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La
jinete del Consejo
Inquieta, vivaracha y tenaz.
Gladys Marina Chávez, presidenta del Consejo Nacional de la Judicatura,
muestra un perfecto contraste entre su carácter fuerte y su apariencia
vulnerable. Sus piernas firmes, pulidas por la equitación, han
superado a cientos de mocasines masculinos, dando pasos no tan fáciles
de conseguir para una mujer salvadoreña.
Claudia
Zavala
vertice@elsalvador.com
Atrás quedaron los
días en los que Gladys Marina tocaba repentinamente la campana
del Colegio Guadalupano, antes de la hora de entrada, para desubicar
a sus compañeras y maestras. Y las veces en que la menuda adolescente
se daba el lujo de rechazar a jugadores de la primera división
de Basquetball del Liceo Salvadoreño, los más codiciados
de la época, según recuerda, porque no se decidía
a cuál de todos escoger. Los mismos que, pese a sus desplantes,
eran cómplices de reunión en el Pets, la cafetería
ubicada cerca de la ex embajada americana, en las ocasiones en que se
escapaba de clases.
Inquieta y rebelde sin remedio, Chispita, en el colegio,
y Piolín, en la universidad, se adelantó a
la naturaleza, llegando al mundo un 28 de Octubre de 1953, dos meses
antes de lo que estaba programado.
La
niña, que pesaba menos de cuatro libras y medía sólo
44 centímetros, tenía apenas esperanzas de sobrevivir.
Sin embargo, dos meses en incubadora y los desvelos de su madre Gladys
Escobar la fortalecieron más de lo que muchos esperaban.
No sabían que en este cuerpecito venía tanta energía
condensada, dice entre risas, refieriéndose a sus 1.50
metros de estatura.
A los pocos años, la pequeña que tiempo atrás había
sido motivo de preocupación por su extrema vulnerabilidad física
se regocijaba llenando su diario color rosa con la estampa de Barbie,
con testimonios de lo que ha sido una de las mayores pasiones en su
vida: la equitación.
Hoy desayuné, monté, almorcé, monté,
cené y monté, rezaban la mayoría de sus páginas.
Sin apenas sospecharlo, la disciplina del deporte forjó tenazmente
la personalidad de una de las pocas mujeres salvadoreñas que
han sobresalido en la competitiva carrera del Derecho, un manjar tradicionalmente
reservado a los hombres.
La vocación por las leyes corre por sus venas. Su padre, Rogelio
Chávez, un prominente abogado de la época y asesor de
la banca, fue Ministro de Trabajo, en 1971, y Presidente de la Corte
Suprema de Justicia, en 1976.
de
tal palo...
Don Rogelio inculcó en sus tres hijos, no sólo la importancia
de la justicia y ecuanimidad en la vida, sino también el gusto
por los caballos. Él había desarrollado la afición
gracias a su padre, originario de San Miguel, y dueño de algunos
ejemplares.
Decidieron instalar una academia de equitación en la quinta,
cerca de Panchimalco, donde vivíamos. Junto a mis dos hermanos
participamos en varios juegos Centroamericanos, representando a nuestro
país. El deporte nos unió como familia, admite.
De hecho, las quince manzanas de terreno de la escuela de equitación
Alba Clara, llamada así en honor a una yegua campeona
de la familia, pese a no tener una finalidad comercial, sino de pura
formación familiar, es escenario de entrenamiento ocasional de
personalidades como Roxana Tinocco, ex campeona ecuestre, y el actual
cónsul de Holanda.
En la década de los setenta, cuando sus días transcurrían
entre las leyes y los caballos, Gladys Marina conoció, en la
Universidad Nacional, a Rolando Borjas Munguía, un apuest o estudiante
de Derecho, originario de Chinameca.
Tenía algo diferente, que lo hacía distinguirse
de los demás, señala. Al poco tiempo, ella con 22
años y él con 26, se casaron, y el fruto del amor no se
hizo esperar: Lucía Margarita, la hija mayor, nació a
media carrera universitaria. Rocío Beatriz, la segunda, infló
la toga de graduación de su madre, quien recibió su título
profesional con siete meses de embarazo. Leonor, la menor, nació
en días más relajados.
la
presidenta
La vida familiar y profesional transcurría con relativa normalidad,
hasta uno de los primeros días de 1998, cuando Gladys Marina
recibió una llamada del Centro de Estudios Jurídicos,
para proponerle ser candidata a consejal del Consejo Nacional de la
Judicatura.
Me sorprendió muchísimo, porque yo ni siquiera estaba
afiliada al Centro. Llevaba dieciocho años trabajando independiente
como litigante, en el área civil y mercantil, y nunca me había
planteado ocupar un cargo de esa naturaleza, apunta.
Motivada por la forma de trabajo en el Consejo -los consejales trabajaban
por dietas, no por contrato- decidió aventurarse a la propuesta,
sin dejar de laborar en su oficina particular.
El proceso para llegar a la institución era complicado: Primero
debía superar la votación interna del Centro de Estudios
Jurídicos. Luego, la de la Federación de Abogados, de
la cual surgieron 27 candidatos, siendo ella la única mujer.
Y, finalmente, la votación nacional de todos los abogados en
el ejercicio liberal de la profesión.
buen saldo
Quedé entre los tres primeros lugares. Luego, en la Asamblea
Legislativa, las diputadas se unieron para votar por mí. Ese
sorprendente apoyo marcó mi labor notablemente, asegura.
Un año después de aquella llamada, fue nombrada concejal,
junto a seis hombres más. Y luego, en el 2000, la muchacha que
en el último retiro espiritual del tercer año de bachillerato
había subido a un ropero para propiciar una revuelta estudiantil
entre sus compañeras, fue nombrada Presidenta del Consejo Nacional
de la Judicatura, contando con cuatro votos a favor, en pleno.
Su período como funcionaria concluirá el próximo
mes de junio. Al respecto, dice sentirse satisfecha por lo conseguido,
en cuanto a capacitación de abogados y selección de ternas
para aspirar a cargos de jueces, y motivada por la nueva etapa que le
espera. Eso incluye trazar nuevos planes, a sus 48 años, sin
la compañía de Rolando Borjas, de quien se divorció
hace cinco meses. La trascendental decisión la explica en pocas
palabras: Cuando mis hijas crecieron, ya no tuve la voluntad
de sacrificar mi profesión. Y nunca vale la pena aferrarse a
alguien, sólo para quedar bien con los demás. No me importa
si me critican por ese aspecto, porque sé que como madre y profesional
he cumplido, afirma.
Según ella, los caballos seguirán siendo buenos compañeros
en el poliedro de la vida. Quizá, los únicos capaces de
seguir el paso firme e incansable de una verdadera jinete sin bridas.
La misma que un día escribió, de puntillas, frente a todos
sus compañeros, un mensaje claro en la pizarra del salón
de reuniones del Consejo: El hombre ideal para este cargo es una
mujer. Por lo menos, hasta ahora, ella es el primer ejemplo.
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Gladys
en breve
Padre: Rogelio Alfredo Chávez
Madre: Gladys Escobar de Chávez
Fecha de nacimiento: 28 de octubre de 1953
Educación básica y Secundaria: Colegio Guadalupano
Educación superior:
Licenciatura en Derecho. Universidad Matías Delgado.
Becas a Israel, Francia, Suiza, Austria y Corea del Sur.
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