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Don
Juan Ama durante una de las entrevistas con el cineasta
Daniel Flores.
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La
voz indígena
Dos años de trabajo testimonial y filmográfico recogen
el punto de vista de algunos miembros de la familia Ama. Los testimonios
de los sobrevivientes de la familia Ama han sido rescatados por
un recurso poco ortodoxo en el país: el cine independiente.
No fue un historiador ni un antropólogo, sino un cineasta
que ha invertido siete años para aproximarse a estos hechos
enterrados por la memoria colectiva. El cineasta salvadoreño
Daniel Flores y Ascencio convivió con esta familia y conoció
a pausas el maravilloso mundo indígena de El Salvador contemporáneo
desde la perspectiva más cercana. "Don Juan me dijo
"hagamos la película, pues" después de
cinco años de conversar. Eso es lo bonito de todo este
proyecto, que surgió de la misma memoria", señala.
Flores me incluyó en la última etapa del trabajo
para que desarrollara una investigación paralela a la realización
filmográfica y conocí los entresijos del pueblo
de Izalco y la calidez de la familia Ama. Flores ha trabajado
junto al productor Pepe Montoya y el editor Edson Amaya, entre
otros miembros de este equipo de producción. El fruto de
esta realización (que se rodó a lo largo de dos
años) se exhibirá el próximo martes 22 de
enero en la Iglesia de La Asunción, en Izalco. A lo largo
de los últimos meses, he compartido días de sol,
polvo y hambre en busca del momento exacto para charlar en la
situación más natural con toda una familia que tiene
derecho a ser vista sin los prejuicios, que tanto la izquierda
y la derecha, le han atribuido sin cruzar palabra con ellos ni
conocerlos. Como es lógico, el temor a ser señalado
sin derecho a ser escuchado y el estigma contra Feliciano ha sido
una constante a lo largo de toda investigación. Desde autoridades
culturales a funcionarios locales, nadie ha escapado al intento
por detener el proyecto. Esta familia , sin embargo, es un ápice
de toda la cosmovisión indígena de Izalco y, como
señala Julia Ama (una de las nietas de Feliciano) "hay
que sentir todo ese torrente indígena por las venas"
y defender la identidad que se ha perdido. En Izalco, el mundo
precolombino está presente en la celebración férrea
de sus cofradías y en el respeto a sus padres, que no están
muertos; por el contrario, son testimonios vivos.
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