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Las fuerzas armadas de las potencias
aliadas atacaron y desembarcaron en
Italia el 2 de julio de 1943. El 2 de
septiembre, el gobierno que depuso al
líder fascista Benito Mussolini
firmó un armisticio con los
aliados, y el 13 de octubre siguiente
le declaró la guerra a
Japón y Alemania.
Un año más tarde,
Italia firmó un tratado de paz
con Estados Unidos, Inglaterra y
Francia, que fue modificado en 1951,
para abrirle paso hacia la
Organización de las Naciones
Unidas (ONU). Su ingreso fue apoyado
por las naciones centroamericanas a
petición de El Salvador, en
agradecimiento por las 800 mil liras
que el
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gobierno italiano envió a los
damnificados del terremoto de Jucuapa y
Chinameca.
Pero todas estas firmas y gestos de buena
voluntad no significaron,
paradógicamente, que todo estuviese
resuelto. Italia todavía no había
suspendido, formalmente, el estado de guerra con
El Salvador.
A las cinco horas del primer día
septembrino de 1939, las bombas y metralla de
las fuerzas armadas de Alemania habían
impactado sobre Polonia y dado inicio al
más grande y sangriento conflicto
bélico de la historia mundial. Durante
los dos primeros años, el frente de
guerra había estado centrado en
territorio europeo, puesto bajo el dominio de
las tropas nazis del Führer Adolf Hitler.
Dos años más tarde, a partir del
domingo 7 de diciembre de 1941 y tras el ataque
a la base estadounidense de Pearl Harbor, el
escenario abriría otro telón en el
sur del Océano Pacífico.
Para esos momentos, el mundo entero
debatía su suerte en las manos de los
soldados de los ejércitos del Eje
Berlín-Roma-Tokio y en los de las
potencias aliadas, con Inglaterra y Estados
Unidos al frente. Por el convenio firmado en
mayo de 1939 entre el líder nazi y el
Duce Benito Mussolini, Italia se vio obligada a
entrar a la conflagración mundial el 10
de junio de 1940.
A este lado del Atlántico, el
mandatario salvadoreño Maximiliano
Hernández Martínez, convencido de
que la entrada de Estados Unidos en el conflicto
le daría un giro novedoso al escenario
bélico mundial, se apresuró a
lograr que la Asamblea Legislativa le declarara
la guerra al imperio japonés. A las 12:55
horas del lunes 8 de diciembre de 1941 lo hizo,
mediante el decreto legislativo 90, publicado en
el "Diario oficial" 276, tomo 131, del 9 del
mismo mes y año.
Cuatro días más tarde, el Poder
Legislativo declaró también la
guerra a las otras dos potencias del Eje,
Alemania e Italia, por el decreto legislativo
93, publicado en el número 281, tomo 131,
del mismo periódico gubernamental, en su
edición del 15 de diciembre de 1941.
Ambos países nunca recibieron
oficialmente esas declaratorias, sino que se
enteraron por las noticias difundidas en sus
respectivos territorios.
Entre las primeras acciones emprendidas en su
bisoño papel como aliado, "el brujo de
las aguas azules" emitió acuerdos
ejecutivos que declararon extintos los convenios
de comercio y navegación vigentes con
Alemania e Italia. Poco después se
produjo la intervención de los bienes de
los ciudadanos del Eje residentes, quienes
además fueron capturados y remitidos a
campos establecidos en el sur de los Estados
Unidos.
Salvadoreños fueron a pelear a suelo
italiano (ver recuadro), mientras que otros
fueron detenidos y remitidos a campos de
concentración por las policías
secretas de Alemania e Italia. De este trato no
se libraron algunos salvadoreños de
ascendencia italiana, como lo eran Oswaldo
Gugielmi, Elisa Meardi de Aguilar y sus hijos
Fermina, Marina, Roberto y Federico.

La Segunda Guerra Mundial calló sus
armas en mayo y agosto de 1945, con las
respectivas rendiciones de Alemania y
Japón. Pero con respecto a El Salvador e
Italia el caso fue diferente, porque ninguno de
los documentos conjuntos emitidos por los
regímenes aliadas -la Carta del
Atlántico y la Declaración de las
Naciones Aliadas, suscritos el 14 de agosto de
1941y el 1 de enero de 1942- se constituyeron en
tratados internacionales vigentes dentro de la
legislación salvadoreña. Por lo
tanto, sólo un Tratado de Paz o un
decreto legislativo podría poner fin a la
declaración de guerra de diciembre de
1941. Un paso nunca dado entre ambos gobiernos
republicanos.
El
sábado 5 de junio de 1948, el mandatario
salvadoreño Salvador Castaneda Castro
recibió en Casa Presidencial las cartas
credenciales de Mario Zanotti Bianco, enviado
extraordinario y ministro plenipotenciario de la
República de Italia ante los gobiernos
centroamericanos, cuya sede estaría
ubicada en Guatemala.
En enero de 1949, el cónsul italiano
en San Salvador, Marco Pennareli,
comunicó que Italia reconocía
plenamente al Consejo Revolucionario de
Gobierno, instaurado desde el 14 de diciembre
anterior, cuando se echó por tierra a la
administración de Castaneda Castro. En su
comunicación oficial, el cónsul
italiano expresaba su esperanza porque pronto
fueran reanudadas "las interrumpidas relaciones
diplomáticas entre ambos
países".
Debido a que Italia era, para esos momentos,
el principal comprador europeo del café
salvadoreño, entre julio y septiembre de
1949 se produjo un intenso trabajo
diplomático para lograr la llegada de una
misión diplomática italiana a San
Salvador.

