6 de enero de 2001

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El último aullido del Coyote

Con la dolarización, muchos de los cambistas de dólares del mercado negro tuvieron que escoger otro trabajo. Todavía sobreviven unos pocos que recogen las sobras de lo que un día fue un negocio floreciente. Pero los tambores de la dolarización que suenan en el resto de Centroamérica anuncian su extinción total.

Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com

Son las diez de la mañana del 28 de diciembre y en las aceras de la Alameda Juan Pablo II, a la altura del Instituto Nacional de los Deportes, circulan unos pocos peatones. Solo un año antes, la escena era distinta.
Más de 200 “coyotes” del mercado negro de dólares obstruían el paso de los transeúntes. Una mirada de interés de un conductor era suficiente para que una “manada” de cambistas siguiera el carro. Con calculadora en mano, todos a la vez ofrecían al cliente sus servicios: “ le cambiamos dólares, quetzales, lempiras, money orders, cheques de viajero...”.
Ahora, unos diez cambistas pasan desapercibidos en el lugar que sus compañeros dejaron hace unos meses. “Ahora venden ropa en Soyapango”, dice Mélida, una mujer que cambia dólares desde 1983.
La mujer y otros tres más se disputan clientes frente a una casa de cambio de una reconocida red bancaria nacional.
Su negocio se basa en la compra de billetes de $50 ó $100, cheques o money orders rechazados por el banco. En cada transacción, gana dos centavos por cada dólar.
Pero los ingresos no siempre fueron tan malos; años atrás la mujer podía llegar a ganar hasta 200 colones diarios en época de navidad o fin de año. Aunque la competencia era mayor, el vertiginoso aumento de las remesas familiares dejaba ganancias a todos.

Remesa bendita

A pesar de lo convulsionado que fue la década de los setenta, la emigración a Estados Unidos no había alcanzado proporciones masivas. Pero con la llegada de la nueva década y del conflicto armado, el número de hermanos lejanos se disparó en cifras nunca vistas.
Así, un insignificante ingreso de casi 11 millones de dólares por remesas en 1980 se cuadruplicó al año siguiente. Cinco años después, el ingreso era 22 veces mayor. El año pasado la cifra casi llegó a los mil 900 millones de dólares, según cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
Esto facilitó que en las ciudades más grandes, el mercado negro de dólares se convirtiera en un buen negocio.
Mario Hernández es de los pocos que queda en el sector de Correos de El salvador. Él comercia moneda en el lugar desde 1989 cuando fue dado de baja de la desaparecida Guardia Nacional. Muchos de sus ex compañeros, al otro lado de la calle, se dedican a comercializar “fotos al minuto” para la Solvencia de Antecedentes Penales.
El cambista, de 48 años de edad, recuerda que este no fue el primer “golpe que recibió el mercado negro”. Hernández se refiere a la creación de las casa de cambio durante el gobierno de Alfredo Cristiani.
En aquella época se argumentó que muchas personas se dedicaban a “las operaciones de compra y venta de moneda extranjera fuera de los mercados definidos y sin ninguna regulación”.
En 1990, se aprobó la Ley de Casas de Cambio. Esta ley les exigía a los cambistas una acreditación para vender o comprar moneda extranjera bajo la condición de que la vendieran a la casa de cambio.

Las Chinamas

Muchos cambistas vinieron desde las fronteras del país a San Salvador para sacar su acreditación. David Mancía todavía conserva aquel carnet. Él compra y vende moneda en el puesto fronterizo de Las Chinamas, en Ahuachapán.
En las aduanas terrestres, todavía se considera un negocio rentable. En Las Chinamas, trabajan más de docientos transadores originarios de cantones cercanos a la frontera. La ventaja de la que gozan -con respecto a sus colegas capitalinos- es la posibilidad de vender quetzales y otras monedas centroamericanas.
Este negocio ayuda a palear la falta de empleo de la zona en su mayoría dedicada a la ganadería y a la siembra de maicillo. Rosa Contreras, comadre de Mancía, también trabaja cambiando dinero.
Pero su embarazo de siete meses le resta movilidad para seguir los buses que circulan por la aduana. “Hago esto desde hace 15 años; sin estudio no podemos trabajar en otra cosa”, dice, mientras descansa sentada sobre unas piedras. Según ella, pueden ganar hasta cincuenta colones diarios; aunque en otros tiempos ganaba hasta cien.
En la zona, el comercio de moneda se ha convertido en una tradicional fuente de empleo. Los que ahí trabajan son originarios del lugar; no permiten forasteros, según ellos, porque pueden ser ladrones. David y Rosa no se atreven a decir cuándo comenzó el negocio en el lugar y señalan una pequeña fotocopiadora: “el dueño fue de los primeros en el negocio”, aseguraron.
Una caja fuerte dentro de unos barrotes de hierro adorna la entrada del pequeño local de Carlos Sandoval. La fotocopiadora y el local son vestigios de la bonanza en el cambio de moneda, en tiempos pasados.
Sandoval fue de los pioneros en la compra y venta de moneda en el principio de la década de los sesenta. El negocio nació con la apertura de la carretera asfaltada del lado de Guatemala. Así autobuses y camiones comenzaron a tomar esa ruta y aumentó la necesidad de comprar quetzales por colones y viceversa para los lugareños.
En 1975, el negocio creció hasta tal punto que se organizaron en una cooperativa legalmete establecida.
“En ese tiempo, el negocio estaba en comprar divisas al gobierno”, afirma Sandoval.
Según él, solo se necesitaba solicitar al delegado de Banco Central de Reserva (BCR) divisas para comprar mercadería en Guatemala.
Ellos siempre solicitaban el doble de lo que necesitaban y eso les permitía comprar al gobierno el quetzal a 2.50 de colón y venderlo a 3.75.

Las divisas

Una parte del jugoso negocio siempre iba a parar a las bolsas del funcionario de gobierno. Los años pasaron y en 1980 el BCR disolvió la cooperativa. De aquella iniciativa, solo quedó el local, la caja fuerte y las fotocopiadoras.
Pero el comercio no paró y los cambistas regresaron a vender por su cuenta. Esa dinámica es la que siguen utilizando. “Trabajamos con dinero alquilado”, dice Rosa.
Aunque la dolarización afectó las ganancias de los cambistas fronterizos, el negocio se mantiene a diferencia de sus colegas en las ciudades grandes.
Hace un año, con la entrada en vigencia de la Ley de Integración Monetaria los “coyotes” sostenían que cambiarían su papel.
Según ellos, ofrecerían sus servicios para la detección de los billetes falsos. Solo unos días después de la entrada en vigencia, la Policía Nacional Civil detectó un plan para introducir más de diez millones de dólares falsos.
La propuesta de los cambistas tomó forma, pero no duró mucho. La población se acomodó a la nueva moneda mucho mejor de lo previsto y sus servicios ya no fueron necesarios.
Todavía subsisten algunos como en el centro de San Salvador gracias a la negativa de la mayoría de negocios de rechazar billetes de $50 y $100 y a la facilidad de cambiar giros bancarios.
Pero según los “coyotes” entrevistados, la dolarización en países vecinos (como Guatemala y Honduras) marcará el fin definitivo de su trabajo. Será el tiro de gracia.

Los dólares

En la década de los ochenta, con el conflicto armado, la migración de salvadoreños a Estados Unidos se incrementó y con ellos las remesas para sus familias.
1980
$11 millones

Las remesas no tenían mayor impacto en la economía nacional
2001
$1,900 millones


Ahora estas representan el soporte económico del país



 


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