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El
último aullido del Coyote
Con
la dolarización, muchos de los cambistas de dólares
del mercado negro tuvieron que escoger otro trabajo. Todavía
sobreviven unos pocos que recogen las sobras de lo que un día
fue un negocio floreciente. Pero los tambores de la dolarización
que suenan en el resto de Centroamérica anuncian su extinción
total.
Ernesto Villalobos
vertice@elsalvador.com
Son las diez de la
mañana del 28 de diciembre y en las aceras de la Alameda
Juan Pablo II, a la altura del Instituto Nacional de los Deportes,
circulan unos pocos peatones. Solo un año antes, la escena
era distinta.
Más de 200 coyotes del mercado negro de dólares
obstruían el paso de los transeúntes. Una mirada
de interés de un conductor era suficiente para que una
manada de cambistas siguiera el carro. Con calculadora
en mano, todos a la vez ofrecían al cliente sus servicios:
le cambiamos dólares, quetzales, lempiras, money
orders, cheques de viajero....
Ahora, unos diez cambistas pasan desapercibidos en el lugar que
sus compañeros dejaron hace unos meses. Ahora venden
ropa en Soyapango, dice Mélida, una mujer que cambia
dólares desde 1983.
La mujer y otros tres más se disputan clientes frente a
una casa de cambio de una reconocida red bancaria nacional.
Su negocio se basa en la compra de billetes de $50 ó $100,
cheques o money orders rechazados por el banco. En cada transacción,
gana dos centavos por cada dólar.
Pero los ingresos no siempre fueron tan malos; años atrás
la mujer podía llegar a ganar hasta 200 colones diarios
en época de navidad o fin de año. Aunque la competencia
era mayor, el vertiginoso aumento de las remesas familiares dejaba
ganancias a todos.
Remesa bendita
A pesar de lo convulsionado que fue la década de los setenta,
la emigración a Estados Unidos no había alcanzado
proporciones masivas. Pero con la llegada de la nueva década
y del conflicto armado, el número de hermanos lejanos se
disparó en cifras nunca vistas.
Así, un insignificante ingreso de casi 11 millones de dólares
por remesas en 1980 se cuadruplicó al año siguiente.
Cinco años después, el ingreso era 22 veces mayor.
El año pasado la cifra casi llegó a los mil 900
millones de dólares, según cifras de la Comisión
Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
Esto facilitó que en las ciudades más grandes, el
mercado negro de dólares se convirtiera en un buen negocio.
Mario Hernández es de los pocos que queda en el sector
de Correos de El salvador. Él comercia moneda en el lugar
desde 1989 cuando fue dado de baja de la desaparecida Guardia
Nacional. Muchos de sus ex compañeros, al otro lado de
la calle, se dedican a comercializar fotos al minuto
para la Solvencia de Antecedentes Penales.
El cambista, de 48 años de edad, recuerda que este no fue
el primer golpe que recibió el mercado negro.
Hernández se refiere a la creación de las casa de
cambio durante el gobierno de Alfredo Cristiani.
En aquella época se argumentó que muchas personas
se dedicaban a las operaciones de compra y venta de moneda
extranjera fuera de los mercados definidos y sin ninguna regulación.
En 1990, se aprobó la Ley de Casas de Cambio. Esta ley
les exigía a los cambistas una acreditación para
vender o comprar moneda extranjera bajo la condición de
que la vendieran a la casa de cambio.
Las Chinamas
Muchos cambistas vinieron desde las fronteras del país
a San Salvador para sacar su acreditación. David Mancía
todavía conserva aquel carnet. Él compra y vende
moneda en el puesto fronterizo de Las Chinamas, en Ahuachapán.
En las aduanas terrestres, todavía se considera un negocio
rentable. En Las Chinamas, trabajan más de docientos transadores
originarios de cantones cercanos a la frontera. La ventaja de
la que gozan -con respecto a sus colegas capitalinos- es la posibilidad
de vender quetzales y otras monedas centroamericanas.
