27 de enero de 2002

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ESCUELA DE ÁNGELES

Letras de esperanza
en el Hospital Bloom

Suero, sangre, oxígeno y el penetrante olor a hospital, sumado a la sirena de la ambulancia y la cadera adolorida por los pinchones diarios de aquella inyección que disminuye padecimientos, son parte del estilo de vida trazado a decenas de niños hospitalizados que olvidan los achaques de su enfermedad entre los lápices y libros de la “Escuelita del Bloom”.

Estela Henríquez
vertice@elsalvador.com

La pequeña habitación apenas alcanza dos metros cuadrados. Paredes forradas de dibujos coloreados son la decoración principal.
En cada página se lee el nombre “Omar”, escrito con letra de párvulo; la cama pegada a un ventanal que, por órdenes médicas, permanece cerrado alberga a un niño de cinco años conectado a un respirador artificial.
Al pie de la cama se lee en un cartón su nombre, la fecha de ingreso y el diagnóstico: “Atrofia espinal progresiva”.
El tubo plástico, que sale de un tanque de oxígeno, se conecta a la garganta del menor, pero no le limita para que de la bienvenida a su nueva maestra de primer grado.
“Si le quitan el respirador se muere”, comentaron algunos visitantes dentro de la pequeña habitación, mientras la joven maestra coloca un cartel con colores llamativos al lado de Omar.
“Con esa letra empieza su nombre”, dice el niño a la nueva profesora señalando la “S” en la palabra “Bienvenidos”.
Sandra se había presentado minutos antes al niño que lleva casi dos años ingresado en el Hospital. Su habitación, aislada de los demás menores, ha sido su única referencia de hogar en los últimos meses; desde ahí ha celebrado cumpleaños, navidades y hasta su condecoración de primer lugar en la sección de parvularia durante el 2001.
Omar, aprendió a leer y escribir con la ayuda y dedicación de las maestras de la escuela “Reinaldo Borja Porra”, que funciona dentro del Hospital Nacional de Niños “Benjamín Bloom”.

Un sueño cumplido

Largas horas cuidando un sobrino ingresado por problemas de insuficiencia renal, sirvieron de inspiración a una maestra.


Marta Rosa de Cruz, maestra de escuelas públicas desde su juventud, trabajaba en el Centro de Capacitación del Ministerio de Educación cuando uno de sus sobrinos tuvo que ser ingresado al Bloom por problemas renales.
Los turnos que intercaló con su prima para cuidar al niño fueron aprovechados para compartir lápices y dibujos con los infantes hospitalizados en ese piso.
“Cuando venía, les traía copias de dibujos a los niños que se alegraban con sólo verme porque sabían que traía colores para que pintaran” recuerda la Lic. de Cruz, que decidió presentar ante el Ministerio de Educación el proyecto de una escuela dentro del hospital para atender a los menores que prácticamente viven en el nosocomio, sin más ocupación que las que exigen sus tratamientos médicos.
“Después de presentar el proyecto mandaba cartas casi semanalmente al Ministerio. Pasó mucho tiempo y hasta que asumió la actual ministra, (Évelyn Jacir de Lovo) me informaron que estaba aprobado y que sería trasladada a la dirección de esta escuela” agrega.
Los logros de esta maestra sobrepasan las metas impuestas por ella misma. El funcionamiento de la escuela inició en el 2000 pero no con un carácter formal.
En junio de 2001, la escuela bautizada como “Reinaldo Borja Porra”, en honor a un hombre de corazón sensible que permanece pendiente de las necesidades del centro escolar, recibió la autorización para hacer las promociones desde Parvularia hasta el noveno grado.
El año pasado la escuela tubo 156 estudiantes matriculados, de los cuales fueron promovidos 65 al grado superior; entre ellos cuatro padres de familia que aprendieron a leer y escribir mientras sus hijos recibían sus tratamientos.
El resto de alumnos permaneció por períodos relativamente cortos en el ingreso hospitalario y otros murieron durante el año escolar.

