![]() 20 de enero de 2002 |
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Ernesto Villalobos El Dr. Santos La semana pasada me enfermé de una de esas gripes marca diablo. Fui al doctor y me recetó unas medicinas conocidas para mí y otras nuevas. Ya hacía bastante tiempo que no me enfermaba, pero quizás el cambio de clima me hizo mal. Pero esta gripe me hizo recordar dos cosas: soy débil de los pulmones y a mi doctor de toda la vida. En mi infancia, las afecciones respiratorias eran parte de mi vida, como ir a la escuela. Las dos cosas no me gustaban. En ese tiempo, mis padres se volvían locos gastando dinero y tiempo en cuidarme. Por fortuna, encontraron a un doctor en quien confiar. Aquel médico de pelo cano rizado, regordete, de voz ronca y siempre de buen humor se apellida Santos. Su efectividad profesional hizo que mis padres se hicieran devotos de sus poderes curativos, a tal grado que atendía a mis dos hermanos, a mis hermanas gemelas y a mi madre. Curiosamente, mi padre nunca los visitó. Frecuentemente, pasaba mis tardes en su consultorio, en lugar de jugar en el barrio. Siempre llegaba en su escarabajo Volkswagen, vistiendo una guayabera blanca y con su maletín de doctor en la mano. En los momentos más difíciles de nuestra economía familiar, mi madre nunca dudaba en llevarme a su consultorio. Él se encargaba de decirle a su secretaria que no cobrara y le decía a mi madre que si empeoraba regresara. Mi tratamiento fue largo y llegó hasta mi adolescencia pero al fin controló mi padecimiento. Me prohibió jugar fútbol por mi alergia al polvo y me sugirió el basketbol, después mi deporte favorito. No sería lo único que me prohibiría. Con insistencia, me decía: nunca vayas a fumar. El definía a aquel vicio como una brasa en la punta del cigarro y un idiota en el otro extremo. No le hice caso. A los quince años de edad comencé a gastar el dinero que mis padres me daban para refrigerios en cigarros y fumar se me convirtió en vicio. Lo dejé de ver hace algunos años y hace unos ocho meses dejé de fumar, por fin. Mi madre lo visitó hace un año. En el consultorio, su secretaria le dijo que le preguntaría al doctor si la podía atender, y lo hizo. Ya estoy retirado, pero vengo a aquí a leer y si viene algún paciente antiguo como usted lo atiendo, le dijo. Le recetó medicamentos y no le cobró la consulta. Ahora, mucho doctores ven en sus pacientes el signo de dólar, y no a una persona en busca de consuelo y sanación. Pero todavía quedan algunos santos que hacen honor a al objetivo de su profesión: aliviar el dolor.
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