6 de enero de 2001

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Vocación en sus manos

Juan Antonio Tobar es uno de los mejores cirujanos en su área, en el país. Con sus manos y conocimientos ha intentado operar y sanar las entrañas de nuestra violenta sociedad. Su gran quirófano ha sido, desde hace más de cinco años, la Unidad de Emergencias del Hospital Rosales, donde funge como jefe.

ErnestoVillalobos
vertice@elsalvador.com

Un cuadro de Jesucristo junto a dos cirujanos en un quirófano adorna el consultorio del doctor Juan Antonio Tobar. La escena funde sus creencias cristianas con su otra religión: su trabajo de doctor.
La clínica se ubica a unos pocos metros del Hospital Rosales donde también labora como jefe de la Unidad de Emergencias. Así por cualquier urgencia se puede trasladar con facilidad.
Y no es para menos, con frecuencia recibe llamadas para atender pacientes graves. Pero ninguna marcó tanto su vida como la que recibió el 17 de febrero de 1995.
La llamada era para avisarle sobre la víctima de un accidente que recién había ocurrido en la intersección de la 15 avenida norte y la Calle Arce. El vehículo de una mujer había sido embestido por un bus de la Ruta 7, la conductora no llevaba puesto el cinturón y salió del automotor.
Aquella situación era común en la vida del doctor Tobar; en la unidad que él dirige, ocurren a diario. En la Sala de Emergencias, pueden llegar a atender hasta 180 pacientes diarios. Un buen porcentaje, son a consecuencia de accidentes de tránsito. Pero esta vez se trataba de alguien cercano, de su familia: su esposa.
En ese momento, se entremezclaron los sentimientos de un esposo, por un matrimonio de 13 años que pendía de un hilo, y los conocimientos de un doctor, quien desde niño soñó con sanar personas.

Dr. Kesey

Tobar explica su pasión por la medicina como una vocación verdadera. “Nadie en mi familia antes o después ha sido doctor”, dice. Nació el 26 de agosto de 1957, en Soyapango. Sus padres, José Rivas, un empleado público, y Dina Tobar, una profesora, se separaron cuando él solo tenía dos años.
Desde entonces se mudó, junto a su madre y Jaime, su hermano menor, a Santiago Texacuangos, en las afueras de San Salvador. Después nació Kiria, su hermana menor.
En el pequeño pueblo, la familia gozaba de una posición acomodada gracias al éxito agropecuario de Juan Tobar, su abuelo, quien, con rigor y diciplina, sustituyó la figura masculina en su familia.
De pequeño le gustaba jugar fútbol y montar a caballo, lo que todavía hace en sus tiempos libres. Hizo sus estudios de primaria en las escuelas de su pueblo y del vecino Santo Tomás .
Después de sus estudios disfrutaba de las antiguas series de televisión en blanco y negro. Su favorita era la del Doctor Ben Kesey. Fue la única conexión que tuvo con la medicina, desde entonces, su meta sería convertirse en doctor. “Como regalo de Navidad no pedía pistolas ni rifles como los demás niños; sino que estuches de doctor”, recuerda.

El Inframen

En su adolescencia, tuvo que dejar su vida pueblerina para estudiar su tercer ciclo y bachillerato en el Instituto Nacional Francisco Menéndez. Ahí, la disciplina que le inculcó su abuelo le sirvió para ubicarse siempre en los primeros lugares de su clase.
Su aplicación en los estudios lo llevó a obtener el título de segundo bachiller a nivel nacional, en noviembre de 1975. El próximo paso del joven siempre estuvo claro. En 1976, intentó entrar a la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador.
Su sueño de empezar sus estudios tuvo que esperar un año y medio, debido al cierre del centro universitario. En ese lapso, buscó realizar su carrera fuera del país; además tuvo que hacerse cargo de los bienes de la familia, debido a la deteriorada salud de su abuelo.
El 18 de julio de 1977 la universidad abrió sus puertas y Tobar comenzó sus estudios. Pero, tendría que soportar dos cierres más y estudiar en la “Universidad en el Exilio”.
Aun en tales condiciones, Tobar siguió sobresaliendo como uno de los mejores estudiantes de Medicina. Todo indicaba que tenía resuelto su destino. Pela llegada de una persona le demostraría lo contrario.
A principios de los ochenta conoció a Violeta Burgos, una estudiante de educación especial. El 1 de mayo de 1982, después de un corto noviazgo, la joven pareja se casó. Ese año nació su primera hija, Nadia, después le siguieron Juan y Marcela.
El matrimonio implicaba nuevas responsabilidades para la pareja de alumnos universitarios. Tobar dice que pasaron épocas difíciles, puesto que debían salir adelante por ellos mismos.
Casado y con dos hijos recibió, el 30 de julio de 1988, el título de doctor.

