Los huecos de un sistema
Ernesto Villalobos 

El 29 de julio, a las seis de la mañana, los custodios del sector uno abrieron las puertas para que los reos salieran del encierro nocturno.

Para su sorpresa, al hacer el recuento de los reos les faltaron 19. Los de la celda diez. La habitación estaba desierta. Los custodios entraron para averiguar la razón y se encontraron con un boquete que conducía afuera del penal.

La fuga se había perpetrado muchas horas antes, alrededor de la medianoche, y los escapados llevaban horas de ventaja a la Policía. Pese a los operativos que se desplegaron para recapturarlos, los únicos apresados fueron, en primera instancia, los custodios. Por sospecha de complicidad en el escape.

Ese mismo día, el director general de Centros Penales, Rodolfo Garay Pineda, aceptó que el centro penitenciario de Quezaltepeque tenía deficiencias de seguridad, principalmente "porque está construido de saltex, y la profundidad de los muros es de sólo 45 centímetros".

Según él mismo, a estas deficiencias estructurales algunos reos habían agregado, para organizar la fuga, beneficios de los que gozaban por "portarse bien". Gracias a un acuerdo tácito entre los reos y el Director del centro, que había retirado a custodios del área, y a la facilidad para hacer agujeros en el suelo de ese penal -"es tierra negra, y con cualquier cosa se puede cavar", explicó un reo de Quezaltepeque-, la fuga no había encontrado grandes obstáculos.

Esta información no era nada nuevo para las autoridades del penal y de la Dirección General de Centros Penales (DGCP). Una fuga de las mismas características, casi calcada a papel carbón, había ocurrido menos de dos años antes en el mismo sector de la cárcel de Quezaltepeque. Diez reos se fugaron en aquel 9 de octubre de 1999.

Desde una champa

"No sabía de la fuga. Uno de mis compañeros me informó del túnel, no lo pensé mucho y me fui"

Así recuerda aquel día del 99 un reo que actualmente guarda prisión en el penal de Sensuntepeque. Afirma que no tuvo nada que ver con la planificación del escape.

En ese tiempo, él era uno de los dos principales líderes dentro del penal, pero nadie le había informado de la fuga. "Siempre que pasa algo así, las autoridades castigan a los líderes; por eso me fugué", cuenta. El reo llegó, como todos los días, desde el sector tres a ver a sus amigos y compañeros de mara en el sector uno. Los encuentros los realizaban en una de las champas que los mismos presidiarios habían construido en el patio para recibir a sus visitas.

Estas salas improvisadas estaban construídas con cuatro maderos, un techo de lámina y unas cuantas sábanas que servían como paredes, para lograr un poco de privacidad. La champa de los reos se ubicaba al norte del edificio, justo al lado del muro que daba al exterior del penal. La posición era inmejorable para planificar un escape.

Así, el grupo de reos comenzó a cavar el túnel, de unos diez metros de largo, con la dificultad de sólo poder trabajar en él de día, por su encierro nocturno. Mientras unos cavaban, otros almacenaban la tierra en bolsas de plástico y los demás vigilaban. Conscientes de que el suelo flojo del patio del penal se podía derrumbar en cualquier momento y soterrar a los que excavaban, los reos diseñaron una estructura de madera que soportara las paredes del túnel.

Una larga extensión, que provenía de algún aparato eléctrico de uno de los del grupo, sirvió para colocar cuatro focos en línea e iluminar el túnel. Uno a uno, los problemas de logística se iban resolviendo, y la vía de escape subterráneo logró pasar debajo de los dos muros de "seguridad" que protegen el penal.

El gran escape

Acabado el túnel, se fijó el día de la huida: 9 de octubre, a las seis de la mañana. Justo después de salir del encierro nocturno.

En ese momento, se suscitó una pelea al interior del penal. Nadie sabe a ciencia cierta si se hizo a propósito para distraer a los guardias o no. Lo evidente es que atrajo la atención de todos y, en dos grupos de cuatro, ocho reos pudieron salir del penal amparados en el tumulto. Dos horas después, a las ocho de la mañana, nadie sabía todavía de la fuga.

El relator, junto a un compañero, supo del túnel cerca de esa hora. "Mi hija estaba recién nacida y quería verla. Además, estaba purgando un delito que yo no había cometido, así que no lo pensé mucho y me escapé", cuenta. Al salir del túnel, provechó una distracción del custodio en el garitón y corrió hacía una quebrada afuera del penal. En unos instantes, había desaparecido en la maleza de una pequeña finca del cantón Santa Rosa.

Según los archivos de la DGCP (ver recuadro), no han recapturado a nadie de aquella primera fuga masiva de Quezaltepeque, pero el archivo periodístico de El Diario de Hoy indica que por lo menos cinco reos han sido recapturados desde aquel 9 de octubre y guardan prisión en diferentes penales del país.

"Estuve fugado seis meses. Eso días han sido los mejores de mi vida, porque los pasé con mi hija recién nacida. Hasta que alguien me denunció y me recapturaron", cuenta el reo, condenado a treinta años por homicidio y que ahora se ha convertido al cristianismo. Manifiesta que no le asombra el reciente escape del mismo centro penitenciario. "Ellos lo tuvieron más fácil. Cavaron día y noche, y tenían una buena fachada: la pila".

Otra vez

La fuga del 29 de julio fue una sorpresa, incluso para los 19 reos que se fugaron. No esperaban ver, esa oscura noche, la luz de su libertad.

La suerte se les adelantó. La empresa de los ahora prófugos empezó unos dos meses antes, cuando éstos planeaban su escape. Su celda, en el sector uno de la penitenciería, estaba situada al lado del muro que separa a la estructura del exterior. Su posición geográfica era perfecta para cavar un túnel.

Iniciaría en el piso de su propia celda, hasta salir a una quebrada en el exterior. La profundidad no era obstáculo; las bases del muro se hundían menos de dos cuartas en la tierra.

Pero surgió un problema: ¿cómo iban a ocultar la tierra que sacaran del agujero? La solución les llegó del sector tres. Allí, un grupo de reclusos había solucionado su problema de escasez de agua construyendo un depósito para almacenaje. El problema del suministro de líquido es crítico en el penal durante el día, y con la pila podrían abastecerse a las horas en que mejoraba el servicio, por las noches.

En la construcción habían cavado para hacer un depósito que supliera las necesidades de unos veinte reos en el día, y la experiencia ponía en bandeja de plata a los reos del pabellón uno la cortina de humo que necesitaban. La tierra que se desalojaba al abrir un depósito como aquel era suficiente como para disimular la que salía del túnel. Alos pocos días, había sobre la mesa del director del penal, Marco Aurelio González, una solicitud de permiso para construir una pila similar a la del sector tres, con el mismo argumento del mal suministro de agua.

Pronto empezaron a cavar simultáneamente dentro de su celda y en el patio. Los picos y palas de la construcción no estaban a cargo de los reos, como se publicó en un principio, pero sí almacenaban las cubetas con las que, en el día, sacaban la tierra del hoyo de la obra. En esos mismos recipientes salía, mezclada con la de la pila, la tierra del agujero de su escape.

De esta forma, día y noche, los reos aprovecharon los descuidos de los custodios para cavar su túnel en la tierra floja del suelo del penal de Quezaltepeque. No sabían cuánto tardarían. Los platos donde comían, algún pedazo de madera y sus propias uñas eran sus únicas herramientas, pero estaban seguros de que aquel agujero los llevaría hasta un riachuelo detrás del penal. 

vertice@elsalvador.com


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