Alumnos singulares

Los estudiantes de esta escuela son niños con insuficiencia renal, cáncer o VIH positivo, que son sometidos a tratamientos y períodos largos de hospitalización.


También hay estudiantes con otras patologías menos graves; pero no son permanentes y reciben sólo una constancia certificada por el Ministerio de Educación, en la cual se hace ver que siguieron con sus estudios durante su hospitalización.
La matrícula a pesar de hacerse con un formulario igual al de una escuela normal con los datos del menor, lleva anexa una hoja con los datos clínicos: el diagnóstico y el tratamiento médico.
“Son niños en etapa terminal, pero eso no significa que vayan a morir pronto” aclara el doctor Carlos Henríquez, médico nefrólogo del nosocomio, al referirse a los niños con insuficiencia renal que necesitan un trasplante de riñón.
“Están condenados a un tratamiento permanente, diálisis mientras se busca la posibilidad de realizar un trasplante de riñón y controles después de este”, explica.
A juicio del especialista, la calidad de vida de estos niños ha mejorado en los últimos meses gracias a los programas como la escuela y otros de la unidad de Nefrología.
“Hemos tratado que compartan un ambiente distinto al de un hospital, ahora comparten entre ellos. Reciben clases y se han logrado integrar a grupos; les ha servido de terapia para sobrellevar la enfermedad”.
“El estado de ánimo de un niño enfermo es depresivo, se vuelven adinámicos y con poca calidad de vida” dice la Lic. Fátima Peñate que trabaja con estos menorcitos desde hace más de tres años. “Si asisten a la escuela lo tienen que hacer con mascarilla por el peligro que significa una infección para ellos, que mantienen las defensas demasiado bajas” agrega, a la vez que reconoce que la instalación de la escuela (dentro del hospital) ha venido a solucionar de alguna forma este vacío.
La evidente alegría de los pequeños al ver llegar a sus maestras gratifica el esfuerzo de la directora y el de las jóvenes que, además de cumplir con el servicio social que les exige la Universidad, están realizando una labor humanitaria con estos niños que han sido confinados al ambiente hospitalario y a las complicaciones de la enfermedad que padecen.

Más que Lágrimas

“Maestro es el que enseña, comparte y se entrega”, afirma Marta de Cruz al compartir su
experiencia cuando la muerte le arrebata un alumno.


“Recuerdo muy bien el día que murió Martita. Había estado coloreando y de repente me dijo que ya no iba a venir a la escuelita. Me sorprendió, pero no le puse mucha atención al significado de sus palabras”, dice, con voz cortada, la directora del centro escolar que ha pasado más de una vez la dura experiencia de perder uno de sus pequeños.
“Me contó que se sentía angustiada y caminó buscando los médicos. Un poco había avanzado cuando la escuché gritar”, cuenta la maestra.
“Cuando pasé frente a ella me pedía que por favor le llevara agua. No me dejaron darle porque a los niños con problemas renales como el de ella les hace daño” lamenta, sobre todo, porque considera que fue el último deseo de la niña.
“Cuando supe que había muerto, desfallecí... confieso que no fui fuerte. Sabemos que esto va pasar y que los que trabajamos con ellos debemos estar preparados; pero a veces no se puede“ recalca con la voz más temblorosa que al inicio de su relato, “vivo pidiéndole fortaleza a Dios”.
El trabajo en la escuela depende directamente de la directora; aunque en el Ministerio de Educación la Lic. Martha Gladis de Palacios, Jefe de la División de Proyectos Especiales del MINED, trabaja para dar el apoyo necesario a la Escuela “Reynaldo Borja”.
Desde que el proyecto inició les ha dado satisfacciones y, sobre todo, porque confía en los efectos psicológicos positivos que le causa a un niño de la Escuelita del Bloom el hecho de ver otros colores que no sea el blanco del Hospital. Su mundo se amplía y los inyecta de vida y esperanza.
“Pueden ver pájaros, árboles y por un momento olvidarse de los médicos y enfermeras mientras se sumerge en un libro de colorear o en los cuentos” dice la Lic. de Palacios.
“Dejan a un lado la cara de angustia de sus padres y los dolorosos tratamientos, para inyectarse las ganas, los deseos de vivir” manifiesta, asegurando que mientras haya vida, hay esperanza.
Para ella, un diagnóstico de los muchos que reciben los alumnos de esta escuela cada día, puede cambiar si los pacientitos sienten el verdadero deseo de vivir.

