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ESCUELA
DE ÁNGELES
Letras
de esperanza
en el Hospital Bloom
Suero, sangre, oxígeno
y el penetrante olor a hospital, sumado a la sirena de la ambulancia
y la cadera adolorida por los pinchones diarios de aquella inyección
que disminuye padecimientos, son parte del estilo de vida trazado a
decenas de niños hospitalizados que olvidan los achaques de su
enfermedad entre los lápices y libros de la Escuelita del
Bloom.
Estela
Henríquez
vertice@elsalvador.com
La pequeña habitación
apenas alcanza dos metros cuadrados. Paredes forradas de dibujos coloreados
son la decoración principal.
En cada página se lee el nombre Omar, escrito con
letra de párvulo; la cama pegada a un ventanal que, por órdenes
médicas, permanece cerrado alberga a un niño de cinco
años conectado a un respirador artificial.
Al pie de la cama se lee en un cartón su nombre, la fecha de
ingreso y el diagnóstico: Atrofia espinal progresiva.
El tubo plástico, que sale de un tanque de oxígeno, se
conecta a la garganta del menor, pero no le limita para que de la bienvenida
a su nueva maestra de primer grado.
Si le quitan el respirador se muere, comentaron algunos
visitantes dentro de la pequeña habitación, mientras la
joven maestra coloca un cartel con colores llamativos al lado de Omar.
Con esa letra empieza su nombre, dice el niño a la
nueva profesora señalando la S en la palabra Bienvenidos.
Sandra se había presentado minutos antes al niño que lleva
casi dos años ingresado en el Hospital. Su habitación,
aislada de los demás menores, ha sido su única referencia
de hogar en los últimos meses; desde ahí ha celebrado
cumpleaños, navidades y hasta su condecoración de primer
lugar en la sección de parvularia durante el 2001.
Omar, aprendió a leer y escribir con la ayuda y dedicación
de las maestras de la escuela Reinaldo Borja Porra, que
funciona dentro del Hospital Nacional de Niños Benjamín
Bloom.
Un sueño cumplido
Largas horas cuidando un sobrino ingresado por problemas de insuficiencia
renal, sirvieron de inspiración a una maestra.
Marta Rosa de Cruz, maestra de escuelas públicas desde su juventud,
trabajaba en el Centro de Capacitación del Ministerio de Educación
cuando uno de sus sobrinos tuvo que ser ingresado al Bloom por problemas
renales.
Los turnos que intercaló con su prima para cuidar al niño
fueron aprovechados para compartir lápices y dibujos con los
infantes hospitalizados en ese piso.
Cuando venía, les traía copias de dibujos a los
niños que se alegraban con sólo verme porque sabían
que traía colores para que pintaran recuerda la Lic. de
Cruz, que decidió presentar ante el Ministerio de Educación
el proyecto de una escuela dentro del hospital para atender a los menores
que prácticamente viven en el nosocomio, sin más ocupación
que las que exigen sus tratamientos médicos.
Después
de presentar el proyecto mandaba cartas casi semanalmente al Ministerio.
Pasó mucho tiempo y hasta que asumió la actual ministra,
(Évelyn Jacir de Lovo) me informaron que estaba aprobado y que
sería trasladada a la dirección de esta escuela
agrega.
Los logros de esta maestra sobrepasan las metas impuestas por ella misma.
El funcionamiento de la escuela inició en el 2000 pero no con
un carácter formal.
En junio de 2001, la escuela bautizada como Reinaldo Borja Porra,
en honor a un hombre de corazón sensible que permanece pendiente
de las necesidades del centro escolar, recibió la autorización
para hacer las promociones desde Parvularia hasta el noveno grado.
El año pasado la escuela tubo 156 estudiantes matriculados, de
los cuales fueron promovidos 65 al grado superior; entre ellos cuatro
padres de familia que aprendieron a leer y escribir mientras sus hijos
recibían sus tratamientos.
El resto de alumnos permaneció por períodos relativamente
cortos en el ingreso hospitalario y otros murieron durante el año
escolar.
