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A
un paso del peldaño
Entrar al mundo de la drogadicción
es fácil; pero, una vez adentro, es difícil abandonarlo...
sobre todo cuando se inicia desde niño. Ya en el suelo y solos,
se busca ayuda. Algunos han encontrado el cambio en la terapia espiritual;
otros todavía luchan.
Iván Gómez
vertice@elsalvador.com
En el país existen
varios centros de rehabilitación de jóvenes que han vivido
por años inmersos en el fango de la perdición. En los
centros se ofrecen terapias ocupacionales para lograr la inserción.
Al mismo tiempo hay ministerios que con principios cristianos dan la
mano al necesitado.
Vértice ha recopilado varios testimonios de uno de tantos centros
de rehabilitación. Este es diferente a los demás debido
a que la dirección es llevada por un joven rehabilitado.
La casa número 34 de la colonia Altos del Boulevar es diferente
a las otras residencias desde hace más de un año. Y no
es porque no cuente con el inmobiliario suficiente como el de sus vecinos;
sino, por el estilo de vida de los 19 miembros de la familia Sekinah
(La gloria de Dios).
Viven en comunidad con un sólo objetivo: Hacer la voluntad de
Dios.
De esta manera, unos, lo de mayor perseverancia, salen a diario a las
calles a ofrecer toallas, lápices o golosinas a cambio de dinero
para mantener la obra. Otros, los de menor tiempo, se quedan para realizar
labores propias del hogar. Un pequeño grupo, cuenta con trabajo
y aunque las ganancias por el momento no lo pueden compartir con sus
familias, esperar que algún día sea nuevamente aceptados
en el seno de su hogar.
Reencuentro
Cada noche es la reunión para el estudio bíblico que les
da la razón para vivir. Mauricio Mena apenas cumplió -hace
unos días- los 22 años. Aunque le falta un año
de estudios para ordenarse como pastor, dirige con sabiduría
a sus hermanos desde hace cinco.
Ha vivido en sangre propia las consecuencias de la vagancia. Delante
de él han pasado cientos de jóvenes que quieren cambiar.
Se alegra que al menos unos 20 lo han logrado.
Su propósito es rehabilitar al mayor número de personas.
Muchos
vienen, pasan unos días y cuando se sienten bien se van. Talvez
saben un oficio. El problema es que afuera no tienen la ayuda espiritual
y recaen. La idea es que tanto el trabajo como la parte espiritual vayan
juntos, sostiene.
La experiencia de Mauricio se remonta desde los doce años. Vivía
en San Martín con su madre y sus hermanas. Nunca tuvo una figura
paterna y crecer en una comunidad violenta lo llevó a las pandillas.
Posteriormente a consumir drogas. La prueba le costó sus estudios.
A los 15 años, se fue de casa en busca de amigos
que lo tomaran en cuenta. Su aventura duró cuatro años.
Vivió en la calles de Ciudad Delgado, San Marcos y el Parque
Libertad.
Pensé hasta en suicidarme porque nunca encontré
lo que buscaba. Cuando estaba muy mal, me iba a casa. Mi mamá
siempre me aceptaba.
En una ocasión le indicaron que tenía que atacar a un
enemigo. Cuando lo localizó se llevó una sorpresa. Estaba
con una Biblia, hablaba con mareros. Cuando me vió se dirigió
solo a mi y me dijo: si Dios me transformó a mí,
lo puede hacer con vos. Esas palabras me quedaron en mi mente.
Busqué ayuda.
Una vez rehabilitado, Mauricio decide fundar su propio grupo.
Ha tocado muchas puertas. Pocas se han abierto. Hace unos meses
el Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP)
nos ofreció 30 becas de computación, sostiene.
El segundo a cargo
Desde hace dos años, a Mauricio le ayuda Alexis Martínez.
Su experiencia es diferente; viene de un núcleo familiar estable.
Mis padres me dieron la confianza, el problema es que yo abusé.
Me inicié desde los 14 consumiendo marihuana; luego la piedra.
Ella me atrapó. Entré a grupos de maras, allí conocí
a una muchacha. Era hija de un capitán. Argumentaba que estaba
en la mara por la falta de atención en su casa. Quedó
embarazada y tuvo una niña. Su padre, al darse cuenta, me quiso
matar y la sacó del país.
Pero
Alexis continuó dentro del mundo de la droga a tal punto que
provocó que su padre comenzara a ingerir licor y sus negocios
se le vinieran abajo. Era el varón de tres hijos.
En una ocasión, durante un pleito con maras, su padre intentó
intervenir. Pero cayó por las gradas del edificio donde vivían.
