lo leí más de alguna
vez en la prensa nacional, en especial en nuestro querido El Diario
de Hoy.
Y ya que hablamos de países imaginarios y de la fantasía,
existen dos novelas mías, Salvamuerte (UCA Editores
1993) y Putolión (UCA Editores, 1995 y Edc. España
1999) donde abordo esta temática a profundidad. Pero desde el
punto de vista de la imaginación, son novelas que escribí
con ayuda de mi maltrecha fantasía.
Nuestro común amigo Carlos Cañas tiene estas novelas y
creo que allí, si Usted las lee, podrá encontrar muchísima
más información de la que yo pueda darle. Y dado caso
no las encuentre, como no dispongo de tanto tiempo, la autorizo para
que se invente las historias e informaciones que quiera.
En realidad soy un fantasma, de manera que si quiere seguir contactando
conmigo, vayase preparando para un viajecito al más allá,
es decir del más allá, pero del Atlántico. Agradeciendo
infinito su atención prestada,
David Hernández
Se sentía el totalitarismo
Astrid Bahamond, Doctora en Arte y Estética luego de su permanencia
de tres años en la ex URSS, se traslada a Checoslovaquia, donde
vive un ambiente anticomunista.
Yo no era militante pero había cierta cercanía con
el pensamiento comunista por una relación familiar. Viajé
a Moscú en 1980 con 19 años. Ahí estudié
Literatura Rusa del siglo XIX. La beca cubría todo. Los becarios
vivíamos en una especie de guetos en el sentido de que vivíamos
muy protegidos, con todas las necesidades resueltas. Inmediatamente
que llegué me encontré con gente renegada, frustrada.
Mis compañeros extranjeros hablaban mal del sistema socialista.Yo
me dediqué a disfrutar de la cultura. Para mi era más
importante el hecho cultural, el realismo social perteneciente al período
sovietizado. Me desligué del todo de la parafernalia revolucionaria.
Me trasladé a Checoslovaquia porque mi familia se afincó
ahí, del 83 al 89. Me encontré con que los intelectuales
estaban muy mal, la clase proletaria era la privilegiada. Había
un ambiente anticomunista fuerte que culmina en el 89 con la Revolución
de Terciopelo encabezada por Václav Havel. Mis amigos y allegados
eran anticomunistas. No es que se morían de hambre pero las libertades
individuales no existían. Sentía el totalitarismo.
De Brezhnev a Mijail Gorbachov
La historiadora Elsa Ramos, de 45 años, se fue a la URSS en
1975. Regresó al país en 1996. Ahora labora en una universidad
privada y dice sentirse casi una extrajera.
Los becarios recibíamos un estipendio de 90 rublos (el
salario de un empleado en la era soviética). En ese tiempo, un
rublo tenía un poco más de valor que el dólar.
Estudié la carrera de Historia General en la ciudad de Krasnodar,
al sur de la URSS. El objetivo era estudiar una carrera profesional.
Las noticias de la guerra las viví horrible, sin saber de nadie.
Viví los secretariados de Brezhnev, Andropov, Constantin Chernencko
y Mijail Gorbachov.
Con Brezhnev fue el estancamiento total en todos los ámbitos.
Mucha corrupción, mercado negro. En la ciudad que vivía
había acaparamiento y mercado negro. Cuando llega Andropov, no
había pasado un mes cuando la KGB pone en orden las cosas. Se
necesitaba de mano dura, hacía falta disciplina laboral. Ocurría
que en las ciudades más importantes había de todo, pero
fuera de ellas no. Con Chernencko hubo otro retroceso.
Con Gorbachov, la perestroika y la glasnot se
conocen pero sólo en las ciudades importantes.
Recuerdo que hubo una reunión del sindicato donde se leyeron
los decretos de la perestroika y con la misma se guardaron.
La perestroika se discutía más en círculos
de intelectuales disidentes.
Un retorno muy difícil al país
Mauricio García e Isis Santacruz, de 36 y 41 años, respectivamente,
estudiaron en Leningrado. Ambos no logran integrarse al mercado laboral
salvadoreño.
Estoy cesante. Con esta frase, Mauricio García describe
su situación desde que prácticamente retornó al
país en septiembre de 1995. García, ingeniero con especialidad
en centrales eléctricas nucleares, en los últimos tiempos
ha trabajado de forma temporal como albañil, como auxiliar de
bodega y fue hasta que sacó un curso de instalaciones eléctricas
residenciales que logró uno que otro trabajo.
Esta especialidad estaba prohibido para gente como yo. Sólo
la podían estudiar los procedentes de países del campo
socialista. En mi grupo de especialidad sólo yo era latino; el
resto rusos. Estudié mi profesión en la universidad de
Leningrado, ahora San Petesburgo.
La nostalgia
La perestroika me pareció magnífica.
Los cambios los aceptamos pero hubo quienes se opusieron. Aunque me
gustaría que todo aquello estuviera unido, que la Unión
Soviética existiera. Fue muy duro para mi estar tan lejos estudiando,
mientras otros se mataban aquí. lo único que puedo hacer
es agradecer a los que estuvieron peleando porque nosotros fuimos privilegiados.
Isis Santacruz partió en 1984. Estudió ingeniería
en Radio Comunicaciones. Unos de sus hermanos también se fueron
a la URSS. Santacruz recuerda que la juventud soviética era la
más inconforme con el sistema comunista. Con el anuncio
de la perestroika, los rusos se sintieron felices. En una
ocasión fui a Moscú y me encontré con una inmensa
cola en la Plaza Roja. La cola era para comprar hamburguesas McDonalds.
Preferí hacer cola para comprarla que hacer otra para ver a Lenin.
Lo que falló
El socialismo falló. Los soviéticos se olvidaron
de del ser humano. La perestroika y la glasnot
eran necesarias. Luego me fui con mi esposo a Suecia. Ahí nacieron
nuestros dos hijos. Pasamos seis años a la espera de la residencia,
pero decidimos venirnos. Ni él, que también es ingeniero,
ha logrado ubicarse. Cuando me han llamado de alguna empresa, las entrevistas
de trabajo parecen interrogatorios. En Suecia, nos hicimos bautistas.
Creo en Dios y extraño Estocolmo.
La diáspora
No existen registros de cuántos jóvenes salvadoreños
partieron hacia la ex URSS. Pero se sabe que fueron muchos. Una de las
estrategias del PCS fue enviar gente a formarse para -cuando se tomara
el poder- colocar a sus cuadros de confianza en puestos claves en la
dirección del Estado. Pero el plan fracasó.
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