27 de enero de 2002

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La jinete del Consejo

Inquieta, vivaracha y tenaz. Gladys Marina Chávez, presidenta del Consejo Nacional de la Judicatura, muestra un perfecto contraste entre su carácter fuerte y su apariencia vulnerable. Sus piernas firmes, pulidas por la equitación, han superado a cientos de mocasines masculinos, dando pasos no tan fáciles de conseguir para una mujer salvadoreña.

Claudia Zavala
vertice@elsalvador.com 

Atrás quedaron los días en los que Gladys Marina tocaba repentinamente la campana del Colegio Guadalupano, antes de la hora de entrada, para desubicar a sus compañeras y maestras. Y las veces en que la menuda adolescente se daba el lujo de rechazar a jugadores de la primera división de Basquetball del Liceo Salvadoreño, “los más codiciados de la época”, según recuerda, porque no se decidía a cuál de todos escoger. Los mismos que, pese a sus desplantes, eran cómplices de reunión en el “Pets”, la cafetería ubicada cerca de la ex embajada americana, en las ocasiones en que se escapaba de clases.
Inquieta y rebelde sin remedio, “Chispita”, en el colegio, y “Piolín”, en la universidad, se adelantó a la naturaleza, llegando al mundo un 28 de Octubre de 1953, dos meses antes de lo que estaba programado.
La niña, que pesaba menos de cuatro libras y medía sólo 44 centímetros, tenía apenas esperanzas de sobrevivir. Sin embargo, dos meses en incubadora y los desvelos de su madre Gladys Escobar la fortalecieron más de lo que muchos esperaban.
“No sabían que en este cuerpecito venía tanta energía condensada”, dice entre risas, refieriéndose a sus 1.50 metros de estatura.
A los pocos años, la pequeña que tiempo atrás había sido motivo de preocupación por su extrema vulnerabilidad física se regocijaba llenando su diario color rosa con la estampa de “Barbie”, con testimonios de lo que ha sido una de las mayores pasiones en su vida: la equitación.
“Hoy desayuné, monté, almorcé, monté, cené y monté”, rezaban la mayoría de sus páginas. Sin apenas sospecharlo, la disciplina del deporte forjó tenazmente la personalidad de una de las pocas mujeres salvadoreñas que han sobresalido en la competitiva carrera del Derecho, un manjar tradicionalmente reservado a los hombres.
La vocación por las leyes corre por sus venas. Su padre, Rogelio Chávez, un prominente abogado de la época y asesor de la banca, fue Ministro de Trabajo, en 1971, y Presidente de la Corte Suprema de Justicia, en 1976.

de tal palo...

Don Rogelio inculcó en sus tres hijos, no sólo la importancia de la justicia y ecuanimidad en la vida, sino también el gusto por los caballos. Él había desarrollado la afición gracias a su padre, originario de San Miguel, y dueño de algunos ejemplares.
“Decidieron instalar una academia de equitación en la quinta, cerca de Panchimalco, donde vivíamos. Junto a mis dos hermanos participamos en varios juegos Centroamericanos, representando a nuestro país. El deporte nos unió como familia”, admite.
De hecho, las quince manzanas de terreno de la escuela de equitación “Alba Clara”, llamada así en honor a una yegua campeona de la familia, pese a no tener una finalidad comercial, sino de pura formación familiar, es escenario de entrenamiento ocasional de personalidades como Roxana Tinocco, ex campeona ecuestre, y el actual cónsul de Holanda.
En la década de los setenta, cuando sus días transcurrían entre las leyes y los caballos, Gladys Marina conoció, en la Universidad Nacional, a Rolando Borjas Munguía, un apuest o estudiante de Derecho, originario de Chinameca.
“Tenía algo diferente, que lo hacía distinguirse de los demás”, señala. Al poco tiempo, ella con 22 años y él con 26, se casaron, y el fruto del amor no se hizo esperar: Lucía Margarita, la hija mayor, nació a media carrera universitaria. Rocío Beatriz, la segunda, infló la toga de graduación de su madre, quien recibió su título profesional con siete meses de embarazo. Leonor, la menor, nació en días más relajados.

la presidenta

La vida familiar y profesional transcurría con relativa normalidad, hasta uno de los primeros días de 1998, cuando Gladys Marina recibió una llamada del Centro de Estudios Jurídicos, para proponerle ser candidata a consejal del Consejo Nacional de la Judicatura.
“Me sorprendió muchísimo, porque yo ni siquiera estaba afiliada al Centro. Llevaba dieciocho años trabajando independiente como litigante, en el área civil y mercantil, y nunca me había planteado ocupar un cargo de esa naturaleza”, apunta.
Motivada por la forma de trabajo en el Consejo -los consejales trabajaban por dietas, no por contrato- decidió aventurarse a la propuesta, sin dejar de laborar en su oficina particular.
El proceso para llegar a la institución era complicado: Primero debía superar la votación interna del Centro de Estudios Jurídicos. Luego, la de la Federación de Abogados, de la cual surgieron 27 candidatos, siendo ella la única mujer. Y, finalmente, la votación nacional de todos los abogados en el ejercicio liberal de la profesión.

buen saldo

“Quedé entre los tres primeros lugares. Luego, en la Asamblea Legislativa, las diputadas se unieron para votar por mí. Ese sorprendente apoyo marcó mi labor notablemente”, asegura.
Un año después de aquella llamada, fue nombrada concejal, junto a seis hombres más. Y luego, en el 2000, la muchacha que en el último retiro espiritual del tercer año de bachillerato había subido a un ropero para propiciar una revuelta estudiantil entre sus compañeras, fue nombrada Presidenta del Consejo Nacional de la Judicatura, contando con cuatro votos a favor, en pleno.
Su período como funcionaria concluirá el próximo mes de junio. Al respecto, dice sentirse satisfecha por lo conseguido, en cuanto a capacitación de abogados y selección de ternas para aspirar a cargos de jueces, y motivada por la nueva etapa que le espera. Eso incluye trazar nuevos planes, a sus 48 años, sin la compañía de Rolando Borjas, de quien se divorció hace cinco meses. La trascendental decisión la explica en pocas palabras: “Cuando mis hijas crecieron, ya no tuve la voluntad de sacrificar mi profesión. Y nunca vale la pena aferrarse a alguien, sólo para quedar bien con los demás. No me importa si me critican por ese aspecto, porque sé que como madre y profesional he cumplido”, afirma.
Según ella, los caballos seguirán siendo buenos compañeros en el poliedro de la vida. Quizá, los únicos capaces de seguir el paso firme e incansable de una verdadera jinete sin bridas. La misma que un día escribió, de puntillas, frente a todos sus compañeros, un mensaje claro en la pizarra del salón de reuniones del Consejo: “El hombre ideal para este cargo es una mujer”. Por lo menos, hasta ahora, ella es el primer ejemplo.

Gladys en breve

Padre: Rogelio Alfredo Chávez
Madre: Gladys Escobar de Chávez
Fecha de nacimiento: 28 de octubre de 1953
Educación básica y Secundaria: Colegio Guadalupano
Educación superior:
Licenciatura en Derecho. Universidad Matías Delgado.
Becas a Israel, Francia, Suiza, Austria y Corea del Sur.



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