3 de febrero de 2002

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Los hijos de la
hoz y el martillo

Antes de la demolición del Partido Comunista de la ex-URSS (PCUS) y la muerte de la ex-Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) gracias a la Perestroika, cientos de jóvenes salvadoreños realizaron estudios superiores en esa región. Ahora, su presente está ausente de aquellos ideales.

Ana Lidia Rivera

vertice@elsalvador.com

Están aquí y no precisamente como parte de ninguna privilegiada “nomenklatura”. Del grupo de entrevistados de los ex estudiantes de la ex URSS, existen quienes han logrado vincularse en sus especialidades, sobre todo en las artes, donde, por su naturaleza privan mayores espacios. Pero no todos han corrido con igual suerte. Algunos, pese a sus conocimientos, no han logrado insertarse en el mercado laboral y prácticamente han estado desempleados desde su regreso.
“Hemos tenido tres negocios: una pupusería, un microbús del transporte público y por último una guardería que estoy por cerrar”, reseña la ingeniera en radio comunicaciones, Isis Santacruz, de 36 años, quien estudió su carrera por cinco años en la ciudad de Leningrado (ahora San Peterburgo) y que regresó al país con su familia en 1999, después de 15 años de ausencia.
La situación descrita por Santacruz es parecida a la de otros de sus compañeros.
La mayoría de ellos vivió de primera mano la caída y muerte del sistema socialista que existió por casi setenta años. Tienen opiniones diversas de lo que vivieron en aquel país y en aquel sistema, que ha muerto ahora.
Algunos dicen que se lo esperaban debido a los niveles de inconformismo y desigualdad que existían en el supuesto paraíso de obreros y campesinos. Otros, aún guardan una relativa nostalgia por lo que no fue ni será. Pero en el punto en el que sí coinciden es en decir no a la militancia partidaria. Todos aseguran no tener ningún vínculo con el actual FMLN, cuya hegemonía, hoy día, la mantiene el Partido Comunista Salvadoreño (PCS).

En la tierra de Tchaikovsky

El Director Adjunto de la Orquesta Sinfónica, doctor en Artes, Irving Martínez Ramírez, de 45 años, partió a la URSS en 1981 con 24 primaveras de edad.

“Eran los tiempos de Leonid Brezhnev. Yo no era militante de la Juventud Comunista, pero si tenía amigos que lo eran. Uno de ellos me habló de las becas que estaba concediendo el Partido Comunista Salvadoreño. Hacía poco que me había graduado de bachiller en Artes en el CENAR y era cantante del Coro Nacional. Según me dijo mi amigo, no habían muchos aspirantes. Yo estaba casado, pero no tenía hijos, así que me lo pensé y acepté.
La URSS siempre me pareció un país exótico, su historia, toda esa nubosidad a su alrededor me era atrayente.
Pasó un año después de que llené la solicitud. Ya casi me había olvidado cuando mi amigo me busca y me dice ‘te vas en un mes’. Ahí empezó mi corre, corre. Le dije a mi familia que me iba para Costa Rica.
Llegué a Moscú junto con otros 15 salvadoreños. Fue bastante desagradable porque mis papeles se extraviaron. Nos alojaron en el hotel universitario Lomonosov. Al resto de salvadoreños los distribuyeron en otras repúblicas. Yo me quedé solo por un mes.
No me mandaban a ninguna parte. Por un año recibí cinco horas intensas de ruso. Cuando aparecen mis papeles, pasé al Conservatorio Tchaikosky de Moscú por tres años. Luego ingresé al Instituto de Cultura en San Petesburgo donde hice mi Doctorado por cuatro años.
Terminé en 1988 e intenté quedarme. Hablé con la encargada de los estudiantes extranjeros, y le expliqué que mi vida corría peligro si regresaba al país. Ella me respondió que no podía debido a mis amistades: ‘no nos complace la gente con que te metes’. Mis amigos eran artistas de otros países de la urbe socialista, gente muy crítica. Sobre la falta de las libertades democráticas individuales, la gente lo hablaba pero en círculos muy íntimos. Existían Comités de Vigilancia casi imperceptibles.
Mis maestros judíos eran escépticos al inicio cuando se hablaba de la ‘perestroika’.
Ya antes se había dado algún intento de cambio pero había fracasado... De Moscú, extraño su cultura”.

