En el pabellón del limbo
Claudia Zavala
Declarar mentalmente incapaz e inimputable a alguien que cometió un delito constituye el primer acto de las conocidas tragicomedias de los sistemas médico y judicial de nuestro país. Están ahí. Al final del oscuro y húmedo pasillo que conduce al Pabellón de Reos del Hospital Psiquiátrico.

Por el momento, son 43. Aunque en tiempos de mayor "bonanza" delincuencial han alcanzado los 60, desbordando las 40 camas que copan la capacidad de los 682 metros cuadrados del resguardo.

"¿Cómo nos va a sacar? ¿como locos o como delincuentes?", cuestiona "Miguel", un sociópata y violador compulsivo muy conocido en el hospital, que llegó al nosocomio por orden de un Juez para cumplir su medida de seguridad, durante cinco años.

"Miguel" y sus compañeros forman parte del 25 por ciento de un total de 170 reos con problemas mentales que existe en todo el país; el resto se encuentra interno en diferentes centros penitenciarios de la República, generalmente "revueltos" con los presos comunes.

La desgastada infraestructura que alberga a los reos en el Hospital Psiquiátrico está instalada en un terreno que corresponde al parqueo del nosocomio, frente a uno de los portones principales, y contiguo a la Unidad de Emergencias que funciona en el centro desde que éste, en 1998, se convirtiera en Hospital General, ya no sólo mental.

Un acuerdo firmado el 5 de mayo de 1959 les permite la instancia. En él se detallaba que, mientras el entonces Ministerio de Justicia no contara con centros especiales destinados al resguardo de reos con problemas mentales, el Ministerio de Salud le proporcionaría una colaboración temporal.

"Pero no sé qué entienden ellos por 'temporal'; han pasado 42 años y todo sigue igual", se queja Emma de Gamero, directora del Hospital Psiquiátrico.

Gamero se ampara en el artículo 80 de la nueva Ley Penitenciaria, la que, desde 1998, expresa claramente la responsabilidad de la Dirección de Centros Penales de construir centros especiales para albergar a estos reos.

Contabiliza, además, los 400 colones diarios que se invierte en cada uno de los reos del pabellón, los cuales, anualmente, se traducen en dos millones de colones que se descuentan del presupuesto total del Hospital.

Lo que ella describe como "el costo de un hotel caro" no recibe ninguna inyección financiera de parte del ahora Ministerio de Gobernación. "Ellos sólo ponen a los reos y los custodios", insiste.

¿Inimputables?

El retardo mental y la enajenación son dos causas para eximir a un individuo de responsabilidad penal.

El criterio que priva, según la ley, es la incomprensión entre lo lícito y lo ilícito en el momento de la comisión del delito. José Mauricio Cortés Mercadillo, Secretario del Tribunal Tercero de Sentencia, abunda: "Cuando alguien delinque, la idea al enjuiciarlo es hacerle un reproche por su conducta. En el caso de los enajenados mentales, ese reproche no puede hacerse, porque no comprenden que sus actos son contrarios al derecho. Por eso son declarados inimputables".

Sin embargo, llevar ese mote judicial no implica que ésta persona quede en libertad, al comprobarse su responsabilidad en el hecho. En esos casos, existen las llamadas medidas de seguridad, que tienen un objetivo terapéutico para el individuo y, a su vez, preventivo, pues se supone que con ello se evita que repita el daño.

Así, un tratamiento ambulatorio, un internamiento o una medida de vigilancia se convierten en alternativas judiciales para mantener controlado al "inimputable".

De hecho, el procedimiento que se sigue es exactamente el mismo al de cualquier persona, sólo que se realiza a puertas cerradas y con un tutor del enfermo. En casos en los que la presencia del enajenado represente un problema en sus audiencias, por evidentes problemas de conducta, por ejemplo, no puede participar en ellas.

La medida de seguridad, debe ser equivalente a la pena que corresponde al delito cometido. Su tiempo de vigencia es exactamente igual al que purgaría cualquier persona "normal" que ha realizado el mismo hecho.

Este punto es uno de los que más alarma a De Gamero: "Tuvimos un paciente que estuvo 42 años interno; y más de la mitad de los que tenemos actualmente están por tiempo indefinido. Que yo sepa, en el país no existe la cadena perpetua".

