20 de enero de 2002

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1932: SETENTA AÑOS DESPUES

AMA
La memoria prohibida


¿Qué significa ser descendiente de Feliciano Ama en el siglo XXI? A setenta años de los hechos, elsalvador.com y Vértice recoge el testimonio de la familia que sobrevivió la tragedia y la barbarie del levantamiento indígena de 1932.


Erick Lombardo Lemus
ericklemus @elsalvador.com

Don Juan Ama, sobrino, y doña Paula Ama, hija, son los herederos del legado del cacique Feliciano Ama.

Ama es una conjugación verbal simple del modo indicativo. En San Salvador, esa palabra no es nada por si sola; pero, en Izalco, Sonsonate, es un nombre que evoca sensaciones opuestas
Feliciano Ama, para unos, no debió haber nacido; para otros, fue un mártir; para su familia solo fue un hombre, su padre, su tío, su abuelo.
Hace 70 años, el cuerpo de José Feliciano Ama pendía de una ceiba frente a la Iglesia de la Asunción y los soldados ordenaban que los niños se colgaran de sus piernas y le quemaran la barba con trozos de carbón. Aquel día, el levantamiento indígena de 1932 murió tan pronto como había arrancado.
¿Era inevitable la muerte de su abuelo? pregunto a José, un ex seminarista de la Iglesia Católica e hijo de una de las hijas que sobrevive a Feliciano. Medita un instante y visualiza: “Si todo aquello hubiera sido en otra época, mi abuelo no habría muerto; hubiera sido juzgado en un tribunal con defensor. Pero le tocó vivir eso”.
José, como toda la familia Ama, se distancia de los matices políticos. No simpatiza con el uso del nombre que han hecho de su abuelo.
“Yo estoy consciente que el finado de mi abuelo murió de una forma equivocada. Estoy consciente que él nunca tuvo necesidad de robarle a alguien. Más bien, este señor sirvió como cebo de alguien”, sostiene, orgulloso de su apellido.

El mayordomo mayor
José Ama es hijo de doña Paula, de casi 90 años de edad, una anciana que llora cuando revive aquellos días trágicos que le costó la vida a su padre.

Doña Paula sobrevivió la masacre y recuerda con dolor la muerte de su padre.

“Ah, lo que ya pasó, pasó”, protesta Paula y rompe en sollozos.
“Ella se pone bien mal cuando se habla del tema (...) a mi finado abuelo lo mataron el 28 de enero, el día del cumpleaños de mi mamá. Ella tenía 19 años”.
¿Qué hicieron con ella? insisto. “La intimidaron”, remata.
La historia del suplicio que vivió la familia Ama, a lo largo de setenta años, nadie lo ha contado; pero es más fácil interpretarlo a partir del testimonio de don Juan Ama, sobrino de Feliciano.
La memoria de este hombre de 96 años fue el eje de la investigación hecha por el documentalista Flores .
El liderazgo de Feliciano se comprende a partir del día en que se casó con Josefa, la hija de Patricio Shupan, quien era el mayordomo principal de la Cofradía del Corpus Christi y el cacique de Izalco.
La Cofradía es la fiesta religiosa exclusiva de los indígenas. Ahi el poder giraba en torno al cacique, quien mediaba la relación de poder entre el mismo presidente de la República y la comunidad que representaba.
Él era el jefe de la comunidad indígena; no era un funcionario del gobierno ladino, sino una autoridad extra legal cuyo poder residía en el reconocimiento que su pueblo le concedía.
“Era un antigua, era principal del pueblo, era cacique, mayordomo”, nos explica don Juan, y relata que Shupan vio con buenos ojos a Feliciano por su humildad.

