3 de febrero de 2002

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La arista afilada
Costa Rica: de la política al sicoanálisis

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Dentro de un par de semanas los costarricenses elegirán a un nuevo presidente. Afortunadamente, la noticia no tendrá relevancia internacional. Costa Rica es un país tranquilo y predecible, que acude rítmicamente a las urnas. El precio de esa normalidad es la indiferencia de la gran prensa. Y no se trata de desdén étnico: ¿cuánta gente está enterada del nombre del presidente suizo? Incluso, cuánta gente supo que en 1999 Suiza eligió a una mujer presidente, Ruth Dreifuss, la primera en una nación tan tremendamente machista que hasta 1971 no les otorgó el voto a las señoras?
Pero esta vez será útil prestarle atención a los comicios “ticos”. Hay síntomas muy claros de desorientación entre los electores. Una encuesta de “La Nación” lo revela sin lugar a dudas: el 57 por ciento de los costarricenses no está entusiasmado con las elecciones venideras. Y no parece tratarse de los candidatos, sino de cierta fatiga con los dos partidos tradicionales: Liberación Nacional, en la oposición, y Partido Unidad Social Cristiana, en el poder. De ahí el ascenso de una tercera fuerza súbitamente emergida de ese desencanto, el Partido de Acción Ciudadana, y hasta de una cuarta, todavía incipiente, el Libertario, que poco a poco se va ganando el respeto de la sociedad.

la tercera fuerza

Si las elecciones fueran hoy, en primera vuelta ganaría Abel Pacheco -en la siguiente perdería-, un siquiatra inteligente, socialcristiano, muy cercano al presidente Miguel Ángel Rodríguez -quien termina su mandato con un altísimo nivel de simpatías-, inmensamente popular gracias a sus apariciones en la televisión, y en segundo lugar quedaría Ottón Solís, del PAC, un economista competente y enérgico, que ha levantado las banderas de la lucha contra la corrupción, pero cuyo mayor atractivo acaso proviene de su condición de “outsider”. Muchos ticos le otorgarán sus votos como una forma de castigar a la clase política oficial. La candidatura de Rolando Araya, el liberacionista, no consigue levantar vuelo, y la de Otto Guevara, el libertario, sacaría menos del 7 por ciento de los votos, aunque a este joven político se le reconoce como uno de los legisladores más serios y competentes del parlamento. Su permanente y persuasiva defensa de la libertad económica, sencillamente, no encaja en la fortísima tradición populista de la sociedad costarricense.
Y es aquí a donde quería llegar. La desorientación de los electores costarricenses acaso no tiene que ver con los candidatos sino con los propios objetivos de la sociedad. No es que los ticos no estén muy seguros de a quiénes seleccionar, sino para qué desean instalarlos en la casa de gobierno. Cuando eligieron al presidente Miguel Ángel Rodríguez, hace cuatro años, se suponía que el propósito era reformar el Estado, modernizarlo, estimular las fuerzas del mercado y dar el salto industrial y financiero al Primer Mundo. Al fin y al cabo, no hay ninguna justificación razonable al hecho de que la nación costarricense, democrática, estable, y con índices de desarrollo humano parecidos a los de España o Portugal, sólo tenga un tercio del per cápita de estos países. Sin embargo, Miguel Ángel Rodríguez no pudo llevar a cabo la tarea que se propuso. Sus principales proyectos legislativos fueron engavetados en el parlamento. Sus reformas básicas chocaron con manifestaciones sindicales y una densa oposición popular.

burocracia enorme

Intuitivamente, los costarricenses saben que el atraso relativo del país en el terreno económico se debe a la incompetencia de un Estado hipertrofiado, a la lentitud con que se mueve, a la somnolencia de su burocracia, a la torpe parsimonia de su proceso legislativo -basta un diputado “obstruccionista” para paralizar una ley-, al monopolio de algunas empresas públicas y al metabolismo de la justicia. Y no ignoran que esos males se curan, o al menos se alivian, introduciendo mecanismos de mercado, con premios a quienes tienen éxito y castigos a los que fracasan, pero los ticos también saben que el precio de tener una sociedad próspera basada en la libertad económica, con altos niveles de competitividad, con facilidades para la contratación y para el despido, se paga con riesgos y sobresaltos, se paga con inseguridad.
Y el dilema es ése: estamos ante una sociedad profundamente conservadora, que ama la libertad política y sabe preservarla, pero le teme a la libertad económica. Simultáneamente, es una sociedad deseosa de preservar su cultura política populista, pero inconforme con los resultados materiales de esa misma política. Como recuerda la vieja paradoja del periodismo español, “quieren misa, pero con sexo y violencia”, extremos totalmente imposibles de conciliar. Por eso, cuando leí que había la posibilidad de colocar a un siquiatra al frente de la República, me pareció una buena idea. Si las ideologías y los modelos no funcionan, acaso es la hora de apelar al sicoanálisis profundo. Buena suerte. La verdad es que los ticos la merecen.

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