Emergencias

Su próximo paso sería luchar por una plaza de residente en el Hospital Rosales. Para ello se examinaron 44 aspirantes y solos clasificaron 11, entre ellos Tobar. El recién graduado doctor, optó por la especialidad de cirugía; según él, “porque se ven resultados inmediatos”.
Al terminar sus tres años de residente, fue elegido como el jefe de residentes de cirugía del Rosales. Ese honor se reserva solo para el mejor cirujano. En 1993, salió del país para especializarse en España y en Francia. Mientras, su esposa se había graduado en Educación Especial.
En 1995, Tobar ganó en concurso público la jefatura de la Unidad de Emergencias del Hospital Rosales. Con esto, la estabilidad profesional había llegado a la familia, hasta que la tragedia tocó sus vidas.
El 17 de febrero de 1995, Violeta se dirigía recoger a sus dos hijos, cuando un bus de la Ruta 7 embistió su carro. Con lesiones multiples, la trasladaron al Hospital del Seguro Social.
En ese momento, todos los conocimientos que Tobar había acumulado en ochos años de medicina general, cuatro años de residente de cirugía y dos post grados en Europa, solo le sirvieron para tener la certeza que no había nada que hacer. “Lo veía a diario, dimos la lucha; pero sabía que no sobreviviría”, recuerda.
Después de 18 horas de lucha, Violeta, su esposa por 13 años, murió. El golpe lo puso de frente a una realidad para la que no estaba preparado: ser padre.
La exigencias de su trabajo le impedían estar mucho tiempo con su familia y su esposa se encargaba de asumir ese trabajo. Ahora, al hablar sobre ello, hace una pausa, suspira y sonríe: “todo en esta vida se aprende y he aprendido a ser padre, madre y cirujano al mismo tiempo”.

“crecimos en el hospital rosales”

El trabajo demanda la mayor parte del tiempo de Tobar. Pero, encuentra tiempo para cumplir su labor de padre y madre.

A finales de 1999, Nadia esperaba a su padre detrás en el escenario del auditorio de su colegio. Ese día se graduaría de bachiller y la joven esperaba impaciente a que su padre le cumpliera la promesa de no ir a trabajar ese día para llegar a tiempo al evento.
Los padres desfilarían acompañando a las graduadas a recibir su título.
Pero la hora de inició del acto llegaba y Nadia miraba impaciente entre el telón si su padre ya había llegado. En su mente, se repetía una y otra vez: “el me prometió que no iría a trabajar; no puede ser que me haga esto”.
La hora llegó, se abrió el telón y la nerviosa joven se alivió al ver que su padre llegaba justo en ese momento. La anécdota ilustra el tiempo que le roba la profesión de Tobar a su familia.
Juan José, su otro hijo, dice que desde que su madre murió, su padre ha duplicado sus esfuerzos para estar con ellos. “Prácticamente, hemos crecido en el Hospital Rosales”, afirma. De sus tres hijos, solo Juan José piensa seguir los pasos de su padre. Nadia, ha optado por el Derecho.
“Si un día, cuando sea madre, le prometo a mi hija en su graduación que no iré a trabajar, lo voy a cumplir”, dice Nadia. Pero reflexiona que no puede ser egoísta con el tiempo de su padre, porque de ello depende la vida de un paciente.

 

 


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