6 de enero de 2001

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Mordidas migratorias:
¿¡Quién dice corrupción!?

Los gobiernos centroamericanos se han esforzado en modernizar los trámites migratorios en sus fronteras terrestres. Todo por la integración regional. Sin embargo ante la falta de orden, las “mordidas” se convierten en una necesidad frente a un aprovechado trabajo burocrático.

Iván Gómez
vertice@elsalvador.com

Desde inicios de los noventa, los gobiernos centroamericanos (a excepción de Costa Rica) firmaron un acuerdo migratorio denominado CA- 4, el cual consistía en facilitar de forma gratuita los trámites migratorios entre sus ciudadanos.
Sin embargo, los denominados tramitadores, que se encargan de guiar a cualquier turista confundido, se han convertido en el medio para alimentar la corrupción de los empleados de Migración. Basta con pagar algo de dinero para que el permiso sea autorizado de forma inmediata.
Al menos esa fue la experiencia de muchos que celebraron las fiestas lejos de la tierra natal y tuvieron que afrontar el duro regreso.

descaro

Las oficinas migratorias del puesto fronterizo El Guasaule, que limita los territorios de Nicaragua y Honduras, están abarrotadas. No es la costumbre, pero es dos de enero y eso lo dice todo.
La larga fila de interesados en salir o retornar a su país se divisa desde antes de entrar a las oficinas migratorias. Liche es una de las tantas interesadas en cruzar la frontera. Su destino es El Salvador. Viaja dos veces por semana con mercadería .
“Como estoy en la jugada, sólo le doy veinte colones al tramitador y en menos de lo que canta un gallo me sella mi pase”, dice con una sonrisa, “si quiere, deme veinte córdobas y se lo sacan a usted también”, remata la mujer.
Mi propósito era hacer fila como todos y esperar sellar el pasaporte.
En realidad, una vez en ventanilla, el trámite no sobrepasa los dos minutos. Sin embargo y, a pesar que las oficinas nicas cuenta con cinco cómodas ventanillas para la atención, la constante llegada de tramitadores interrumpe el trabajo.
Ellos, sin ser empleados públicos, están identificados con un carnet extendido por las mismas autoridades.

En fronteras

Al parecer el rótulo que advierte que los trámites son personales, no es cumplido por la misma autoridad.
Después de esperar 45 minutos, nos dirigimos a territorio hondureño. Las oficinas están siendo acondicionadas para mejorar el servicio. Pero, allí la situación es la misma.
En ambas fronteras se argumenta que después del medio día se cobra un dólar por hora extra. No se entregan recibos. Lo más seguro es que esos impuestos no llegan a las arcas tributarias.
Por desdicha a los oficiales les faltan tres horas para su merienda burocrática.
Frente a la ventanilla se encuentra el usuario que ha pasado muchos minutos a la espera de ser atendido. Otros, con una sonrisa nerviosa de cortesía, piden atención... son los reconocidos tramitadores.
“Desgraciadamente esa es nuestra cultura”, reclama una mujer guatemalteca. Le molesta el desorden avalado por los hondureños.

También Aquí

Luego de dos horas de transitar los 160 kilómetros de territorio hondureño llegamos a El Amatillo.
El ambiente es el mismo. Largas filas son auxiliadas por los “tramitadores”, quienes ofrecen sus servicios a cambio “de pagar lo que sea su voluntad”.
Al final son dos dólares el pago (uno para el oficial y otro para el tramitador).
Cuarenta y cinco minutos después estamos en casa. Dos policías atienden a un grupo de 30 personas.
Al cabo de unos minutos, un miembro de una familia guatemalteca les informa que puede conseguir el permiso si se ofrece “mordida” al oficial (diez colones).
El trato se logra y -en menos de cinco minutos- el carro con placas guatemaltecas ingresaba a territorio salvadoreño sin ningún tipo de demora.
Luego de perder un poco más de tres horas en los puestos migratorios de la región, retornamos a casa con la clara idea de que si le hubiese dado la razón a doña Liche, habría llegado a mi destino tan rápido como ella.

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