Alumnos singulares
Los estudiantes de esta escuela son niños con insuficiencia renal,
cáncer o VIH positivo, que son sometidos a tratamientos y períodos
largos de hospitalización.
También
hay estudiantes con otras patologías menos graves; pero no son
permanentes y reciben sólo una constancia certificada por el
Ministerio de Educación, en la cual se hace ver que siguieron
con sus estudios durante su hospitalización.
La matrícula a pesar de hacerse con un formulario igual al de
una escuela normal con los datos del menor, lleva anexa una hoja con
los datos clínicos: el diagnóstico y el tratamiento médico.
Son niños en etapa terminal, pero eso no significa que
vayan a morir pronto aclara el doctor Carlos Henríquez,
médico nefrólogo del nosocomio, al referirse a los niños
con insuficiencia renal que necesitan un trasplante de riñón.
Están condenados a un tratamiento permanente, diálisis
mientras se busca la posibilidad de realizar un trasplante de riñón
y controles después de este, explica.
A juicio del especialista, la calidad de vida de estos niños
ha mejorado en los últimos meses gracias a los programas como
la escuela y otros de la unidad de Nefrología.
Hemos tratado que compartan un ambiente distinto al de un hospital,
ahora comparten entre ellos. Reciben clases y se han logrado integrar
a grupos; les ha servido de terapia para sobrellevar la enfermedad.
El estado de ánimo de un niño enfermo es depresivo,
se vuelven adinámicos y con poca calidad de vida dice la
Lic. Fátima Peñate que trabaja con estos menorcitos desde
hace más de tres años. Si asisten a la escuela lo
tienen que hacer con mascarilla por el peligro que significa una infección
para ellos, que mantienen las defensas demasiado bajas agrega,
a la vez que reconoce que la instalación de la escuela (dentro
del hospital) ha venido a solucionar de alguna forma este vacío.
La evidente alegría de los pequeños al ver llegar a sus
maestras gratifica el esfuerzo de la directora y el de las jóvenes
que, además de cumplir con el servicio social que les exige la
Universidad, están realizando una labor humanitaria con estos
niños que han sido confinados al ambiente hospitalario y a las
complicaciones de la enfermedad que padecen.
Más que Lágrimas
Maestro es el que enseña, comparte y se entrega,
afirma Marta de Cruz al compartir su
experiencia cuando la muerte le arrebata un alumno.
Recuerdo muy bien el día que murió Martita. Había
estado coloreando y de repente me dijo que ya no iba a venir a la escuelita.
Me sorprendió, pero no le puse mucha atención al significado
de sus palabras, dice, con voz cortada, la directora del centro
escolar que ha pasado más de una vez la dura experiencia de perder
uno de sus pequeños.
Me
contó que se sentía angustiada y caminó buscando
los médicos. Un poco había avanzado cuando la escuché
gritar, cuenta la maestra.
Cuando pasé frente a ella me pedía que por favor
le llevara agua. No me dejaron darle porque a los niños con problemas
renales como el de ella les hace daño lamenta, sobre todo,
porque considera que fue el último deseo de la niña.
Cuando supe que había muerto, desfallecí... confieso
que no fui fuerte. Sabemos que esto va pasar y que los que trabajamos
con ellos debemos estar preparados; pero a veces no se puede recalca
con la voz más temblorosa que al inicio de su relato, vivo
pidiéndole fortaleza a Dios.
El trabajo en la escuela depende directamente de la directora; aunque
en el Ministerio de Educación la Lic. Martha Gladis de Palacios,
Jefe de la División de Proyectos Especiales del MINED, trabaja
para dar el apoyo necesario a la Escuela Reynaldo Borja.
Desde que el proyecto inició les ha dado satisfacciones y, sobre
todo, porque confía en los efectos psicológicos positivos
que le causa a un niño de la Escuelita del Bloom el hecho de
ver otros colores que no sea el blanco del Hospital. Su mundo se amplía
y los inyecta de vida y esperanza.
Pueden ver pájaros, árboles y por un momento olvidarse
de los médicos y enfermeras mientras se sumerge en un libro de
colorear o en los cuentos dice la Lic. de Palacios.
