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La
esquina de la vida
Envueltos en harapos como única
armadura y escudados bajo el abrigo de sus desgracias compartidas, más
de una treintena de indigentes sólo ve pasar la vida porque
a esto no se le puede llamar vida en su estrecho mundo de
apenas una cuadra de asfalto.
Claudia
Zavala
vertice@elsalvador.com
Cerca de las seis de
la tarde, en las afueras de La Rotonda, al final de la Calle Arce, frente
al Hospital Rosales, la desgastada acera se convierte en domicilio público.
Para muchos, la llegada de decenas de indigentes al lugar genera asombro,
miedo, o simplemente indiferencia.
Los aperos del día se van acomodando tranquilamente, -cada uno
tiene su espacio asignado- y el momento de compartir llega cuando se
oculta por completo el sol. Aunque para ellos, el popular dicho La
noche es larga nunca ha tenido una connotación romántica,
ni mucho menos alentadora, las horas de frío e inseguridad a
la intemperie las aplacan entre ocurrentes bromas.
Sorprende descubrir la manera en la que están hábilmente
organizados y cómo los roles de conducta se evidencian, al igual
que en cualquier grupo familiar.
Aquí la niña Chela es la que pone orden, la que
manda. Es como nuestra mamá. Pero ya se durmió y no me
la despierte porque está bien rendida, señala Rubén,
un joven de 17 años, adicto al crack, quien hace tres meses se
incorporó al equipo. Don Chago es el que la
secunda, don José Antonio es el de la casaca y Chepe
es el payaso de la casa, complementa.
Acomodados en una hilera gris y desolada, narran sus historias con un
sentido del humor y una lucidez admirables: Venga, pase a la sala
principal. Lástima que ya cerramos el bar, porque le podría
preparar un traguito..., saluda José Antonio Méndez
Amaya, de 48 años, quien resultó tener más labia
que cualquier político del país.
José Antonio lleva 40 años deambulando por las calles.
A los ocho años, su madre lo abandonó en Sensuntepeque,
Cabañas, y nunca más supo de ella.
Yo soy de Sensuntepeque, cantón Los Llanitos, cuna de puro
artista, ¡sí, señor! De ahí son Los Cocodrilos,
Susana Velásquez y Los Faraones. Mi tía es Concha Barahona
Amaya, madre de los de la orquesta, a mucha honra, dice con una
velocidad pasmosa, sentado en un bulto que entre la penumbra aparenta
ser un deshilado saco de manta.
No
le digo que es el casaquero, pues, bromea Rubén.
La situación de vulnerabilidad e inseguridad en la que viven
los ha marcado. Sin embargo, el instinto de supervivencia, lejos de
hacerlos confrontar, los une.
Aquí, o todos en la cama, o todos en el suelo, dice
José Antonio. ¿Cuál cama, vos?, le responde Chepe,
el más jocoso del grupo, al tiempo que complementa: Eso
es cierto. Si a uno le vienen a dar riata, aguantamos riata todos.
La experiencia más reciente fue la sucedida hace dos meses, cuando
todos tuvieron que despertarse de madrugada, para defender a un compañero,
Germán Martínez, de 52 años, que estaba siendo
atacado con un machete.
todos lo salvaron
Su compañera de vida, María Lidia Díaz, una curtida
y despeinada mujer que aparenta veinte años más de los
42 que dice tener, lo relata: Vinieron a machetearlo en la noche...
bien sabemos quién fue. Yo sólo sentí el gran movimiento;
él todavía estaba dormido. Le habían herido sólo
el brazo derecho cuando alerté a los demás. Todos se metieron...
me lo salvaron.
Germán, somnoliento todavía, muestra su brazo para comprobar
la veracidad del relato de su compañera. No lo puedo mover
mucho, porque me duele, dice, señalando la cortada de unos
20 centímetros que le curaron en el Hospital Rosales.
Según María Lidia, entre todos tuvieron que recolectar
quince colones para que a su marido le desinfectaran y suturaran la
herida.
No crea que porque lo ven a uno todo desgraciado no le van a cobrar.Ya
esos tiempos pasaron, señorita, enfatiza.
Siempre sentado en su saco sucio y deshilado, José Antonio, con
libreta y apuntes en mano, informa con detalle el inventario de necesidades
de las decenas de personas que se reunen cada noche, provenientes de
diferentes lugares de la capital, para amortiguar la falta de un techo
donde dormir.
Antes de recitarlas al público, se arremanga el suéter
gris que lleva y se acomoda los casi diez anillos finos de Monet,
que alguna vez pertenecieron a su madre.
Con una voz grave y bien entonada, que contrasta notablemente con su
corta estatura, lee algunas demandas y, otras, las improvisa: Yo
le hago un llamado al gobierno en turno y, si no es este, pues al que
venga, porque es su responsabilidad darnos techo. Qué barbaridad...
qué no ven qué feos nos vemos todos aquí tirados
en la calle.
Señor Presidente, póngase la mano en la conciencia, si
es que la tiene, y denos una casita, aunque sea para ya no aguantar
tanto frío.
La ventaja de nosotros es que no podemos quejarnos de la vida... ¡porque
a esto no se le puede llamar vida! Pero si supiera lo duro que es buscar
abrigo en cajas de cartón... ya lo quisiera ver yo, tiradito
aquí con nosotros.
Chepe complementa su intervención: Ay, pobrecito, pero
ni una noche duraría ese hombre. El frío, el hambre y
hasta las tormentas que a veces aguantamos lo sofocarían rapidito
al maitro. Sabemos que él no tiene la culpa de lo que nos pasa,
ni de lo amolado que estamos. Pero si no podamos confiar en él,
¿en quién?.
La medianoche abraza con el hielo que sólo los que duermen en
la calle conocen, -viera cómo nos saca la lengua el frío
durante todas las noches- y el tiempo de suponer, por un instante,
que una lista de demandas puede solucionar algo se desvanece.
Sin embargo, las risas, las bromas, los juegos y los pleitos hacen sólo
un triste eco en el brillo del andén que, mañana, será
nuevamente una calle más de la capital.
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Un
hogar para todos
- Casi la totalidad de los indigentes que se reúnen frente
al Hospital Rosales trabajan durante el día en lugares
tan lejanos como San Martín, cargando bultos o pidiendo
en las calles.
-La comida la consiguen entre todos. A veces se asignan responsabilidades,
para que cada uno aporte por lo menos una fruta o verdura al día.
-En todo el grupo solamente hay un niño, José, de
13 años, quien fue abandonado por sus padres al nacer.
-Nunca ha habido una riña entre ellos. Hasta ahora, los
problemas que han tenido han sido con indigentes de otras calles
o alcohólicos consuetudinarios.
-Iglesias de distintas denominaciones los visitan periódicamente,
para proporcionarles un poco de ropa o alimentos.
-Pese a que la mayoría lo niega, un alto porcentaje de
los miembros del grupo presenta problemas de alcoholismo y drogadicción.
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