Juntos, hasta en la escuela

Celia aprendió sus primeras letras entre las paredes del Hospital; su padre, Sabino Flores, fue su compañero de clases. Aprendieron a leer y ahora inician el segundo grado esperanzados a un trasplante que puede estabilizar la salud de la pequeña.


Durante los múltiples ingresos de Celia, el tiempo ha sido aprovechado por su familia. “Gracias a Dios alcancé aprender a leer y escribir, con Celia pasamos a segundo grado. Las señoritas nos enseñan a la niña y a mi; pero Celia me doma, me va ganando en las notas, pues”, comenta con entusiasmo don Sabino, que se admira de la capacidad de su hija para el estudio.
Durante la clausura del año escolar 2001, padre e hija recibieron su certificado de estudios del primer grado y esperan para el 2002, recibir el de segundo, junto a María Luisa Narváez, madre de la niña, que ha decido también matricularse en la Escuelita del Bloom.
“La niña Martita (directora de la escuela) nos dice que vengamos acá y también nos ha enseñado a hacer este trabajito”, dice don Sabino mientras teje una especie de trenzas.
“Con estas colgaderas de macramé podemos ganar algunos centavitos, aunque sea lo del pasaje. Porque cada vez que venimos gastamos unos 20 pesos cada uno para el bus, y si la niña está malita hay que pagarle el asiento a ella y después los 25 pesos del taxi”.
Celia, de nueve años, está condenada por la insuficiencia renal a un tratamiento largo y doloroso; la única forma de salvarle la vida es realizando el trasplante de riñón programado para la segunda semana de febrero.
Los padres la traen a San Salvador desde el cantón San Pedro Carrizal, del departamento de Morazán, para que reciba la diálisis.
“Nos toca dormir aquí”, dice don Sabino recordando las noches de invierno a la intemperie. “Antes me quedaba en el parqueadero, sentía como que estaba en una Hacienda, nada más que con seguridad” recuerda el padre de la niña, que ahora siente resuelto el problema de la dormida, con el albergue habilitado por el Hospital.

 

Promesa del Mined
Bono de calidad

Las escuelas públicas reciben anualmente un bono a la calidad equivalente al número de secciones de la institución educativa. El bono para la Escuela “Reinaldo Borja Porra” aún está en gestión.

La ejecución del proyecto de la escuela, en el Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom, significa para el Ministerio de Educación una inversión de 68 mil 751 colones, que incluye el pago de la directora de la escuela, Marta Rosa de Crúz, cómo única empleada del centro educativo.
Las maestras que dan la atención personalizada a los niños son alumnas de la carrera de pedagogía en la Universidad Francisco Gavidia y de la Universidad de El Salvador que cumplen con sus horas sociales, por lo que permanecen sólo por tres meses en esta labor.
El proyecto del Ministerio es contratar a otro docente, “pero necesitamos un perfil adecuado, alguien con dedicación y fortaleza suficiente para soportar la pérdida de un alumno porque pueda que el niño que tienen hoy se muera mañana”, lamenta Marta Gladis de Palacios, Coordinadora nacional de Educación Básica del MINED.
“La escuelita del Bloom es una institución singular por el trabajo que realiza, pero es una escuela acreditada y como tal, tiene derecho al bono de calidad” expresa, dejando claro que son grande los esfuerzos que se hacen para apresurar esta ayuda económica al centro escolar.
Los procedimientos para obtener los beneficios de una institución gubernamental son burocráticos; sin embargo, las autoridades del MINED aseguran estar gestionando con rapidez los que se refieren a esta escuela singular.



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