Feliciano, antes de casarse, “era pobrecito, trabajaba con la cuma, era jornalero, pues; hasta que se casó, se fue levantando”, gracias al apoyo de su suegro que lo involucró en sus tareas como un hijo.
Patricio Shupan era jefe de Izalco y bajo su mando estaban los designios de los cantones Tunalmiles, Higueras, La Quebrada y Tescal, entre otros. Su poder había sido concedido por la misma comunidad.
Junto a Shupan estaba José Feliciano, que se encargada de recibir a los mandaderos de la Cofradía, llevar la recolección de las ofrendas que se hacían para celebrar las fiestas y acompañar a su suegro a reuniones presidenciales.
“Iban al cerro, a dejar una candela para que no se encareciera la comida y eran los principales de las mayordomías”, nos explica, vívidamente, don Juan.
Don Juan se aferra a un bastón de cedro mientras cuenta sus recuerdos. “Cuando vino José Feliciano ya había trabajo. Patricio fue quien conoció las tierras comunales”.
Las tierras comunales es la semilla de la discordia que desembocó en el baño de sangre en 1932.
Don Juan rememora que “cuando (Tomás) Regalado era presidente le regaló 40 manzanas a su yerno con sus escrituras. ¿Y quién le decía algo? Y no él mandaba, pues. Él disponía como si fuera el dueño”; pero, don Juan, enfatiza que “las tierras comunales eran del Padre Poderoso... para los indios...”.
Los indígenas empezaron a ser expropiados y Shupan empezó a reclamar lo que -desde su punto de vista- les pertenecía.

Don Juan junto a Rosalío (Chalío) Ama frente al altar del Niño Pepe, una importante Cofradía de Izalco.

El “bocado”
Pero el destino de los Ama se marcó en 1917 luego que Shupan asistiera a un almuerzo en la residencia presidencial. Don Carlos Meléndez fue el anfitrión.


Shupan salió de Casa Presidencial sintiéndose mal, con un fuerte dolor en el estómago. Todavía tuvo tiempo de abordar el tren de regreso a casa, pero, cuando llegó a la estación de Izalco, había muerto.
“Ahi empezó la vida de mi tío”, reflexiona don Juan.
De la noche a la mañana, este hombre, de 1.70 m. de altura, oriundo de Izalco, que nació en 1881, que usaba pelo corto, bigote y barba bien recortada, vestía cotón (camisa y calzón de manta), caites y sombrero de palma, tuvo que convertirse en el nuevo cacique.
“Él era una persona muy sencilla, no como lo quieren pintar ahora, como un gran personaje. Era una persona de voz suave, de hablar suave, pero claro. No hablaba mucho en castilla sino en lengua (nahuatl). Era un señor muy respetativo con todo el personal; no tenía ningún enemigo. No ofendía a nadie de ninguna manera”, recuenta su sobrino.
José Feliciano prosiguió el mandato que se le había legado y continuó la demanda de las tierras comunales. Mas la llegada de los años 30 aceleró el ritmo de la historia.
“Zapata y Luna le calentaron la cabeza. Mi tío era jefe de las tierras comunales. Tenía varios cantones a sus manos (Los Lagartos, San Isidro...). Tenía agarrado todo eso. Y por eso vinieron”.
Los universitarios Mario Zapata y Alfonso Luna llegaron a Izalco en busca de un líder y lo encontraron en el jefe del pueblo.

La Cofradía del Niño Pepe, el señor de las tortugas, significa el encuentro con el baile, el humor y las raíces del pueblo.

La mesa mágica
Durante una de las fases de la investigación, se logra reunir a don Juan y doña Paula, primos hermanos, para hablar sobre sus recuerdos.


“A mi finado tata, le gustaba sembrar maíz negro. Ahi había maíz negro”, dice doña Paula y luego insiste en olvidar el pasado.
“Si... lo que ya pasó, ya pasó, pero mucha gente está equivocada y creen que José Feliciano fue el compromiso de la matanza y él no debía nada (...) A él, las lenguas lo mataron. Eso fue matanza, pero por lengua”, insiste don Juan.
Para nadie es un secreto que Feliciano era el líder del movimiento que reclamaba la devolución de las tierras comunales. Zapata y Luna le garantizaron que lo iban a lograr .
Sin embargo, lo que nadie recuerda es que el cacique de Izalco consultaba a una mesa mágica en busca de respuestas.
“Esa mesa era de los antiguas y se la vendieron a mi tío. Y ese fue su error porque siempre que le preguntaba ‘¿cómo vamos? ¿vamos a ganar (las tierras comunales)?’, la mesa le respondía que sí, pero nadie le enseñó a usarla bien”, interpreta don Juan.
En otras palabras, nunca supo cómo funcionaba la mesa mágica y “ese fue su error”.
Luego, la memoria sobre la noche del viernes 22 de enero de 1932, se confunde en dos planos.
Primero, Feliciano y sus seguidores se reunieron en el pueblo de Izalco y gritaban “¡Nosotros queremos las tierras, somos comunales!”.
“Se juntaron todos con piedras y machetes. Cuando mi tío fue a atacar Sonsonate fue con 200 hombres. Pero fueron de brazos cruzados, porque mi tío las uñas largas llevaba”, ilustra don Juan en referencia a las armas de José Feliciano.
Pero, segundo, don Juan también recuerda que en la madrugada llegó gente de Juayúa a bordo de un camión. Lo que siguió marcó la suerte de su tío Feliciano.
“Los de Juayúa hicieron caballadas. Mataron al alcalde y a Rafael Trillos. Rompieron con todo y dejaron babosadas en las calles, azadones, cumas y llenaron el camión con lo que podían” aunque “lo que más cólera les dio a los ricos es que abusaran de las mujeres solas... hicieron caballadas y de todo eso le echaron la culpa a mi tío”.

