27 de enero de 2002

Portada
Reportaje
Perfil
Investigación
Internacional
Escuela de ángeles
Cartas
Columna
Opinión
Colofón

La esquina de la vida

Envueltos en harapos como única armadura y escudados bajo el abrigo de sus desgracias compartidas, más de una treintena de indigentes sólo ve pasar la vida –“porque a esto no se le puede llamar vida”– en su estrecho mundo de apenas una cuadra de asfalto.

Claudia Zavala
vertice@elsalvador.com 

Cerca de las seis de la tarde, en las afueras de La Rotonda, al final de la Calle Arce, frente al Hospital Rosales, la desgastada acera se convierte en domicilio público. Para muchos, la llegada de decenas de indigentes al lugar genera asombro, miedo, o simplemente indiferencia.
Los aperos del día se van acomodando tranquilamente, -cada uno tiene su espacio asignado- y el momento de compartir llega cuando se oculta por completo el sol. Aunque para ellos, el popular dicho “La noche es larga” nunca ha tenido una connotación romántica, ni mucho menos alentadora, las horas de frío e inseguridad a la intemperie las aplacan entre ocurrentes bromas.
Sorprende descubrir la manera en la que están hábilmente organizados y cómo los roles de conducta se evidencian, al igual que en cualquier grupo familiar.
“Aquí la niña Chela es la que pone orden, la que manda. Es como nuestra mamá. Pero ya se durmió y no me la despierte porque está bien rendida”, señala Rubén, un joven de 17 años, adicto al crack, quien hace tres meses se incorporó “al equipo”. “Don Chago es el que la secunda, don José Antonio es el de la ‘casaca’ y Chepe es el payaso de la casa”, complementa.
Acomodados en una hilera gris y desolada, narran sus historias con un sentido del humor y una lucidez admirables: “Venga, pase a la sala principal. Lástima que ya cerramos el bar, porque le podría preparar un traguito...”, saluda José Antonio Méndez Amaya, de 48 años, quien resultó tener más labia que cualquier político del país.
José Antonio lleva 40 años deambulando por las calles. A los ocho años, su madre lo abandonó en Sensuntepeque, Cabañas, y nunca más supo de ella.
“Yo soy de Sensuntepeque, cantón Los Llanitos, cuna de puro artista, ¡sí, señor! De ahí son Los Cocodrilos, Susana Velásquez y Los Faraones. Mi tía es Concha Barahona Amaya, madre de los de la orquesta, a mucha honra”, dice con una velocidad pasmosa, sentado en un bulto que entre la penumbra aparenta ser un deshilado saco de manta.
“No le digo que es el ‘casaquero’, pues”, bromea Rubén.
La situación de vulnerabilidad e inseguridad en la que viven los ha marcado. Sin embargo, el instinto de supervivencia, lejos de hacerlos confrontar, los une.
“Aquí, o todos en la cama, o todos en el suelo”, dice José Antonio. ¿Cuál cama, vos?, le responde Chepe, el más jocoso del grupo, al tiempo que complementa: “Eso es cierto. Si a uno le vienen a dar riata, aguantamos riata todos”.
La experiencia más reciente fue la sucedida hace dos meses, cuando todos tuvieron que despertarse de madrugada, para defender a un compañero, Germán Martínez, de 52 años, que estaba siendo atacado con un machete.

“todos lo salvaron”


Su compañera de vida, María Lidia Díaz, una curtida y despeinada mujer que aparenta veinte años más de los 42 que dice tener, lo relata: “Vinieron a machetearlo en la noche... bien sabemos quién fue. Yo sólo sentí el gran movimiento; él todavía estaba dormido. Le habían herido sólo el brazo derecho cuando alerté a los demás. Todos se metieron... me lo salvaron”.
Germán, somnoliento todavía, muestra su brazo para comprobar la veracidad del relato de su compañera. “No lo puedo mover mucho, porque me duele”, dice, señalando la cortada de unos 20 centímetros que le curaron en el Hospital Rosales.
Según María Lidia, entre todos tuvieron que recolectar quince colones para que a su marido le desinfectaran y suturaran la herida.
“No crea que porque lo ven a uno todo desgraciado no le van a cobrar.Ya esos tiempos pasaron, señorita”, enfatiza.
Siempre sentado en su saco sucio y deshilado, José Antonio, con libreta y apuntes en mano, informa con detalle el inventario de necesidades de las decenas de personas que se reunen cada noche, provenientes de diferentes lugares de la capital, para amortiguar la falta de un techo donde dormir.
Antes de recitarlas al público, se arremanga el suéter gris que lleva y se acomoda los casi diez anillos “finos de Monet”, que alguna vez pertenecieron a su madre.
Con una voz grave y bien entonada, que contrasta notablemente con su corta estatura, lee algunas demandas y, otras, las improvisa: “Yo le hago un llamado al gobierno en turno y, si no es este, pues al que venga, porque es su responsabilidad darnos techo. Qué barbaridad... qué no ven qué feos nos vemos todos aquí tirados en la calle”.
Señor Presidente, póngase la mano en la conciencia, si es que la tiene, y denos una casita, aunque sea para ya no aguantar tanto frío.
La ventaja de nosotros es que no podemos quejarnos de la vida... ¡porque a esto no se le puede llamar vida! Pero si supiera lo duro que es buscar abrigo en cajas de cartón... ya lo quisiera ver yo, tiradito aquí con nosotros”.
Chepe complementa su intervención: “Ay, pobrecito, pero ni una noche duraría ese hombre. El frío, el hambre y hasta las tormentas que a veces aguantamos lo sofocarían rapidito al maitro. Sabemos que él no tiene la culpa de lo que nos pasa, ni de lo amolado que estamos. Pero si no podamos confiar en él, ¿en quién?”.
La medianoche abraza con el hielo que sólo los que duermen en la calle conocen, -“viera cómo nos saca la lengua el frío durante todas las noches”- y el tiempo de suponer, por un instante, que una lista de demandas puede solucionar algo se desvanece.
Sin embargo, las risas, las bromas, los juegos y los pleitos hacen sólo un triste eco en el brillo del andén que, mañana, será nuevamente una calle más de la capital.

Un “hogar” para todos

- Casi la totalidad de los indigentes que se reúnen frente al Hospital Rosales trabajan durante el día en lugares tan lejanos como San Martín, cargando bultos o pidiendo en las calles.

-La comida la consiguen entre todos. A veces se asignan responsabilidades, para que cada uno aporte por lo menos una fruta o verdura al día.

-En todo el grupo solamente hay un niño, José, de 13 años, quien fue abandonado por sus padres al nacer.

-Nunca ha habido una riña entre ellos. Hasta ahora, los problemas que han tenido han sido con indigentes de otras calles o alcohólicos consuetudinarios.

-Iglesias de distintas denominaciones los visitan periódicamente, para proporcionarles un poco de ropa o alimentos.

-Pese a que la mayoría lo niega, un alto porcentaje de los miembros del grupo presenta problemas de alcoholismo y drogadicción.

 



Portada I Reportaje I Crónica I Análisis I Política I Internacional
Opinión I Columna I Cartas I Colofón

Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.