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Carta
Washington




Soldado Argentino

El tenía una cicatriz en el cuello en forma de boca: iba de oreja a oreja y era una línea gruesa festoneada por puntadas de sutura. El hilo quirúrgico había desaparecido hacía una década, dejando en la piel una línea de férreas puntadas. Yo había visto una cicatriz igual, en un pandillero de un “centro de detención”, que significa “reformatorio” en salvadoreño: era un muchacho de 17 años y 8 asesinatos cuyos compañeros de celda quisieron matar una madrugada cortándole el cuello con una navaja. El detuvo la sangre con una mano y con la otra se cosió el cuello con aguja de sastre e hilo negro del taller de sastrería.

Pero él no era salvadoreño y nunca supe su nombre. Era un argentino de cicatriz en el cuello, cabello largo, camisa de manta, y sombrero de paja que llegó a saludar a Facundo Cabral luego de su concierto en San Salvador, el Teatro Nacional. Afuera la noche era fria y las palomas dormían en los hombros de Francisco Morazán.

Era 1993, Cabral recibía una fila de hombres y mujeres y yo veia la ceremonia desde la periferia, sentado en una banca entre dos desconocidas –una es ahora la madre de mi ahijado y la otra es su madrina—y llegó el Hombre de la Cicatriz en el cuello, cabello largo y sombrero de paja, y hablaba como Marlon Brando, y como Marlon Brando en “El Padrino”, y “yo soy argentino y ando recorriendo Centroamérica… salí de Argentina porque no aguantaba más… no aguantaba lo que recordaba… y mirá esto –y al señalar la cicatriz se la cubrió con la mano—en la Guerra de las Malvina, esto mirá, el hijuep... del helicóptero inglés me disparó al cuello, me disparó con una carabina de alto poder el hijuep..., y una carabina con telescopio, quería ver como mi cabeza saltaba como corcho de botella, y ni me tocó, sólo se llevó mis cuerdas vocales y el médico de la compañía era un estudiante de medicina que nunca en su vida había visto sangre, quería ser psiquiatra, y me cosió como si yo fuera un pollo, no, peor que a un pollo, mirá que a los pollos los engordan antes de matarlos y a nosotros nos tenían en el frío austral casi sin comida, casi sin ropa, y los ingleses tenían toda la ropa del mundo, y 70 barcos de guerra, y soldados gurkhas, y oficiales entrenados en Sandhurst, y el oficial que a nosotros nos mandaba ya se había corridor el marica, y nos rendimos cuando ya no podíamos nada, más de 9 mil nos rendimos, y los ingleses nos regresaron rápido y regresamos a Buenos Aires de noche, para que nadie se diera cuenta, para nosotros no hubo desfiles ni lluvias de papel picado, para los que declararon la guerra hubo amnistía, y Alfonsín dijo que los veteranos de las Malvinas éramos los camiones cisternas de los pozos negros de Argentina, y nos comenzamos a suicidar, ya van 200 suicidados por esa guerra, si sólo duró dos meses y medio, y yo no aguanté, y ahora vivo en Marruecos, vivo en Marrakesh haciendo artesanías, vivo, che”.

Lo contó a Facundo Cabral y yo lo oí. Nadie habló, sólo Facundo a su asistente: “Sabés que en Marruecos a una tribu bereber le llaman ‘los hombres azules’; visten un albornoz azul cuyo tinte se corre y les deja las pieles marcadas”.


* Francisco Ayala Silva es periodista y estudia una Maestría en Periodismo en Washington D.C.

 

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1999 :: 2002

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