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Me
caés bien,
pero sería bueno que...
Medís
tanto tus palabras para no herir los sentimientos de nadie,
pero cuando
finalmente desembuchás, corrés el riesgo de
que tu cabeza ruede cuesta abajo,
o que nunca más te vuelvan a hablar
René
V. Contreras
Ilustraciones: ATILA
Más temprano que tarde, te toparás con una
situación un poco complicada: decirle a un amigo,
compañero o hasta tu media naranja algo muy particular
sobre su persona.
Dicho sea de paso, que no se trata de ningún defecto
genético, ni mucho menos de algo que amerite morir
en la hoguera por atreverte a pronunciar un simple bicho
andá a bañarte.
Criticar a alguien sobre su forma de vestirse, de comer
o de usar desodorante, puede hacer estragos hasta en una
roca, si viene de alguien a quien a quien apreciás
en tal o cual medida.
Muchos no lo dicen por no encontrar las palabras indicadas,
o porque te vayás a tomar a mal el comentario fuera
de lugar.
Por el contrario, si te ha echo ese comentario, debe ser
porque de alguna manera, le interesa que superés.
Aunque algunos malos hábitos como sacarse los mocos,
rascarse el paquete, en los hombres, o chismear
en las mujeres, sí saca de onda a más de alguno.
Decidimos abordar algunos de los más comunes en nuestro
entorno, pero si te acordás de otro, escribinos y
nos comentás tu experiencia.
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Arremeter
contra semejantes nudos y tan sólo intentar
desamarrar el peine podría causar irremediables
problemas a tu melena.
Dejarte crecer las grebas desordenadamente puede permitir
que coleccionés una gran cantidad de objetos
en ellas.
Desde el celular, hasta quién sabe qué
criaturas pueden estar pegadas a tu cráneo,
gracias a tanto pelo.
Los peines finos rehuyen al intentar domar
una cabellera como la de arriba.
Ni siquiera el jardinero podrá controlar semejantes
rizos, ni las criaturas que en él habitan.
Tampoco se trata de lucir un corte marcial, pero si
tan siquiera te peinaras cada dos días, sería
formidable.
Tu abuelita habría sugerido primero que usaras
un poco de champú de sapuyulo.
Luego quizá afilar las tijeras unas cuatro
veces.
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El
poder del león es impresionante: cómo
se impone ante otros animales, el semblante de su
figura y sobre todo el olor a victoria
que suele emanar.
Bueno a ellos si se le vale que tengan ese gran tufo
que, como ya dijimos, les caracteriza, pero cuando
son tus pies los que rugen, pues no hay zapato que
valga.
Los talcos, pomadas, desodorantes y hasta litros de
alcohol de 90 fracasan si no le das el mantenimiento
adecuado a tu calzado.
La humedad es el factor de riesgo para desarrollar
hongos y cualquier otro halo repulsivo.
Si encontrás un pinito de desodorante
o una chica fresita dentro de tus caites,
pues estarás en frente del consejo de tu mejor
amigo.
Una asoleada por la mañana, podría ser
de mucha utilidad, pero de tus zapatos, no de tus
pies, pues.
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No,
tu vocabulario no tiene nada que ver en este entierro...
bueno en este tema, sino el olorcito que se te siente
cuando hablás o le das un beso a tu novia o
novio pues.
En algunos casos, puede tratarse de una enfermedad
llamada Halitosis, que puede surgir por desordenes
bacterianos, pero que puede ser tratada.
En otros casos, sólo es porque quizá
en tu edad moza, no te enseñaron a usar bien
la ceda, la pasta y el cepillo de dientes, o te vale.
Si es una constante que tus amigos y compañeros
te regalen dulces, sobre todo sabor a menta cuando
hablas con ellos, pues charros.
Al menos han sido, por decirlo así, súper
disimulados.
Cuando seas todo un hombre o mujer de negocios, imaginate
cuán empañados quedarán los lentes
de tus proveedores, si no modificás dos que
tres hábitos antisépticos.
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Será
porque nadie, y ni siquiera vos, podés encontrar
la combinación exacta al momento de vestirte.
También se puede dar el caso de que te pregunten
sobre el paradero de tu colección de globos.
No se trata de comprar ropa de marca, ni mucho menos
la más cara, sino de saber combinar aunque
sea dos de tus prendas.
Con suerte, un poco de práctica y la asesoría
de una buena amistad (pero que se vista normal), podrás
superar la faceta más graciosa de toda tu vida.
Un profesor que tuve hace algún tiempo decía
que el no tener para comprar ropa decente, no quería
decir que ibas a andar hecho un espanta pájaros.
Así que si encontrás una nariz roja
en tu pupitre, o te ponés las pilas, buscás
chance bajo la carpa de un gran circo o en una ferretería.
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Con
gran complejo de lora
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Sin
lugar a dudas, comer es una de las actividades que
casi todos tenemos como una de las más satisfactorias
en la vida.
Las pupusas, hamburguesas, pizza, churritos y otras
miles de opciones más, hacen irresistiblemente
tentador cualquier tiempo de comida.
Pero cuando te convertís en uno de los que
solo tragan, devoran y despenican todo lo que se les
pone en frente, pues te encontrás con un caso
crónico de un plumífero de color verde
(léase perico).
Esta actitud no tiene distinción de género,
edad, clase social, ni mucho menos horario de comida.
Tal vez una de las formas con mucho tacto
para decirte que también sos un perfecto cochino,
sea que te regalen un babero con recipiente incorporado.
Lo importante es que no agarrés llave y te
lo pongás hasta que comás algo normal.
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A
quién no le ha pasado que en el bus, el super
u otro lugar, en el que de repente alguien levanta
su brazo y un fétido olor se escurre a través
de todo el sector.
Solamente Pepe Le Pu estaría orgulloso
de que alguien le siga sus pasos... en cierta forma.
Bueno, algunos dirán que se trata de todo un
día de trabajo, pero al menos habría
que disimular el vaporón con un olor menos
pedante.
Si tu cherada ha llegado al colmo de llamarte Edy,
no es por cariño, sino porque le añadirán
ondo u onda a esa preposición.
La diplomacia triunfaría si de pronto te encontrás
con un puñado de limones, o una cajita de bicarbonato
de sodio dentro del bolsón.
La mayoría te dejará mensajes sutiles,
pero los que te aprecian de verdad te lo dirán
sin tantos rodeos y de frente.
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