Sin titubeos, la directora habla de serias arbitrariedades de parte de algunos Jueces de Instrucción, Sentencia, Vigilancia y Familia, quienes con sus oficios (llega un promedio de tres diariamente) saturan el resguardo especial, al punto de extraer camas de otros servicios para dar abasto.

Un Juez de Instrucción que no quiso ser identificado "para evitar meterse en problemas" señala que la problemática de los reos psiquiátricos es vieja: "En el Hospital siempre nos dicen que no tienen cupo, que no pueden recibir más gente. Pero nosotros tampoco podemos mandar a estos enfermos a cualquier penal, provisional o definidamente, porque la serie de abusos que ahí sufren contradice el espíritu de la ley, que sugiere un ambiente terapéutico para su rehabilitación", señala.

Siguen ahí

El 80 por ciento de los internos del Pabellón tienen el alta psiquiátrica. No necesitan estar en el hospital.

La psiquiatra América Lazo, encargada de dicho Pabellón no oculta su indignación al revelar las cifras: "Sólo tenemos 5 esquizofrénicos crónicos; los demás tienen patologías derivadas del consumo de drogas o problemas orgánicos. Incluso los esquizofrénicos son perfectamente controlables con tratamiento ambulatorio. Pero como aquí los jueces deciden cuándo entran y cuándo salen... no toman en cuenta el criterio médico".

Miguel Fortín Magaña, presidente de la Asociación Salvadoreña de Psiquiatría y, a su vez, psiquiatra forense de Medicina Legal de San Salvador, declara que el paciente esquizofrénico es como el hipertenso o el diabético que, mientras está adecuadamente medicado, no corre el riesgo de sufrir crisis. "Son pocos los pacientes que son excepcionalmente peligrosos y que la única opción es el internamiento para que no representen una amenaza para la sociedad", dice.

Sin embargo, la medida de internamiento ocupa casi el 90 por ciento de los casos que llegan al hospital. En lo que va del año, sólo han conocido tres casos con tratamiento médico ambulatorio.

El problema no se reduce a los internos que han delinquido. La directora del centro menciona al Pabellón de Agudos, que actualmente está saturado por todas las órdenes de internamiento que Jueces de Familia hacen, sin ningún análisis psiquiátrico que los respalde, pues ellos cuentan nada más con un psicólogo y un trabajador social como colaboradores.

De Gamero, quien reconoce tener dos demandas por desacato de parte de dos Jueces del interior del país, menciona que, aunque no pueden comprobar nada, existe la preocupación de que hayan "acuerdos oscuros" entre dichos Jueces y los familiares de los internos, por reclamaciones de herencias o propiedades, por ejemplo.

Asegura que ya hizo saber dicha situación al Ministro de Salud y a la Corte Suprema de Justicia, a la que solicitaron audiencia con las autoridades pertinentes, "pero no ha llegado ninguna respuesta".

Admite haberse reunido con Rodolfo Garay Pineda, director de Centros Penales, con quien acordó ciertos puntos.

La posibilidad de atender a los reclusos enfermos durante la fase aguda o de crisis, que permanece durante 20 ó 25 días, según normas de salud internacionales, para que luego ellos sean trasladados a los centros especiales, es una de las alternativas discutidas. Por su parte, Garay Pineda también hace números. Explica que, para la construcción de los centros que le encomienda la ley, se necesita un monto aproximado de 8 millones de colones, ya sea para habilitar un centro pequeño de los que ya existen, o para construir uno nuevo con todas las condiciones adecuadas.

"Para nosotros también es un problema. La población carcelaria aumentó en un 35% en este año, y el presupuesto sigue siendo el mismo. Tenemos menos infraestructura, porque con los terremotos se cayeron los penales de Sonsonate y San Vicente, y hemos tenido que reacomodar presos". Aclara que mientras en la Asamblea Legislativa no le aprueben un aumento en su presupuesto, seguirá necesitando de la ayuda del hospital.