Dejan a un lado la cara de angustia de sus padres y los dolorosos
tratamientos, para inyectarse las ganas, los deseos de vivir manifiesta,
asegurando que mientras haya vida, hay esperanza.
Para ella, un diagnóstico de los muchos que reciben los alumnos
de esta escuela cada día, puede cambiar si los pacientitos sienten
el verdadero deseo de vivir.
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Juntos,
hasta en la escuela
Celia aprendió sus primeras letras entre las paredes del
Hospital; su padre, Sabino Flores, fue su compañero de
clases. Aprendieron a leer y ahora inician el segundo grado esperanzados
a un trasplante que puede estabilizar la salud de la pequeña.
Durante
los múltiples ingresos de Celia, el tiempo ha sido aprovechado
por su familia. Gracias a Dios alcancé aprender a
leer y escribir, con Celia pasamos a segundo grado. Las señoritas
nos enseñan a la niña y a mi; pero Celia me doma,
me va ganando en las notas, pues, comenta con entusiasmo
don Sabino, que se admira de la capacidad de su hija para el estudio.
Durante la clausura del año escolar 2001, padre e hija
recibieron su certificado de estudios del primer grado y esperan
para el 2002, recibir el de segundo, junto a María Luisa
Narváez, madre de la niña, que ha decido también
matricularse en la Escuelita del Bloom.
La niña Martita (directora de la escuela) nos dice
que vengamos acá y también nos ha enseñado
a hacer este trabajito, dice don Sabino mientras teje una
especie de trenzas.
Con estas colgaderas de macramé podemos ganar algunos
centavitos, aunque sea lo del pasaje. Porque cada vez que venimos
gastamos unos 20 pesos cada uno para el bus, y si la niña
está malita hay que pagarle el asiento a ella y después
los 25 pesos del taxi.
Celia, de nueve años, está condenada por la insuficiencia
renal a un tratamiento largo y doloroso; la única forma
de salvarle la vida es realizando el trasplante de riñón
programado para la segunda semana de febrero.
Los padres la traen a San Salvador desde el cantón San
Pedro Carrizal, del departamento de Morazán, para que reciba
la diálisis.
Nos toca dormir aquí, dice don Sabino recordando
las noches de invierno a la intemperie. Antes me quedaba
en el parqueadero, sentía como que estaba en una Hacienda,
nada más que con seguridad recuerda el padre de la
niña, que ahora siente resuelto el problema de la dormida,
con el albergue habilitado por el Hospital.
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Promesa
del Mined
Bono de calidad
Las escuelas públicas
reciben anualmente un bono a la calidad equivalente al número
de secciones de la institución educativa. El bono para
la Escuela Reinaldo Borja Porra aún está
en gestión.
La ejecución del proyecto de la escuela, en el Hospital
Nacional de Niños Benjamín Bloom, significa para
el Ministerio de Educación una inversión de 68 mil
751 colones, que incluye el pago de la directora de la escuela,
Marta Rosa de Crúz, cómo única empleada del
centro educativo.
Las maestras que dan la atención personalizada a los niños
son alumnas de la carrera de pedagogía en la Universidad
Francisco Gavidia y de la Universidad de El Salvador que cumplen
con sus horas sociales, por lo que permanecen sólo por
tres meses en esta labor.
El proyecto del Ministerio es contratar a otro docente, pero
necesitamos un perfil adecuado, alguien con dedicación
y fortaleza suficiente para soportar la pérdida de un alumno
porque pueda que el niño que tienen hoy se muera mañana,
lamenta Marta Gladis de Palacios, Coordinadora nacional de Educación
Básica del MINED.
La escuelita del Bloom es una institución singular
por el trabajo que realiza, pero es una escuela acreditada y como
tal, tiene derecho al bono de calidad expresa, dejando claro
que son grande los esfuerzos que se hacen para apresurar esta
ayuda económica al centro escolar.
Los procedimientos para obtener los beneficios de una institución
gubernamental son burocráticos; sin embargo, las autoridades
del MINED aseguran estar gestionando con rapidez los que se refieren
a esta escuela singular.
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