3 de febrero de 2002

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Valor ante la adversidad

Oscar Vargas, parapléjico desde hace 32 años, trabaja como coordinador de deportes en el Instituto Salvadoreño de Rehabilitación de Inválidos (ISRI). él y su silla se han convertido en una lección de convicción, dignidad y pasión para discapacitados.

Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com 

El silbato de un arbitro da inicio al partido en la cancha de fútbol del Parque Balboa en Los Planes de Renderos. El equipo del ISRI se juega el segundo lugar del torneo del Ministerio de Salud.
Desde afuera su director técnico anima a sus pupilos, protesta las decisiones del árbitro y regaña a sus jugadores. Casi todos obedecen sus decisiones, pero uno de ellos critica sus tácticas. Inmediatamente, el entrenador le ordena a otro jugador que entre en sustitución del rebelde. “Nadie me va a faltar al respeto”, dice, enojado.
El entrenador temperamental es Oscar Vargas quien dirige a sus compañeros de trabajo, que no adolecen de ninguna discapacidad. Desde su silla de ruedas impone su criterio y nadie se atreve a cuestionarlo, sin atenerse a las consecuencias. Al final, sus decisiones dieron resultado y ganaron el partido.
Por más de 30 años, con el mismo coraje, Vargas ha vencido su discapacidad y las barreras físicas y mentales de una sociedad que los define como inservibles.
Con su fuerza de voluntad ha demostrado su independencia y ha inyectado optimismo en la rehabilitación de otros parapléjicos desde su pasión de toda la vida: los deportes.
Jorge es el menor de seis hermanos de una familia de comerciantes del departamento de San Miguel. Por ser el último del clan Vargas, era el consentido de la casa y también el más inquieto.

Alianza, Águila

Desde niño, demostró sus habilidades en las canchas de fútbol del Colegio Cristobal Colón, donde estudiaba su primaria, o en las calles de la colonia Centroamérica, donde vivía. “Aplicaba mi picardía en el fútbol y me daba resultado”, acepta con un toque de cinismo.
Su habilidad para manejar el balón lo llevó, a los trece años, a firmar un contrato con en el equipo Alianza F.C. en la categoría infantil. Aquel documento era el primer peldaño hacia su sueño de convertirse en futbolista profesional.
Poco tiempo después abandonó el equipo. Sus padres decidieron llevarlo a San Miguel, ciudad natal de sus progenitores y donde tenían la base del negocio familiar. “Mis padres me querían tener más controlado”, relata.
Sin embargo, el cambio de ciudad le acercó al Águila F.C., el equipo de sus amores. Ahí encontró la posibilidad de entrenar con el equipo oriental; pero no pudo competir por el contrato firmado con su antiguo equipo.
Mientras, estudiaba y jugaba en el Instituto Católico de Oriente. Además, hizo del baile y de las fiestas su diversión favorita, se había acoplado muy bien a su nueva ciudad.
Mas Oscar no olvidaba a su antiguo barrio, al que regresaba ocasionalmente para ver a sus amigos e ir a alguna fiesta. A los 17 años su vida no podría ser mejor: disfrutaba de la estabilidad económica de sus padres, tenía novia y, por supuesto, jugaba fútbol.

Febrero 1972

Oscar jugaba en las reservas de su equipo y estaba a un paso de la liga mayor. Su espigada figura de más de 1.80 metros y sus habilidades lo hacían el candidato idóneo para jugar en la delantera.
Pero cuando su sueño parecía estar más cerca de convertirse en realidad, el destino cambió su vida, el 4 de febrero de 1970. Esa noche, vino a la capital a una reunión que ofrecía el inseparable grupo de amigos de su antiguo barrio.
Después de bailar por varias horas, el grupo de adolescentes se dirigió al Café de Don Pedro, unos por un trago más y otros a saciar su apetito. A las 12:30 de la madrugada, Oscar estaba dentro de su vehículo conversando con la que había sido su pareja de baile aquella noche.
En medio de la algarabía, escuchó cargar un arma. “Mi padre siempre andaba armado y yo conocía aquel sonido muy bien”, recuerda. No se equivocó. Volvió sobre su costado derecho y vio a un ebrio manipulando una pistola. No le dio importancia.
Escuchó el ruido por segunda vez y sus ojos volvieron a buscar al alcohólico pistolero, pero se segó con el resplandor de un disparo. Sus piernas se inmovilizaron y le costó respirar.
El calibre nueve milímetros atravesó el carro, le perforó el pulmón derecho, le dañó la médula espinal y se alojó en su pulmón izquierdo. Sus amigos lo trasladaron al hospital donde lo operaron.
La noticia
“Debes hacer ejercicio para poder independizarte”, fue lo primero que los médicos le dijeron después de su operación. Nadie le explicó que ya no volvería a caminar; él lo dedujo con el tiempo.
Las condiciones económicas de sus padres le permitieron rehabilitarse a un alto costo en Estados Unidos. “Aquí no había una rehabilitación integral”, sostiene. Ahí aprendió a conducir y cambiarse las actividades cotidianas. Después de un tiempo, su novia de adolescencia lo dejó. Año y medio después regresó al país, siguió estudiando su bachillerato y entró a la universidad; pero su vida ya no tenía sentido.
Pero la lástima con la que la gente lo miraba le hizo entender que el disparo del 4 de febrero no era el fin, sino el comienzo. Desde ese momento, dedicó sus esfuerzos a transmitir su experiencia para ayudar a otros discapacitados.
Regresó a estudiar los deportes sobre silla de ruedas a Estados Unidos donde trabajo con el gobierno de ese país. Ahí conoció a su primera esposa, quien no tenía ninguna discapacidad. Después de dos años de matrimonio, la relación terminó: “ella aceptó a Oscar Vargas, pero no a mi silla de ruedas”, afirma.

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Después regresó a El Salvador para poner en práctica todo sus conocimientos en rehabilitación y trabajar con los lisiados de guerra del ejército en el Hospital Militar.
Mientras, ayudaba a introducir al país el deporte sobre silla de ruedas. Su trabajo rindió frutos cuando logró ganar varios campeonatos en básquetbol, su nuevo deporte.
Ahí, conoció a Estela, una fisioterapista, quien se convertiría en su esposa y madre de su hijo. “Ella me gustó desde el primer día que la vi. Empezamos a salir y en una de nuestra citas quedó embarazada. Aquel día fue el más feliz en mi vida”, dice. Meses después, nació Rodrigo su hijo.
Ahora sus metas están puestas en mejorar la rehabilitación integral de los discapacitados y estas incluyen el aspecto sexual, que es muy mitificado en la sociedad.
“Nosotros podemos tener relaciones sexuales, podemos procrear, contrario a lo que la mayoría piensa. Si Dios me puso esta prueba es por una razón y esa es dar esperanza a otros como yo”.

familia, logros

Fecha de nacimiento:
15 de septiembre de 1953

Esposa: Guadalupe Rodríguez de Vargas

Hijo: Rodrigo Emilio Vargas

Educación: Especialista en deportes sobre silla de ruedas

Títulos de básquetbol:
4 veces Campeón Centroamericano de básquetbol en Silla de Ruedas.
5 veces Campeón Nacional con el equipo del Instituto de Rehabilitación de Inválidos (ISRI).

 


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