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Detrás del paño

“Parchar” en los bares, restaurantes, universidades y en cualquier rincón donde les den chance de exhibir su arte es lo que buscan esos artesanos callejeros.

Angélica Avendaño
R edacción Planeta

   
Roberto vende sus joyerías en la entrada principal de la Universidad de El Salvador.

Los vemos sentados en el piso, a la mira de los miles de transeúntes que pasan alrededor de ellos, visten ropas desaliñadas y se le ve contentos.

Algunos “parchan” (término de la banda artesana y significa “exhibir lo que se vende sobre un paño de tela”) sobre el piso, otros presentan sus artesanías en puestos ficticios.

Colores, rastas, símbolos de paz, alambras, pinzas, semillas, maderas, piedras, hilos y metal por doquier se convierten en piezas artísticas transformables en aretes, collares y pulseras, todos fabricados por los artesanos callejeros de Sívar.

“Desde hace mucho tiempo que me dedico a vender lo que hago (artesanías) y siempre cuando llego a algún patín, lo primero que busco es un pezado de la calle para poderlas vender”. El dueño de estas palabras es Edgardo Martínez, un artesano de la calle.

   
“Parchar” en las calles se convierte en su forma de vida.
   
Los collares de semillas y piedras preciosas son las más demandas por la gente.

Al igual que él cientos de bichos y algunos no tanto aprovechan las calles de San Salvador, o las entradas de las universidades, bares, playas o cualquier rincón para exhibir su arte.

Juntos constituyen una tribu que se encuentra diseminada por doquier, pero que no tiene sede en ninguna parte. Claro tampoco viven en un planeta rosado y no están exentos de la competencia “china”, peleas y cacerías policiales.

Pero sus manos tienen ese afán de convertir piezas artísticas o joyería.

Algunos de ellos han tomado esto como su forma de vivir, sin ataduras, ni complicaciones, es más viven de lo que venden y a muchos no les importa si venden o no.

Hay artesanos callejeros de todos los colores, sabores y algunos extranjeros, la moyoría viaja hacia Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y si les alcanza la cobija a México para comprar material o simplemente tripiar.

Estos vendedors de la calle se desplazan por diversos lugares, promueven ferias de exposición, dicen “presente” en cada evento social.

   
 
   
Para elaborar la joyería obtienen la materia prima de la naturaleza: piedras, madera, semillas e hilos.

“También vendemos en el día y en la noche en cualquier lugar donde haya gente, en los bares, vamos a la playa cuando hay batucada, donde sea”, aclaran.

Vivir del arte

“Sólo hago esto porque no me gusta tener jefes ni estar atado a un sistema”, dice Andrés, artesano de 19 años.

Desde hace dos años se dedica a la venta de pulseras, aretes y anillos hechos de macrame, hilos, plata, piedras y semillas.

Para él, la venta de artesanías en la calle tiene sus ventajas y desventajas. “Una ventaja es que conocés todo tipo de gente y un montón de cosas, te llegás a mezclar con diferentes personas y además que me sostengo económicamente de esto, pero cuando no vendés, ésta es una desventaja”, sostiene.

En cambio, para Roberto, de 22 años, la venta de artesanías le ayuda a mantener sus estudios. “Cuando tengo tiempo me vengo afuera a vender y después de clases; en mi tiempo libre surfeo, ese es mi trip, mi hobbie. Muchos piensan que somos vagos que no tenemos oficio, pero somos personas normales. Ésta es nuestra forma de lucha”.

Pero para Luis, de 33 años, el “parchar” es una vida espiritual. “Para poder hacer las artesanías debés de tener una vida espiritual, no podés armar ninguna pieza si no estás concentrado en el sentido del color, de las proporciones y los materiales que te brinda la naturaleza”, comenta.

Todos coiciden que el ser un artesano de la calle significa: el paso de transformar las materias primas en una expresión artística.

“Son cosas chiquitas; pero al fin y al cabo interactuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de comprobar que la realidad es transformable”, dicen.

 

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