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NOVELISTA
EN NEW YORK
Mario Vargas Llosa
vertice@elsalvador.com
Los
huevos benedictinos y el Bloody Mary siguen
siendo una delicia en esa reliquia de ladrillos que es el P.J.
Clarks, en la Tercera Avenida, y los teatros de Broadway,
que, al parecer, luego del 11 de septiembre se vaciaron, ahora
andan de nuevo repletos: en la boletería donde trato de
conseguir entradas para The Producers, el musical de Mel Brooks,
me informan que para las primeras localidades disponibles tendré
que esperar hasta mayo del próximo año.
En los cines, restaurantes
y museos que visito en esta apretada semana neoyorquina, no advierto
nada anormal; hay una afluencia bastante grande de espectadores
y clientes y la vida cotidiana parece haber recuperado la nor-
malidad.
Sin embargo, se trata
de una apariencia. Lo que ocurrió el 11 de septiembre es
un ominoso sobreentendido que merodea detrás de todas las
conversaciones con los amigos neoyorquinos y, de tanto en tanto,
se inmiscuye en ellas y se corporiza en el trajín cotidiano
de las maneras más inesperadas. En el estudio del pintor
y escultor Manolo Valdés, en la calle 16, descubro unas
cabezas tocadas de unos impresionantes sombreros hechos con materiales
de desecho y mi reacción y la de la persona que me acompaña
son idénticas: ¡Un homenaje al New
York lacerado del 11 de septiembre!.
En verdad, el artista
había concebido aquellas esculturas desde mucho antes,
pero esta circunstancia no varía un ápice el efecto
que ellas causan en el espectador luego de aquel episodio: éste
les ha impregnado una simbología y un dramatismo que su
creador no pudo prever. Sin el cataclismo hubieran sido unos audaces
intentos de transmutación de unos materiales de derribo
ofrecidos por el azar en objetos estéticos que manifestaban
sólo la fantasía y la destreza de un artista; ahora
manifiestan, también, su cólera y su solidaridad
por la violencia infligida a una ciudad de la que Manolo Valdés
es parte.
IMPRESIÓN RISUEÑA
En
la residencia del embajador español ante la ONU, Inocencio
Arias, redescubro un óleo de Eduardo Úrculo que
ya he visto antes, pero que, ahora, se ha vuelto otro. En el lienzo,
el propio artista, de espaldas, contempla un New York de rascacielos
radiantes en el que en primer plano descuellan, monumentales,
las Torres Gemelas de Wall Street.
Es un cuadro muy bello,
de colores vivísimos, que, en mi memoria, comunicaba una
impresión risueña y juguetona,
de alegría y plenitud vital. El 11 de septiembre mudó
esa tela; la impregnó de profetismo apocalíptico
y ahora, aunque sigue siendo bello, es un cuadro sin pizca de
humor, trágico, que transpira nostalgia, rabia sorda y
tristeza.
Pero el homenaje más
dramático a las víctimas del más mortífero
atentado terrorista de la historia no lo encontré en New
York, sino en el Arts Institute de Chicago, adonde fui a ver una
extraordinaria exposición dedicada a las nueve semanas
que vivieron juntos, en Arles, en 1888, Vincent van Gogh y Paul
Gauguin.
Esa difícil
coexistencia, que causó traumas y heridas profundas a ambos
artistas, produjo también una floración de obras
maestras que deja al espectador maravillado, boquiabierto. En
el Arts Institute, hay también, en un salón recoleto
y en penumbra, entre grandes columnas de semblante funerario,
una colección de grandes fotografías en las que
aparecen, en distintas horas del día y de la noche, de
las estaciones y los climas, las Torres Gemelas de New York. Estas
imágenes son una selección de una vasta empresa
artística, que duró cerca de tres años, y
que parece haber nacido de una misteriosa premonición.
El fotógrafo,
Joel Meyerowitz, a quien tuve ocasión de conocer, me la
contó con cierta ansiedad, como si no acabara todavía
de asumir cabalmente del todo esa extraña suma de casualidades,
coincidencias y pálpitos que lo indujeron, sin saber muy
bien por qué, en estos últimos tres años,
a fotografiar, cientos, miles de veces, desde la ventana de su
estudio neoyorquino, las torres del World Trade Center, unos gigantes
de acero, mezcla y vidrio que ejercían sobre él
irresistible hechizo. En sus fotos, las Torres Gemelas son unas
y muchas a la vez, según floten medio desvanecidas en la
neblina del amanecer, iluminen la noche con sus miles de luciérnagas
o ardan como teas en el esplendoroso sol del mediodía.
Ostentosas o furtivas,
explícitas o semi devoradas por las sombras, estas construcciones
captadas por el lente inquisitorial de Joel Meyerowitz, contempladas
ahora desde la ausencia, han adquirido una naturaleza de iconos,
de símbolos, de totems, de lápidas de una civilización
brutalmente enfrentada a una amenaza de extinción. Este
peligro no es sólo el de las bombas o las pestes con que
puede atacarla el oscurantismo terrorista; es, también,
el del pánico y la rabia que pueden llevarla a recortar
lo más precioso que tiene, la libertad, en nombre de la
seguridad. Pocas veces he visto una exposición fotográfica
tan intensa e incitadora como la que ha convertido este sótano
del Arts Institute de Chicago en una cámara funeraria.
El acto terrorista
que, el 11 de septiembre, voló las Torres Gemelas y aniquiló
a cerca de cinco mil oficinistas, empleados, obreros, bomberos
y policías procedentes de los cinco continentes, estuvo
diabólicamente concebido para provocar, además de
una tragedia humana y enormes daños materiales, una secuela
psicológica que será, acaso, más difícil
de superar que el dolor o la destrucción física:
un sentimiento de inseguridad, precariedad e incertidumbre que
la sociedad estadounidense no había conocido hasta ahora.
