Según él mismo, a estas
deficiencias estructurales algunos reos
habían agregado, para organizar la fuga,
beneficios de los que gozaban por "portarse
bien". Gracias a un acuerdo tácito entre
los reos y el Director del centro, que
había retirado a custodios del
área, y a la facilidad para hacer
agujeros en el suelo de ese penal -"es tierra
negra, y con cualquier cosa se puede cavar",
explicó un reo de Quezaltepeque-, la fuga
no había encontrado grandes
obstáculos.
Esta información no era nada nuevo
para las autoridades del penal y de la
Dirección General de Centros Penales
(DGCP). Una fuga de las mismas
características, casi calcada a papel
carbón, había ocurrido menos de
dos años antes en el mismo sector de la
cárcel de Quezaltepeque. Diez reos se
fugaron en aquel 9 de octubre de 1999.
Desde una champa
"No sabía de la fuga. Uno de mis
compañeros me informó del
túnel, no lo pensé mucho y me
fui"
Así recuerda aquel día del 99
un reo que actualmente guarda prisión en
el penal de Sensuntepeque. Afirma que no tuvo
nada que ver con la planificación del
escape.
En ese tiempo, él era uno de los dos
principales líderes dentro del penal,
pero nadie le había informado de la fuga.
"Siempre que pasa algo así, las
autoridades castigan a los líderes; por
eso me fugué", cuenta. El reo
llegó, como todos los días, desde
el sector tres a ver a sus amigos y
compañeros de mara en el sector uno. Los
encuentros los realizaban en una de las champas
que los mismos presidiarios habían
construido en el patio para recibir a sus
visitas.
Estas salas improvisadas estaban
construídas con cuatro maderos, un techo
de lámina y unas cuantas sábanas
que servían como paredes, para lograr un
poco de privacidad. La champa de los reos se
ubicaba al norte del edificio, justo al lado del
muro que daba al exterior del penal. La
posición era inmejorable para planificar
un escape.
Así, el grupo de reos comenzó a
cavar el túnel, de unos diez metros de
largo, con la dificultad de sólo poder
trabajar en él de día, por su
encierro nocturno. Mientras unos cavaban, otros
almacenaban la tierra en bolsas de
plástico y los demás vigilaban.
Conscientes de que el suelo flojo del patio del
penal se podía derrumbar en cualquier
momento y soterrar a los que excavaban, los reos
diseñaron una estructura de madera que
soportara las paredes del túnel.
Una larga extensión, que
provenía de algún aparato
eléctrico de uno de los del grupo,
sirvió para colocar cuatro focos en
línea e iluminar el túnel. Uno a
uno, los problemas de logística se iban
resolviendo, y la vía de escape
subterráneo logró pasar debajo de
los dos muros de "seguridad" que protegen el
penal.
El
gran escape
Acabado el túnel, se fijó el
día de la huida: 9 de octubre, a las seis
de la mañana. Justo después de
salir del encierro nocturno.
En ese momento, se suscitó una pelea
al interior del penal. Nadie sabe a ciencia
cierta si se hizo a propósito para
distraer a los guardias o no. Lo evidente es que
atrajo la atención de todos y, en dos
grupos de cuatro, ocho reos pudieron salir del
penal amparados en el tumulto. Dos horas
después, a las ocho de la mañana,
nadie sabía todavía de la
fuga.
El relator, junto a un compañero, supo
del túnel cerca de esa hora. "Mi hija
estaba recién nacida y quería
verla. Además, estaba purgando un delito
que yo no había cometido, así que
no lo pensé mucho y me escapé",
cuenta. Al salir del túnel,
provechó una distracción del
custodio en el garitón y corrió
hacía una quebrada afuera del penal. En
unos instantes, había desaparecido en la
maleza de una pequeña finca del
cantón Santa Rosa.
Según los archivos de la DGCP (ver
recuadro), no han recapturado a nadie de aquella
primera fuga masiva de Quezaltepeque, pero el
archivo periodístico de El Diario de Hoy
indica que por lo menos cinco reos han sido
recapturados desde aquel 9 de octubre y guardan
prisión en diferentes penales del
país.
"Estuve fugado seis meses. Eso días
han sido los mejores de mi vida, porque los
pasé con mi hija recién nacida.
Hasta que alguien me denunció y me
recapturaron", cuenta el reo, condenado a
treinta años por homicidio y que ahora se
ha convertido al cristianismo. Manifiesta que no
le asombra el reciente escape del mismo centro
penitenciario. "Ellos lo tuvieron más
fácil. Cavaron día y noche, y
tenían una buena fachada: la pila".
Otra vez
La fuga del 29 de julio fue una sorpresa,
incluso para los 19 reos que se fugaron. No
esperaban ver, esa oscura noche, la luz de su
libertad.
La suerte se les adelantó. La empresa
de los ahora prófugos empezó unos
dos meses antes, cuando éstos planeaban
su escape. Su celda, en el sector uno de la
penitenciería, estaba situada al lado del
muro que separa a la estructura del exterior. Su
posición geográfica era perfecta
para cavar un túnel.
Iniciaría en el piso de su propia
celda, hasta salir a una quebrada en el
exterior. La profundidad no era
obstáculo; las bases del muro se
hundían menos de dos cuartas en la
tierra.
Pero surgió un problema:
¿cómo iban a ocultar la tierra que
sacaran del agujero? La solución les
llegó del sector tres. Allí, un
grupo de reclusos había solucionado su
problema de escasez de agua construyendo un
depósito para almacenaje. El problema del
suministro de líquido es crítico
en el penal durante el día, y con la pila
podrían abastecerse a las horas en que
mejoraba el servicio, por las noches.
En la construcción habían
cavado para hacer un depósito que
supliera las necesidades de unos veinte reos en
el día, y la experiencia ponía en
bandeja de plata a los reos del pabellón
uno la cortina de humo que necesitaban. La
tierra que se desalojaba al abrir un
depósito como aquel era suficiente como
para disimular la que salía del
túnel. Alos pocos días,
había sobre la mesa del director del
penal, Marco Aurelio González, una
solicitud de permiso para construir una pila
similar a la del sector tres, con el mismo
argumento del mal suministro de agua.
Pronto empezaron a cavar
simultáneamente dentro de su celda y en
el patio. Los picos y palas de la
construcción no estaban a cargo de los
reos, como se publicó en un principio,
pero sí almacenaban las cubetas con las
que, en el día, sacaban la tierra del
hoyo de la obra. En esos mismos recipientes
salía, mezclada con la de la pila, la
tierra del agujero de su escape.
De esta forma, día y noche, los reos
aprovecharon los descuidos de los custodios para
cavar su túnel en la tierra floja del
suelo del penal de Quezaltepeque. No
sabían cuánto tardarían.
Los platos donde comían, algún
pedazo de madera y sus propias uñas eran
sus únicas herramientas, pero estaban
seguros de que aquel agujero los llevaría
hasta un riachuelo detrás del
penal. 