Como fruto de estos acercamientos -sin asomo
de documento oficial que levantara el estado de
guerra-, a las once horas del jueves 10 de mayo
de 1951 llegó al aeropuerto de Ilopango
Alberto Bianconi, quien se constituyó en
el primer enviado extraordinario y ministro
plenipotenciario de Italia en suelo
salvadoreño tras el fin de la guerra. En
junio, se le unió Raúl Pignochi,
como nuevo canciller de la legación
italiana.
Pocos meses más tarde, el jueves 4 de
diciembre de 1952, en el Salón de Honor
de Casa Presidencial, en San Jacinto,
presentó sus cartas credenciales el nuevo
embajador de Italia acreditado en el
país, conde Carrobio di Carrobio.
Una hora antes del mediodía del lunes
30 de marzo de 1953 fue firmado en el Ministerio
de Relaciones Exteriores un tratado comercial
entre Italia y El Salvador, que fue sometido a
revisiones y consultas entre septiembre y
noviembre de 1955. Finalmente, la
"política del café" hizo que, en
la mañana del miércoles 21 de
diciembre de 1955, fuera firmado un protocolo
adicional para dicho documento bilateral. El
responsable italiano de desarrollar este nuevo
instrumento jurídico internacional era el
barón Antonio Rosset Desandré,
quien llegó al país procedente de
Panamá, el lunes 7 de febrero de
1955.
El martes 22 de enero de 1957, un crucero de
la armada italiana tocó puerto en la
costa salvadoreña y algunos de sus
oficiales y marinos desembarcaron y visitaron
algunos puntos de San Salvador. Cuatro
días más tarde, se les unió
la motonave "Alessandro Volta". ¿Invasiones
militares de la posguerra? Poco probable, en
especial por parte de una nación que, en
mayo siguiente, otorgó condecoraciones
para varios funcionarios del país
centroamericano por cuyo café &endash;en
palabras del tostador Primo Rovis, originario de
Trieste&endash; "Italia tiene mucho
interés".
Desde aquellas fechas, Italia y sus
representantes diplomáticos acreditados
han cooperado y compartido con El Salvador en
muchos campos del saber y del sentimiento. Los
hijos e hijas de Rómulo y Remo han echado
raíces en suelo cuzcatleco y forjado
aquí familias y empresas.

Haciendo suya la voz de alerta que
lanzó Vértice en su edición
"Los vaivenes del péndulo: El Salvador en
la Segunda Guerra Mundial" (domingo 13 de agosto
de 2000), el pasado 10 de agosto, la
fracción de Alianza Republicana
Nacionalista (ARENA) presentó ante la
Asamblea Legislativa una pieza de
correspondencia para que la Comisión de
Relaciones Exteriores emita un dictamen
favorable y se proceda a derogar el decreto que
mantiene, al menos en palabras, el estado de
guerra entre El Salvador e Italia.
Este gesto, según los diputados
peticionarios, servirá "para honrar
aún más las excelentes relaciones
diplomáticas, comerciales y de
intercambio de tecnología que, desde hace
muchos años, tenemos con el noble pueblo
italiano y con su gobierno". ¡Ojalá
que esa petición sea escuchada, la
razón histórica tenga
primacía y pronto pueda darse el cierre
del último capítulo bélico
de El Salvador en la Gran Guerra!

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Durante la Guerra Mundial, varios
salvadoreños enrolados en los
ejércitos aliados pelearon
contra las fuerzas fascistas y alemanas
en suelo italiano.
Entre estos combatientes se
encontraban Julio Valerio Sosa
-exestudiante de Odontología en
la Universidad de El Salvador-,
Efraín Brizuela y René
Montalvo. También peleó
en suelo italiano el capitalino Rodolfo
de Jesús Estrada. Fue enrolado
en abril de 1943, y ganó sus
alas en Fort Myers (Florida). Sargento
artillero de un cañón
movible de torrecilla, instalado en un
avión Liberator B24,
realizó más de 50
misiones sobre Italia, Rumania y
Francia para la Decimoquinta Fuerza
Aérea Aliada. Su grupo fue
condecorado con la Citación de
Unidad Distinguida y él fue
galardonado con las Tres Hojas de
Roble.
Pero el único que
ofrendó su vida en aras de la
libertad mundial fue Pedro
"Peyín" Viaud Rochac, nacido en
San Salvador, que había sido
jugador en el capitalino Club Deportivo
"Hércules". Enlistado en la
infantería de los Estados Unidos
en 1941, fue entrenado en Alabama y
peleó en el Quinto
Ejército, bajo el mando del
general Clark, en Túnez.
Combatiente en Sicilia, Salerno,
Nápoles y Volturno, cuando
luchaba para el general Patton, fue
herido en Monte Cassino (Italia).
Recuperado, a solicitud suya fue
enviado a las trincheras de Lanubio e
ingresó con las tropas aliadas
en Roma.
El 5 de junio de 1944, cuando
tenía 32 años de edad,
una granada lo hirió mortalmente
en Valmotone, pese a lo cual
continuó disparando hasta su
último cartucho. Fue sepultado
de forma provisional en la localidad de
Netuno.
De forma póstuma, sus padres,
Víctor Viaud y Mercedes Rochac
de Viaud, recibieron el Corazón
Púrpura. Sus restos fueron
repatriados y llegaron a San Salvador,
el jueves 9 de diciembre de 1948.
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