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Valor
ante la adversidad
Oscar Vargas, parapléjico
desde hace 32 años, trabaja como coordinador de deportes en el
Instituto Salvadoreño de Rehabilitación de Inválidos
(ISRI). él y su silla se han convertido en una lección de
convicción, dignidad y pasión para discapacitados.
Ernesto
Villalobos
vertice@elsalvador.com
El silbato de un arbitro
da inicio al partido en la cancha de fútbol del Parque Balboa
en Los Planes de Renderos. El equipo del ISRI se juega el segundo lugar
del torneo del Ministerio de Salud.
Desde afuera su director técnico anima a sus pupilos, protesta
las decisiones del árbitro y regaña a sus jugadores. Casi
todos obedecen sus decisiones, pero uno de ellos critica sus tácticas.
Inmediatamente, el entrenador le ordena a otro jugador que entre en
sustitución del rebelde. Nadie me va a faltar al respeto,
dice, enojado.
El entrenador temperamental es Oscar Vargas quien dirige a sus compañeros
de trabajo, que no adolecen de ninguna discapacidad. Desde su silla
de ruedas impone su criterio y nadie se atreve a cuestionarlo, sin atenerse
a las consecuencias. Al final, sus decisiones dieron resultado y ganaron
el partido.
Por más de 30 años, con el mismo coraje, Vargas ha vencido
su discapacidad y las barreras físicas y mentales de una sociedad
que los define como inservibles.
Con su fuerza de voluntad ha demostrado su independencia y ha inyectado
optimismo en la rehabilitación de otros parapléjicos desde
su pasión de toda la vida: los deportes.
Jorge es el menor de seis hermanos de una familia de comerciantes del
departamento de San Miguel. Por ser el último del clan Vargas,
era el consentido de la casa y también el más inquieto.
Alianza, Águila
Desde
niño, demostró sus habilidades en las canchas de fútbol
del Colegio Cristobal Colón, donde estudiaba su primaria, o en
las calles de la colonia Centroamérica, donde vivía. Aplicaba
mi picardía en el fútbol y me daba resultado, acepta
con un toque de cinismo.
Su habilidad para manejar el balón lo llevó, a los trece
años, a firmar un contrato con en el equipo Alianza F.C. en la
categoría infantil. Aquel documento era el primer peldaño
hacia su sueño de convertirse en futbolista profesional.
Poco tiempo después abandonó el equipo. Sus padres decidieron
llevarlo a San Miguel, ciudad natal de sus progenitores y donde tenían
la base del negocio familiar. Mis padres me querían tener
más controlado, relata.
Sin embargo, el cambio de ciudad le acercó al Águila F.C.,
el equipo de sus amores. Ahí encontró la posibilidad de
entrenar con el equipo oriental; pero no pudo competir por el contrato
firmado con su antiguo equipo.
Mientras, estudiaba y jugaba en el Instituto Católico de Oriente.
Además, hizo del baile y de las fiestas su diversión favorita,
se había acoplado muy bien a su nueva ciudad.
Mas Oscar no olvidaba a su antiguo barrio, al que regresaba ocasionalmente
para ver a sus amigos e ir a alguna fiesta. A los 17 años su
vida no podría ser mejor: disfrutaba de la estabilidad económica
de sus padres, tenía novia y, por supuesto, jugaba fútbol.
Febrero 1972
Oscar
jugaba en las reservas de su equipo y estaba a un paso de la liga mayor.
Su espigada figura de más de 1.80 metros y sus habilidades lo
hacían el candidato idóneo para jugar en la delantera.
Pero cuando su sueño parecía estar más cerca de
convertirse en realidad, el destino cambió su vida, el 4 de febrero
de 1970. Esa noche, vino a la capital a una reunión que ofrecía
el inseparable grupo de amigos de su antiguo barrio.
Después de bailar por varias horas, el grupo de adolescentes
se dirigió al Café de Don Pedro, unos por un trago más
y otros a saciar su apetito. A las 12:30 de la madrugada, Oscar estaba
dentro de su vehículo conversando con la que había sido
su pareja de baile aquella noche.
En medio de la algarabía, escuchó cargar un arma. Mi
padre siempre andaba armado y yo conocía aquel sonido muy bien,
recuerda. No se equivocó. Volvió sobre su costado derecho
y vio a un ebrio manipulando una pistola. No le dio importancia.
Escuchó el ruido por segunda vez y sus ojos volvieron a buscar
al alcohólico pistolero, pero se segó con el resplandor
de un disparo. Sus piernas se inmovilizaron y le costó respirar.
El calibre nueve milímetros atravesó el carro, le perforó
el pulmón derecho, le dañó la médula espinal
y se alojó en su pulmón izquierdo. Sus amigos lo trasladaron
al hospital donde lo operaron.
La noticia
Debes hacer ejercicio para poder independizarte, fue lo
primero que los médicos le dijeron después de su operación.
Nadie le explicó que ya no volvería a caminar; él
lo dedujo con el tiempo.
Las condiciones económicas de sus padres le permitieron rehabilitarse
a un alto costo en Estados Unidos. Aquí no había
una rehabilitación integral, sostiene. Ahí aprendió
a conducir y cambiarse las actividades cotidianas. Después de
un tiempo, su novia de adolescencia lo dejó. Año y medio
después regresó al país, siguió estudiando
su bachillerato y entró a la universidad; pero su vida ya no
tenía sentido.
Pero la lástima con la que la gente lo miraba le hizo entender
que el disparo del 4 de febrero no era el fin, sino el comienzo. Desde
ese momento, dedicó sus esfuerzos a transmitir su experiencia
para ayudar a otros discapacitados.
Regresó a estudiar los deportes sobre silla de ruedas a Estados
Unidos donde trabajo con el gobierno de ese país. Ahí
conoció a su primera esposa, quien no tenía ninguna discapacidad.
Después de dos años de matrimonio, la relación
terminó: ella aceptó a Oscar Vargas, pero no a mi
silla de ruedas, afirma.
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Después
regresó a El Salvador para poner en práctica todo sus
conocimientos en rehabilitación y trabajar con los lisiados de
guerra del ejército en el Hospital Militar.
Mientras, ayudaba a introducir al país el deporte sobre silla
de ruedas. Su trabajo rindió frutos cuando logró ganar
varios campeonatos en básquetbol, su nuevo deporte.
Ahí, conoció a Estela, una fisioterapista, quien se convertiría
en su esposa y madre de su hijo. Ella me gustó desde el
primer día que la vi. Empezamos a salir y en una de nuestra citas
quedó embarazada. Aquel día fue el más feliz en
mi vida, dice. Meses después, nació Rodrigo su hijo.
Ahora sus metas están puestas en mejorar la rehabilitación
integral de los discapacitados y estas incluyen el aspecto sexual, que
es muy mitificado en la sociedad.
Nosotros podemos tener relaciones sexuales, podemos procrear,
contrario a lo que la mayoría piensa. Si Dios me puso esta prueba
es por una razón y esa es dar esperanza a otros como yo.
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familia, logros
Fecha de nacimiento: 15 de septiembre de 1953
Esposa: Guadalupe Rodríguez de Vargas
Hijo: Rodrigo Emilio Vargas
Educación: Especialista en deportes sobre silla
de ruedas
Títulos de básquetbol:
4 veces Campeón Centroamericano de básquetbol en
Silla de Ruedas.
5 veces Campeón Nacional con el equipo del Instituto de
Rehabilitación de Inválidos (ISRI).
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