Douglas Moreno, coordinador del Departamento de Prueba y Libertad Asistida, unidad encargada, entre otras cosas, de preparar a las familias de los internos para cuando éstos retornen a su hogar, considera que, mientras no se resuelva ésta problemática, el mayor daño lo seguirá sufriendo la misma familia, "porque al ver la precaria situación de sus familiares enajenados es casi imposible que ellos se recuperen del todo. Se quiere proteger a la sociedad de un daño que el mismo sistema le está haciendo".

Mientras las discusiones y dilemas continuen, las 43 súplicas que recorren una y otra vez la celda oscura y húmeda del hospital seguirán a la espera de que, al menos, un tímido asomo de luz irrumpa en las decisiones de algunos funcionarios que por ahora no logran liberarse de la camisa de fuerza de sus voluntades.

Interno en penal
"Me quitaban las pastillitas"

Los 32 años de Luis Adalberto González han sido testigos de la esquizofrenia crónica que padece. Blanca Estela, su madre, dice que cuando él cumplió 19 años fue imposible darle la espalda a la "extraña" enfermedad que inexplicablemente entró en su hogar. "Él dice que fue un chispazo de luz tan fuerte, que se le metió como un rayo en la cabeza. Desde entonces quedó medio directo", explica. Ningún psiquiatra conoció el expediente clínico de Luis Adalberto antes del lanzamiento de la piedra, el 7 de agosto de 1999, en la Colonia Campestre. "La juez desde que lo vio le notó que desvariaba un poco, y pidió que le hicieran exámenes", recuerda.

Los resultados no sorprendieron a nadie. De inmediato, la Juez Octavo de Instrucción, Gloria Lizama de Funes, ordenó lo trasladaran al Pabellón de Reos del Hospital Psiquiátrico, como medida provisional, mientras se investigaba su caso.

Sin embargo, esa orden nunca se cumplió. Eso lo supo Lizama hasta cuando el caso había pasado a la siguiente instancia del proceso, al Tribunal Tercero de Sentencia, cuando el juez encargado le informó que el "inimputable" no se encontraba en el Psiquiátrico y, por tanto, no podía darle seguimiento a su causa.

Lizama localizó a Luis Adalberto en el sector "C" del Penal La Esperanza. Entonces, solicitó su traslado al nosocomio. Los intentos fueron nuevamente en vano, pues, tal como lo notificó el coronel Ramón Antonio Morales Ruiz, director de la Penitenciaría Central, las autoridades del Hospital negaron el ingreso "por falta de cupo".

Puertas cerradas

La insistencia de la Juez llevó a que, el 24 de agosto del mismo año, se hiciera un intento más de ingreso. En esta ocasión, la respuesta fue que el padecimiento mental del "inimputable" no merecía internamiento. La notificación dirigida a la Juez decía literalmente: "Lo tenemos otra vez en el Penal. Sólo le dieron un tratamiento para tranquilizar los nervios. Son 60 tabletas de 5 miligramos que se llaman Haloperil".

Los intentos por ingresar al Psiquiátrico cesaron. Los días en la cárcel fueron duros. Durante esos meses, con la compañera de vida de uno de los reos, envió correspondencia a la Juez Lizama, pidiéndole que por favor lo sacara de donde se encontraba. Se dirigía también al Presidente Francisco Flores. "Señor Presidente, en el penal de Mariona nezezitamos agua todoz loz diaz para labar los bañoz, para que esten limpioz todoz loz diaz (sic)", rezaba una de sus cartas. "Ya no boy a tomar, ni a tirar piedras al millonario (sic)", decía otra.

La resolución de su caso llegó a finales de junio de este año. Fue declarado culpable del delito de lesiones graves, y condenado a dos años de tratamiento médico ambulatorio. No se recomendó internamiento. Para entonces, Luis Adalberto había estado privado de libertad durante un año, diez meses y dieciocho días. Hoy, instalado en su casa de la Calle 5 de Noviembre, rememora los días en el reclusorio: "Ahí en Mariona me quitaban las pastillitas a la fuerza y se las tomaban con coca cola en bolsa. A veces yo se las daba por mi gusto, para que no me dieran tan duro en la cabeza. Otras veces me quitaban el pantalón... y me dormía sintiendo un gran frío".

vertice@elsalvador.com


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