Este negocio ayuda a palear la falta de empleo de la zona en su
mayoría dedicada a la ganadería y a la siembra de
maicillo. Rosa Contreras, comadre de Mancía, también
trabaja cambiando dinero.
Pero su embarazo de siete meses le resta movilidad para seguir
los buses que circulan por la aduana. Hago esto desde hace
15 años; sin estudio no podemos trabajar en otra cosa,
dice, mientras descansa sentada sobre unas piedras. Según
ella, pueden ganar hasta cincuenta colones diarios; aunque en
otros tiempos ganaba hasta cien.
En la zona, el comercio de moneda se ha convertido en una tradicional
fuente de empleo. Los que ahí trabajan son originarios
del lugar; no permiten forasteros, según ellos, porque
pueden ser ladrones. David y Rosa no se atreven a decir cuándo
comenzó el negocio en el lugar y señalan una pequeña
fotocopiadora: el dueño fue de los primeros en el
negocio, aseguraron.
Una caja fuerte dentro de unos barrotes de hierro adorna la entrada
del pequeño local de Carlos Sandoval. La fotocopiadora
y el local son vestigios de la bonanza en el cambio de moneda,
en tiempos pasados.
Sandoval fue de los pioneros en la compra y venta de moneda en
el principio de la década de los sesenta. El negocio nació
con la apertura de la carretera asfaltada del lado de Guatemala.
Así autobuses y camiones comenzaron a tomar esa ruta y
aumentó la necesidad de comprar quetzales por colones y
viceversa para los lugareños.
En 1975, el negocio creció hasta tal punto que se organizaron
en una cooperativa legalmete establecida.
En ese tiempo, el negocio estaba en comprar divisas al gobierno,
afirma Sandoval.
Según él, solo se necesitaba solicitar al delegado
de Banco Central de Reserva (BCR) divisas para comprar mercadería
en Guatemala.
Ellos siempre solicitaban el doble de lo que necesitaban y eso
les permitía comprar al gobierno el quetzal a 2.50 de colón
y venderlo a 3.75.
Las divisas
Una parte del jugoso negocio siempre iba a parar a las bolsas
del funcionario de gobierno. Los años pasaron y en 1980
el BCR disolvió la cooperativa. De aquella iniciativa,
solo quedó el local, la caja fuerte y las fotocopiadoras.
Pero el comercio no paró y los cambistas regresaron a vender
por su cuenta. Esa dinámica es la que siguen utilizando.
Trabajamos con dinero alquilado, dice Rosa.
Aunque la dolarización afectó las ganancias de los
cambistas fronterizos, el negocio se mantiene a diferencia de
sus colegas en las ciudades grandes.
Hace un año, con la entrada en vigencia de la Ley de Integración
Monetaria los coyotes sostenían que cambiarían
su papel.
Según ellos, ofrecerían sus servicios para la detección
de los billetes falsos. Solo unos días después de
la entrada en vigencia, la Policía Nacional Civil detectó
un plan para introducir más de diez millones de dólares
falsos.
La propuesta de los cambistas tomó forma, pero no duró
mucho. La población se acomodó a la nueva moneda
mucho mejor de lo previsto y sus servicios ya no fueron necesarios.
Todavía subsisten algunos como en el centro de San Salvador
gracias a la negativa de la mayoría de negocios de rechazar
billetes de $50 y $100 y a la facilidad de cambiar giros bancarios.
Pero según los coyotes entrevistados, la dolarización
en países vecinos (como Guatemala y Honduras) marcará
el fin definitivo de su trabajo. Será el tiro de gracia.
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Los
dólares
En la década de los ochenta, con el
conflicto armado, la migración de salvadoreños
a Estados Unidos se incrementó y con ellos
las remesas para sus familias.
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1980
$11 millones
Las remesas no tenían mayor impacto en
la economía nacional |
2001
$1,900 millones
Ahora estas representan el soporte económico
del país
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