Si una banda de fanáticos
pudo derribar aquellas torres que desafiaban al cielo ¿qué
maldades peores no podrían hacer? Los divertidos horrores
de la ciencia-ficción y el cine tremendista, de pronto,
por efecto del 11 de septiembre, abandonaron la irrealidad que
los volvía inocuos y amenos, y pasaron a integrar el realismo,
a ser anticipatorios, proféticos.
Ahora, la idea de que
una pandilla de dementes fundamentalistas, bien provista de recursos
económicos, pueda hacer estallar un artefacto atómico
en la Quinta Avenida o en Picadilly Circus o los Campos
Elíseos, envenene el aire, el agua o los alimentos
de una ciudad, o la infecte de bacterias homicidas, dejó
de ser un juego entretenido y se convirtió en una siniestra
realidad de nuestro tiempo. Desde ahora, esa pesadilla nos acompañará
como una sombra.
¿EXTRANJERO EN N.Y.?
Digo nos porque, aunque no sea neoyorquino ni viva
en New York, nunca me he sen-
tido un extranjero en Manhattan, y, como a muchos millones de
seres en el mundo que
han pasado temporadas o visitado como turistas la ciudad de los
rascacielos, yo también
sentí, el 11 de septiembre, que aquel pequeño apocalipsis
me había inferido un daño perso-
nal, destruyendo y aniquilando algo que, de modo difícil
de explicar, también me pertene-
cía. Sólo una vez viví de corrido varios
meses en New York un semestre, en 1975, en que dicté
un curso en Columbia University, pero, desde 1966, cuando
fui allí por primera vez, he visitado la ciudad incontables
veces, generalmente por pocos días.
Sin embargo, en todas
esas visitas, tuve siempre la sensación de vivir allí
mucho más que de costumbre, de hacer más cosas,
de entusiasmarme y fatigarme más que lo que aquel puñado
de días me lo habría permitido en cualquier otra
ciudad. Siempre he tenido en New York la sensación de estar
en el centro del mundo, en una Babilonia moderna, una especie
de Aleph borgiano en que están resumidas y representadas
todas las lenguas, razas, religiones y culturas del planeta, a
la vez que desde aquí circulan, como desde un gigantesco
corazón, hasta las más remotas extremidades del
globo, modas y vicios, valores y devalores, usos, costumbres,
músicas, imágenes, prototipos, resultantes de las
mezclas increíbles de que está constituida esta
ciudad.
La sensación
de ser un ínfimo grano de arena en una cosmópolis
miliunanochesca puede ser algo deprimente; pero, paradójicamente,
a la vez muy exaltante, por aquello que escribió Julio
Cortázar sobre París: Es infinitamente preferible
ser nadie en una ciudad que lo es todo, que serlo todo en una
ciudad que no es nada. Nunca sentí lo que él
en la capital de Francia; en New York, sí, cada vez. New
York no es de nadie y es de todos, del taxista afgano que apenas
masculla el inglés,
del hindú enturbantado y de barba prolija, del asiático
manipulador de misteriosos menjunjes de China Town y del napolitano
que canta tarantelas a los comensales de un restaurante de Little
Italy (pero que nació en Manhattan y no ha puesto jamás
los pies en Italia).
Es de los dominicanos
y puertorriqueños que atruenan las calles del Barrio con
plenas, salsas y merengues, y de los rusos, ucranianos, kosovares,
andaluces, griegos, nigerianos, irlandeses, paquistaníes,
etíopes y ciudadanos de decenas de países, a cual
más exótico y hasta imaginarios,
que, nada más pisar esta tierra, por virtud de la magia
integradora de la ciudad, se volvieron neoyorquinos.
El cosmopolitismo es
la antípoda de toda forma de fanatismo. El fanático
lo es porque se siente dueño absoluto de una verdad única,
incompatible con cualquier otra, y por lo tanto, con derecho a
abolir, valiéndose de cualquier medio, las diferencias,
todos los credos y convicciones que no coinciden milimétricamente
con los suyos. Por eso, es imposible que los fanáticos
de cualquier pelaje o calaña, no odien, con su obtusa mentalidad
rectilínea, la diversidad variopinta, plural, inasimilable
a una sola manera de creer, gozar, pensar y actuar, de esta ciudad
babélica, multirracial y multicultural, esta refracción
en pequeño formato de la infinita variedad de lo humano.
Para quienes sueñan
con unificar, integrar e igualar al planeta dentro de la camisa
de fuerza de
un solo dogma, de un solo dios, de una sola religión, New
York, qué duda cabe, es el primer enemigo que hay que abatir.
Pero, por esa misma razón, todos quienes en el ancho mundo,
aunque discrepando en otras cosas, coincidimos en creer que aceptar
la diversidad de creencias, tradiciones y culturas dentro de un
sistema de coexistencia pacífica es el sostén básico
de la civilización, nos hemos sentido tocados por la voladura
de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre.
El atentado vino a
recordarnos que el viejo enemigo oscurantista sigue allí,
obstinado, tratando siempre, pese a todas sus derrotas, de cerrarle
el paso a una humanidad sin dogmas, hecha de verdades relativas,
en diálogo y cotejo permanente; en nombre de una sola verdad
inhumana. Nunca cesará la lucha contra las siempre renacientes
cabeza de la Hidra.
© Mario Vargas Llosa 2.001
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