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Luz y Sombra




Salarrué en Washington


El jueves salí a buscar a Salarrué. Salí a buscar a un muerto en la ciudad que hace 86 años era su hogar. Casi lo encuentro.

Era 1917 y Salvador Efraín tenía 18 años. Eran años de carnicería. La Primera Guerra Mundial aniquilaba a la juventud de Europa desde 1914 y el 6 de abril de 1917 Estados Unidos entró en la guerra. El ejército norteamericano tenía 98 mil soldados; un año después tenía un millón de hombres peleando en Francia. Esa guerra cambiaría al mundo, heriría a Hemingway, crearía a la Unión Soviética y también a Irak.

Salarrué vio eso. El estudiaba artes en el Instituto Corcoran –sería uno de los grandes pintores centroamericanos. La Casa Blanca está a 50 metros. En 1917 no había verjas protegiendo la Casa Blanca y muchas avenidas eran de lodo o polvo. Hoy, la Casa Blanca tiene casamatas de concreto y francotiradores.

El Washington de Salarrué tenía 120 años de existencia. La cúpula del capitolio tenía medio siglo. Salarrué tal vez conoció a antiguos esclavos, porque entre la esclavitud y él hubo la misma distancia que hay entre nosotros y Hitler. Por las calles caminaban viejos sin piernas ni manos, hombres que pelearon en la carnicería de la Guerra Civil o vivieron los motines de las pandillas de Nueva York. Algunos eran veteranos de la matanza conocida como Marcha de Sherman que barrió al estado de Georgia. La comandó el Gral. William Tecumseh Sherman, el General Tecumseh de uno de los cuentos de “La espada y otras narraciones”.

Salarrué tal vez conoció a un negro elegantísimo, un artista colosal de Washington: Edward Kennedy “Duke” Ellington. Ellos tenían la misma edad y quizás Salarrué fue a uno de los conciertos del Duke, pianista magistral y genio del jazz. En el cuento “El Negro”, Salarrué explica la virtuosidad de los músicos negros: “la color”.

Por esas calles caminaba Salarrué, alto y blanco, soportando fríos y calores. El salvadoreño más guapo del pasado siglo regresó a su patria para renegar de su nacionalidad salvadoreña. El fue ciudadano de Cuzcatlán. Miguel Angel Asturias, su amigo, lanzó a Guatemala al universo. Salarrué, pionero de la narrativa fantástica en español, convirtió a El Salvador en un universo.
En El Salvador, Salarrué se bañaba desnudo en Ilopango. Yo vi un negro bañándose desnudo bajo un puente de Washington.

Salarrué vivió lo suficiente para ver los primeros síntomas de la carnicería que exilió a 2 millones de salvadoreños. Ahora los salvadoreños somos el grupo hispano más grande de Washington y el último motín lo encendimos nosotros, cuando una policía negra hirió a un salvadoreño ebrio.

En Washington, Salarrué vivió en el 1908 de la calle H. Esa casa ya no existe. La cuadra entera desapareció y encima se construyó el Banco Mundial. La Escuela Corcoran sigue allí, cerca de la Casa Blanca. Su instructora de fotografía, Muriel Hasbun, es una salvadoreña que también es francesa y polaca, judía y árabe.

Y otra vez hay jóvenes norteamericanos muriendo en otro hemisferio.

 

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