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Vocación
en sus manos
Juan Antonio Tobar
es uno de los mejores cirujanos en su área, en el país.
Con sus manos y conocimientos ha intentado operar y sanar las
entrañas de nuestra violenta sociedad. Su gran quirófano
ha sido, desde hace más de cinco años, la Unidad
de Emergencias del Hospital Rosales, donde funge como jefe.
ErnestoVillalobos
vertice@elsalvador.com
Un cuadro de Jesucristo
junto a dos cirujanos en un quirófano adorna el consultorio
del doctor Juan Antonio Tobar. La escena funde sus creencias cristianas
con su otra religión: su trabajo de doctor.
La clínica se ubica a unos pocos metros del Hospital Rosales
donde también labora como jefe de la Unidad de Emergencias.
Así por cualquier urgencia se puede trasladar con facilidad.
Y no es para menos, con frecuencia recibe llamadas para atender
pacientes graves. Pero ninguna marcó tanto su vida como
la que recibió el 17 de febrero de 1995.
La llamada era para avisarle sobre la víctima de un accidente
que recién había ocurrido en la intersección
de la 15 avenida norte y la Calle Arce. El vehículo de
una mujer había sido embestido por un bus de la Ruta 7,
la conductora no llevaba puesto el cinturón y salió
del automotor.
Aquella situación era común en la vida del doctor
Tobar; en la unidad que él dirige, ocurren a diario. En
la Sala de Emergencias, pueden llegar a atender hasta 180 pacientes
diarios. Un buen porcentaje, son a consecuencia de accidentes
de tránsito. Pero esta vez se trataba de alguien cercano,
de su familia: su esposa.
En ese momento, se entremezclaron los sentimientos de un esposo,
por un matrimonio de 13 años que pendía de un hilo,
y los conocimientos de un doctor, quien desde niño soñó
con sanar personas.
Dr. Kesey
Tobar explica su pasión por la medicina como una vocación
verdadera. Nadie en mi familia antes o después ha
sido doctor, dice. Nació el 26 de agosto de 1957,
en Soyapango. Sus padres, José Rivas, un empleado público,
y Dina Tobar, una profesora, se separaron cuando él solo
tenía dos años.
Desde entonces se mudó, junto a su madre y Jaime, su hermano
menor, a Santiago Texacuangos, en las afueras de San Salvador.
Después nació Kiria, su hermana menor.
En el pequeño pueblo, la familia gozaba de una posición
acomodada gracias al éxito agropecuario de Juan Tobar,
su abuelo, quien, con rigor y diciplina, sustituyó la figura
masculina en su familia.
De pequeño le gustaba jugar fútbol y montar a caballo,
lo que todavía hace en sus tiempos libres. Hizo sus estudios
de primaria en las escuelas de su pueblo y del vecino Santo Tomás
.
Después de sus estudios disfrutaba de las antiguas series
de televisión en blanco y negro. Su favorita era la del
Doctor Ben Kesey. Fue la única conexión que tuvo
con la medicina, desde entonces, su meta sería convertirse
en doctor. Como regalo de Navidad no pedía pistolas
ni rifles como los demás niños; sino que estuches
de doctor, recuerda.
El
Inframen
En su adolescencia, tuvo que dejar su vida pueblerina para estudiar
su tercer ciclo y bachillerato en el Instituto Nacional Francisco
Menéndez. Ahí, la disciplina que le inculcó
su abuelo le sirvió para ubicarse siempre en los primeros
lugares de su clase.
Su aplicación en los estudios lo llevó a obtener
el título de segundo bachiller a nivel nacional, en noviembre
de 1975. El próximo paso del joven siempre estuvo claro.
En 1976, intentó entrar a la Facultad de Medicina de la
Universidad de El Salvador.
Su sueño de empezar sus estudios tuvo que esperar un año
y medio, debido al cierre del centro universitario. En ese lapso,
buscó realizar su carrera fuera del país; además
tuvo que hacerse cargo de los bienes de la familia, debido a la
deteriorada salud de su abuelo.
El 18 de julio de 1977 la universidad abrió sus puertas
y Tobar comenzó sus estudios. Pero, tendría que
soportar dos cierres más y estudiar en la Universidad
en el Exilio.
