27 de enero de 2002

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La vida según ...
Claudia Zavala
vertice@elsalvador.com

¡Ya llegamos!

Dicen que la condición social y económica de los países se mide fácilmente al conocer sus cárceles y hospitales. Sin embargo, los aeropuertos son, quizá, el primer escenario con el que un país da la bienvenida y el apretón de manos a un residente o turista.
En ellos, la cultura de cada lugar está evidentemente plasmada, bien sea en la actitud de sus empleados, o en sistemáticas reglas que condicionan al viajero.
No hace falta ser antropólogo o sociólogo para encontrar en cada mirada de un sobrecargo o en cada ceja arqueada de un guardia de seguridad visos políticos, sociales y económicos de sociedades marcadas por el miedo y la desconfianza.
Inevitablemente, lo que sólo debería ser un trecho de paso, se convierte en un punto de encuentros (por aquello de llegar dos horas antes), o de desencuentros.
Es totalmente comprensible, por supuesto, que por el clima internacional de inseguridad política que impera se tomen las medidas necesarias para evitar cualquier “sorpresa”.
En Nueva York, por ejemplo, a uno le quitan hasta los zapatos para asegurarse de que nadie se pasará de listo.
Las secuelas del 11 de septiembre, no sólo se reducen en las pérdidas humanas y materiales que se reportaron, sino en una permanente crisis psicológica que viven, sobre todo, los empleados de los aeropuertos. Hoy, hasta los niños y ancianos dejaron de parecer “inofensivos”. Y hasta acolchadas muñecas de trapo levantan la alcantarilla de la sospecha (señor de la Aduana, ¿es tan difícil creer que, a los 25 años de edad, a uno le pueden gustar las Chicas Super poderosas?)
En los momentos previos al abordaje, es triste comprobar que la única voz que parece confiable es la de la muchacha que anuncia las llegadas y salidas de los vuelos.
Durante el viaje, es igual. Si alguien se levanta mucho al baño es que algo raro pasa. O si otro nunca saca las manos de su abultada chaqueta de cuero, es que algo oculta.
Pero cuando uno llega a su patria, el aterrizaje entra por todos los sentidos: el calor, el ruido, el desorden, los gritos y las tiendas de artesanías están ahí, para provocar un extraño suspiro.
La alegría dura poco, es cierto, porque la desconfianza y el miedo ahora se refleja en rostros familiares y autóctonos.
La diferencia es que, aquí, a pesar de que uno sale a punto de un colapso nervioso de ese aeropuerto (porque en él se pasean sobradamente nuestras gracias y desgracias), todavía las muñecas siguen siendo eso: muñecas.

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