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1932:
SETENTA AÑOS DESPUES
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Siete
décadas atrás
Para cuando
el calendario señala los primeros días de enero de 1932,
El Salvador hereda del derrocado régimen del ingeniero Arturo
Araujo una administración corrupta, una sociedad en crisis, un
pueblo descontento y una economía casi en quiebra, derivada de
los bajos precios internacionales del café y de los efectos de
la Gran Depresión estadounidense de 1929.
Ante el acoso de la pobreza, del interior del país llega a
la capital una gran cantidad de campesinos pobres y enfermos, lo que
ocasiona un crecimiento ciudadano sin control, plasmado en cinturones
de miseria en el sur de San Salvador y en innumerables como insalubres
mesones, tan denunciados y combatidos por el escritor Alberto Masferrer.
Como respuesta a esas condiciones de vida infrahumana y a diversos abusos
cometidos en el agro nacional, se extremizan el sindicalismo y el movimiento
obrero, dando pie al nacimiento del Partido Comunista Salvadoreño
(PCS).
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La
última foto del caicque Feliciano Ama antes de ser ahorcado
en el pueblo de Izalco.
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En la noche del 2 de diciembre de 1931, el corrompido e incapaz régimen
del Partido Laborista, encabezado por el ingeniero Araujo, fue derrocado
por jóvenes militares agrupados en un Directorio Cívico.
Dos días más tarde, entregaron el Poder Ejecutivo al vicepresidente
constitucional, general Maximiliano Hernández Martínez,
quien lo detentaría por espacio de trece años, hasta mayo
de 1944.
Como una de las primeras acciones del nuevo gobierno, tienen lugar las
diferidas elecciones municipales y legislativas en enero de 1932. Los
comicios fueron fraudulentos. Varios sitios de votación fueron
suspendidos en poblaciones en las que el PCS tenía fuerte presencia,
partido que participaba pese a saber que no existía libertad
electoral (había libros en los que se apuntaban los nombres de
los votantes y su opción política partidista).
El inicio del alzamiento
Los obreros y el PCS radicalizaron sus acciones políticas, hasta
considerar como única opción la de la violencia armada.
Motivada por agitadores, la insurrección campesina estaba ya
en marcha cuando, el 18 de enero, fueron capturados Agustín Farabundo
Martí y los líderes estudiantiles Alfonso Luna Calderón
y Mario Zapata. Los actos de captura fueron realizados por el capitán
José Sánchez Agona y por diez hombres armados, en una
finca al oeste del actual Colegio María Auxiliadora, en el capitalino
barrio de San Miguelito.
A las 10 y 30 de la noche siguiente, se produjeron frustrados asaltos
al Cuartel de Caballería (después sede de la Policía
de Hacienda), sucesos que, unidos al descubrimiento de material explosivo
en casas de dirigentes comunistas, motivó al gobierno martinista
a decretar el estado de sitio y la ley marcial en los departamentos
de Sonsonate, Santa Ana, La Libertad, San Salvador y Chalatenango. Poco
después, implanta una severa censura de la prensa escrita, sometida
a las disposiciones editoriales del jefe de la Policía Nacional.
Para la noche del 20, el PCS se reúne y debate sobre si debe
comenzarse o no la insurrección en el occidente del país.
Como resultado de las consultas, varios comunicados para detener a las
fuerzas insurrectas fueron emitidos al día siguiente, pero muchos
de ellos ni siquiera llegaron a su destino.
La erupción de Izalco
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Oficiales
del ejército salvadoreño han capturado a campesinos
después del alzamiento del 22 de enero de 1932.
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Antes de la medianoche del día 22, con la erupción del
volcán de Izalco como marco cinematográfico, varios miles
de campesinos se lanzaron a la invasión de poblaciones como Villa
Colón, Juayúa, Salcoatitán, Sonzacate, Izalco,
Teotepeque, Tepecoyo, Los Amates, Finca Florida, Ahuachapán,
Tacuba y otras poblaciones más, azuzados por los dirigentes comunistas
y armados con machetes y algunos cientos de fusiles Mauser, dejados
por Araujo en sus manos para organizar la defensa de su régimen
tambaleante.
Como miras principales, los ataques iban dirigidos contra cuarteles,
guarniciones de policía, oficinas municipales y de telégrafos,
al igual que contra casas de reconocidos terratenientes y comerciantes
de la zona.
Desde la madrugada del día 23, tres intentos de toma son repelidos
por las ametralladoras tartamudas del bastión militar
de la ciudad de Ahuachapán, comandado por el general José
Guevara. En los muros de la fortaleza, un hijo del militar contempla
los frutos que producen la crisis, el fanatismo político y el
alcohol extraído de las tiendas saqueadas. Años más
tarde, una vez entrenado por el ejército estadounidense, ese
niño de doce años pasaría a ser conocido en la
historia nacional como el general José Alberto El Chele
Medrano.
Tacuba es tomada por asalto por los 1500 comunistas que dirige el estudiante
universitario Abel Cuenca, quien se encuentra con el grave problema
de tener que alimentar a tan grandes cantidades de población,
a la vez que busca evitar que continúen las violaciones y el
pillaje generalizado.
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La
tienda La Dalia, propiedad de un inmigrante italiano, fue saqueada
durante el alzamiento indígena el 22 de enero de 1932.
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El movimiento frustrado
En la mañana del día 23, los insurrectos realizan un
frustrado intento de tomarse el cuartel de Sonsonate. Su herido comandante,
el coronel Ernesto Bará, conduce la acción de rechazo.
Varias columnas de soldados, policías y guardias nacionales parten
por tren desde San Salvador hacia las zonas insurrectas. Viajan bajo
las órdenes expedicionarias del general José Tomás
Calderón. Una vez han hecho su labor en el departamento de La
Libertad, retoman Colón y Sonzacate, desde donde dirigen la captura
de la plaza de Izalco.
Entre los días 24 y 25, las fuerzas militares gubernamentales
entran en Nahuizalco, Juayúa -donde pasan por las armas a Francisco
Sánchez, capturado en San Pedro Puxtla-, Ahuachapán y
Tacuba.
Como último evento de esos hechos sangrientos, el 31 de enero,
un consejo de guerra presidido por el general Manuel Antonio Castañeda
juzgó y condenó a Martí, Luna y Zapata a morir
fusilados en el Cementerio General de San Salvador, previo traslado
desde sus celdas en la Penitenciaría Central, ubicada donde ahora
se alza el céntrico edificio del Fondo Social para La Vivienda
(FSV).
Como herencia de aquellos años, la cifra exacta de muertos quizá
nunca pueda saberse. Hasta la fecha, periodistas y tratadistas sobre
el tema como Thomas P. Anderson, Jorge Arias Gómez, Patricia
Alvarenga y otros han manejado cifras que varían desde 4800 hasta
30000 personas fallecidas en esa coyuntura de la historia salvadoreña,
que -como sostiene el investigador social Jaime Barba- ahora urge de
una revisión histórica desapasionada y científica,
con miras a la verdadera reconciliación.
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