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Argentina
y los Estados poco serios
Carlos Alberto Montane
vertice@elsalvador.com
Es
como curarse un dolor de cabeza con un balazo en el parietal.
Domingo Cavallo intentó solucionar los problemas de Argentina
recurriendo a fórmulas que son, precisamente, las que originan
los problemas. Cuando el gobierno limita a sus propietarios la
posibilidad de extraer los ahorros de los bancos, o cuando, arbitrariamente,
confisca los fondos privados de las pensiones y los transforma
en bonos de la República, lo que consigue es convertir
la habitual desconfianza de los argentinos hacia el Estado en
un odio profundo e incurable.
¿Cuántas veces el mismo perro va a morder a los
argentinos? Sin el menor respeto por la propiedad privada, que
es tanto como burlarse de los sacrificios de las personas prudentes
y laboriosas que han preferido ahorrar o invertir en vez de gastar,
los gobernantes de ese país, en el pasado, más de
una vez, les han intervenido a los argentinos sus depósitos
bancarios y se los han cambiado por papeles del Estado que a las
pocas semanas carecían de valor. O han disminuido arbitrariamente
el valor de la moneda mediante las decisiones de burócratas
a los que les importaba muy poco empobrecer súbitamente
a sus conciudadanos al reducirles el precio de sus activos o la
capacidad adquisitiva de sus salarios.
¿Cómo extrañarse de que con semejantes gobiernos
los argentinos prefieran llevarse sus ahorros al extranjero? ¿Cómo
sorprenderse de que en lugar de invertir en empresas industriales
elijan la compra de tierras u otros bienes raíces? Es muy
difícil operar una empresa cuando los gobiernos cambian
las reglas cada vez que les da la gana o cada vez que se presenta
una crisis. Y si no se crean empresas, naturalmente, no hay forma
de absorber a la creciente mano de obra. Es verdad que la economía
argentina tiene un grave problema de falta de competitividad,
y también es cierto que la incapacidad para reducir el
gasto público disparó el endeudamiento externo,
y con él los intereses que se abonan por la deuda, pero
en el fondo de todo subyace un mal mucho más grave y profundo:
los argentinos no confían en el Estado porque éste
les hace trampas, viola las leyes, y no cumple con las reglas
que él mismo dicta.
Se ha probado y escrito un millón de veces: la economía
de mercado y la democracia están fundadas en el cumplimiento
de los pactos y en el acatamiento de la verdad. Cuando los pactos
se cumplen y cuando la sociedad se coloca bajo la autoridad de
la verdad, prevalece un sentimiento de confianza que les confiere
legitimidad a los gobiernos y facilita las transacciones entre
las personas. Entre los corredores de diamantes en Amsterdam era
famoso que bastaba mirarse a los ojos y darse un apretón
de manos para sellar un acuerdo millonario que las partes invariablemente
cumplían. Por eso eran negocios eficientes y lucrativos
sin costos colaterales de abogados o notarios. Cuando uno compra
Bonos del Tesoro de Estados Unidos, o de Suiza, o de Inglaterra,
o de cualquier país con un Estado serio, uno sabe que el
riesgo de incumplimiento es mínimo. Pero ese tranquilizante
dato no suele ser un hecho aislado sino es el reflejo del comportamiento
general del Estado. Eso quiere decir que se puede confiar en los
tribunales, en la policía, en el cuerpo de carteros o en
los recogedores de basura. Eso significa que el Estado actúa
en beneficio de la ciudadanía, y que los servicios que
brinda están de acuerdo con lo que les promete a los ciudadanos
a cambio de los impuestos que recibe. Por eso los ciudadanos que
gozan del privilegio de convivir bajo el amparo de Estados serios,
están siempre dispuestos a defender la legalidad vigente.
cansados de mentiras
¿Se entiende ahora por qué en América Latina,
por el contrario, cuando un energúmeno, generalmente uniformado,
asalta a tiros la casa de gobierno, la mitad del país,
y a veces más, sale a bailar a la plaza? Obvio: porque
los ciudadanos están cansados de las mentiras, de las estafas,
de los incumplimientos y de la poca seriedad de los Estados en
los que se desenvuelve la azarosa vida pública de cada
uno de ellos. Si un intruso entrara por la fuerza en el hogar
de estas personas para dictar las normas de convivencia, lo echarían
a patadas, porque esa es la esfera privada, ésa es la de
ellos; pero si lo que ese intruso secuestra es la esfera pública,
se le aplaude o se le ignora, porque ésta no parece propia,
no se cree que ha sido libremente segregada por el pueblo para
su beneficio. Por el contrario: la perciben, perciben al Estado,
como un elemento hostil concebido para perjudicar espasmódicamente
al conjunto de la sociedad.
De ahí la estrecha relación que existe entre la
supervivencia de la democracia y la eficacia del Estado. Las personas
no son demócratas sólo por convicciones. La democracia
es un método para tomar decisiones colectivas que afectan,
fundamentalmente, la vida pública. Pero cuando el Estado
fracasa reiteradamente, las sociedades comienzan a pedir un cirujano
de hierro que suture la herida. Es bueno no olvidar nunca esta
amarga advertencia dictada por la experiencia. Los Estados poco
serios primero pierden el crédito. Luego pueden perder
la libertad
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