Aun en tales condiciones, Tobar siguió sobresaliendo como
uno de los mejores estudiantes de Medicina. Todo indicaba que
tenía resuelto su destino. Pela llegada de una persona
le demostraría lo contrario.
A principios de los ochenta conoció a Violeta Burgos, una
estudiante de educación especial. El 1 de mayo de 1982,
después de un corto noviazgo, la joven pareja se casó.
Ese año nació su primera hija, Nadia, después
le siguieron Juan y Marcela.
El matrimonio implicaba nuevas responsabilidades para la pareja
de alumnos universitarios. Tobar dice que pasaron épocas
difíciles, puesto que debían salir adelante por
ellos mismos.
Casado y con dos hijos recibió, el 30 de julio de 1988,
el título de doctor.
Emergencias
Su próximo paso sería luchar por una plaza de residente
en el Hospital Rosales. Para ello se examinaron 44 aspirantes
y solos clasificaron 11, entre ellos Tobar. El recién graduado
doctor, optó por la especialidad de cirugía; según
él, porque se ven resultados inmediatos.
Al terminar sus tres años de residente, fue elegido como
el jefe de residentes de cirugía del Rosales. Ese honor
se reserva solo para el mejor cirujano. En 1993, salió
del país para especializarse en España y en Francia.
Mientras, su esposa se había graduado en Educación
Especial.
En 1995, Tobar ganó en concurso público la jefatura
de la Unidad de Emergencias del Hospital Rosales. Con esto, la
estabilidad profesional había llegado a la familia, hasta
que la tragedia tocó sus vidas.
El 17 de febrero de 1995, Violeta se dirigía recoger a
sus dos hijos, cuando un bus de la Ruta 7 embistió su carro.
Con lesiones multiples, la trasladaron al Hospital del Seguro
Social.
En ese momento, todos los conocimientos que Tobar había
acumulado en ochos años de medicina general, cuatro años
de residente de cirugía y dos post grados en Europa, solo
le sirvieron para tener la certeza que no había nada que
hacer. Lo veía a diario, dimos la lucha; pero sabía
que no sobreviviría, recuerda.
Después de 18 horas de lucha, Violeta, su esposa por 13
años, murió. El golpe lo puso de frente a una realidad
para la que no estaba preparado: ser padre.
La exigencias de su trabajo le impedían estar mucho tiempo
con su familia y su esposa se encargaba de asumir ese trabajo.
Ahora, al hablar sobre ello, hace una pausa, suspira y sonríe:
todo en esta vida se aprende y he aprendido a ser padre,
madre y cirujano al mismo tiempo.
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crecimos
en el hospital rosales
El trabajo demanda la mayor parte del tiempo de Tobar.
Pero, encuentra tiempo para cumplir su labor de padre y
madre.
A finales de 1999, Nadia esperaba a su padre detrás
en el escenario del auditorio de su colegio. Ese día
se graduaría de bachiller y la joven esperaba impaciente
a que su padre le cumpliera la promesa de no ir a trabajar
ese día para llegar a tiempo al evento.
Los padres desfilarían acompañando a las graduadas
a recibir su título.
Pero la hora de inició del acto llegaba y Nadia miraba
impaciente entre el telón si su padre ya había
llegado. En su mente, se repetía una y otra vez:
el me prometió que no iría a trabajar;
no puede ser que me haga esto.
La hora llegó, se abrió el telón y
la nerviosa joven se alivió al ver que su padre llegaba
justo en ese momento. La anécdota ilustra el tiempo
que le roba la profesión de Tobar a su familia.
Juan José, su otro hijo, dice que desde que su madre
murió, su padre ha duplicado sus esfuerzos para estar
con ellos. Prácticamente, hemos crecido en
el Hospital Rosales, afirma. De sus tres hijos, solo
Juan José piensa seguir los pasos de su padre. Nadia,
ha optado por el Derecho.
Si un día, cuando sea madre, le prometo a mi
hija en su graduación que no iré a trabajar,
lo voy a cumplir, dice Nadia. Pero reflexiona que
no puede ser egoísta con el tiempo de su padre, porque
de ello depende la vida de un paciente.
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