Don Juan Ama es toda una autoridad en Izalco, a pesar del progresivo quebranto de su salud.

El fuego militar
José Feliciano regresó a Izalco sin que temiera por su vida, a pesar que los ladinos empezaron a pedir su cabeza.


Su nieto, recuerda que “el abuelo se fue a unos huatales en las afueras de Izalco”, y dice que “el finado abuelo” nunca analizó que lo verían como culpable de lo que pasó en Izalco.
“¡Qué se iba a quitar el pencazo, el pobre!”, sentencia don Juan.
El general Maximiliano Hernández Martínez contuvo el levantamiento y apuró el envío de refuerzos a los poblados críticos.
“Martínez encomendó a su compadre Alfonso Marroquín y a Tito Calvo” quienes “trajeron soldados de Chalatenango y San Miguel”, relata don Juan, “ellos agarraron la coba y no dejaron santo parado de los indios... pao-pao-pao-pao... y a cada rato los tiros”.
La versión de don Juan dice que la misión de atrapar a José Feliciano fue encomendada a Cabrera, el comandante de la estación de Izalco. “Salieron con tres perros hacia el potrero. Iban con 30 soldados vestidos de paisano y cuando llegaron al potrero más pequeño, estaba acurrucado. ‘Ajá, vos sos ¿no?’, le dijeron. El tío José dijo: ‘sí, yo soy Ama’. Lo amarraron y lo presentaron a la alcaldía”.
¿Qué más recuerda? pregunto.
“Los de la Alcaldía lo vieron mal. Le fue mal... se equivocó bastante en ese trabajo”, dice, reflexivo, “si él se hubiera ido a presentar al gobierno a que lo mate, quizá estuviera vivo (...) El murió ignorante, trabajando estaba en lo de la tierra comunal y los ladinos le pusieron comunista”.
Eleuterio Campos y Alejandro Trujillo, al parecer, fueron quienes señalaron a Feliciano.

Don Juan presidió años atrás la Cofradía del Niño Pepe y todavía infunde respeto y afecto.

Ley del talión
La ceiba donde colgaron el cuerpo de José Feliciano se sequó y hoy, en ese lugar, yace una fuente vacía. Pocos de los que llegan al parque, saben que ahi hubo un linchamiento en 1932.


Paradójicamente, quienes lideraron el operativo militar en Izalco, el general Alfonso Marroquín y el coronel Tito Tomás Calvo fueron fusilados por el mismo hombre que les ordenó socavar la rebelión indígena.
El 2 de abril de 1944, una sublevación militar intentó derrocar a Hernández Martínez; pero no tuvo éxito. El 10 de abril, en los patios de la Policía Nacional, Marroquín y Calvo enfrentaron el petolón de fusilamiento.
En su casa humilde, don Juan Ama, rememora y analiza todo con la sabiduría. Cada tarde, frente a las ruinas de la casa que le derrumbó el terremoto el año pasado, observa hacia el volcán que le salvó la vida.
“A mi me capturaron y también me iban a matar en las faldas del volcán, cuando hizo erupción. Los soldados dijeron: ‘vamos de aqui’ y salieron corriendo y yo detrás de ellos. Cuando llegamos a Izalco, me dice el sargento: ‘bueno, y vos por qué te viniste con nosotros si pudiste huir’. Es que yo no debo nada” les dijo y le perdonaron la vida.
¿Y su tío? le pregunto. “Por las tierras comunales fue el percance que le sucedió al tío José”, susurra.
“Empezando su declaración estaba, cuando -chaz- le tiraron la lasada y lo ahorcaron. ‘Vayan y guíndense de ese indio’, decían los soldados (...) Murió por equivocación”.

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