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Viento en popa... A todo mecate

Agua, viento y velocidad...
La combinación más perfecta en tan
sólo un deporte que te transporta a otros niveles de ricura en la vida.

Carlos A. Escobar

“Hay una poesia en la vela tan antigua como el mundo”
Antoine de Saint Exupéry

El “norte” sopla a unos 16 nudos (unos 30 Km./h) en el lago de Ilopango, impulsando el velero a casi la misma velocidad. No sólo el viento nos refresca la cara, sino que también las gotas de agua que salpican cuando el pontón rebota en el agua endurecida por la velocidad.

La emoción de estar desplazándose a toda rapidez, colgado del trapecio, con el velero casi totalmente inclinado por la fuerza del viento “no se compara con nada”, según Andrea, practicante del deporte. “Vas bien rápido, te sentís súper chivo… se te sube la bilirrubina”, nos complementa.

Es verdad. Velear no es comparable, es una sensación de tranquilidad y agitación a la vez. Hay que jalar una pita acá, apretar la vela allí, soltar el timón, meter la orza y estar pendiente de todo a la vez… pero de repente uno se da cuenta que va cortando el agua con una fuerza y magia que sólo el viento nos puede dar.

No hay ruidos de motores. Sólo están el capitán y el velero apreciando el paisaje o concentrándose en ganar la regata (competencia), de igual manera se pasa requete riquísimo.

Hasta se puede compartir con los amigos, como mucha gente hace, cargan el barco y salen a pasarla bien, platicando, fregándose, y en unos casos hasta volcando el velero, solo para jalar unas pitas y ponerlo de regreso en curso.

Aunque este deporte surgió de la necesidad de pescar y transportarse en las lejanas culturas orientales y medio orientales, los holandeses no dudaron en convertirlo en un pasatiempo lujoso, en grandes y suntuosos buques construidos para la nobleza.
Este deporte ha ido evolucionando con el tiempo. Usando la tecnología y el diseño, y con una gama de diferentes veleros, es no sólo cada ves más accesible, sino que más rápido, emocionante y competitivo.

El Salvador siempre ha sido un campo perfecto para este deporte. Con tanta agua en los lagos de Ilopango y Coatepeque, y hasta en los esteros y bahías incluyendo la de Jiquilisco o el Golfo de Fonseca, como no se va a poder velear acá. Lo único que falta es practicarlo, que todos los güanacos aprovechemos el viento.

Sentir, gozar y aprender del velero

La vela consiste en poder manejar un barco que se impulsa con el viento, cuando se crea un vacío en la parte de menor presión en la vela, y el barco se impulsa para enfrente, en algunos casos pudiendo ir hasta más rápido que el viento, como en la tabla vela.

Aunque puede ser complicado, con tanta precisión que se necesita para manejar un velero, cambios de unos grados alterando nuestro curso y velocidad, como dice Froilan Ayala, de 25 años, con empeño y práctica, cualquiera que quiera velear lo puede hacer.
Claro que hay diferentes maneras y tipos de navegación. Las carreras del océano, por más magníficas que sean, están compuestas de “tardes malas, mañanas feas y noches duras”, según William Snaith, pues la gente que se aventura mar adentro a darle la vuelta al mundo se enfrenta a las fuerzas más grandiosas de la naturaleza y al infinito, pero es una pasión que surge y no se puede aplacar.

Ya en la vela continental las cosas son diferentes. Las carreras consisten en navegar siguiendo un patrón en bollas (flotadores) puestos en triángulo dentro del agua. A veces nos toca a los veleristas tener que navegar en zig-zag, porque no se puede hacer en la misma dirección que el viento, pero con precisión y entusiasmo uno llega a donde quiere.

En realidad, la vela es un deporte bien completo. No sólo te refuerza casi todos los músculos, si no que te desarrolla cualquier cantidad de habilidades que hasta en la vida te ayudan.

Cuando hay viento, la perspicacia y atención son indispensables. Necesitás tener una táctica y pensar rápido para ganar una regata. A veces, no se mueve ni una hoja y necesitás paciencia y saber cómo aprovechar al máximo la situación.

La vela te pone en contacto directo con la naturaleza y sus fuerzas; tenés que ser parte de ella y saber cómo funciona. Esperar lo inesperado, pues de no haber ni un soplo de brisa, una ráfaga puede aparecer e impulsarte a lo loco. Es un deporte sin fronteras.
A fin de cuentas, es un deporte en el cual se disfruta de la vida, grandes y pequeños placeres a la vez. Es una actividad para quien le gusta la aventura, vivir emocionantemente aprovechando el día, el viento y gritar a lo loco mientras se va a toda velocidad. La vela es todo lo que puede ser… una muestra de ímpetu y fuego que ni el agua apaga.

 

Aunque no había viento en Santa Bárbara, el tripulante de este velero artesanal Lenca se la pasaba rico. Armar y desarmar este Hobie Cat 16 es necesario para gozar lo rico, la veleada. Como si fuesen la Pinta, la Niña y la Santa María,, los tres Lasers olímpicos de Luis, Froilan y Frabricio navegan en una pequeña regata.

Desde Santa Bárbara
Entre todas las figuras nacionales de este deporte, destacan varios jóvenes que han incursionado utilizando desde veleros pesqueros y artesanales, hasta capitanear otras embarcaciones más competitivas.
Luis Roberto Ramírez, de 15 años y con tan sólo un año veleando un Optimist, ya ganó el segundo lugar de un campeonato centroamericano. “Estaba nervioso.... pero agarré un poco de valor, pensando que si sacaba un buen lugar pondría en alto a El Salvador, y me fue bien", recalca Luis.
Él es uno de los jovenes que viven en Santa Bárbara, en donde una comunidad crea sus propios veleros, los Lencas y Chalatecas, y aparte de ofrecerlos al público, los ocupan para beneficio de todos para el embalse de la presa del Cerrón Grande. Ahora hasta se han organizado competencias con estos.

 

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