Mares lejanos

El escritor David Hernández es de los que no volvió al país luego de la URSS. En un intento por conocer su experiencia y sus reflexiones, Vértice le contactó por e-mail.


“Gracias por su atenta carta. Conozco ‘Vértice’ y me parece un excelente suplemento. Por desgracia no tengo nada que contar sobre el inexistente país que Usted menciona. La ex-URSS desapareció y todo eso puede ser hasta mentira ¿No le parece?
Supongo que por tratarse de una periodista objetiva a Usted le interesa trabajar con hechos reales. Y hablar de un país que ya no existe es además de superfluo, aburrido.
Quizás para un sabueso sea atractivo, pero no para un periodista.
En realidad ni yo mismo sé si estuve en ese país que Usted menciona.
Sucede que soy un gran desmemoriado. Tampoco conozco otras personas que hayan estado ahí. Sé que era un país de comunistas come-niños, porque así lo leí más de alguna vez en la prensa nacional, en especial en nuestro querido El Diario de Hoy.
Y ya que hablamos de países imaginarios y de la fantasía, existen dos novelas mías, “Salvamuerte” (UCA Editores 1993) y “Putolión” (UCA Editores, 1995 y Edc. España 1999) donde abordo esta temática a profundidad. Pero desde el punto de vista de la imaginación, son novelas que escribí con ayuda de mi maltrecha fantasía.
Nuestro común amigo Carlos Cañas tiene estas novelas y creo que allí, si Usted las lee, podrá encontrar muchísima más información de la que yo pueda darle. Y dado caso no las encuentre, como no dispongo de tanto tiempo, la autorizo para que se invente las historias e informaciones que quiera.
En realidad soy un fantasma, de manera que si quiere seguir contactando conmigo, vayase preparando para un viajecito al más allá, es decir del más allá, pero del Atlántico. Agradeciendo infinito su atención prestada,
David Hernández”

Se sentía el totalitarismo

Astrid Bahamond, Doctora en Arte y Estética luego de su permanencia de tres años en la ex URSS, se traslada a Checoslovaquia, donde vive un ambiente anticomunista.


“Yo no era militante pero había cierta cercanía con el pensamiento comunista por una relación familiar. Viajé a Moscú en 1980 con 19 años. Ahí estudié Literatura Rusa del siglo XIX. La beca cubría todo. Los becarios vivíamos en una especie de guetos en el sentido de que vivíamos muy protegidos, con todas las necesidades resueltas. Inmediatamente que llegué me encontré con gente renegada, frustrada. Mis compañeros extranjeros hablaban mal del sistema socialista.Yo me dediqué a disfrutar de la cultura. Para mi era más importante el hecho cultural, el realismo social perteneciente al período sovietizado. Me desligué del todo de la parafernalia revolucionaria. Me trasladé a Checoslovaquia porque mi familia se afincó ahí, del 83 al 89. Me encontré con que los intelectuales estaban muy mal, la clase proletaria era la privilegiada. Había un ambiente anticomunista fuerte que culmina en el 89 con la Revolución de Terciopelo encabezada por Václav Havel. Mis amigos y allegados eran anticomunistas. No es que se morían de hambre pero las libertades individuales no existían. Sentía el totalitarismo”.

De Brezhnev a Mijail Gorbachov


La historiadora Elsa Ramos, de 45 años, se fue a la URSS en 1975. Regresó al país en 1996. Ahora labora en una universidad privada y dice sentirse casi una extrajera.