Se quebró varias costillas y la mandíbula. Alexis, al
enterarse, corrió a su casa. Su madre le reprochó repetidamente:
¡Tu papá se está muriendo por tu culpa! ¿Que
esperás para cambiar!? ¿Sabés qué? Sólo
por vos pregunta, revive.
A los días, fue dado de alta. Alexis lo busca. Una de sus hermanas
lo detiene a la entrada. Las lágrimas le impiden reprocharle
con claridad. Cuando su padre lo divisa, le llama y le pide un favor:
En la cocina hay un cuchillo, traelo y matame de una vez,
le propuso. Las frases tocaron. Sin despejar la mirada se retira. Sólo
alcanza en decirle que lo ama.
Salí con ganas de llorar y que alguien me matara, porque
yo no tenía valor.
A pesar de la experiencia, Alexis continuó su vida. Ingresó
a varios centros de rehabilitación en lo que pasaba pocos días.
Pero el momento tan esperado por sus padres llegó.
Desde niño
Muchos gobiernos invierten grandes cantidades de dinero en la lucha
contra el narcotráfico. Sin embargo es poco lo que se hace frente
a la rehabilitación de adictos.
Ese mismo pensamiento es compartido por Fredy Gómez, originario
de San Marcos. Tiene tres años de estar fuera de los vicios.
Trabaja como carpintero. Su sueldo es compartido con sus hermanos.
Aunque se vale por si mismo, no puede volver a su casa con su tía,
ella aún tiene desconfianza.
Yo la comprendo sostiene. Su madre vive en Estados Unidos.
A sus seis años, los pulmones de Fredy ya sabían lo que
era el cigarro. A los siete, se graduó en la pega y a los doce,
era ladrón.
Cuando cumplió 16, junto con otros amigos, asaltaron una gasolinera.
La policía los capturó con ¢145 mil. Su mala experiencia
le costó seis años en la cárcel.
Una vez afuera pasó un poco más de un mes sin delinquir
ni consumir drogas. Regresó a la carpintería. Pero se
dio vacaciones y volvió al crack.
Deprimido, tomó sin rumbo un autobús. En el camino, un
joven predicaba su experiencia y como Dios lo había sacado del
estiércol. Ahi fue cuando decidió cambiar.
No fue fácil sostiene Fredy . Hasta que Dios
quiera... estaré aquí.
Frente
al primer paso
Muchas personas que quieren rehabilitarse buscan espacio en los
centros cristianos. Pero no todos logran hacer posible su sueño
y sucumben a la ansiedad.
Para Mauricio existen personas que buscan en los ministerios una
salida de escape. Pero talvez lo que realmente quieren es
un Dios de emergencia y sólo cambiarán hasta que toqués
fondo sostiene.
Carlos Rodríguez, originario de Usulután, cuenta con
cuatro meses de experiencia en el grupo. Cree que es tiempo de cambiar.
He venido a perder o a ganar sostiene.
Carlos tiene 26 años. Su conducta llevó a que su mamá
enfermara de diabetes y a emigrar a Estados Unidos. También
ya fracasó en su matrimonio.
De su esposa y su hija sólo sabe que salieron del país.
Se inició con la marihuana y el licor a los 13 años.
Inhalar cocaína le provocó alenoide nasal, pero el
crack lo llevó a la perdición. No sabe
cómo alcanzó el bachillerato en 1996, si llegó
motado a clases.
El dinero que lograba con la zapatería era consumido por
la noche. Si quería más, tenía que robar.
Si la víctima se oponía, tenía que herirlo;
eso me costó varias veces ir a las bartolinas.
No le interesó las pandillas. Me perdí en la
calle por un año. A mi mamá le decían: allá
dicen que hay un muerto; andá a ver si es tu hijo...
fue tanto el calvario que me corrieron de mi casa.
Carlos ha tomado el nuevo reto y espera afrontarlo.
Esa misma esperanza tiene Francisco Menjívar, quien, prácticamente,
es nuevo en el grupo. Su estancia no pasa de 15 días.
Ha llegado con un sólo propósito: rehabilitarse para
recuperar a su familia. No es su primera experiencia. Es la segunda
vez que visita un centro de rehabilitación cristiano.
Los últimos cinco, de sus 23 años, los ha dedicado
al consumo de droga. Su admiración por la piedra le llevó
a robar para mantener el vicio. Las calles y parques han sido su
dormitorio.
Si me voy, no tengo nada más afuera. Lo único
que tengo es a Dios, Él me hará regresar a mi familia.
Él sabe cuándo será. |
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