20 de enero de 2002

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La Arista Afilada
Estados Unidos: el fin de los “good guys”

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Todos los analistas insisten en que algo fundamental ha cambiado en Estados Unidos tras el 11 de septiembre. Cierto: se acabaron los “good guys”. Luego lo explico. Cuando escribo este artículo no se sabe si Bin Laden está muerto, escondido en Afganistán o si ya consiguió pasar alguna frontera. El dato tiene alguna importancia, pero menor que lo conseguido hasta ahora: derrotar a los talibanes en pocas semanas de operaciones y con menos de una veintena de bajas norteamericanas, incluidos muertos, heridos y accidentes. Desde el punto de vista militar ha sido una victoria asombrosa, aunque no por el resultado final -era obvio que Estados Unidos vencería-, sino por la rapidez y la demostración de eficacia tecnológica. Donde el ejército de la antigua URSS se hundió sin remedio, y arrastró en su caída al imperio de los comunistas en Europa, el de Estados Unidos, con la ayuda decidida de los ingleses, triunfó con un chasquido de los dedos.
Y si brillante ha sido la campaña militar, no menos impresionante ha sido la operación diplomática. Primero, con un taconazo unánime, se alinearon los países de la OTAN. Luego se consiguió el respaldo de la ONU y de los países islámicos moderados y no tan moderados. Los árabes de Egipto, Kuwait, Arabia Saudita, los Emiratos y Yemen tragaron en seco y respaldaron a Washington, pese a que probablemente la población de esos países se sentía más cerca de Bin Laden que de George Bush. Pakistán fue decisivo en la victoria americana. Turquía no vaciló ni un instante y ofreció tropas para pacificar a los afganos. China asumió una indiferencia totalmente cómplice, mientras Rusia, finalmente, abandonó la hostilidad contra Occidente -producto de la inercia de la Guerra Fría, pero absurda y anacrónica en el postcomunismo- y contribuyó con armas y pertrechos para el ejército de la Alianza del Norte. Poco después George Bush anunció la fabricación del escudo antimisiles y la cancelación de los tratados que lo impedían. Vladimir Putin se limitó a opinar que le parecía un error. Pero un error que no le concernía. Washington ya no era el enemigo de los rusos. Era el aliado.

el liderazgo fuerte

¿Qué ha sucedido? Varias cosas. Estados Unidos ha afianzado su liderazgo planetario de una manera espectacular. Quienes lo han ayudado no lo han hecho por solidaridad, sino porque entendieron muy bien el mensaje de Washington: “o están con nosotros o están contra nosotros”. Mensaje que se vio reforzado cuando Estados Unidos comprobó que en el mundo existe un profundo antiamericanismo. Mientras los estadounidenses creían ser percibidos como los "good guys", los tipos buenos que habían salvado al mundo de nazis, fascistas, y comunistas, dueños y señores de la más vieja democracia que existe, defensores de las libertades frente a los tiranos, la verdad es que millones de personas los tenían por gente arrogante y abusadora que se enriquecía a costa de la miseria de los desposeídos. Era una imagen burdamente injusta que se delataba en un razonamiento mil veces escuchado tras el 11 de septiembre: “ellos se lo buscaron”.
La reacción norteamericana era predecible: se acabaron los “good guys”. Estados Unidos se quita los guantes y pelea a puño limpio. A los gringos de estos tiempos les interesa poco ser queridos. Ya saben que es un deseo inútil. Como Maquiavelo recomendaba al Príncipe con cierta melancolía, a estas alturas prefieren ser respetados y temidos que ser amados. Así, además, se han comportado todos los imperios: Roma, España, Francia, Inglaterra, Turquía.

no es un imperio

Estados Unidos no es un imperio en el sentido convencional -no incluye naciones distintas dentro de sus fronteras-, pero es un superestado con intereses y responsabilidades a escala planetaria. Si Yemen, a mediados de diciembre, se encargó de eliminar los campos de adiestramiento de Al Qaeda situados dentro de su territorio, es porque le habían notificado que o los bombardeaban ellos o los bombardeaba el Pentágono. Si le dieron luz verde a Sharon dentro de Israel para que usara la fuerza frente a los terroristas de Hamas o de la Yihad islámica, aun a riesgo de destrozar al complaciente gobierno de Arafat, es porque ya no habrá paños calientes con el enemigo. La lección afgana resultaba transparente: el gobierno que justifique, tolere o aliente acciones terroristas corre el riesgo de ser barrido a cañonazos, o, al menos, de ser colocado en una lista negra que, en su momento, se utilizará para pasarle la cuenta. La Venezuela de Chávez, por ejemplo, cuando su irresponsable vicepresidenta Adina Bastidas situó a su país entre los que “entendían” las acciones de los terroristas de Bin Laden, cruzó la raya de lo permisible.
Ahora queda la cruenta batalla para localizar y destruir todas las células de Al Qaeda. Y luego seguirá la lucha contra la larga lista de organizaciones terroristas confeccionada por el Departamento de Estado. En el camino, caerán organizaciones clandestinas y algunos gobiernos que directa o indirectamente las secundan. La fulgurante victoria en Afganistán le ha abierto el apetito a Washington. Bush siente que tiene una misión. Ellos nunca más serán los “good guys”, pero van a liquidar a los “bad guys” a sangre y fuego.



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