“Los becarios recibíamos un estipendio de 90 rublos (el salario de un empleado en la era soviética). En ese tiempo, un rublo tenía un poco más de valor que el dólar. Estudié la carrera de Historia General en la ciudad de Krasnodar, al sur de la URSS. El objetivo era estudiar una carrera profesional. Las noticias de la guerra las viví horrible, sin saber de nadie. Viví los secretariados de Brezhnev, Andropov, Constantin Chernencko y Mijail Gorbachov.
Con Brezhnev fue el estancamiento total en todos los ámbitos. Mucha corrupción, mercado negro. En la ciudad que vivía había acaparamiento y mercado negro. Cuando llega Andropov, no había pasado un mes cuando la KGB pone en orden las cosas. Se necesitaba de mano dura, hacía falta disciplina laboral. Ocurría que en las ciudades más importantes había de todo, pero fuera de ellas no. Con Chernencko hubo otro retroceso.
Con Gorbachov, la ‘perestroika’ y la ‘glasnot’ se conocen pero sólo en las ciudades importantes.
Recuerdo que hubo una reunión del sindicato donde se leyeron los decretos de la ‘perestroika’ y con la misma se guardaron. La ‘perestroika’ se discutía más en círculos de intelectuales disidentes”.

Un retorno muy difícil al país

Mauricio García e Isis Santacruz, de 36 y 41 años, respectivamente, estudiaron en Leningrado. Ambos no logran integrarse al mercado laboral salvadoreño.

“Estoy cesante”. Con esta frase, Mauricio García describe su situación desde que prácticamente retornó al país en septiembre de 1995. García, ingeniero con especialidad en centrales eléctricas nucleares, en los últimos tiempos ha trabajado de forma temporal como albañil, como auxiliar de bodega y fue hasta que sacó un curso de instalaciones eléctricas residenciales que logró uno que otro trabajo.
“Esta especialidad estaba prohibido para gente como yo. Sólo la podían estudiar los procedentes de países del campo socialista. En mi grupo de especialidad sólo yo era latino; el resto rusos. Estudié mi profesión en la universidad de Leningrado, ahora San Petesburgo”.

La nostalgia

“La ‘perestroika’ me pareció magnífica. Los cambios los aceptamos pero hubo quienes se opusieron. Aunque me gustaría que todo aquello estuviera unido, que la Unión Soviética existiera. Fue muy duro para mi estar tan lejos estudiando, mientras otros se mataban aquí. lo único que puedo hacer es agradecer a los que estuvieron peleando porque nosotros fuimos privilegiados”.
Isis Santacruz partió en 1984. Estudió ingeniería en Radio Comunicaciones. Unos de sus hermanos también se fueron a la URSS. Santacruz recuerda que la juventud soviética era la más inconforme con el sistema comunista. “Con el anuncio de la ‘perestroika’, los rusos se sintieron felices. En una ocasión fui a Moscú y me encontré con una inmensa cola en la Plaza Roja. La cola era para comprar hamburguesas McDonald’s. Preferí hacer cola para comprarla que hacer otra para ver a Lenin”.
Lo que falló
“El socialismo falló. Los soviéticos se olvidaron de del ser humano. La ‘perestroika’ y la ‘glasnot’ eran necesarias. Luego me fui con mi esposo a Suecia. Ahí nacieron nuestros dos hijos. Pasamos seis años a la espera de la residencia, pero decidimos venirnos. Ni él, que también es ingeniero, ha logrado ubicarse. Cuando me han llamado de alguna empresa, las entrevistas de trabajo parecen interrogatorios. En Suecia, nos hicimos bautistas. Creo en Dios y extraño Estocolmo”.

La diáspora

No existen registros de cuántos jóvenes salvadoreños partieron hacia la ex URSS. Pero se sabe que fueron muchos. Una de las estrategias del PCS fue enviar gente a formarse para -cuando se tomara el poder- colocar a sus cuadros de confianza en puestos claves en la dirección del Estado. Pero el plan fracasó.


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